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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

La cerrazón mental reduce nuestro mundo en un ciclo sin fin

Recientemente me encontré con un joven que compartió conmigo sus serios problemas personales quizá solamente para que alguien más los escuchase, porque en ningún momento pidió ayuda. En medio de su monólogo, afirmó que “Lo que me pasa debe ser normal porque les pasa a todos los hombres que yo conozco”. 

El joven me explicó entonces que su padre y sus tíos tenían problemas similares (relaciones conflictivas, inestabilidad laboral, adicciones), como antes los había tenido su abuelo y como también lo tienen sus compañeros de trabajo y sus amigos. Por eso, pensó que “si a todos les pasa lo mismo” esos problemas son “normales” y, de hecho, no son problemas. 

El tema es que sus múltiples conductas innegablemente autodestructivas lo estaban afectando a él, a su familia cercana y a su familia extendida. Pero en el mundo en el que este joven vive (“mundo” en el sentido de conexiones interpersonales y de ideas y creencias compartidas y aceptadas), esas conductas autodestructivas son tan prevalentes que se ven como “normales”.

El pobre muchacho, atrapado dentro de su propio mundo (literalmente), no solamente racionalizó su situación justificándola de la manera más antigua posible (“Todos hacen lo mismo”), sino que se mostró a incapaz de ver los límites de su mundo y, por eso, de imaginar alternativas más beneficiosas para él y los suyos más allá de ese mundo pequeño. 

Pero seamos honestos: todos estamos encerrados dentro de nuestros mundos pequeños. “Cuán pequeño el mundo es” repite incesantemente uno de los juegos en Disney World. Y, gracias a las redes sociales y a la omnipresencia de los teléfonos inteligentes, ese mundo es cada vez más y más pequeño. 

Aceptamos como “normal” algo que vemos todos los días simplemente porque lo vemos todos los días, desconociendo los orígenes históricos, culturales, sociales, políticos e ideológicos de esa “normalidad”. 

Y aunque esa “normalidad” sea tan autodestructiva para la vida del planeta como la adicción que cada día destruye un poco más la vida del joven con quien hablé, aceptamos esa conducta destructiva como algo “normal”. 

De hecho, normalizamos así la violencia, la injusticia, la explotación y la ignorancia y entonces le damos nombres “aceptables”, como “ley y orden”, “justicia”, “trabajo” y “educación”. Pero, como ese es el mundo en el que vivimos, creemos que es algo normal y que no existen alternativas. 

Si el muchacho con quien hablé no cambia su conducta, en poco tiempo lo perderá todo, incluso la vida. Sin embargo, si cambia su conducta (con la ayuda profesional que necesita y en respaldo de quienes quieran respaldarlo), probablemente salvará su vida y su futuro.

A nivel global, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, el ecocidio planetario será una realidad. Y si cambiamos nuestra conducta (con la ayuda de las grandes mentes y corazones que quieran hacerlo), aun así, no existen garantías de que podamos salvar nuestro futuro. 

El Universo quizá se beneficiará con la desaparición de una humanidad autodestructora e inmadura. Pero el Universo también podría beneficiarse con una humanidad plenamente humana. 

“No tengo tiempo para el futuro”

En un reciente encuentro informal con una persona experta en negocios, en el marco de la conversación sobre nuevos proyectos comunitarios, esta persona me dijo “No tengo tiempo para el futuro”. Y, con una amable sonrisa y expresión corporal, dio por terminada la conversación.

La expresión “No tengo tiempo para el futuro” me tomó por sorpresa, porque (sin asumir ni por un momento que yo sé lo que eso significa) me dio la impresión de que la persona que lo dijo no entendió lo que realmente estaba diciendo. 

Por ejemplo, ¿es realmente posible “tener” tiempo de la misma manera que se tiene un carro, o una casa, o dinero en el banco? Ciertamente que no, ya que el tiempo no es algo que “controlamos” o que acumulamos (mal que nos pese) como lo hacemos con elementos estrictamente materiales y diseñados para el consumo o para facilitar el consumo. 

Además, el “no tener tiempo” generalmente significa una vida tan atareada y ocupada (aunque no necesariamente exitosa o feliz) que ya no deja lugar a nada más, ni siquiera para el futuro. Pero la paradoja es que el futuro es donde pasaremos el resto de nuestra vida, sin importar la duración de esa vida.

¿Estaba esta persona diciendo que no tenía tiempo para su propia vida futura? Posiblemente no lo admitiría, pero eso es lo que me pareció que se escondía en su expresión. 

Pero si no se tiene tiempo para el futuro, ¿para qué se tiene tiempo? Las únicas opciones son el pasado o el presente. Pero si el pasado ya pasó y, por eso mismo, si ya no existe (es decir, si solamente existe como recuerdo), la única manera de dedicarle tiempo al pasado es recordándolo o, en el peor de los casos, tratar de revivirlo o recrearlo en el presente.

¿Será entonces el presente lo que llena tanto nuestro tiempo que nos deja tiempo para el futuro? Pero el presente es un fugaz instante que inmediatamente se convierte en pasado. Entonces, ¿cómo podemos darle tiempo a algo que tan pronto como lo miramos deja de ser lo que es?

Obviamente, no creo que la persona con quien hablé haya pensado en tener un debate filosófico sobre la esencia del tiempo o sobre el impacto de la temporalidad en los humanos (si es que realmente se puede hablar de “impacto”). 

Creo, eso sí, que esa persona buscaba expresar algo más pragmático, más práctico: su futuro no tiene lugar para algo distinto del futuro que esta persona ya tenía en mente. Y ese “futuro”, que podría mejor describirse como una “perpetua continuidad del pasado”, estaba entonces cerrado a cualquier otra alternativa. 

En definitiva, “no tener tiempo para el futuro” parece querer decir algo así como “estar tan atrapado en la cotidianeidad que todo lo vemos como ‘cosas’ y que ya no vemos nada transcendental”. Si es así, lo que estamos diciendo es que nos olvidamos de que los humanos, precisamente por ser humanos, somos posibilidad, proyecto. 

Ser humano es ser futuro. 

La disputa no es entre realidad y fantasía, sino entre sentido y sinsentido

Durante muchos años, en el marco de mis estudios en filosofía, teología y religiones comparadas, me enfoqué en entender la diferencia entre realidad y fantasía, entre lo que es y lo que parece ser, entre lo que se muestra y lo que ilusiona. Y aunque esos esfuerzos fueron sinceros y académicamente válidos, y a pesar de los resultados logrados, también fueron insatisfactorios.

La razón es, podría decirse, bastante sencilla: distinguir entre realidad y fantasía significa estar predispuesto a decidir y a decir cuál es cual, lo que a su vez significa aceptar una cierta escala de valores en la que lo real, precisamente por ser real, merece mayor atención y valoración que lo fantasioso.

Pero si todos viviésemos todo el tiempo encerrados dentro de lo que aceptamos como real, no solamente seríamos esclavos de esa realidad, sino que ni siquiera sabríamos que somos esclavos por lo que nada haríamos para liberarnos. En ese sentido, la imaginación (que, aunque diferente, se superpone con fantasía y apariencia) tiene un efecto liberador. 

Por eso, buscar la diferencia entre ilusión y realidad es, en definitiva, encontrar aquel elemento o idea que sirva de punto a apoyo para superar ambas, sin deshacerse de ninguna, sino manteniéndolas en una constante interacción dinámica de irresuelta ambigüedad. Dicho con un ejemplo: la realidad virtual no es menos real que la realidad real simplemente por ser virtual. 

Pero, asumiendo que se pueda superar la antigua dicotomía entre realidad y fantasía (y todo lo que ahora llamamos “artificial” o “virtual” nos impulsa a hacerlo), ¿qué yace más de allá de esa dicotomía? ¿Qué vive en el centro de la irresuelta ambigüedad que se presenta como tal y que no quiere ni busca ser resuelta o superada?

Quizá el tema, entonces, no sea qué es real y qué sólo parece serlo, sino qué tiene sentido y qué no lo tiene. Pero entonces entramos en un área peligrosa, pantanosa, ya que para saber si algo tiene sentido primero debemos definir el sentido del sentido, lo que nos puede llevar a una regresión infinita en la nunca encontraremos una tortuga primordial que nos sirva de base sólida.

Dicho de otro modo, todo sentido es, hasta donde podemos saberlo o imaginarlo, contextual e históricamente determinado. Las leyes que regulan el tráfico de vehículo solamente tienen sentido en un contexto de uso masivo de camiones y automóviles. De la misma manera, las leyes que en la Edad Media regulaban la entrada de caballos a las ciudades ahora carecen de sentido.

Y lo que decimos de las leyes se puede aplicar a casi actividad humana: educación, justicia, gobierno, religión. Todas esas actividades tienen sentido (o parecen tenerlo) en un cierto contexto o paradigma. Pero ¿qué pasa cuando ese paradigma desaparece y una nueva realidad emerge? 

Una respuesta obvia, y ampliamente difundida, es aferrarse al presente y al pasado como la fuente y base del sentido. Pero como Milton y Proust lo enseñaron, el paraíso y el tiempo ya están perdidos. Aferrarse a ellos es un sinsentido.  

 

Tanto hemos perdido el sentido que hasta queremos darle sentido al sinsentido

Vivimos en una época interesante en la que, como nada ya tiene sentido, ninguna narrativa nos resulta aceptable, ninguna explicación nos convence, buscamos entonces darle sentido al sinsentido, sin siquiera tomar consciencia de lo paradójico y contradictorio de esa acción.

Queda claro que nuestra inculta cultura, nuestra incivilizada civilización, nuestro agonizante planeta, están en crisis. La crisis se hace evidente en dos hechos innegables: repetimos una y otra vez las mismas conductas y soluciones esperando resultados distintos que nunca llegarán (la clásica definición de locura) y ni los expertos encuentran verdaderas soluciones.

En ese contexto, nada tiene sentido. Y nada tiene sentido porque se ha perdido la confianza en aquellas instituciones, organizaciones y personas que antes generaban e impartían sentido. Veamos algunos ejemplos. 

Los bancos que, según se supone, están allí para cuidar y proteger nuestro dinero, lo malgastan y lo pierden, como se vio en la recesión económica de 2008 (aún no superada plenamente). Y los médicos, que, según se supone, están para curarnos, nos recetan “medicamentos” que nos vuelven adictos. 

La confianza en los políticos hace mucho que ya no existe (a menos que se confunda idolatría ciega con confianza). No podemos confiar en los políticos ni tampoco podemos confiar en los sacerdotes, como lo demuestran numerosísimos casos de gravísimas expresiones de inconducta inmoral. 

Antes se podía confiar en los científicos, pero ahora, aunque aún quedan muchos y excelentes científicos, también resulta indiscutible que muchos de los “estudios” científicos no son tales, sino que en realidad son expresiones propagandísticas pagadas por aquellas corporaciones a quienes sólo les interesa la “ciencia” para impulsar sus negocios e impedir los de otros.

Entonces, ¿en quién se puede confiar? Ciertamente no en los medios de comunicación, que incluso con buenas y nobles intenciones distorsionan y fragmentan la realidad. Y mucho menos en las redes sociales, cuya única función es potenciar los elementos negativos de nuestra personalidad para ganancia (de dinero y de datos) de las grandes corporaciones.

¿Podemos confiar en los maestros? Resulta dudoso, ya que son pocas las escuelas donde los maestros reflejan la situación demográfica y el contexto socioeconómico de sus estudiantes. Y el aula ya no es el centro de la experiencia de aprendizaje. De hecho, en muchos casos entorpece esa experiencia. 

¿Y los padres? ¿Acaso podemos confiar en nuestros padres? En una época de cambios rápidos, profundos, inesperados e irreversibles, las tradiciones y experiencias de los padres resultan de poca ayuda y de gran estorbo para los hijos. Por eso, y porque la famosa brecha generacional ahora es un abismo, la confianza en los padres ha quedado grandemente erosionada. 

¿Acaso Dios? No: ya no nos satisface y está cada día más lejano. ¿Nosotros mismos? La epidemia de salud mental demuestra que en la práctica no podemos confiar ni en nosotros mismos. Entonces, ¿qué nos queda? Después de todo, no tiene sentido buscar sentido en el sinsentido. Tanto hemos abrazado al nihilismo que ahora hasta nos preside. 

Pero, como dijo Holderlin, “Donde está el peligro, también crece la salvación”. 

Estamos presenciando el final de la educación y no sabemos cómo reaccionar

Si realmente abriésemos nuestras mentes, corazones y voluntad y viésemos la realidad en vez de sólo ver y perpetuar nuestra ideología, si dejásemos que el futuro emerja en vez de insistir en vivir dentro de una cámara de eco escondida, entonces veríamos que estamos presenciando el final de la educación. Y, lo aceptemos o no, no sabemos cómo reaccionar.

Un reciente artículo por Rodrigo Assael publicado en el sitio Educación Futura subraya algo que debería ser obvio: la educación ya no nos preparada para el futuro. De hecho (agregamos nosotros), quizá nunca lo hizo. Quizá la educación fue y es solamente la domesticación necesaria para perpetuar el presente. 

Sea como fuere, dice Assael, la Cuarta Revolución (que incluye inteligencia artificial, biotecnología, impresiones 3D, red 5G, Internet de las Cosas y computación cuántica) ha dejado rezagado a un sistema educativo que aún prepara obreros y empleados para trabajos repetitivos, mecánicos, especializados y para toda la vida.

Dicho de otro modo (otro agregado nuestro), la educación prepara buenos trabajadores para la primera revolución industrial. Pero la estamos en la Cuarta Revolución (o en la cuarta etapa de la misma revolución, si se lo quiere ver así.) 

Y en esta nueva revolución la educación (es decir, la transferencia de información en un contexto formal controlado por maestros o profesores) está llegando a su fin. Aún queda por determinar cuán larga será la agonía o si el final será anticipado o repentino. Quizá, en la época de la posverdad y los deep fakes, ya nadie llore la muerte de la educación.

Parafraseando a Nietzsche, la educación ha muerto y nosotros la hemos matado. O casi, porque aún existen ciertos elementos de esperanza pos-educación por las acciones de aquellos que saben, entienden, sienten y viven que el futuro no es continuidad del pasado. 

Veamos, por el ejemplo, el caso de BR, una joven de Argentina que a los 13 años completó en línea sus estudios secundarios en una escuela de Estados Unidos y luego se enroló en una universidad debidamente acreditada para estudiar matemáticas. 

Nada de eso fue del agrado del distrito escolar local que se negó a aceptar los estudios de BR y quiso obligarla a volver a la escuela tradicional y a comenzar sesiones de terapia por haber estudiado sola. Pero todo terminó para bien cuando un tribunal dejó sin efecto las medidas del distrito escolar. 

Los jueces obligaron a las escuelas locales a aceptar los estudios de BR y argumentaron que la joven, aunque buscó una “solución educativa heterodoxa” a su deseo de estudiar, debió hacerlo porque esa fue la única manera en la que “pudo ejercer su derecho a educarse”, algo que no le ofreció “la ineficiencia del sistema educativo”. 

Ya existen cientos de miles de y quizá millones de jóvenes que, cansados de su educación agonizante, crean sus propias soluciones, sin esperarlas de los adultos. A esos adultos que no piensan en educar, sino sólo en chalecos de fuerza, los jóvenes les responden como lo hizo Greta: ¡Cómo se atreven!

 

Lo absurdo es creer que lo absurdo no es normal

Recientemente, por cuestiones de comodidad del momento, decidí hacer el pago mensual de mi tarjeta de crédito por teléfono, y, para completar esa tarea, tuve que entrar digitalmente numerosa información personal, incluyendo número de tarjeta, fecha de nacimiento, teléfono y código postal. Pero eso fue solamente el principio.

Luego de ingresar toda la información solicitada, el sistema automáticamente me transfirió a un operador humano (o eso supongo) quien me pidió que le repitiese toda la información anterior y luego me pidió que le deletrease mi nombre completo y verificase mi correo electrónico y mi teléfono. Así lo hice y la siguiente pregunta fue explicar la razón del llamado.

Le expliqué que yo simplemente llamaba para hacer un pago de mi tarjeta de crédito. Me acordé de que tenía que hacer el pago y, por no estar cerca de una computadora, preferí llamar. El representante me pidió entonces que confirmase los últimos cuatro números de la cuenta de banco que yo iba a usar para el pago. Los confirmé y entonces me dijo:

“Lo lamento, pero no podemos completar la transacción porque no podemos verificar su identidad”. Y ese fue el fin de la conversación con esa persona, pero no el fin de diálogo interior sobre lo sucedido.

Me hubiese gustado preguntarle cómo era posible que luego de responder a todas las preguntas que me hicieron y después de que ellos mismos verificasen que las respuestas eran válidas (o eso me dijeron), aún así no pudieron determinar que yo soy yo. ¿Qué más pruebas necesitaban, que les enviase una muestra de mi ADN?

Quizá el nivel de escepticismo sobre mi identidad era tan alto para el representante de servicio al cliente de esta empresa que no se hubiese convencido de mi identidad a menos que un ser angelical con voz estruendosa se le apareciese con la buena noticia de que yo soy yo. 

Y si el ser angelical no estuviese disponible, quizá un extraterrestre descendiendo de su nave espacial podría hacer ese trabajo. 

Otra pregunta también vino a mi mente: ¿cuántas personas llaman a la compañía de tarjetas de crédito y dicen que quieren pagar mi tarjeta? ¿Y a cuántas personas (incluyéndome a mí) se les dice que esa transacción no puede completarse, ni siquiera luego de haber respondido verazmente a todas las preguntas de seguridad e identificación?

Si hay alguien que se hacer pasar por mí para pagar mis deudas me gustaría saberlo para no interferir con la noble tarea de esa persona, pero dudo mucho que alguien lo haga. De hecho, estoy seguro de que la única persona que, por teléfono o en línea, pagas mis deudas soy yo. De otra manera, no tendría esas deudas. 


Pero existe aún otro problema, en mi opinión aún más absurdo y preocupante. Antes de interrumpir la conversación, el representante de servicios al cliente me dijo que la transacción no podía realizarse “para proteger su seguridad”, es decir, mi seguridad. Pero ¿de qué me sirve “mi seguridad” si se usa en mi contra?

 

¿Cuánta buena información y oportunidades desechamos debido a nuestra ignorancia?

Recientemente tuve la oportunidad de hablar sobre la importancia (relativa) de la educación universitaria ante un grupo de padres de familia y, al final de la reunión, una madre se acercó indicándome que tenía una pregunta.

La madre contextualizó su pregunta diciendo que su hija ya estaba cerca de concluir la escuela secundaria, con intenciones de seguir estudiando. “¿Será por eso que siempre le llegan tantas cartas de las universidades?”, preguntó la madre. “Sí”, le respondí.

“Como yo no sabía, cada vez que llega una de esas cartas yo la tiro a la basura. Como yo no entiendo lo que esas cartas dicen, pensé que mi hija no las necesitaba”, explicó la madre.

Sentí el impulso, pero no lo hice, de arrodillarme en el suelo, extender los brazos, mover la cabeza hacia atrás y, debajo de una negra nube de tormenta y un fuerte aguacero, gritar “¡Nooooo!” durante algunos minutos. 

“Algunas de esas cartas pueden valer varios miles de dólares para su hija. De ahora en más, cada vez que llegue a una carta, désela. Ella va a saber qué hacer”, aconsejé. 

Pero la verdad es que, a lo largo de nuestra vida, cada uno de nosotros recibimos información valiosa o imperdibles oportunidades que “arrojamos a la basura” por nuestra propia ignorancia, sea real y circunstancial o, peor aún, autoimpuesta y conscientemente repetida para que de esa manera la verdad no amenace ni cambia nuestro pequeño mundo. 

De hecho, estoy absolutamente seguro de que yo mismo he arrojado a la basura, muchas veces hasta sin saberlo o sin tomar consciencia haberlo hecho, información y oportunidades que, de haber sido activadas apropiadamente, podrían haber sido de gran beneficio para mí y, aún más importante, para aquellos a mi alrededor. 

(Dicho sea de paso, aprendí hace mucho tiempo que las mejores oportunidades que yo recibo no son para mí o solamente para mí, sino para compartir con otros.)

En cierta forma es mejor no saber que, debido a nuestra ignorancia, la información se perdió o la oportunidad ya no existe, porque tomar consciencia de las consecuencias de nuestra ignorancia significaría tomar consciencia de nuestra ignorancia y, por lo tanto, la ignorancia ya no serviría de excusa. 

Pero tarde o temprano, por esas vueltas de la vida, llegamos a un punto en el que comprendemos que hemos desperdiciado información y oportunidades, en algunos casos irrepetibles y de alta calidad, simplemente porque preferimos más aferrarnos a nuestra ignorancia (a la que llamamos “sentido común” o “tradición”, entre otros nombres) que abrir nuestra mente y corazón a una nueva realidad. 

Quizá necesitemos adoptar el hábito de asumir que cada mensaje que llega a nosotros es un mensaje para nosotros o para alguien cercano. Pensar cuál puede ser ese mensaje es, por eso mismo, resistirnos a la ignorancia.

Bien decía en la antigüedad Saulo de Tarso (Pablo) en su discurso en Atenas que lo que realmente perdona Dios es nuestra ignorancia. Por eso, con ese perdón ya recibido, no deseches el próximo mensaje que te llegue.   

Existen elementos humanos ante los cuales incluso los dioses resultan impotentes

Existen, sin dudas, algunos elementos propios de la humanidad contra los cuales, según parece, los dioses (quienes quieran que ellos sean) no tienen poder alguno. Dicho de otro modo, ciertas características humanas vuelven impotentes a los dioses. Veamos tres ejemplos. 

En 1801, Friedrich Schiller presentó su obra teatral La Doncella de Orleans, una versión modificada de la conocida historia de Juana de Arco. En la sexta escena del Acto IV, Talbot, uno de los personajes, exclama: “Contra la estupidez (humana), los dioses mismos, ellos mismos, luchan en vano”. 

A más de 200 años de aquella sabia afirmación, el actual proceso de infantilización de los adultos en los países “occidentales” y el constante proceso de pérdida de nuestras capacidades cognitivas (el llamado “Efecto Flynn”) confirman ampliamente la creciente estupidez humana, promulgada por la cámara de eco de las redes sociales. 

Pero Schiller va más allá de solamente puntualizar la innegable realidad de la estupidez humana y afirma que ni los dioses mismos pueden cambiar esa condición. Y tiene razón. 

Por eso, vivimos en un mundo en el que todo desacuerdo se convierte en desagrado, en el que el diálogo se transforma en debate, el escuchar es un ejercicio de cerrar los oídos a todo lo que nos invite a pensar, y la mano amiga extendida se convierte en la mano enemiga mordida. 

Como bien decía Schiller, las deidades, con toda su divinidad, nada pueden hacer contra la estupidez humana. 

Pero hay otro elemento humano contra el cual las deidades nada pueden hacer: el aburrimiento. En 1888, el último año en pleno uso de sus facultades mentales, Nietzsche escribió El Anticristo y, en la sección 48, con plena consciencia de estar parafraseando a Schiller, afirma que “contra el aburrimiento (humano) los dioses mismos luchan en vano”. 

Nietzsche no está hablando de esa sensación de fastidio por no tener nada para hacer a la vez que uno no quiere hacer nada ni está interesado en nada. Podría decirse que Nietzsche no apuntaba al hecho de no hacer nada, sino al hecho de ser nada (o de sentirse nada), por lo cual nada de lo que uno haga, tenga o logre sirve de motivación. De hecho, Adán estaba aburrido en el paraíso. 

Paradójicamente, sugiere Nietzsche, la divinidad no puede hacer nada ante el aburrimiento humano porque los humanos son una especie de diversión para la divinidad. Existe aún un tercer elemento que impide toda acción divina: la mente cerrada. 

En 1972, Isaac Asimov publicó su novela Los Dioses Mismos, en la que explícitamente cita la frase de Schiller citada arriba. En este caso, se trata de cómo salvar a la tierra en el siglo 21 de una catástrofe planetaria y galáctica, creada por la tecnología humana. 

Basta decir que el campo social de la negatividad que ahora impera en nuestro planeta nos acerca bastante a la “Gran Crisis” anticipada por Asimov. Y ni los dioses nos van a salvar de mentes, corazones y manos cerrados. La salvación, entonces, está en nosotros y nuestras intenciones.   

Hemos dejado el futuro en manos de adultos con mentes cerradas e infantiles

Recientemente escuché a un pastor predicándoles a los varios cientos de miembros de su congregación y diciéndoles que, según recientes estudios científicos, “casi el ciento por ciento” de los seres humanos algún día van a morir. Lamentablemente, no tuve la oportunidad de preguntarle qué significa ese “casi”.

Después de todo, si este buen hombre tiene acceso a un estudio científico que demuestra que la mortalidad humana es de menos del ciento por ciento, sería bueno que comparta con nosotros ese estudio para ver, como mínimo, si el “casi” es del 0,01 por ciento, o del 1 por ciento, o la cifra que fuese. 

Y luego me tocó, por casualidad, escuchar una conversación en la que alguien hablaba de un oso que fue cazado a balazos, despellejado, descuartizado y su cabeza cortada. Y la otra persona preguntó: ¿Pero el oso se murió? Dado que la conversación no era conmigo, no me correspondió decir nada, aunque me quedé pensando como alguien podía siquiera hacer esa pregunta.

La razón por la que alguien necesita explicaciones para determinar si un oso baleado, despellejado, descuartizado y descabezado murió es la misma razón por la que alguien afirma que la mortalidad humana es de “casi” el ciento por ciento: infantilismo. Pero esa afirmación necesita ser explicada. 

En su clásico y controversial libro de 1987 El Cierre de la Mente Estadounidense, Allan Bloom ya decía que la educación en Estados Unidos había “empobrecido el alma” de los estudiantes. Y luego, en 2000, Jeffrey Jensen Arnett, Christian Smith y otros investigadores comenzaron a hablar de la adultez emergente, es decir, el largo tiempo que le llevaba a los jóvenes madurar. 

Pero según recientes estudios, ya no se trata de una mente cerrada (como Bloom anticipó) ni de que la adolescencia ahora dura hasta casi los 40 años (como Arnett explicó), sino de que los adultos siguen siendo y actuando como niños.

En 2014, el Centro Lumen de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanísticas (en Rumania) publicó un artículo del Dr. Jacopo Bernardini, titulado La infantilización del adulto postmoderno (es decir, para aclararlo, nosotros). Según Bernardini, el adulto contemporáneo vive en un estado de perpetua “inmadurez consciente” que le permite “escapar de sus responsabilidades”.

Y eso es posible, dice Bernardini, porque vivimos en una sociedad en la que “las actitudes infantiles y el modelo de vida adolescente son promovidos en los medios y tolerados por las instituciones”. Dicho de otro modo, ser joven “no tiene nada que ver con la edad, sino que es un estilo de vida” que hace que “la juventud ya no sea una etapa transitoria de la vida”. 

En definitiva, infantilización es “una regresión colectiva” de la sociedad postmoderna que le da prioridad a “la velocidad y las posibilidades”, al “modelo eficaz de la juventud”, con el consecuente “rechazo psicológico de la condición de adulto”. 

Así, nuestro futuro queda en manos de mentes cerradas, infantiles y narcisistas. Me gustaría escribir mucho más sobre este tema, pero llegó la hora de ver mis dibujos animados favoritos. 

¿Cuántos años más viviremos y para qué?

Recientemente le comenté a una persona amiga que las compañías de seguro ahora (de hecho, desde hace ya algún tiempo) emiten coberturas hasta los 120 años, anticipando que en poco tiempo esa será la duración de nuestra vida activa y saludable. Obviamente, mi comentario fue rechazado con total escepticismo, tanto por razones “científicas” como “teológicas”.

Sea como fuere, y dejando de lado el hecho que en la visionaria serie animada Futurama el Profesor Farnsworth se mantiene activo a los 160 años, un reciente estudio clínico publicado en California indica que un “cóctel” de tres medicamentos comunes puede retrotraer la edad biológica de una persona en hasta 2,5 años. 

Dicho de otro modo, y para que no queden dudas, con esos medicamentos la persona rejuvenece 2,5 años. Y eso se logra con los conocimientos y la tecnología ahora disponibles, lo que permite pensar que, una vez que progresen tanto los conocimientos como la tecnología, crecerá el número de años de rejuvenecimiento. 

Debido además a que el desarrollo tecnocientífico actual es exponencial, se puede pensar que en poco tiempo la cantidad de años que una persona podrá recuperar (o rejuvenecer) será una cantidad considerable, quizá incluso en decenas de años. De hecho, según el reporte mencionado, eso es exactamente lo que ya sucede en experimentos con animales. 

Pero, como ya lo decían los antiguos, un cuerpo sano necesita una mente sana. Y, en ese sentido, los recientes estudios en el cerebro humano ya han confirmado tanto el fenómeno de la neurogénesis (el cerebro crea nuevas neuronas, contrariamente a lo que se enseñaba antes) y el fenómeno de neuroplasticidad (el cerebro crea nuevas conexiones entre las neuronas).

Y si a ese nuevo entendimiento del cerebro se le suma el deseo de Elon Musk (y otros) de establecer una conexión directa entre el cerebro humano y la inteligencia artificial, el “nuevo” cerebro seguiría operando a máxima capacidad durante años y años.

De hecho, según un reciente artículo en la revista especializada Naturaleza y Biotecnología, dos científicos de Harvard, Shaun Patel y Charles M. Lieber, ya han desarrollado un sistema que permite, por medio de una red de implantes neuronales (y conexiones directas entre el cerebro y la computadora) tratar enfermedades (Parkinson, Alzheimer) y adicciones, e incluso es posible “prevenir que el cerebro se degrade con la edad”. 

Cuando ese cerebro humano mejorado (un proyecto que ya está en marcha) se “fusione” (como dijo Patel) con la inteligencia artificial, el cerebro será no solamente capaz de percibir sus propios pensamientos, sino de “manifestarlos”, incluyendo entonces la cura de sus enfermedades.

Teniendo en cuenta esos avances, y teniendo en cuenta que hasta hace poco más de un siglo la expectativa de vida era de menos de 50 años, es entonces claramente posible pensar que en poco tiempo vivir una vida activa y sana hasta los 120 años o aún más allá ya no es una simple fantasía, y no es algo contrario a la ciencia ni, de hecho, a la teología.

Entonces, ¿para qué viviremos?

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