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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Ya es hora de despertarnos del sueño de creer que ya estamos despiertos

Se podría decir que a lo largo de la historia los grandes pensadores y los místicos comparten un mismo y urgente mensaje para cada uno de nosotros, sin importar nuestra cultura, idioma, nacionalidad u otros factores personales. Y ese mensaje es: ¡Despiértate!

En los tiempos y los momentos actuales (tiempos cronológicos y momentos kairológicos, una distinción que ya hemos perdido), vivimos dormidos y creemos que estamos despiertos y, por lo tanto, nunca nos despertamos y seguimos tan dormidos como antes, confundiendo nuestra fantasía mental con la realidad.

Ya en la antigüedad Heráclito se quejaba de los que vivían dormidos y, por lo tanto, eran incapaces de conectarse con otros y con el universo, viviendo sin saberlo dentro de un encierro de autodestrucción que a la vez destruía las vidas y los futuros de las otras personas. 

Luego, en su famosa Alegoría de la Caverna, Platón gráficamente nos ayuda a visualizar esa vida de vivir dormidos creyendo que estamos despiertos, asumiendo erróneamente que la realidad que conocemos es toda la realidad y la única realidad posible. Así, preferimos las permanentes cadenas de la ignorancia a la temporal ceguera de ver la luz por primera vez. 

Siglos más tarde, Calderón de la Barca nos recuerda que “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando.” En esa conocida expresión de La vida es sueño, Calderón enfatiza la palabra “engaño” y advierte con toda razón que aquella persona que se aferra a ese “engaño” se ha de despertar “en el sueño de la muerte”.

En el siglo pasado, en algún lugar (no sé dónde), Borges escribió que aquella persona que realmente comienza a despertarse se despertará más veces de las que se fue a dormir y comenzó a soñar. Dicho de otro modo, si uno sueña que sueña y en ese sueño sueña que sueña y así varias veces, cuando uno comienza a despertarse lo hace más veces que los niveles de sueños que tuvo.

Y eso es necesariamente así, agrego yo, para evitar el pernicioso autoengaño de creer que porque uno ya se despertó una vez entonces ya está despierto. Los niveles de la consciencia y de la autoconsciencia son tantos que el despertarse es a la vez un acto único y múltiple, como lo enseñaba Ksemaraja en su Doctrina del Reconocimiento hace mil años.

Hace solamente algunos años, la conocida trilogía The Matrix ejemplificó la posibilidad de que toda nuestra existencia pueda llegar a vivirse como una especie de sueño inducido tecnológicamente. Una caverna platónica, pero tecnológica, donde nos creemos humanos autónomos, pero somos sólo meras baterías totalmente manipuladas por máquinas inteligentes.

Sea como fuere, seguimos dormidos. Quizá en algunos momentos logramos por pocos segundos entreabrir los ojos y ver fugazmente la realidad. Pero inmediatamente, gracias al fuerte condicionamiento social y cultural, volvemos a cerrar los ojos. Y así “vivimos”, creyéndonos en control cuando somos controlados y aceptando todo engaño como si fuese verdad.

Pero ¿realmente podemos despertarnos a nosotros mismos de nuestro propio sueño? 

Cuanto más conectados estamos, más fragmentados y separados nos volvemos

La gran paradoja de nuestra época es que cuanto más conectados estamos por medio de todas las tecnologías ahora disponibles para nosotros, más fragmentados estamos en nuestro interior y, de hecho, más separados estamos de los otros, de la naturaleza, del universo e incluso de nosotros mismos.

Se ha dicho y con razón que la pregunta ya no es “¿Quién soy?”, sino “¿Cuántos soy?”, porque nuestro “yo” (que en realidad ni siquiera existe) ya no es uno, sino muchos. Y esos muchos, en una especie de neurosis potenciada, son tantos que ya ni siquiera llegamos a conocerlos a todos. Y nada los une, excepto que “nosotros” nos encontramos cada día con cada uno de ellos.

¿Soy el que soy en el trabajo? ¿O soy el que está con su familia? ¿O soy el que soy cuando estoy solo y nadie ve lo que hago? ¿Soy el que va a los servicios religiosos cada semana o soy el que mira apasionadamente deportes? Quizá yo no soy ninguno de ellos, como tampoco soy el que publica mensajes en las redes sociales.

La tragedia, lo lamentable, es que ahora que puedo ver en directo lo que sucede en remotos países y puedo participar de inesperadas y profundas experiencias educativa al otro lado del mundo (recientemente, por ejemplo, participé de un seminario en línea con una profesora alemana enseñando desde Egipto), no puedo comunicarme conmigo mismo.

Esa “conexión con todos” es, así, engañosa, porque es una conexión que desconecta, que fragmenta, que divide y que, en definitiva, separa. Es una conexión que, por obligarme a ponerme una máscara (la de empleado, o de religioso, o de amigo, o de lo que fuere) me impide mantener un contacto genuino y auténtico y me lleva a olvidarme de mí mismo.

Obviamente, ni estoy en contra de la tecnología (aunque siento desagrado por lo que se ve y publica en las redes sociales), ni me disgusta la posibilidad de “conectarme” con el mundo. 

Pero esa conexión es tan ficticia que la persona al otro lado de la pantalla durante una videoconferencia quiere hacerme creer que está en las montañas o en el espacio, cuando en realidad simplemente está en su oficina. En otras palabras, para poder comunicarnos, hasta debemos ocultar dónde realmente estamos. 

Y donde estamos es separados de la naturaleza (la consideramos “recursos naturales”), separados de los otros (no hay “otros” en una cultura hiperindividualista y narcisista), y de nosotros mismos (somos el producto de una cultura y de una historia en la que nunca pensamos y actuamos según cómo nos manipule el mercado al que, voluntariamente o no, contribuimos).

Aunque tenemos más acceso a información y más rápido que en ningún otro momento de la historia, no por eso somos más sabios. Y aunque podemos acceder directa o indirectamente a las mentes más brillantes de la historia, ya no pensamos, sino que meramente calculamos. De esa manera, el futuro se cierra y caemos en la peor adicción de todas: nos volvemos adictos a nosotros mismos. 

¿Por qué yo debo demostrar que soy humano y no un robot?

Con cierta y fastidiosa frecuencia, para acceder a los sitios web se me pide que yo demuestre que no soy un robot y, por lo tanto, asumo que se quiere verificar que soy humano. Me muestran entonces imágenes mezcladas de varios elementos o lugares y me piden que seleccione un elemento o lugar específico. 

Lo interesante del caso es que yo, siendo humano, debo demostrarle a un robot o a una inteligencia artificial que yo no soy un robot o inteligencia artificial y para hacerlo debo pasar por una simple prueba que cualquier inteligencia artificial aprobaría fácilmente en cuestión de milisegundos.

Quizá, entonces, sea mi lentitud en seleccionar la respuesta correcta lo que me hace humano. O quizá sean los errores que cometo porque si cuando me piden que seleccione todas las montañas que aparecen en la imagen debo también marcar aquellas que para mí son simplemente colinas. 

Sea como fuere, por tardanza o por ignorancia, cualquiera de esas dos opciones parece ser suficiente para convencer a una inteligencia no humana que yo soy humano. Pero existe un problema aún mayor: si yo quiero que el robot demuestre que es un robot y no un humano no tengo forma de hacerlo.

Obviamente, puedo hacer una pregunta directa, como “¿Eres un ser humano?” Pero eso no garantiza que la respuesta “Por supuesto que lo soy” signifique se trate de un humano, ya que el robot podría haber sido programado para verse como un humano artificial y responder, sin mentir, con “Sí, lo soy”.

Y cualquier otra pregunta que yo haga podría ser respondida de la misma manera, de modo que, sin faltar a la verdad, la inteligencia artificial revela su “humanidad” sin revelar su “artificialidad”. Pero existe un problema aún mayor: nunca le pedimos a los robots que se identifiquen como tales. 

Por algún motivo, los humanos debemos comprobar que lo somos, pero no les exigimos a los robots que hagan lo mismo, especialmente en la forma de los conocidos y populares chatbots, que, con la tecnología actual, pueden mantener una conversación por escrito completa y coherente sin que jamás sospechemos que no estamos conversando con un humano.

Esa asimetría en la necesidad de comprobar o no la humanidad del interlocutor nos lleva a sospechar que estamos usando la inteligencia artificial como un espejo en el que ver nuestra propia humanidad, pero sin importarnos cuánto nos deshumaniza vernos en ese espejo. 

Nos arrodillamos frente a nuestra propia creación y le pedimos que nos humanice, que nos reconozca como humanos. Y eso es deshumanizante porque el ser humano, como proyecto de vida, no tiene una esencia fija ni mucho menos una definición. Dicho de otro modo, mi humanidad no necesita ser verificada por una inteligencia artificial para que yo sea humano. 

Antes, como medida de humanidad, nos comparábamos con Dios o con los dioses, o con ángeles o demonios o animales. Ahora, nos comparamos con lo artificial y le agradecemos que nos considere humanos. Es una inaceptable burla a nuestra propia humanidad.  

¿Por qué mirar a la luna si podemos mirar hacia adentro?

Recientemente publiqué en una conocida red social una fotografía que yo tomé de la luna a media mañana, con un cielo azul y, por eso mismo, con la luna de ese mismo color. Poco después alguien me preguntó, de buena manera y con deseo de diálogo, por qué había que mirar a la luna. 

Mi respuesta inmediata fue que miramos a la luna como una manera de recordarnos que existen elementos tanto fuera de nuestro control como fuera de nuestro alcance. Como resulta obvio, nosotros no le dictamos a la luna que recorrido debe seguir y, con poquísimas y conocidas excepciones, los seres humanos se mantienen alejados de la luna.

A su vez, la respuesta de mi interlocutor fue inmediata: mirando hacia adentro de cada uno de nosotros también podemos encontrarnos con elementos de la realidad que no controlamos ni están totalmente a nuestro alcance. 

Le agradecí a mi interlocutor por su acertada observación y allí quedó el diálogo. Pero lo cierto que mirar hacia arriba y mirar hacia adentro es, en definitiva, un solo y único movimiento. Ya desde la antigüedad se enseñaba que “Como es arriba, así también es abajo”. O, dicho de otra manera, el ser humano es un microcosmos. 

También podría decirse que quién no se ve a sí mismo al mirar la luna, tampoco podrá ver a la luna al mirarse a sí mismo. O, en otras palabras, quien no se conecta con el cosmos tampoco podrá conectarse consigo mismo. 

Eso no es nada nuevo. Heráclito ya decía que “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo es uno y el mismo”. Mirar a la luna, o, si se prefiere, mirar a la inmensidad del universo “fuera” de nosotros, y mirar hacia adentro, al universo “dentro” de nosotros, es, entonces, un único movimiento, un solo camino. 

Y aunque se insista en percibirlos como dos, aun así, resultan inseparables, como bien lo indicó Kant al hablar del “cielo estrellado sobre mí” junto con “la ley moral en mí”. Kant decía que la contemplación del cielo estrellado y de la ley moral llenaban su “alma” de “admiración y respeto”. 

Por eso, puede decirse que mirar a la luna (o las estrellas, o al universo) es una invitación a reencontrarse con uno mismo en el marco de una existencia universal. O, si se quiere, es transformar nuestra identidad de una identidad “personal” a una identidad (identificación) universal. 

Y mirar hacia adentro es una invitación a reencontrarse con el universo dentro de cada uno de nosotros, a tomar consciencia de la consciencia, a despertar a nuestro verdadero ser para encontrar que el ser se diluye en la nada, como explicó el siglo pasado Keiji Nishitani. 

Lamento que mi interlocutor haya considerado que mirar a la luna y mirar hacia adentro son mutuamente excluyentes cuando en realidad son un solo movimiento del alma (o del espíritu, o de la mente.) Después de todo, lo que uno “ata” en el cielo queda “atado” en la tierra, alguien enseñó hace milenios.  

¿Hemos alcanzado los humanos nuestra máxima capacidad de procesamiento?

La filósofa española Marina Garcés sostiene, y con toda razón, que los humanos de nuestra época hemos renunciado (abdicado, diría yo) a nuestra responsabilidad de ser mejores. Dicho de otra manera, hemos renunciado al futuro, o, si se prefiere, ya no buscamos expandir ni nuestra consciencia ni nuestras experiencias.

Al haber renunciado a ser mejores y precisamente por haberlo hecho, el futuro se ha convertido en una perpetua repetición del presente (es decir, en una constante pesadilla y castigo) o en un sombrío apocalipsis que solamente se puede evitar volviendo al pasado. De esa manera, la “salvación”, sea como que se la entienda, ya no se conecta con una esperanza futura. 

Dicho aún de otro modo, vivimos sin vivir, atrapados en un incierto presente que, por cambiar constantemente, nunca cambia, añorando un pasado al que nunca regresaremos por más que lo intentemos e incapaces de acceder a un futuro que de todos modos se presenta como amenazador, destructor y devorados. 

Para decirlo en pocas palabras, somos zombis: unos muertos en vida que deambulan por el mundo desconectados del mundo, caminando sin ir a ninguna parte, buscando lo que no pueden encontrar, irracionales e incorregibles, sin conciencia propia ni de los demás. Somos, como dice Garcés, póstumos.

Pero ¿cómo y por qué hemos llegado a ese lamentable estado en el que ni el futuro del planeta ni el futuro de la humanidad nos conmueven lo suficientes como para asumir o reasumir la responsabilidad de ser mejores? ¿Cómo y por qué preferimos vivir en un mundo de fantasía, ficción y trivialidades en vez de vivir en un mundo de responsables humanos adultos? 

Una posible respuesta, que se ha ofrecido cientos de veces durante las últimas dos décadas, es que los humanos hemos superado nuestra capacidad de procesar estímulos, datos e información. La “banda ancha” de la percepción humana tiene límites y los hemos sobrepasado, abrumando tanto nuestro cerebro como nuestra mente, incapaces ya de entender el mundo y la realidad.

Numerosos expertos afirman que la tecnología moderna y específicamente los teléfonos inteligentes (de hecho, microcomputadoras portátiles) son los responsables de habernos llevado a los límites de nuestra capacidad de procesar datos debido que ahora tenemos literalmente en nuestras manos más información de la que necesitamos o a la que podemos acceder. 

Se podría decir que la tecnología nos ha encerrado a (casi) todos dentro de un inmenso recinto virtual similar a esos conocidos casinos en Las Vegas donde los sentidos son constantemente estimulados al máximo al punto que las personas pierden la noción del lugar, del día y de la hora. 

O, dicho de otro modo, estamos dentro de la caverna platónica, aunque con más luces y con mejor espectáculo. Además, las cadenas físicas se reemplazaron por conexiones inalámbricas. Pero el resultado es el mismo: tanto nos hemos zombificado e infantilizado a nosotros mismos que nos hemos olvidado de quienes somos o podemos ser. 

Como bien dice Garcés, la respuesta es reactivar nuestro pensamiento crítico, una tarea dificilísima en el mundo actual. 

¿Momento de darle gracias al destino, pero no por los amigos?

Se celebra esta semana en Estados Unidos el famoso Día de Acción de Gracias y, dejando de lado toda explicación sobre sus orígenes y costumbres, queda claro que este año un elemento de esa celebración ha cambiado: los latinos en Estados Unidos ya no le dan gracias a Dios ni dan gracias por sus amigos. En realidad, sí lo hacen, pero ya no al mismo nivel que antes.

Según una reciente encuesta nacional preparada por LifeWay Research, los latinos en Estados Unidos son el grupo que menos agradece por sus amigos. Sólo poco más de la mitad expresa ese agradecimiento, comparado con tres de cada cuatro personas de otros grupos agradecidas por sus amistades.

Pero quizá el cambio más importante en comparación con años anteriores es que los latinos son el grupo más propenso en agradecerle al destino, y no a Dios o la familia, por lo que les sucede o por lo que han logrado. 

De hecho, a nivel general (sin importar el grupo del que se trate), la familia ha desplazado a Dios del primer lugar en la lista de a quienes uno está agradecido. Pero entre un importante número de latinos y más que en cualquier otro grupo, ni la familia ni Dios encabezan esa lista, sino el destino.

Esa elección de a quién (o a qué) estar agradecidos en primer lugar y por sobre toda otra persona o entidad podría analizarse y explicarse de numerosas maneras, incluyendo obviamente el bien conocido fatalismo que forma parte desde hace siglos de la mentalidad, las acciones y las decisiones de los latinos en todo el continente americano. 

Y también podría decirse que la decisión de agradecerle este 2020 al destino surge de la llegada de una pandemia que parece surgir y llegar casi por capricho e impersonalmente, es decir, de la misma manera en la que, según se cree, actúa el destino. En otras palabras, estamos donde estamos porque el destino lo quiso, incluso si en realidad el destino no puede querer nada. 

Pero hay otra posible explicación: entender “destino” en el sentido de uno de los pilares constitutivos de la cultura occidental (si es que existe una cultura occidental) que ahora, al sentir que la cultura se derrumba, se busca recuperar para volver a darle solidez a algo que tambalea y está casi a punto de caerse. 

Hace 2500 años, el filósofo griego Heráclito enseñaba que, “para el ser humano, su carácter es su destino”. En esa frase, “carácter” es “ethos”, la palabra griega que luego nos da “ética”. Y destino es “daimon”, que nada tiene que ver con demonio, y que significa el “verdadero yo” o el “yo superior”.

Para Heráclito, lo más humano del ser humano (ánthropos) es establecer una forma de vida (ethos) que nos permita conectarnos con nuestro verdadero ser (daimon) y vivir según esa conexión. Dicho de otro modo, nuestro “destino” es llegar a ser lo que en realidad ya somos. 

Quizá por eso debemos agradecer por aquellos que aún agradecen al destino. 

“Tú eres una leyenda en esta ciudad”, me dijeron (obviamente en grave error)

Recientemente, al final de una presentación sobre temas comunitarios, una de las participantes me dijo: “Tú eres una leyenda en esta ciudad”. Aunque aprecio las amables palabras de esa participante, el error de esa apreciación no solamente es obvio, sino grave: no soy una leyenda ni pretendo serlo. Pero esa frase me dejó pensando.

Si entienda “leyenda” en el sentido de alguien famoso, conocido, o destacado (como cuando se habla, por ejemplo, de “una leyenda del deporte”), ciertamente no lo soy ni jamás calificaré para esa categoría. 

Pero si se entiende “leyenda” de una manera más literal, es decir, retornando a su sentido etimológico, podría entonces decirse que todos somos una “leyenda” o estamos invitados a serlo, porque “leyenda” viene del latín y quiere decir (aproximadamente) “cosas que se pueden o deben leer”. Ahora bien, no estamos hablando de leer libros, sino de otro tipo de lectura. 

“Legere”, en latín, no significa “leer” en el sentido habitual de esa palabra, sino más bien “colectar”. De hecho, como se ve, “colectar” y “lectura” tienen la misma raíz, “lec”, que significa algo así como “reunir de tal manera que lo que se reúne pueda ser entendido e interpretado”. A su vez, “lec” se conecta con el griego “log”, como en “lógos”. 

En ese contexto, “leyenda” entonces se refiere a aquellos elementos de la existencia, materiales o inmateriales, reales o imaginarios, que se han reunido y conectado de alguna manera que se vuelven inteligibles, o por lo menos así los percibimos. 

Esa interconexión entre los distintos elementos de la existencia no es inmediatamente evidente o patente, es decir, hay que “leerla entre líneas”. Y esa capacidad de leer (legere) entre (inter) líneas es lo que llamamos “inteligencia” (inter-legere). La conexión entre “leyenda” e “inteligencia” es clara. 

La leyenda, entonces, es el resultado de haber leído la realidad entre líneas hasta hacerla comprehensible y, para poder compartir esa realidad, la “lectura” así hecha se vuelve una narración, una historia. Cuando esa historia se repite de generación en generación y, por eso, guía la vida y las decisiones de las personas, se transforma en “leyenda”, o mythos en griego.

Dicho de otro modo, la leyenda, cuando la analizamos con cierta profundidad, no es un cuento del pasado sin base alguna ni una mentira repetida a la largo de la historia. Ni tampoco es solamente un manto de fama o una popularidad de la que todos hablan. La leyenda es haber “leído la realidad” hasta encontrar sus interconexiones y hacer de esa lectura una historia. 

Quizá por mi trabajo como periodista o como educador (es decir, por mi trabajo de contar historias) alguien, con las mejores intenciones, haya asumido que lo que yo hago es “legendario”, y hasta cierto punto lo es, si lo entendemos como buscar y compartir aquellas conexiones que solamente existen “entre líneas”. Pero no soy una leyenda. 

Una cosa es cierta: como alguna vez me enseñó un anciano. uno comienza leyendo libros y termina leyendo personas. En ese sentido, todos somos leyenda.

“La luna sólo se ve de noche” y otras falsedades que aprendí de niño

De niño aprendí que, así como el sol solamente se ve de día, la luna solamente se ve por la noche. Hasta que un día, con pleno sol, salí al patio de la casa, miré hacia arriba y allí estaba la luna. Lo que me habían enseñado (incluso inintencionalmente) era patentemente falso, pero no fue eso lo primero que pensé.

Al ver la luna de día, primero pensé que yo estaba viendo mal. Quizá no era la luna. Quizá era otra cosa, como un simple reflejo en el cielo, o alguien jugando con un barrilete (cometa), o una bolsa o un globo llevados por el viento. 

Como bien decía con toda hilaridad Mark Twain: ¿A quién vas a creer, a mí o a tus mentirosos ojos?” Mis ojos me estaban mintiendo, pensé. No podría haber otra explicación: me enseñaron que la luna no se veía de día y entonces, contrariamente a lo que mis ojos me mostraban, lo que yo veía no podía ser la luna.

Pero pronto comprendí que no había nada malo con mis ojos y que el objeto en cuestión que yo veía en el cielo y en pleno día era, sin dudas, la luna. Entonces, tuve que buscar una explicación, aún más “catastrófica”, para reconciliar lo que yo estaba viendo con mis creencias: algo estaba mal con el universo. 

Quizá la luna se había salido de su órbita. O quizá la tierra había dejado de rotar. Quizá habría una colisión entre la luna y la tierra. Algo había dejado de funcionar como antes funcionaba y ahora, como mis ojos lo confirmaban, la luna se veía de día y todos estábamos en peligro. 

Pero si eso era así, ¿cómo podía ser que todos a mi alrededor estaban tan calmados? ¿Y por qué los medios de comunicación no hablaban de la inminente catástrofe? Por un momento pensé que yo era el único, o por lo menos el primero, que había visto el peligro. Pero pronto descarté esa hipótesis, porque no tenían sentido pensar que yo era el único mirando al cielo ese día.

Quedaba entonces solamente una opción: aquella enseñanza de que la luna solamente se veía de noche era falsa. Pero resultaba muy difícil aceptar esa opción porque entonces habría que admitir que aquellos mismos adultos que me habían enseñado que la luna sólo se veía de noche también podrían haberme enseñado otras falsedades. 

Con el correr de los años, finalmente acepté que efectivamente eso era lo que había pasado: familiares, maestros, religiosos, consejeros y muchos otros, con o sin deseo de engañarme, de todos modos, me habían engañado haciéndome creer que lo que ellos me decían era verdad, cuando en realidad no lo era. 

Librarse de ese pasado de obvias (y no tan obvias) falsas enseñanzas, adquiridas de otros o por mí mismo, no resultó una tarea fácil y, de hecho, todavía continúa porque todavía no sé cuántas otras de mis creencias que acepto como verdaderas deberé cambiar la próxima vez que mire hacia el cielo. 

María caminó 4300 kilómetros a través de cuatro países. Pero esa no es la historia

María (el nombre y la historia son reales) trabajó toda su vida como maestra en su país natal en América Central. Pero el trabajo no le generaba los ingresos mínimos como para satisfacer las necesidades básicas de la vida. Por eso, un día, se decidió a hacer lo impensable: caminar desde su ciudad hasta Estados Unidos. Pero esa no es la historia. 

María es una de esas personas que se animó a caminar 4300 kilómetros y en ese camino debió enfrentar numerosos peligros, dormir junto a ríos o bajo árboles, comer un día sí y otro no, y sin tener ropa para cambiarse o un lugar para asearse.

Pero tampoco esa es la historia.

En el trayecto, excepto por asalto físico contra su persona, María sufrió todo tipo de agravios, desde el robo de sus pocas pertenencias, extorsión para atravesar por ciertos lugares, persecución por parte de las fuerzas del orden y por parte de grupos de pandilleros, y muchos momentos sin saber si contaría con lo necesario, mental y físicamente, para vivir un día más. 

Pero tampoco esa es la historia.

Ya en la frontera con Estados Unidos, María logró demostrar que su familia la estaba esperando en este país y, por eso, pudo ingresar legalmente. María entonces recorrió, también a pie, la distancia desde la frontera hasta la casa de sus familiares. Allí, sus propios familiares le dijeron que se marchase y María quedó literalmente en la calle. Y en la calle vivió por un año. 

Pero tampoco esa es la historia.

Durante su tiempo en situación de calle, sin otro recurso disponible que su determinación, María visitó numerosos centros comunitarios, organizaciones caritativas, iglesias y grupos proinmigrantes para pedir ayuda. Y en todos los casos se encontraron razones para no ayudarla por lo que María, legalmente en Estados Unidos, siguió viviendo junto a ríos y bajo árboles.

Pero tampoco esa es la historia.

¿Cuál es entonces la historia de una mujer sola que recorre caminando miles de kilómetros en algunos de los lugares más peligrosos del mundo, y que es traicionada por su familia y rechazada por aquellos que supuestamente se dedican a ayudar a personas como ella? 

La verdadera historia es que María realizó todo ese largo viaje de seis meses caminado y experimentó ese largo año de desamparo junto a su hijo Rubén, de 20 años y severamente discapacitado. Y María realizó el peligroso viaje para darle un futuro a Rubén. 

Recientemente, justo antes de que llegase una tormenta de nieve con temperatura bajas sin precedentes históricos, María encontró un lugar donde quedarse y un grupo de personas que, de buena voluntad, la ayudan en lo que pueden a ella y a su hijo.

María hace mucho que dejó de orarle a Dios, pero nunca dejó de llorar por su hijo. Como madre, ella sabe intuitivamente lo que el Talmud enseña: las puertas del cielo a veces se cierran a las oraciones, pero siempre están abiertas a las lágrimas. Esa es, ahora sí, la verdadera historia.   

La información está allí, pero no siempre al nivel que la buscamos

Recientemente, al atardecer, un pájaro de largas alas pasó volando sobre mi jardín en dirección oeste, creando una atractiva imagen de alas extendidas sobre un cielo azul con un toque de naranja. Siempre tengo una cámara de fotografía a mano, por lo que inmediatamente tomé una fotografía para poder compartir esa imagen. 

Pero hubo un problema: aunque yo estaba seguro de haber capturado el sobrevuelo del pájaro, no se lo veía en la imagen. Allí estaba el cielo azul y algunas nubes ya tornándose anaranjadas, pero no había señales del pájaro. Pensé entonces que ya había perdido una buena oportunidad de tener una agradable fotografía, pero luego pensé algo más: la imagen estaba allí, pero yo no la veía.

Transferí entonces la fotografía a mi computadora y usando el programa adecuado comencé a alargar la imagen y recorrer cada sector. En poco tiempo, encontré al pájaro. La cámara había capturado sus alas abiertas en innegable contraste con el cielo, pero no con el tamaño que yo había anticipado. Unos pocos recortes de la imagen, y la fotografía quedó lista para compartir. 

Creo que lo mismo sucede con la información que buscamos: está allí, pero no la vemos, porque no está al mismo nivel que la buscamos o que anticipamos o creemos que estará. Pero eso no significa que no esté allí, sino que la buscamos dónde no está. 

La situación queda ejemplificada en aquel antiguo cuento de un hombre que, en medio de la noche, está debajo de un farol mirando al suelo de aquí para allá. Otro hombre llega y le pregunta qué pasa. “Perdí mis llaves”, dice el primero. Juntos buscan las llaves por algún tiempo, pero sin encontrarlas. 

Entonces, el que llegó después le pregunta: “¿Dónde perdió las llaves?”. Y el otro responde: “En la otra esquina, pero las busco por aquí porque aquí hay más luz”.

Nosotros hacemos lo mismo: buscamos lo que perdimos o lo que aún no hemos hallado no donde lo perdimos, sino en donde creemos que va a ser fácil encontrarlo. Y en esa fútil búsqueda, con frecuencia involucramos a otros. 

Pero no nos damos cuenta de que la información (o las ideas, o la solución) ya está allí, pero no necesariamente de manera obvia ni en el nivel que la estamos buscando. Como en el caso de la fotografía que tomé del pájaro volando, a veces tenemos que “ampliar la imagen” para encontrar lo que queremos. O, en otros términos, tenemos que expandir nuestra consciencia. 

Lamentablemente, vivimos en una época de consciencias cerradas, de capacidad psicológica reducida (y hasta mínima) y de prioridades hedonistas y cortoplacistas. 

Si no encuentro lo que quiero cuando quiero (es decir, inmediatamente), dónde quiero y cómo lo quiero, y si eso no me da placer, entonces “eso” (sea lo que fuere) o no existe o no me sirve, y busco entonces a quien culpar. 

Ese “patinar mental” (como decía Ortega y Gasset) poco tiene que ver con la vida, con el pensar y con el futuro.  

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