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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Si sólo vemos lo que nuestras creencias nos dejan ver, entonces no hemos visto nada

Recientemente me pidieron de dar una presentación (virtual) sobre tendencias actuales y, como consecuencia, el posible futuro al que nos estaríamos encaminando. Comencé, entonces, con una advertencia que siempre uso: yo no adivino ni conozco el futuro. Y luego dije: “Si mañana nos golpea un asteroide y nos invaden los marcianos, lo que hoy yo diga no vale de nada”. 

Siempre hago referencia al posible impacto de un asteroide o a una posible invasión extraterrestre para mencionar dos eventos altamente improbables, aunque no con probabilidad cero, que, de ocurrir, nos obligarían a dejar de lado muchas de las creencias, acciones, conductas y hábitos que ahora tenemos. Es decir, siempre vivimos con un innegable nivel de incertidumbre. 

En esta ocasión, tras mi usual comentario sobre los asteroides y los marcianos, uno de los participantes me interrumpió, diciendo: “Francisco, usted está muy equivocado”. Cada vez que alguien me tilda de “muy equivocado” estoy tentado de decirle “Tiene mucha razón: estoy casado desde hace 33 años y mi esposa recuerda cada uno de mis errores”. 

Pero antes que yo pudiese decir nada, este buen hombre agregó: “Los asteroides no existen y los marcianos no existen. No nos va a destruir un asteroide ni van a llegar los marcianos”. 

Aunque podemos (y debemos) debatir mucho sobre la existencia de vida extraterrestre inteligente (y deberíamos debatir aún más si existe vida inteligente en este planeta), me pregunté cómo puede alguien dudar de la existencia de los asteroides, algo irrefutablemente conocido desde hace siglos y probablemente milenios.

El único pensamiento que tuve en ese momento fue en aquellos sacerdotes que se negaron a mirar por el telescopio de Galileo, argumentando que no había necesidad de hacerlo para determinar que Galileo estaba equivocado. 

Nuestro buen amigo, nuevamente antes de que yo pudiese decir algo, continuó: “La Biblia no nombra ni a asteroides ni a marcianos y, por eso, no existen”. Mi intuición de pensar en los sacerdotes y en Galileo no estaba tan equivocada. Además, agregó este participante, “La ciencia terminó en el siglo 6 antes de nuestra era. Y es bíblico”. 

Me apresuro a decir que, como debería ser obvio, no estoy en contra de las escrituras judeocristianas comúnmente conocidas como la Biblia. Muy por el contrario. Esas escrituras han sido y siguen siendo el suelo fértil de mi espiritualidad y la constante motivación de mis estudios. 

Pero creer que la Biblia es un catálogo de todo lo que existe o existirá en el Universo y que algo que no aparezca explícitamente mencionado entonces no existe es mucho más de lo que yo puedo aceptar como coherente o como pensamiento adulto y maduro. 

Aún más, el participante que expresó su rechazo a los asteroides y los marcianos porque la Biblia no los menciona lo hizo (¡vaya contradicción!) durante una videoconferencia, usando computadoras y otros elementos no mencionados explícitamente en la Biblia. 

Por eso, si solo vemos lo que vemos porque nuestras creencias nos enceguecen, entonces no vemos nada, ni aunque nos escudemos detrás los textos sagrados. 

¿Qué quieren saber del futuro? Carros y comidas

En una reciente encuesta (febrero de 2021), la compañía Kaspersky les preguntó a unas 7000 personas de todo el mundo cuáles eran las principales preguntas que esas personas tenían sobre el futuro. Dicho de otro modo, la encuesta buscaba determinar qué quiere realmente saber el público sobre el futuro. Y la respuesta fue clara: carros y comidas. 

Cuando se analizó lo que los participantes en la encuesta dijeron, Kaspersky encontró que la pregunta más común sobre el futuro fue “¿Cómo serán los automóviles del futuro?”. En algunos casos, esa pregunta se hacía en un contexto específico, como “¿Cuánto falta para que lleguen los carros voladores?” o “¿Podremos usar una impresora 3D para imprimir nuestros propios carros?”

El segundo lugar lo ocupó la pregunta sobre alimentos y comidas. Esa pregunta se expresó comúnmente como “¿Habrá alimentos saludables en el futuro?”, aunque también hubo interés en la calidad de alimentos para mascotas y en la posibilidad de que eventualmente se produzcan alimentos por medio de una replicadora, como en Viaje a las Estrellas. 

El tercer lugar en temas de interés sobre el futuro lo ocupó el tema de salud, algo que resulta casi obvio debido a la pandemia, aunque uno se pregunta si, por eso mismo, no debería haber sido el principal tema de interés, por arriba de coches y comidas. 

Sea como fuere, otros temas, como inteligencia artificial, viajes espaciales, civilizaciones extraterrestres o universos paralelos, no formaron parte de los temas más preocupantes. Ni siquiera el cambio climático o la continuidad de la especie humana figuraron entre las preguntas más frecuentes sobre el futuro.

Queda claro, entonces, que para la mayoría de las personas el futuro equivale a un buen automóvil y una buena comida. Por eso, cualquier otro tema, como la posible inmortalidad humana (sea biológica, digital o híbrida), no es algo prioritario. Ni tampoco lo es la posible extinción de la humanidad.

El futuro se vuelve así hedonista (“Sólo quiero satisfacer mis placeres”), narcisista (“Mi única preocupación soy yo mismo”) y cortoplacista (“Lo que yo quiero, lo quiero ahora”). Dicho de otro modo, se ve al futuro como una prolongación de la infancia en la que sólo nos interesa qué vamos a comer y cuán grande va a ser el juguete con el que podamos jugar. 

Pero eso, obviamente (o tendría que ser obvio), no es futuro porque la actitud recién descrita no incluye una expansión de la conciencia hacia los otros, hacia la naturaleza o el universo, ni, mucho menos, hacia la transcendencia, sea como fuese que se la entienda. En otras palabras, la perpetuación de la inmadurez es incompatible con el verdadero futuro.

Se entiende perfectamente que debemos preocuparnos por satisfacer nuestras necesidades básicas, como comida y transporte. El pan nuestro de cada día lo necesitamos hoy y mañana y los carros ya son más una herramienta de trabajo que un lujo para salir de paseo. Eso se entiende muy bien. 

Lo que resulta inaceptable es que eso se constituya en los límites del pensamiento del futuro. 

Cerrar los ojos al futuro no impide ni cambia la llegada del futuro

Reciente alguien se comunicó conmigo para pedir mi ayuda para “ver mejor el futuro”. Se trata de un hombre de negocios que, debido a los cambios causados por la pandemia, consideró prudente dedicar cierto tiempo a pensar de qué manera su negocio podría ser parte del nuevo futuro. Pero, a pesar de su pedido, lo que menos quiso este hombre es ver el futuro. 

Cuando hablamos de “ver el futuro” no estamos hablando, obviamente, de ningún tipo de adivinación o profecía, sino de analizar cuidadosamente el presente sobre la base de la información ya disponible para ver dónde y en qué dirección emerge el nuevo futuro. 

No hay nada que adivinar, sino mucho que estudiar. Pero primero se debe entender dos cosas: el futuro siempre ya está aquí, aunque no necesariamente en su forma completa; y el futuro no es un tiempo después del presente, sino una expansión de la consciencia. 

Con respecto al primer punto, se puede dar este ejemplo: los primeros aviones poco tienen que ver con los aviones modernos, excepto que en ambos casos son máquinas voladoras. Y, para dar otro ejemplo aún más claro, los primeros teléfonos en poco se parecen a los teléfonos inteligentes modernos. 

Pero los primeros aviones, así como los primeros teléfonos, ya indicaban una cierta dirección del desarrollo de esas tecnologías y, de hecho, numerosos pensadores a principios del siglo pasado fueron capaces de imaginar y anticipar esos desarrollos. A la vez, a pesar de que los ejemplos dados son tecnológicos, el futuro emergente no se limita sólo a nuevas tecnologías.

Y eso nos lleva al segundo punto: el futuro no es un tiempo que llega después, sino una expansión de la consciencia en la que la consciencia se desdobla para comenzar a abarcar un potencial de nuevas oportunidades de autodescubrimiento y de acción previamente no exploradas. 

Dicho de otro modo, el futuro es una mente abierta. Quien tiene una mente cerrada, como sucedió con el hombre mencionado en el primer párrafo, no puede ni quiere ver el futuro y, por eso, sólo busca una repetición infinita del pasado o una continuidad perpetua del presente. Pero para esa persona, no hay futuro porque su consciencia no se ha expandido como para verlo.

Algo dijo, y con toda razón, que lo opuesto de “amor” no es “odio”, sino “indiferencia”, porque en la indiferencia ni siquiera existe ninguna relación entre una persona y otra. De la misma manera, lo puesto de “futuro” no es “pasado”, sino “dictadura” (cualquiera que sea su forma), porque en la dictadura no hay lugar para el futuro. Con frecuencia, la dictadura es autoimpuesta.

Por eso, cuando invité al hombre de negocios ya mencionado a pensar en un futuro que ya no es continuidad del presente (hoteles espaciales, viajes a Marte, inteligencia artificial general, pandemias constantes) su respuesta que nada de eso es relevante para su negocio, cuando, de hecho, lo eso. 

Cerrar los ojos al futuro no invalida ni modifica su llegada, pero ciertamente nos autoexcluye del nuevo futuro. 

Los expertos se aferran tanto a lo que saben que por eso se equivocan

En 1991, el buzo francés Henri Cosquer, al explorar una zona cerca de Marsella, encontró debajo del agua la entrada a una cueva que, para su asombro, tenía pinturas en la pared. De hecho, centenares de pinturas, incluyendo pingüinos. Cuando Cosquer anunció su descubrimiento, los “expertos” indicaron que ni esas pinturas ni las imágenes de pingüinos existían.

Lo cierto es que esos “expertos” estaban equivocados. La cueva existe (la única cueva de pinturas rupestres con acceso subacuático) y las pinturas de pingüinos y de docenas de otros animales, algunos de ellos ya extintos o no residentes en la zona, adornan sus paredes.

Ahora, en poco tiempo se podrá visitar en Marsella un “duplicado” de la Cueva Cosquer, para que los interesados disfruten, sin necesidad de bucear, de la belleza de sus pinturas. 

Pero ¿qué llevó a los “expertos” a negar el descubrimiento de Cosquer? Simplemente, que ellos “sabían” que no había cuevas subacuáticas con pinturas prehistóricas en las paredes y que ellos “sabían” que nunca había habido pingüinos en el sur de Francia. Y lo “sabían” sin necesidad de hacer lo que hizo Cosquer: salir a bucear y entrar en la cueva.

Es muy fácil para cualquier persona creerse “experto” si lo único que se hace es negar cualquier nuevo descubrimiento o teoría que modifique lo que el “experto” ya cree. Y, de hecho, a 30 años del hallazgo de la cueva, ciertos “expertos” en París aún niegan su existencia. 

Existen muchos casos similares. Por ejemplo, en 1883, Moses Wilhelm Shapira anunció que había comprado 15 antiguos manuscritos en Jerusalén y que uno de ellos era una antiquísima versión del libro de Deuteronomio. Sin embargo, “expertos” del Museo Británico declararon que los manuscritos eran falsos, aunque sólo los vieron por unos pocos minutos, sin examinarlos. 

Tanto fue el ataque contra Shapira que seis meses después de haber hecho el anuncio de la compra de los manuscritos se suicidó. En 1885, alguien se encargó de “hacer desaparecer” los manuscritos de Shapira. 

Pero ahora, con nuevas tecnologías y con información no disponible en el siglo 19, el Dr. Idan Dershowitz, de la Universidad de Potsdam en Alemania, asegura que evidencia lingüística y literaria demuestra que los manuscritos no sólo eran auténticos, sino que efectivamente eran tan antiguos como Shapira lo había dicho. 

Obviamente, la gran diferencia entre Cosquer y Shapira es que Cosquer fue revindicado en vida del error de los “expertos”, mientras que Shapira pagó con su vida el error de los “expertos”. Y, desafortunadamente para nosotros, vivimos en una sociedad de “expertos”. 

Podríamos decir que se trata de una sociedad de “expertos instantáneos” que, tras leer un par de libros o, peor, aún mirar un video o asistir a un webinario, ya son expertos. O, como dice la filósofa Renata Seleci (Universidad de Londres), vivimos en la época de la “apasionada ignorancia”, donde el conocimiento ya no tiene ninguna función en la sociedad. 

En ese contexto, ni podemos desafiar nuestros presupuestos ni argumentar a favor de otro punto de vista. 

¿Qué nos ha enseñado la pandemia global durante su primer año?

A un año del inicio de la pandemia del COVID-19, una crisis de salud global que en muchos aspectos paralizó al planeta. ¿qué lecciones nos ha enseñado esta pandemia? La respuesta es clara: muchas lecciones. Pero ¿cuántas de esas lecciones hemos aprendido? La respuesta también es clara: ninguna. 

Escuché muchas veces decir que existen dos clases de niños con mala conducta: los mal educados y los mal aprendido. Los mal educados son aquellos que, por el motivo que sea, no recibieron una buena educación socioafectiva por parte de sus padres o los adultos a cargo y no pudieron o supieron adaptarse a la sociedad. 

A su vez, los mal aprendidos son aquellos a quienes sus padres o los adultos a cargo los educaron de la mejor manera posible y, aun así, por el motivo que sea, no logran ajustarse a una vida social aceptable y, de hecho, generan problemas y causan dolor para aquellos cercanos a ellos e incluso para desconocidos. 

A nivel planetario, nosotros, los seres humanos, actuamos como niños mal aprendidos: no importan cuántas buenas lecciones nos enseñen, nunca las aprendemos. 

La pandemia del COVID-19 (una de las tantas pandemias que desde hace milenios han azotado a la humanidad) desnudó la fragilidad y la irracionalidad de nuestras acciones y de nuestros pensamientos, obsesionados con lo efímero, lo superficial y lo inconsecuente, sin importar el daño irreparable causado al planeta y a los otros. 

Por eso, cualquier lección que podríamos haber aprendido de la pandemia ya se esfumó. De hecho, creo que le dedicamos más energía mental a no aprender esas lecciones que a combatir la pandemia. 

El virus todavía sigue así y la amenaza continúa y, lejos de superar la pandemia, claramente ha cobrado un nuevo impulso toda una manera de pensar basada en la anticiencia y en la antirracionalidad. (Al decir “anticiencia” no sugiero ni por un momento que la ciencia debe ser endiosada ni considerada como la palabra final. Y la auténtica racionalidad supera al mero pensamiento silogístico). 

El virus removió el velo del autoengaño que nos habíamos impuesto de creer que todo estaba bien y que todo iba a seguir bien. O, si se prefiere, el autoengaño que confunde nuevas tecnologías con progreso y compras inútiles y endeudantes con felicidad. 

Poco duraron los días de dejar de escuchar el ruido humano para escuchar los mensajes de la naturaleza. Se consideró antinatural quedarse en la casa y pedirles a los padres que colaboren en la educación de sus hijos. Las vidas humanas pasaron a un segundo lugar porque, obviamente, lo importante es salvar la economía, es decir, la misma economía que causó la pandemia. 

Todas las lecciones que podríamos haber aprendido y que podrían haber llevado a un renacimiento y a una transformación de la humanidad fueron rápidamente aplastadas por innumerables teorías de conspiración y por un fundamentalismo religioso tan intransigente que duele pensar que sea real. 

Al planeta le duele nuestra insensata presencia. Le duele mucho. Pero todavía no lo aprendemos. Somos unos malos aprendidos. 

¿Cuán tolerantes podemos ser con los intolerantes?

Hace muchos años leí una historia de ciencia ficción de la que no recuerdo ni el nombre, pero que básicamente consistía en que, en un futuro tecnológico, un grupo de policías perseguía al último asesino en el planeta. Luego de acorralarlo, un policía le dispara y lo mata. Y el policía entonces exclama: “¡Yo maté al último asesino!”
 
En ese mismo momento, el policía toma consciencia de que, al haber hecho lo que hizo y al haber dicho lo que dijo, él se había convertido precisamente en aquello que el mundo quería eliminar. El era ahora el último asesino, reemplazando al delincuente al que él le había quitado la vida. Entonces, ¿qué debería hacer?

Recuerdo muy vagamente el resto de la historia, pero, sea como fuere, el policía tenía sólo unas pocas opciones: decirse a sí mismo que él estaba cumpliendo con su deber y, por lo tanto, sus acciones no eran un asesinato; entender que él había cometido un asesinato y que, por lo tanto, los policías los iban a matar a él y el ciclo se repetiría, o quitarse la vida y terminar con el ciclo. 

La historia me vino a la mente (así, fragmentaria y sin su final) al pensar hasta qué punto podemos ser tolerantes con los intolerantes sin volvernos intolerantes nosotros mismos y sin caer en el facilismo de decir que porque la intolerancia la practicamos nosotros entonces no es intolerancia. 

En un momento de la historia con tantas divisiones en cualesquiera de los ámbitos sociales uno se encuentre; en un momento en el que impera la ignorancia arrogante que, sabiéndose ignorancia, no busca el saber; en un momento en el que el diálogo se reduce a un monólogo de caprichos, ¿hasta dónde podemos ser tolerantes?

Ya conocemos en detalle los resultados de la intolerancia. Millones y millones de personas han pagado con sus vidas las batallas y guerras peleadas por intolerantes contra intolerantes, cada uno escudándose detrás de “su” verdad y “sus” derechos. Y cada uno, incluso desde posiciones totalmente contradictorias, compartiendo la misma postura de la intolerancia. 

Pero más allá de esos mega eventos históricos, ¿hasta qué punto podemos seguir siendo tolerantes en nuestra vida diaria contra los intolerantes? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que gritemos “¡He sido intolerante con el intolerante!”, sólo para descubrir que nos hemos transformado precisamente en lo que queríamos evitar. 

O, quizá, nos hemos transformado en algo peor porque hemos tomado consciencia de nuestra situación y, por lo general, surge dentro de nosotros una contradicción entre mantener una mente abierta y un corazón dispuesto y dejar de escuchar las necedades proferidas por el intolerante. Para colmo, ni siquiera sabemos cómo fingir intolerancia sin perder el control. 

Entonces, ¿qué hacer? ¿Cometer un (metafórico) “suicidio ético” y dejar de lado nuestros valores cuando nos enfrentamos con intolerante? ¿Ser intolerantes, pero decir que no lo somos porque no toleramos a los intolerantes? ¿Nada de eso? ¿Alguna otra cosa? 

No tengo respuestas, pero me gustaría tenerlas. Quizá alguien las tenga y las comparta.  

Crece la distancia existencial entre el primer humano y el último humano

Recientemente me hijo me compartió una cortísima historia, hallada en uno de los tantos sitios de Internet dedicados a ese tema, que en sólo diez palabras cuenta un cuento completo y deja una enseñanza:

“¡Ayúdame!, dijo el último humano. “¡No!”, respondió inmediatamente el primero”. 

Esa es toda la historia, la de la conexión, o, mejor dicho, la falta de conexión, entre el primer humano y el último, excepto por un breve diálogo, monosilábico, para pedir y rechazar ayuda. Pero ¿quién ese ese “último humano” que pide ayuda? ¿Y quién es el primer humano que la niega?

En Así hablaba Zaratustra, Nietzsche nos presenta su versión del “último humano” (es decir, nosotros). El último humano perdió la capacidad de crear y solamente se dedica a consumir lo que sea para satisfacer sus placeres más bajos, apta y perpetuamente escondidos tras un manto de decencia y legalidad. 

El último humano puede tenerlo todo sin ser feliz porque perdió la capacidad de transformarse a sí mismo. No puede ser otra cosa diferente a lo que ya es y, por eso, vive una vida miserable, no en el sentido de carencia de bienes materiales, sino de sentido y significado de la vida. 

Como bien dice Byung-Chul Han, el último humano (nosotros) se explota a sí mismo y a eso llama felicidad. El último humano internaliza al opresor y pide ayuda para ser libre de su propia inocuidad e insignificancia. Pero en realidad no quiere ni puede cambiar. 

Pero ¿quién es el primer humano? Entre los antiguos relatos de los hebreos y, de manera diferente, pero concordante, entre los griegos, el primer humano no era un ser humano como el que nosotros vemos a diario, sino un ser cósmico, consciente de su espiritualidad y en perpetua conexión con la infinita luz del universo (o de la deidad, si se prefiere.)

Podría decirse, si se nos perdona la excesiva simplificación, que el primer humano era un humano multidimensional, opuesto al “humano unidimensional”, perfectamente descripto por Herbert Marcuse en su conocido libro sobre el tema. 

Por su consciencia expandida, el primer humano no se aferra ni limita a placeres, deseos, o tecnologías. Por su parte, el último humano no hace otra cosa que encerrarse dentro de sus deseos y de sus artefactos tecnológicos. 

El primer humano, enseñan las antiguas historias, convive con el universo y es inseparable del universo. El último humano sólo convive con una imagen de sí mismo, separado de sí mismo, de los otros y del universo. 

Por eso, el último humano pide ayuda, pero en realidad no quiere recibirla porque, de hacerlo, le costaría todo. Y el primer humano no da ayuda porque sabe que a veces la mejor manera de ayudar es no hacerlo. 

Pero entonces, ¿cómo se supera esa situación en la que el último humano no sale de su encierro y el primer humano no puede ayudar? En este contexto, y dicho con muchísimo cuidado, quizá la idea de un transhumano (ni alfa ni omega) comience finalmente a tener sentido. 

Los algoritmos comienzan a reemplazar el conocimiento científico

Los algoritmos han llegado a tal nivel de sofisticación y precisión que algunos científicos argumentan que se sabe más usando esos algoritmos que aprendiendo ciencia. Dicho de otro modo, la inteligencia artificial ha llevado a replantearse la utilidad, propósitos y métodos de la ciencia moderna. 

Se ha dicho, y con razón, que la ciencia moderna es una expresión actualizada y tecnologizada de la mitología antigua, entendiendo “mythos’ como una narrativa que, a la vez que da sentido a la realidad, sirve de base y guía para el pensamiento y la conducta. Expresiones como “La ciencia dice que…” revelan ese aspecto mitológico de la ciencia actual. 

Pero ahora, según parece, la ciencia ya no será necesaria porque los algoritmos de la inteligencia artificial la reemplazarán. Quizá sea prematuro realizar tal afirmación, pero existen serias y claras indicaciones que nos estamos moviendo en esa dirección.

Digámoslo de esta manera: yo no necesito saber cómo funciona un motor a combustión para manejar un automóvil ni tampoco necesito conocer en detalle todos los elementos tecnológicos dentro de mi teléfono inteligente para usar ese teléfono. 

De hecho, si tuviese que primero aprender cómo funciona el motor de un carro para manejar el carro o primero aprender qué función cumple cada componente de mi teléfono para usar el teléfono, muy probablemente yo nunca conduciría ni hablaría por teléfono.

Algo similar estaría sucediendo en cuanto a la relación entre los algoritmos y la ciencia, afirma el científico Hong Qin, del Laboratorio “Princeton” de Física de Plasma (PPPL), dependiente del Departamento de Energía de Estados Unidos. 

Básicamente, sostiene Qin, ya no es necesario aprender, como se hacía antes, todos los elementos de la física de Newton para calcular las órbitas de los planetas porque esos cálculos ahora los hacen los algoritmos de la inteligencia artificial, sin necesidad de pasar años y años estudiando física o astronomía.

Aún más concretamente, Qin afirma que los algoritmos están reemplazando a la ciencia tradicional con una especia de “caja negra”, en el sentido de un proceso que el usuario desconoce, que provee “predicciones precisas” y lo hace (y estos es realmente importante) “sin usar ninguna teoría ni leyes científicas”. 

Dicho de otro modo, no solamente la persona que desea calcular las órbitas de los planetas ya no necesita saber cómo o por qué se mueven esos planetas, sino que los algoritmos que realizan esos cálculos tampoco saben (ni les interesa saber) las leyes científicas que gobiernan las órbitas de los planetas. Obviamente, el ejemplo puede extenderse a casi cualquier otro campo científico. 

Pero ¿cómo hace el algoritmo para calcular con precisión las órbitas de los planetas si esos cálculos no tienen bases científicas? Porque el algoritmo se enseña a sí mismo cómo hacerlo. 

Estamos, entonces, viendo el inicio (creo) de una ciencia sin ciencia y de una ciencia sin consciencia, en la que todo se transforma en algo calculable, pero no en un sentido materialista, sino en el sentido que, según Qin, todo el universo es una simulación dentro de una computadora. 

“¡Ya nadie va a querer viajar al espacio!”

Recientemente compartí en las redes sociales una historia sobre el inicio de vuelos espaciales civiles y comerciales, incluso con propósitos de turismo, un momento histórico para los viajes al espacio. Casi inmediatamente, alguien respondió: “Pero acaba de explotar un cohete. ¡Ya nadie va a querer ir al espacio!”

Pero ¿es realmente así? ¿Solamente porque explotó un cohete experimental de SpaceX ya nadie va a querer viajar al espacio? Obviamente, el argumento carece de sentido. A lo largo de la historia de la llamada “carrera espacial” hubo numerosas explosiones y pérdidas de vidas, incluyendo Apolo 1 (1967) y los trasbordadores espaciales Challenger (1986) y Columbia (2003). 

A pesar de eso, y quizá precisamente por las lecciones aprendidas luego de esas tragedias (y otras tanto en Estados Unidos como en Rusia), los viajes espaciales continuaron y seguramente continuarán.

Pero la absurdidad de creer de que por un accidente las personas ya no estarán interesadas en un cierto modo de transporte queda en evidencia cuando se piensa que, a pesar de que cada cierto tiempo algún avión sobre de un accidente, los aviones siguen volando. Y, si no fuese por la pandemia, los aviones seguirían llenos de personas en todos sus destinos.

A otro nivel, más cercano a la vida diaria, pocos son los que creen que habría que dejar de usar automóviles debido a los numerosos accidentes de automóviles casi en cualquier lugar donde se usa este tipo de vehículos. De hecho, yo creo que, en muchos casos, el problema son los malos conductores, no los carros en sí. 

Si nos abstuviésemos de hacer algo solamente porque alguien tuvo un problema al intentar hacerlo (incluyendo lamentables pérdidas de vidas), entonces nunca haríamos nada. Por ejemplo, innumerables barcos se han hundido a lo largo de la historia y sin embargo se siguen construyendo y usando. 

Pero quizá el más profundo efecto paralizando de una tragedia, de un contratiempo, de un fracaso sea el de paralizarnos al punto de impedirnos ver un futuro distinto al presente.

En su famoso discurso del 12 de septiembre de 1962, el presidente John Kennedy dijo que “Elegimos ir a la luna en esta década y hacer otras cosas no porque esas cosas son fáciles, sino porque son difíciles”. 

Precisamente al enfrentarse a esas dificultades (reales o creadas por nuestra imaginación) uno comienza a conocer sus propios límites y, por eso mismo, uno aprende a superarlos. Repentinamente, lo que parecía imposible deja de serlo. Lo inalcanzable ahora se alcanza. Lo soñado, se hace realidad. Pero no porque resulte sencillo.

Después de todo, si fuese solamente por una cuestión de facilidad, de simpleza y de sencillez, nunca saldríamos de la infancia (quizá ni siquiera de la cuna) y viviríamos toda la vida esperando que alguien nos alimente, nos cuide y nos proteja. Pero esa eterna infancia (cada vez más común en nuestros días, lamentablemente) no es vida, sino mera perpetuación de la inmadurez. 

En definitiva, la vida no es fácil, pero eso no significa que no valga la pena vivirla. 

 

 

Sin narrativas no existiría ni el futuro ni los otros ni la persona

A lo largo de la historia y probablemente desde que los seres humanos se reconocen a sí mismos como tales se han contado innumerables cuentos y relatos que, al ir pasando de generación en generación, confluyen en narrativas tan repetidas que hasta se aceptan como la única realidad. Pero sin esas narrativas no hay ni futuro, ni otros, ni personas conscientes de sí mismas. 

Como bien lo explica el Dr. John Vervaeke (Universidad de Toronto), mientras que las historias individuales e incluso las historias grupales se enfocan en recordar lo que le sucedió a esas personas o grupos, las grandes narrativas (muy cercanas, sino idénticas a los mitos de la antigüedad en sus funciones) buscan darle sentido a la vida y guiar las conductas.

Mientras que las historias personales cuentan lo que pasó, las narrativas explican quiénes somos y nos hacen saber por qué las cosas suceden como suceden. Y al hacerlo y precisamente por hacerlo, nos invitan y nos fuerzan a dejar de lado, aunque sea por un momento, aquel mundo en el que cada uno de nosotros es el héroe y el único protagonista de la historia. 

En otras palabras, las narrativas nos obligan a considerar otras posibilidades y, por eso mismo, a considerar una realidad distinta a la que vivimos. Y una realidad distinta a la que vivimos es la definición misma del futuro. Como ya lo dijimos en una columna anterior, el futuro no es el tiempo después del presente, sino una expansión de la consciencia de posibilidades. 

Pero si salimos del encierro de nosotros mismos y a la vez nos enfocamos en un futuro, entonces inevitablemente nos encontraremos con “los otros” y en poco tiempo nos daremos cuenta de que nosotros somo “el otro” de los otros. 

A su vez, esa expansión temporal y esa salida o apertura hacia el otro nos abre la posibilidad de compromisos de trabajo a largo plazo y de profundos compromisos. El hecho de ya no estar encerrados dentro de nosotros mismos y de vernos potencialmente viviendo en otro tiempo, en otro espacio y con otros profundiza también nuestro autodescubrimiento. 

Para Vervaeke, la extensión hacia el futuro, la salida hacia los otros y la capacidad de asumir serios compromisos (y cumplirlos) son tres elementos básicos de ser una persona (o, agrego yo, una persona madura y adulta). 

Por su parte, para el escritor y pensador Ítalo Calvino, el nivel de persona se alcanza cuando se adquiere y mantiene la capacidad de “cuestionar la normalidad” y, aún más, la capacidad de advertir quiénes quedan excluidos de esa “normalidad”. En cierto sentido, para Calvino, la persona (en su sentido profundo) es quien cambiar la narrativa e inicia una nueva historia. 

Lamentablemente, en el mundo de “idiotas hipermodernos” (como los describe el filósofo español José Carlos Ruiz) ya no queda lugar ni para una narrativa que nos invite y obligue a ser personas, ni para personas capaces de cambiar las narrativas de exclusión. O quizá ese es el compromiso que nosotros debemos asumir. 

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