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Proyecto Visión 21

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NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

COMENTARIOS SEMANALES

Al hablar de temas serios, humor sí, risitas no

Recientemente participé de un encuentro de dirigentes comunitarios, empresarios y estudiantes convocado por los organizadores para conversar sobre un tema de innegable importancia: los grandes desafíos que enfrenta la humanidad en este histórico momento de transición a una nueva época. Para mi asombro (y molestia), la conversación se llenó casi inmediatamente de risitas.

Pocos días después (no por casualidad, sino por sincronicidad), leí un artículo escrito por el Dr. Eric Haseltine (neurocientífico) y publicado por Psychology Today, en donde Haseltine analiza los peligros del llamado “factor risitas” cuando las “risitas” se usan como mecanismo de defensa para no hablar de temas complicados o que representan una amenaza.

Según Haseltine, el factor risitas se activa cuando uno se encuentra en una situación “muy removida de la experiencia normal”, tan removida que produce “tensiones al alejarnos de nuestra zona de comodidad” y, por eso mismo, nos hacer perder “la ilusión de control y de predictibilidad de nuestro futuro”.

Dicho de otro modo, las risitas surgen cuando nos enfrentamos con innegable evidencia de “cambios impredecibles e incontrolables” en nuestras vidas, de modo que simplemente desestimamos esa evidencia, sea el cambio climático, la injusticia social, la inteligencia artificial, o la posibilidad de vida extraterrestre. No nos reímos de felicidad o alegría, sino por miedo.

Dos ejemplos me vienen a la mente. Por ejemplo, hace ya varias décadas, viajé con un grupo de amigos a otro país y al llegar a cierta ciudad en la que las personas se vestían de manera totalmente distinta a la nuestra, uno de los integrantes del grupo comenzó a reírse de tal manera que las risitas iniciales se transformaron en incontrolables carcajadas.

Y, más cercano en el tiempo, cuando yo ingresé al salón de clases de una universidad privada para dictar una clase de filosofía, una de las estudiantes me miró y comenzó con risitas, para luego reírse de tal manera que debió salir del aula para calmarse. No se trató de una falta de respeto, sino que, como ella me explicó, nunca en sus estudios había tenido un profesor latino.

En ninguno de esos dos casos hubo peligro alguno para nadie, pero el peligro de las risitas surge cuando los temas son tan serios que afectan a países enteros e incluso a la humanidad en general, como el cambio climático, la reciente pandemia, las actuales guerras y numerosos otros desafíos similares.

En esos contextos, las risitas son la expresión de “un ajuste inconsciente de nuestras percepciones para reducir el estrés asociado con un fenómeno potencialmente disruptivo”, como la inteligencia artificial reemplazando y desplazando a los humanos. En vez de responder al desafío, nos reímos y agregamos frases como “Eso nunca va a pasar” o “Dios no lo permitirá”.

Pero en nuestra época las “perturbaciones no anticipadas e inconfortables” ya suceden casi a diario, como bien lo dice Haseltine. Por eso, además de las risitas, ahora también se acude a ridiculizar y desestimar a quienes comparten serias preguntas sobre serios problemas. Pero recordemos que quien ríe último ríe mejor.

Vivimos en una época tan confusa que se nos dificulta incluso vivir

Recientemente leí un artículo en un conocido sitio de noticias internacionales en el que se decía que vivimos en una época probablemente sin precedentes históricos en la que las reglas, las leyes y los acuerdos ya no se respetan y en la que todo se enfoca insaciablemente en lograr más dinero, más atención, más ‘Me gusta’ como la meta de la vida.

Dicho de otro modo, vivimos en la época del hipernarcisismo en la que no se reconoce la existencia del otro como otro como yo y, de hecho, no se reconoce la existencia del otro. Mientras que el individualista dice “Yo soy el centro del universo”, el narcisista dice “Yo soy todo el universo”.

En ese contexto, las reglas, leyes y costumbres sociales, sea pagar impuestos, respetar las señales de tránsito o mantener la puerta abierta para que alguien entre primero, siempre son única y exclusivamente para otros, pero nunca se aplican a nosotros.

Y, por eso mismo, cada uno siente que ya no debe participar de una realidad colectiva, creando su propia “realidad” personal, que poco y nada tiene en común con la realidad compartida. Esta capacidad de autoengañarse al extremo (tan antigua que ya Heráclito hablaba de ella) impide, obviamente, todo diálogo genuino y creativo.

Por eso mismo, todo encuentro con otra persona se transforma en una competencia, en un conflicto y, en muchos casos, en una pelea. No se trata de escuchar y aprender, sino de escuchar para responder, para ganar un argumento. Ante la carencia de humildad y respeto, cada interacción se ve como una oportunidad de mostrarse como superior a la otra persona.

A la vez, y como consecuencia, ya prácticamente nadie asume la responsabilidad por sus acciones ni, mucho menos, por su propia vida. Ya no existe el hecho de ser responsable ante nada ni nadie y si, por esas vueltas del destino, alguien nos exige ser responsables, entonces lo consideramos una injusticia o una persecución, y buscamos a quien “echarle la culpa”.

Si recuerdo bien, en 2012 un estudio publicado por Harvard indicó que en ese año la actitud psicológica que acabamos de describir había llegado a ser la actitud psicológica prevalente entre los adultos de Estados Unidos, anticipando acertadamente que en el futuro cercano (es decir, ahora) esa actitud se globalizaría, como efectivamente sucedió, con trágicas consecuencias.

En el contexto de la Teoría U (una teoría de cambio basada en la autoconsciencia del agente de cambio), la situación aquí descripta se conoce como “ausentamiento interior”, es decir, una existencia basada en cerrar los ojos a la realidad, buscar a quien culpar y (en muchos casos) usar violencia física o psicológica para destruir (literal y figurativamente) al otro.

Esta patología social representa una dinámica de destrucción y autodestrucción (claramente visible para quien la quiera ver) porque bloquea todo acceso a vivir una vida basada en alcanzar nuestro verdadero potencial. En otras palabras, nosotros mismos bloqueamos la posibilidad de crear un futuro diferente. Tanto es así, que estamos colapsando interiormente sin siquiera saberlo

No debemos confundir el conocer nuestros problemas con el conocer nuestra vida

Recientemente, luego de una presentación comunitaria, una persona se acercó y me dijo: “Yo pensé que yo conocía mi vida, pero en realidad yo sólo conocía mis problemas”. Mi inesperada interlocutora ofreció un corto agradecimiento y prontamente se fue, dejándome con la sensación que su breve declaración expresaba y a la vez ocultaba una multitud de problemas.

Sin quererlo, o quizá plenamente consciente de lo que decía, esta persona expresó una verdad que muchas veces pasa desapercibida por la mayoría de nosotros: conocer nuestros problemas no significa conocer nuestra vida. Lamentablemente, esa confusión de “problemas” con “vida” reduce toda la vida a una interminable serie de problemas irresueltos.

Surge entonces la pregunta: ¿Por qué razón confundimos tener problemas con vivir? Entiéndase bien: la pregunta no es “¿Por qué siempre existen problemas en nuestra vida?”, una pregunta a la que filósofos, teólogos, poetas y fundadores de religiones, entre otros, han dado incontables respuestas. 

Nuestra pregunta no se enfoca en la razón de los problemas (o del sufrimiento, o del mal, como se lo quiera considerar), sino en la razón que nos lleva a asumir que vivir y tener problemas son una y la misma “cosa” (aunque, claro está, la vida no es una “cosa”). Una posible razón, si podemos acudir a Carl Jung, es nuestro nivel de madurez, o, mejor dicho, inmadurez.

Parafraseando a Jung, podemos decir que los problemas no se resuelven, sino que uno madura hasta superarlos. Pero para madurar debemos hacernos responsables de nuestras propias acciones y de los resultados de esas acciones. Por el contrario, lejos de invitarnos a asumir esa responsabilidad, nuestro contexto sociocultural nos invita a buscar a quién podemos culpar.

Por eso, como bien enseña el Padre Richard Rohr, pocos (si es que alguno lo logra) alcanzan esa “segunda mitad” de la vida, que no es una mitad cronológica, sino precisamente el asumir la responsabilidad por la propia vida, problemas incluidos. Pero esa tarea de meditación y de contemplación requiere mucho más esfuerzo que el de mirar un video o seguir a un influencer.

Una posible segunda respuesta sobre qué nos lleva a confundir “vida” con “problemas” es la creciente incapacidad de pensar que existen alternativas, es decir, que existen oportunidades y posibilidades aún no exploradas. Cuando el único mensaje que escuchamos es que para nosotros no existen opciones, tarde o temprano comenzamos a creerlo, incluso si ese mensaje es falso.

Esa situación me recuerda a la antigua historia de un elefante que, tras años de vivir encadenado, cuando finalmente se le remueven las cadenas sigue realizando el mismo recorrido que hacía antes, aunque podría caminar por hacia donde quisiese. Nuestras cadenas psicológicas son más pesadas y fuertes que las que se usan para encadenar a elefantes.

Existe aún otra posible respuesta: estamos tan distraídos que no le prestamos atención a nuestra propia vida. Como dice el conocido refrán, la vida es lo que nos pasa cuando estamos ocupados haciendo y pensando en otra cosa. Olvidarse de la vida significa olvidarse de sí mismo.

Vivimos en el mundo del revés y tenemos las pruebas para comprobarlo

Recientemente leí una noticia sobre el director de una escuela secundaria en algún lugar de Estados Unidos que fue a comprar una taza de café y, al pagar, entregó 75 centavos en lugar de pagar un dólar. El empleado de la tienda, en vez de alertar al educador sobre los 25 centavos faltantes, llamó a la policía y presentó una denuncia por robo.

La policía respondió y el director de la escuela fue arrestado y acusado de robo, a pesar de que él insistió que se trató de un error (había tomado sin querer el tamaño de taza equivocado) y ofreció pagar la diferencia. Pero el empleado insistió que era un robo y que, por eso, se presentarían cargos. Cuando eso sucedió, el director fue despedido de la escuela.

Todo por 25 centavos.

Mientras tanto, otras personas que seguramente no trabajan 60 horas a la semana (como, según las estadísticas, trabajan los educadores), ni ganan un salario mínimamente por encima del salario promedio (según datos oficiales), ni les interesa la educación o las generaciones futuras, comenten con toda impunidad atrocidades innombrables.

Están aquellos que se roban millones y millones de dólares, o que saquen sitios de alto valor histórico, o que venden absoluta basura haciéndola pasar como “medicina” o “comida”, y allí siguen con su gran vida, su abultadísima cuenta bancaria y su incontable colección de objetos prontamente destinados a la obsolescencia.

Y también están aquellos que matan a diestra y siniestra, o que envían a otros a hacerlo por ellos, que roban la cultura, el alma y el futuro de la gente, y desmantelan toda muestra de esperanza y de solidaridad. Y a pesar de todo eso y quizá por eso mismo, son recompensados, pero no castigados, por sus acciones.

Mientras tanto, si un educador, quizá cansado por un largo día de trabajo o quizá con el ánimo disminuido ante las continuas quejas de los maestros a su cargo, decide comprar una taza de café y elige el tamaño equivocado, entonces se lo considera un ladrón, se presentan cargos en su contra y se lo despide del trabajo.

Todo por 25 centavos. Si este no es un convincente ejemplo del mundo del revés, entonces no sé qué ejemplo nos puede convencer de que vivimos en una sociedad con el nivel de espiritualidad de un show en Las Vegas, el nivel de inteligencia de un parque de diversiones, y el nivel de ética de un niño pequeño, caprichoso y con hambre.

Y todo esto sucede precisamente cuando los problemas que enfrentamos como humanidad son desafíos sin precedentes y cuando esos desafíos se presentan muchas veces a nivel global, sin anuncio previo, de manera irreversible y sin solución a la vista.

Vivimos en una sociedad “mal educada, que desprecia la autoridad y no respeta a sus mayores. Chismea mientras debería trabajar y maltrata a sus maestros”, como ya lo decía Sócrates hace 2400 años. El problema es que, dos milenios y medio después, nada cambió y todavía nos negamos a madurar.

Nos hemos olvidado del futuro porque el pasado satura todo nuestro presente

Pocas dudas caben de que vivimos inmersos en una era en la que el pasado ejerce un control omnipresente en nuestras vidas. Ese control es tan fuerte que muchos (incluidos políticos influyentes y controversiales) buscan regresar al pasado o, al menos, intentan revivirlo.

En este contexto, surge la inquietante idea de que, al llenar todo el presente con el pasado, hemos relegado el futuro al olvido.

Esta proliferación del pasado no es simplemente una manifestación de nostalgia, sino más bien una tendencia que plantea profundas preguntas filosóficas y existenciales sobre cómo nuestra relación con el tiempo afecta nuestra perspectiva del futuro.

Por un lado, está claro que recordar y reflexionar sobre el pasado es esencial para nuestro aprendizaje y crecimiento continuo. Como bien señaló George Santayana, "aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo".

El pasado, con todas sus enseñanzas y experiencias, tiene un valor innegable que no puede subestimarse. Sin embargo, el problema surge cuando el pasado se convierte en una “morada segura” que no estamos dispuestos a abandonar y una “zona de comodidad” de la que no queremos salir.

Al mismo tiempo, el presente se ha convertido en un escenario en el que cada vez más individuos se encuentran atrapados en un ciclo incesante de recuerdos y experiencias pasadas porque los recuerdos proporcionan una sensación de control y certeza, es decir, una sensación de comprensión de lo que está sucediendo y también del futuro. Pero, en este proceso, ¿qué ha pasado con la noción de futuro?

La contemplación constante del pasado ha relegado el futuro a un rincón oscuro de nuestra psique colectiva. En otras palabras, hemos perdido la capacidad de soñar, de imaginar posibilidades y de anticipar lo que está por venir.

Nos hemos convertido en rehenes de un presente estático en el que el mañana se vislumbra como una repetición predecible del ayer. Esta mentalidad empobrece nuestras vidas y limita nuestro potencial porque nos impide co-crear un nuevo futuro.

"La imaginación es más importante que el conocimiento", afirmó Albert Einstein, destacando así la esencialidad de nuestra capacidad de imaginar y anticipar el futuro en nuestro desarrollo como individuos y como sociedad. Al ceder excesivamente al pasado, corremos el riesgo de descuidar nuestra visión del futuro.

Surge entonces la necesidad de establecer un equilibrio adecuado entre el pasado y el presente para no olvidarnos del futuro. No se trata de renunciar a nuestras raíces ni de descartar las lecciones aprendidas. Pero no podemos quedarnos ahí. Una planta o un árbol sano nunca desarrollará sólo raíces. A medida que crecemos, no podemos seguir viviendo en la cuna.

Además, es imperativo que fomentemos una cultura de anticipación y exploración, donde la curiosidad y la aspiración sean recompensadas, tanto en nosotros mismos como en nuestros semejantes.

Olvidar el futuro, generado por la saturación del presente con el pasado, es un laberinto en el que muchos entran sin darse cuenta. Recordemos que, si bien el pasado es un tesoro, el futuro se presenta como un horizonte de posibilidades.

Cada vez estamos más separados de la fuente de conocimiento y sabiduría

Recientemente tuve la inesperada oportunidad de participar brevemente en una clase de introducción a la filosofía en una institución terciaria en la ciudad en la que resido. Dado que me considero un filósofo (tanto en sentido académico como existencial de esa palabra), acepté la invitación. La clase resultó iluminadora, pero no de la manera esperada.

El profesor proyectó en la pantalla un video de YouTube, de cinco minutos de duración, sobre el tema del día. No hubo otra explicación que “Escuchen con atención”. En el video aparece un filósofo leyendo una reseña de un libro escrito por otro filósofo sobre un diálogo de Platón (Apología) en el que Platón cita a Sócrates.

Dicho de otro modo, yo (nivel 0) escucho a un profesor (nivel 1) que muestra el video de un filósofo (nivel 2) que lee un documento escrito por alguien más (nivel 3) de algo que escribió otro filósofo (nivel 4) sobre Platón (nivel 5) citando a Sócrates (nivel 6).

El resultado, obviamente, fue similar al del conocido juego infantil del “teléfono descompuesto” en el que alguien susurra un mensaje al oído de otra persona y así sucesivamente hasta el último participante comparte el mensaje en voz alta, sólo para descubrir que el mensaje final no refleja en absoluto el mensaje original.

Pero en este caso no se trataba de un juego infantil, sino de una de las más profundas observaciones de Sócrates sobre la existencia humana: la vida no examinada no merece ser vivida (es decir, no es una vida plenamente humana).

Básicamente, esa frase de Sócrates, filtrada a través de Platón, de un filósofo, de una reseña, de otro filósofo, y de un profesor, terminó siendo interpretada como “Una vida sin las comodidades o las cosas que nos gustan no vale la pena”. Nada se dijo de la búsqueda de la sabiduría, de la verdad, de la belleza y de la justicia, ni, mucho menos, del cultivo de la virtud.

Ese enfoque me recordó que, en mis épocas de profesor, cada vez que yo les pedía a mis estudiantes de filosofía que me dijesen qué quiso decir Heráclito cuando dijo “No se puede entrar en el mismo río dos veces”, inevitablemente la respuesta era “Es mejor no cometer el mismo error dos veces”.

La breve experiencia en la clase de filosofía (en realidad, un superficial encuentro sobre superficiales argumentos) dejó en claro cuántos niveles nos separan no sólo de la antigua filosofía griega, sino de toda otra fuente de sabiduría. Por eso, el pensamiento de Sócrates, de Jesús, de Buda o de quien sea se trivializa y comercializa desprejuiciadamente.

Aún peor, la filosofía se presenta (así sucedió en la clase a la que asistí) como una herramienta para ganar argumentos. ¡Pobre Sócrates! Tanto se esforzó para distanciarse de los sofistas (hasta pagándolo con su propia vida) para ahora se presente a Sócrates en un videíto precisamente para promover los sofistas!

El español Enrique Santín decía que “El futuro se piensa”. Para nosotros, entonces, parece no haber futuro. 

Estamos tan solos, aislados y separados que buscamos compañía entre robots y la IA

Se suponía que las así llamadas “redes sociales” iban a acercarnos los unos a los otros, derribando las barreras del tiempo y del espacio para poder comunicarnos casi instantáneamente con casi cualquier persona. Pero el único resultado fue separarnos aún más y ofrecernos pseudo  “amigos”, superficiales videítos, y diálogos sólo con dibujos, pero no con palabras. 
 

Por eso, la epidemia de soledad y aislamiento ha llegado a niveles impensables hace sólo unas pocas décadas y, además, se ha globalizado. Y la solución que ofrecen los expertos es usar más de la misma tecnología que ha creado el aislamiento, indicando que los humanos pueden mantener “relaciones significativas” con robots humanoides inteligentes y con la IA.
 

Así por lo menos lo afirman tres catedráticos australianos (Michael Cowling, Joseph Crawford y Kelly-Ann Allen) que estudiaron cientos de casos de interacción entre humanos y “robots acompañantes” y concluyeron que esos robots ofrecen el “respaldo social” que esas personas no encuentran en otros humanos. 
 

Y es ahí donde surge la pregunta: ¿tanto nos hemos devaluado a nosotros mismos como humanos y, por lo tanto, hemos devaluado la humanidad de otros que nuestra única alternativa para no estar solos es estar con robots o “hablar” con la IA?
 

El problema no es cuán avanzada sea la IA o cuán humanos parezcan los robots humanoides. Ni tampoco radica el problema en las opciones que las IA y los robots puedan ofrecernos para no sentirnos (o estar) solos y aislados. El verdadero problema radica en que muchos humanos ya se “sienten mejor” (dicen los expertos australianos) con robots que incluso con amigos cercanos.
 

Y esas personas se “sienten mejor”, dicen esos expertos, incluso cuando esas personas saben que no gozan de los “beneficios sociales” usualmente adjudicados a relaciones sociales saludables. Dicho de otro modo, la relación con la IA (en todas sus expresiones) provee “beneficios funcionales y emocionales”, pero no genera el “sentido de pertenencia” a un grupo o comunidad. 
 

A la vez, parece que los humanos ya no podemos generar entre nosotros mismos ese sentido de pertenencia, ya que ahora “amigos” son aquellos que figuran en nuestra lista de contacto en las redes sociales (incluso si ni siquiera sabemos por qué están en esa lista) y “enemigos” son todos aquellos que no piensan como nosotros ni creen exactamente lo mismo que nosotros creemos.  
 

El estar alienados de nosotros mismos y el habernos separado, por eso mismo, de los otros seres humanos (el otro nunca es “otro como yo”) genera como consecuencia nuestra separación de la naturaleza o, si se prefiere, del universo, o incluso de la divinidad, un tema ampliamente analizado por Otto Scharmer (teoría de cambio) y por Iain McGilchrist (neurociencia).
 

Esa triple separación (de nosotros mismos, de los otros y de la naturaleza) no se resuelve acercándonos a los robots. Por el contrario, de esa manera la separación se agiganta hasta convertirse en un abismo. En nuestro deseo de humanizar a la IA y a los robots que no nos importa deshumanizarnos a nosotros mismos. 

 

No se puede recibir ayuda con las manos cerradas (ni vale la pena darla)

Junto con la mente y el corazón abiertos, la otra actitud clave para conectarse con el futuro (es decir, con la mejor versión posible de nosotros mismos) es la mano abierta, según enseña el Dr. Otto Scharmer, de MIT, agregando que la mano abierta es una metáfora que representa la voluntad dispuesta tanto al cambio de perspectiva como a la transformación personal. 
 

Ese enfoque me vino a la mente recientemente cuando escuché a un reconocido catedrático expresar que “no se puede recibir con las manos cerradas”, en referencia a las dificultades que ese catedrático enfrenta cuando trata de guiar y aconsejar a sus propios estudiantes para que progresen tanto en los estudios como en la vida. 
 

Obviamente, esa situación de personas con “manos cerradas”, es decir, puños, se observa no sólo en universidades sino en prácticamente todos los ámbitos de la vida. 
 

Por ejemplo, como voluntario en un banco de comida durante muchos años, me ha tocado ver a personas que llegan pidiendo ayuda y, cuando la reciben, inmediatamente la rechazan y hasta la arrojan a los residuos a la vista de quien les dio la ayuda, incluso cuando los alimentos entregados eran de primera calidad y culturalmente apropiados.
 

Y recientemente hablé con un inmigrante recién llegado que se contactó con una organización comunitaria en la que soy voluntario. El hombre en cuestión indicó que necesitaba “ayuda urgente” para él y su familia. Su lista, ya preparada, incluía “una casa, un carro nuevo, trabajo de tiempo completo y estudios universitarios pagos.”
 

Tampoco este hombre aceptó la ayuda que se le ofrecía, afirmando que él “tenía el derecho”
 a recibir “mucho más” que sólo alojamiento, alimento y pases para transporte público.

 

No se puede recibir con la mano cerrada porque el puño representa no sólo la mano cerrada, es decir, la mano que no acepta, sino también el corazón cerrado, es decir, la falta de gratitud tanto al que ofrece la ayuda como a la ayuda misma. Y también representa la mente cerrada, es decir, la actitud de “Si no es exactamente lo que yo quiero, entonces no es ayuda”. 
 

Considero que podría argumentarse que la mano cerrada, en todas sus múltiples expresiones (agresiva o pasiva, armada o desarmada) también expresa un rechazo al diálogo al representar por medio del puño (metafórico o real) el obsesivo apego a una sola realidad, a una sola posibilidad y, de haber un problema, a una sola solución. 
 

Y ese puño parece cerrarse cada vez más hasta transformarse en una herramienta de violencia, real o simbólica, no para expresar ninguna lucha por la libertad o la liberación, sino con la meta de imponer una manera de pensar considerada como la única o la mejor. Por eso, el puño (la mano cerrada) es inseparable de la mente cerrada y del corazón endurecido. 
 

A pesar de esa nueva y constante realidad de manos cerradas, expandir la consciencia (mente), clarificar las emociones (corazón) y activar la voluntad (manos) resulta más necesario que nunca para crear un nuevo futuro. 

 

Año Nuevo, vida nueva… o quizá solamente más de lo mismo

Seamos honestos: al principio de cada año todos nos proponemos metas o hacemos “resoluciones” para el nuevo año, pero, sólo pocas semanas después, ya dejamos de cumplir esas metas. Aún peor, creemos que debemos esperar todo otro año para establecer nuevas metas que, obviamente, tampoco vamos a lograr. Y así vivimos. 

Pero existe algo peor que no cumplir las metas y eso peor es dedicarse a lograr las metas equivocadas. 

Muchas personas establecen sus metas para lograr “más de lo mismo” y luego, a fin de año, lo han logrado y tienen un carro nuevo que ya trae incorporada toda la tecnología. O se han comprado la casa de sus sueños. O se han ido de vacaciones a ese lugar que tanto deseaban. O finalmente han logrado modificar su aspecto físico.

Obviamente, no hay nada de malo en comprarse un carro o una casa nuevas, o en tomarse buenas vacaciones o mejorar la salud física. Ese no es el problema. El problema surge cuando se persiguen esas metas en el marco de la constante presión social de mostrarnos como “exitosos” o “triunfadores”. 

Dicho de otro modo, nos proponemos lograr metas impuestas por otros (la sociedad, los medios de comunicación, las redes sociales), pero no nuestras propias metas. Entonces, el carro, la casa, las vacaciones, el nuevo aspecto físico, lejos de ser elementos transformadores, se convierten en trampas porque al año siguiente ya queremos otro carro y otra casa nuevos, sin nunca conformarnos.

Por eso, lograr metas que otros nos presionan y hasta nos fuerzan a lograr es peor, por así decirlo,  que no lograr ninguna meta, porque en realidad de trata de una ilusión, de un trágico autoengaño basado en creer que “tener” equivale a “ser”.

Como ya no decía Erich Fromm el siglo pasado (libro de 1976), vivimos en una sociedad en la que se prefiere “tener” a “ser”, porque el “tener” (carro, casa, abultada cuenta bancaria, o lo que sea) se asocia “ilimitada felicidad y libertad”. Como consecuencia, las personas se “creen” ser algo sólo porque tienen algo, especialmente si tienen algo que otros no tienen.

Pero, como sabiamente advierte Fromm, el modo existencial de “tener” enfoca toda su energía en controlar y adquirir “cosas”, y no solamente cosas materiales, ya que el “tener” incluye a personas (es decir, “recursos humanos”) y al conocimiento. De esa manera, el modo existencial del tener no deja lugar a “ser” ni, mucho menos, ser nosotros mismos.

Por el contrario, el cada vez más raro modo existencial de ser dirige toda su energía al “cultivo y desarrollo” tanto personal como social e incluso global. Por eso, el modo existencial de ser activa otro modo existencial, el de hacer o actuar,  cuyo propósito principal es actuar para el bien individual y de la sociedad. 

En definitiva, cuando uno se propone metas propias y no las alcanza, por los menos, con un poco de reflexión, uno descubre sus propios límites. Pero las metas impuestas nos engañan haciéndonos creer que el “tener” no tiene límites.  

 

El lenguaje que usamos ya no alcanza para expresar lo que queremos expresar

Tras más de 20 años de escribir estas columnas semanales, acumulando cientos de miles de palabras mal apiladas en búsqueda de sentido, no me faltan ni temas ni ideas sobre lo que me gustaría compartir. Pero cada vez me resulta más claro que el lenguaje me resulta se vuelve más y más insuficiente para expresarme. Y no soy el único que siente y vive esa nueva realidad.
 

Durante tanto tiempo (siglos, quizá milenios) hemos considerado al lenguaje como una mera herramienta, como una especie de puntero, para señalar lo que queremos decir que, al hacerlo, hemos desconectado al lenguaje tanto de nuestra realidad interior como de la realidad exterior, asumiendo que una y la otra existen (y no necesariamente como “interior” o “exterior”.)
 

Obviamente, no soy experto en lenguaje (ni, que yo sepa, en nada más). Pero me resulta innegable que el lenguaje (por lo menos aquellos lenguajes comúnmente usados y profundamente entrelazados con la sociopolítica actual) tiene cada vez más el aspecto de herramienta de creación de realidades limitantes que el de expansión de la consciencia.
 

La incesante creación de contenido superficial, banal, irrelevante y hasta peligroso, pero con un altísimo nivel de consumo, sólo genera la apariencia de información disponible y, como consecuencia, la apariencia de conocimiento (perpetuando así la ignorancia) y la apariencia de entretenimiento (perpetuando así el no pensar).
 

Y antes de que alguien asuma que me estoy excluyendo de lo dicho en el párrafo anterior, o que estoy subido a la metafórica columna de mármol y desde allí escribo, nada podría estar más apartado de la realidad. En el mundo actual resulta (casi) imposible librarse de recibir y consumir, mayormente de manera indeseada, una constante avalancha de insensateces. 
 

En ese contexto, resulta (casi) inútil tratar de formular un punto de vista con el deseo de compartirlo para que, por medio del diálogo, surja un punto de vista aún más profundo y  abarcador. Todo se reduce a “Esa es tu opinión” o “Eso ya lo vi en una película” o “¿En qué videíto lo viste?” 
 

Las palabras se dicen o se escriben, pero están vacías. Son meros sonidos o líneas, pero ya no hay una mente (¿un alma?) que les sirva de fuente de inspiración para que generen inspiración. De hecho, tan vacías son nuestras palabras y tan sin sentido nuestro lenguaje, que hasta la inteligencia artificial puede generar la apariencia de decir algo, aunque nada se diga. 
 

¿Para qué entonces seguir escribiendo? ¿No sería mejor darle una sugerencia a la inteligencia artificial para que en segundos escriba lo que nosotros no podemos, no queremos, o nos atrevemos a escribir? El problema, para que quede claro, no es la inteligencia artificial, sino nosotros mismos al delegar en un elemento no humano un elemento profundamente humano. 
 

¿Por qué sigo escribiendo? Quizá por un sentimiento de nostalgia (literalmente, el dolor de ya no poder regresar). Quizá para no olvidarme de escribir. Quizá, para cuidar de mi mente y alma entre las letras, para leer la realidad entre líneas. 

 

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