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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Nuestro poder destructivo ya excedió cond mucho nuestro nivel de madurez

El pasado 4 de mayo, un niño de cinco años residente en Orem (Utah, Estados Unidos) decidió hacer lo que todo niño de esa edad hace cuando la madre se niega a comprarle un Lamborghini e verdad: se subió a la camioneta de la familia y comenzó a conducir por la carretera para dirigirse a California y comprarse en persona eso costoso vehículo.

Tres kilómetros después, ya en la carretera, un oficial de policía lo detuvo sin incidentes. El niño, quien nunca antes en su vida había manejado un carro, no sólo lo puso en marcha, sino que supo subirse a la carretera en la dirección correcta y supo qué hacer y cómo detenerse cuando vio las luces del patrullero.

Tras el incidente, la familia del pequeño fue duramente criticada en las redes sociales por haber permitido que alguien “sin la madurez suficiente” quedase solo, sin permiso y sin aviso como conductor de una camioneta en una carretera interestatal. Y aunque no pasó nada, el argumento es que podría haber sucedido una tragedia por la inmadurez del pequeño. 

Pero la verdad es que la edad cronológica y el nivel de madurez no van juntos. En la carretera he visto a adolescentes y a adultos conducir de peor manera de la que, según los reportes, condujo el niño de Utah. Y he visto a “adultos” (por favor, notar las comillas) en altísimos puestos en sus organizaciones o empresas que actúan peor que un niño inmaduro. 

Y esa inmadurez que afecta a un creciente número de individuos se vuelve peligrosa para todos cuando esos individuos inician su propio viaje en la carretera de la vida con el único propósito de satisfacer sus deseos, sin consideración ni por su familia, ni por los otros, ni por las consecuencias.

Aún peor, la humanidad en su totalidad está actuando desde tiempo inmemorial con un alto nivel de inmadurez, como lo demuestran los siglos y milenios de guerras, hambre, pobreza, discriminación e interminables conflictos en todo el planeta.  

Recientemente, el futurista Nikola Danaylov, fundador del blog Singularity (Singularidad) y autor del libro Conversaciones con el Futuro, advirtió que ya se ha traspasado la barrera que antes permitía que el poder destructivo de la humanidad fuese controlado por la humanidad. 

Según Danaylov, nuestra capacidad de destrucción ya supera y con mucho nuestra sabiduría, especialmente en Occidente. Específicamente, dijo, el poder tecnológico que la humanidad ahora tiene en sus manos (como inteligencia artificial y energía nuclear) sobrepasa la sabiduría para usarlo. 

Desde esa perspectiva, todos somos niños pequeños conduciendo por primera vez una camioneta en una transitada carretera, poniendo en peligro nuestras vidas y la de los otros. Pero, al contrario de lo que sucedió con el niño de Utah, nadie vendrá a detenernos o a socorrernos antes de causemos una tragedia. 

Danaylov basó su advertencia tras haber hablado del tema con decenas de científicos, filósofos y expertos. Su conclusión resulta innegable: el crecimiento exponencial de las tecnologías inteligentes va acompañado del crecimiento exponencial de la inmadurez humana. 

Me dijeron que en el Mundo del Revés…

La recordada cantante argentina María Elena Walsh nos presentaba en una de sus canciones al Reino del Revés en el que “dos y dos son tres” y en el que “si miras, no ves”. Se trata, obviamente, de un mundo de fantasía donde no rigen las mismas reglas que seguimos en nuestro mundo. Pero quizá no sea algo tan fantasioso. 

Recientemente, la NASA indicó que sus científicos trabajando en la Antártida detectaron “evidencia de un mundo paralelo en el que las reglas de la física son las opuestas a las de nuestro mundo”. 

En ese Reino del Revés, detectado por la NASA gracias a unas partículas llamadas neutrinos tau, el tiempo se mueve hacia el pasado (desde nuestra perspectiva). A la vez, dice el comunicado de la NASA, si en ese otro universo paralelo (pero opuesto) hubiese habitantes, ellos considerarían que nuestro universo es el Mundo del Revés.

El tema no es nuevo. La idea de un universo paralelo ha sido explorada por pensadores, escritores, científicos y místicos por milenios. 

Pero quizá una de las mejores representaciones (llena de humor y de color) sea el episodio The Farnsworth Parabox de Futurama, de junio de 2003, en donde precisamente se explora qué universo es el “Universo A” y, entre otros temas existenciales, cuán frágil es cada universo.

En definitiva, el orden que vemos en nuestro universo no es nada más que el caos al que nos hemos acostumbrado. Y las reglas y leyes de nuestro universo aparentemente sólo se aplican a nuestro universo, es decir, son “regionales”, o, dicho de otro modo, funcionan sólo dentro de nuestra “burbuja”, pero no en la totalidad del multiverso. 

Quizá tengan razón los habitantes del mundo paralelo cuando, al ver lo que pasa en nuestro mundo, afirmen que somos nosotros quienes nos movemos en la dirección equivocada. Después de todo, mientras nosotros nacemos para morir, ellos (porque el tiempo fluye en otra dirección), surgen de la muerte y viven para nacer (una idea absolutamente atrayente.)

Pero, además, en nuestra vida diaria, estamos en un momento en el que, como decía María Elena Walsh, nuestro mundo pequeño está literalmente al revés, donde dos y dos ya no son tres, sino lo que el jefe decida (como enseñaba Anthony De Mello en El Canto del Pájaro) y en el que miramos, pero no vemos. 

Miramos las noticias y miramos las redes sociales, pero no vemos la realidad. Miramos a las máscaras, pero no vemos a las personas. Miramos los profundos e irreversibles cambios que un virus nos obliga a hacer, pero no vemos la oportunidad de crear un nuevo futuro y, peor aún, queremos volver a un pasado nostálgico que nunca existió.

Como bien decía Gandhi en su lista de los Siete Pecados Capitales, queremos riqueza sin trabajo, placer sin consciencia, conocimiento sin carácter, negocio sin ética, ciencia sin humanidad, religión sin sacrificio y política sin principios. 

Estamos en un verdadero Mundo del Revés: tenemos la oportunidad de ir hacia el futuro y vamos hacia el pasado. 

Siempre vivimos cerca del Leteo y bebemos su agua hasta saciarnos

Una manera de saber cuánto nos hemos olvidado del pasado es ver cuántos monumentos se erigieron para recordar lo que en su momento fue un gran acontecimiento. Por ejemplo, con la excepción de pequeños monumentos en Colorado y en Australia, prácticamente nada se construyó para recordar la pandemia que azotó el mundo a partir de 1918.

De hecho, se dice que a pesar de los millones de muertos en todo el mundo por la (mal) llamada “gripe española, hacia 1925 el caso había sido prácticamente olvidado y ese olvido parece haber sido una de las razones por las que el mundo, al enfrentar una nueva plaga (otra más en una milenaria lista) aparenta estar poco preparado. 

Pero no se trata solamente de habernos olvidado de un importante hecho histórico. Eso en sí ya es riesgoso porque la historia, como la vida, tiene sus vueltas y, por eso, olvidarse del pasado es perpetuarlo y repetirlo. 

Nuestro olvido va más allá de fechas, gobernantes y estadísticas. Es un olvido tan profundo que se vuelve irreconocible: nos hemos olvidado de nosotros mismos. Aún peor, nos olvidamos de que nos hemos olvidado. 

Por eso, no solamente no erigimos monumentos para recordar el pasado, sino que tampoco erigimos monumentos (o escribimos libros, o creamos arte) para comunicarnos con nuestro propio futuro. Como ya nos olvidamos de ser nosotros mismos tampoco sabemos lo que podemos llegar a ser y ni siquiera tratamos de comunicarnos con nuestro futuro ser. 

Platón, en su típica manera, lo describió con un mito al final de La República. Aunque mucho se habla en estos días del famoso mito (o alegoría) de la Caverna (también en La República), el Mito de Er me resulta más interesante, tanto por la historia en sí como por su inmensa influencia filosófica, teológica, psicológica y literaria por los siguientes 2400 años.

El lector interesado puedo encontrar el Mito de Er en el libro 10 de La República o puede fácilmente encontrarlo en línea. En su elemento más básico, Er muere en batalla y luego revive y cuenta la historia de lo que vio “al otro lado”. Y lo que cuenta Er es que cada uno de nosotros, antes de nacer, bebe el agua del río Leteo, el río de Olvido. 

Dicho de otro modo, nacemos habiéndonos olvidado de quienes somos y sin saber que nos hemos olvidado. Por eso, durante la vida, seguimos bebiendo del río del Olvido una y otra vez (lo llamamos diversión, educación, religión o el nombre que fuese), profundizando nuestro olvido existencial hasta el punto de no retorno.

Y luego, cada tanto, algo acontece que nos sacude y sacude la estructura misma de nuestro mundo, nuestra cultura y nuestra sociedad. Ese “algo” (una pandemia, por ejemplo), al revelar nuestra vulnerabilidad y fragilidad, nuestra nihilidad, puede potencialmente hacernos pensar que nos estamos olvidando de algo y llevarnos a recuperar lo olvidado.

De hecho, para los griegos, todo aprendizaje era un recuerdo. Y lo opuesto de Leteo es la aletheia, es decir, la verdad. 

Volvimos a la caverna demasiado rápido y demasiado seguros

Ya volvimos a la caverna, demasiado rápido y demasiado seguros que esta era la única y mejor opción. O, si se prefiere, regresamos a Egipto porque preferimos lo ya conocido (aunque fuese malo) a la responsabilidad de construir nuestro propio futuro. Duró poco la esperanza de que un virus nos enseñase algo sobre nosotros mismos. Ni los virus ni los dioses pueden hacerlo.

Salimos de la caverna (la llamamos “vida normal”) por sólo unos instantes y el sol nos encegueció, pero, en vez de esperar a que nuestros ojos se acostumbrarse a la nueva luz y a que nuestra mente reevaluase la antigua realidad, volvimos corriendo a las sombras que, aunque ilusorias, son las sombras que siempre hemos conocido.

Por un momento se resquebrajó la ilusión, pero antes de que se derrumbase del todo caímos en la peor ilusión de todas, en la de creer que habíamos superado la ilusión. Nos hicimos creer a nosotros mismos, con el más profundo autoengaño, que lo mejor era “volver a la normalidad”, aunque esa “normalidad” fuese una vida encadenada mirando sombras sobre una pantalla.

Salimos al desierto y cuando no vimos caminos (ni comida) regresamos a los caminos conocidos, donde la esclavitud garantiza que, como esclavos, nos van a alimentar (pero solamente, como resulta obvio, hasta cierto punto.) 

Tanto nos sedujo la seguridad y estabilidad de la esclavitud (en griego, “doulos” significa tanto “esclavo” como “empleado”) que nos impidió asumir la responsabilidad de la libertad individual y colectiva de marchar a un futuro prometido, pero en el que no hay caminos, no hay garantías y hay muchos enemigos. Preferimos ser parte del futuro de otros en vez de ser nosotros mismos.

La pantalla estupefaciente pudo más que el sol brillante. La imagen del faraón de turno pudo más que el impulso del nacimiento de nuestro propio ser. El mensaje de volver a la normalidad (es decir, de perpetuar el pasado) nos atrapó como lo haría el canto de la sirena. De hecho, nos cautivó en todo el sentido de la palabra: quedamos cautivos de nuestra cautividad.

El sol brilló, el mar se partió, el trueno habló y el futuro nos convocó. Pero nosotros, adultos infantilizados con mentes cerradas y narcisistas, preferimos la oscuridad, la cerrazón, el anti-diálogo y el fracaso existencial a abrir nuestra mente, nuestro corazón, nuestro espíritu nuestra voluntad a nuestra propia multidimensionalidad.

Por un momento, por sólo un instante, un virus (o la divinidad, o el Universo, o todos ellos y ellas juntos y juntas) nos mostraron una mariposa y nosotros, las orugas, no nos vimos a nosotros mismos en la mariposa. No nos reconocimos. No supimos que esa mariposa somos nosotros mismos. El encierro nos encerró en un mundo pequeño, tan pequeño que no nos dio escape. 

El capullo también es una forma de encierro, pero la crisálida no está allí para volver al pasado sino para transformar su cuerpo y su mente para un nuevo futuro. Otras en otros lugares volarán. Nosotros, como decía Kundera, seguimos siendo principiantes. 

Cada pieza de un rompecabezas aún no terminado sigue siendo valiosa

Realicemos este experimento mental: supongamos que, por algún motivo, cada día recibimos una pieza de un rompecabezas. No sabemos cuántas piezas tiene el rompecabezas y desconocemos la imagen final. Por eso, surge la pregunta: ¿qué hacemos con las piezas del rompecabezas que ya tenemos?

Existen, obviamente, varias opciones. Por ejemplo, podemos ir juntándolas hasta contar con suficientes piezas como para comenzar a tratar de armar algo. O podemos ignorar todas esas piezas, ya que no sabemos si alguna vez recibiremos la pieza final, por lo que sería ridículo dedicarle tiempo a una tarea imposible.

Pero una cosa es cierta: con cada nueva pieza aumentan las probabilidades de que podamos comenzar a construir por lo menos parte de la imagen y, por eso mismo, aumentan las posibilidades de que algún día, en las condiciones correctas, resolvamos el rompecabezas. 

Y otra cosa también es cierta: si descartamos todas las piezas, aunque continuamente sigan llegando piezas nuevas día tras día, nunca tendremos la oportunidad de resolver el rompecabezas. 

Dicho de otro modo, tenemos que tomar la decisión de determinar si cada pieza es valiosa en sí misma, aunque no veamos ese valor inmediatamente, o si, precisamente porque no vemos ningún valor inmediatamente, las piezas del rompecabezas no valen nada y, de hecho, el rompecabezas en sí no vale nada.

Si aceptamos la primera opción, ordenaremos y reordenaremos (esa es la clave) las piezas que ya tengamos, no para ajustarlas a lo que nosotros veamos en ellas, sino para que ellas nos muestren lo que nos quieran mostrar. Como alguien dijo, cuando ves un árbol, no ves el árbol, sino que es el árbol quien te dice “¡Hola!” 

Si, por el contrario, aceptamos la segunda opción y descartamos todas las piezas, entonces no hay ni habrá rompecabezas para resolver y cada nueva pieza será tan carente de significado como todas las que la precedieron y todas las que la seguirán.

Pero ¿qué pasaría si en algún momento, por algún tipo de misteriosa circunstancia, nos damos cuenta de que, aunque las piezas llegaban una por una, siempre tuvimos con nosotros y en nosotros todas las piezas del rompecabezas? Quizá estábamos tan concentrados en la nueva pieza que no comprendíamos que ya teníamos todas las piezas. 

Este ejercicio mental, bien entendido y llevado al extremo, debería indicarnos que no vemos el futuro porque no queremos verlo. 

“Estamos siendo confrontados por algo tan completamente fuera de nuestra experiencia colectiva que realmente no le vemos, ni siquiera cuando la evidencia es abrumadora”, escribió Ed Ayers. Pero Ayers no escribió esa observación ahora ni lo hizo en referencia a la pandemia o al coronavirus. Lo hizo en su libro La última oferta de Dios en 1999. 

¿Por qué Ayers pudo ver el futuro y nosotros no? Porque, dijo Ayers, “la sociedad humana amenazada se vuelve más ciega al caer”. Y la ceguera es tan grande que no tomamos consciencia de que no vemos. Tenemos todas las piezas del rompecabezas, juntas y en orden, y no las vemos. ¡Qué lástima!

Si la evolución humana se detuvo, ¿qué o quién sigue evolucionando?

Una de las teorías que, aunque ciertamente no nueva, se repite con bastante frecuencia en el marco de la actual pandemia es la idea que la evolución humana se detuvo, no en un sentido positivo (afirmar que llegamos a la cima de la evolución) o esperanzador (creer que ya llegan los transhumanos), sino negativo: nosotros somos los peores enemigos del futuro de la humanidad.

Parece algo difícil de creer porque esta no es la primera vez que la humanidad enfrenta catástrofes naturales o creadas por la humanidad y, a pesar de ello, todavía seguimos aquí. Pero recientes ejemplos que presencié personalmente me llevaron a pensar que quizá haya algo de verdad en la idea que nosotros detuvimos la evolución.

Se dice que Einstein habría dicho (seguramente no lo dijo) que existen solamente dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y que él no estaba seguro sobre la infinitud del universo. Y Asimov alguna vez escribió que contra la estupidez humana hasta los mismos dioses luchan en vano.

Más cerca en el tiempo, hace pocos días el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari volvió a enfatizar que lo que destruirá a la humanidad no es un virus o una pandemia, sino la humanidad misma, por su estupidez (esa es la palabra que Harari usó).

¿Por qué hacemos esa referencia a la innegable insensatez humana? Porque la hemos presenciado. 

Por ejemplo, hace algunos días fui a un supermercado y la persona que estaba en la fila antes que yo para pagar tenía toda la protección posible, incluyendo una sólida máscara y largos guantes.

Pero cuando le llegó el turno de pagar, esta persona se quitó la máscara y usó sus dientes para remover el guante de la mano derecha y luego, con los dedos al descubierto, pulsó las teclas correspondientes para ingresar la clave de su tarjeta de débito. Luego de pagar, volvió a usar sus dientes para colocarse el guante y entonces se acomodó la máscara. 

Me quedé pensando de qué le sirve a esa persona protegerse como lo hizo si precisamente en el momento en el que más necesita protección no solamente remueve su protección, sino que lo hace de la manera más imprudente posible. Asimov tenía razón: hasta los dioses son impotentes frente a tal nivel de insensatez. 

Y luego una conocida organización comunitaria debió suspender el reparto de paquetes de comida a personas necesitadas porque los interesados no pudieron cumplir con dos reglas sencillas: pedir una cita y llegar en el horario asignado, e ir a buscar la comida solos. 

Por el contrario, las personas comenzaron a llegar en cualquier momento y acompañadas por toda la familia, incluyendo niños, sin consideración alguna de protección personal o distanciamiento social. Aún peor, descartaban en el estacionamiento los alimentos que no les gustaban.

Entonces, quizá sea verdad que con nosotros se terminó la evolución. Si es así, ¿quién está evolucionando? Se cree que los simios ya están en su propia edad de piedra. Pero esa es otra historia.  

El futuro se puede conocer, pero no nos enseñaron a reconocerlo

Estoy cansado de que me digan que el futuro no existe o que no puede conocerse, o que, por ser algo desconocido, no debemos pensar en eso. El hecho que nos hayamos vuelto adictos al pasado y que confundamos el presente con lo “normal” y, por lo tanto, que nos hayamos vuelto ciegos al futuro, no significa que el futuro no pueda ser conocido.

Digo que el futuro puede ser “conocido”, no “adivinado”, “visualizado”, o “profetizado” (en el sentido devaluado de profecía).  

El futuro permanecerá desconocido para nosotros de la misma manera que, de niños, poco sabíamos del pasado. Sólo después, tras años de crecimiento y muchos años de estudio, comenzamos a tomar consciencia de una larga historia humana (con muchos capítulos aún por descubrir) que nos precede.

Para ver el futuro debemos resolver lo que desconocemos a partir de lo que ya conocemos: el presente y el pasado (si es que los hemos estudiado adecuadamente). Goethe decía, con razón, que es necesario conocer 3000 años de historia para no vagabundear sin rumbo por la vida. 

Por ejemplo, si dos manzanas y una banana cuestan cuatro monedas y una manzana y cuatro bananas cuestan nueve monedas, ¿cuánto cuestan cada manzana y cada banana? En otras palabras, a partir de lo que ya conocemos (cuántas monedas se necesitan en cada compra) podemos deducir lo desconocido (el costo de cada fruta por unidad). 

Pero no nos han enseñado a pensar en el futuro como un elemento que todavía no hemos resuelto. De hecho, no nos han enseñado a ver el futuro. Y como no lo vemos, creemos que no existe y que no puede conocerse. Lamentablemente, no lo vemos ni siquiera si el futuro está frente a nosotros. 

Cuando, hace más de un siglo, se le presentaron los primeros aviones al Ejército de Estados Unidos, la respuesta oficial fue que las fuerzas armadas no necesitaban esos “juguetes”. A mediados del siglo pasado, IBM calculó que en todo el mundo había necesidad sólo para cinco computadoras. 

Y un ejemplo más. En la década de 1980, empresarios de Estados Unidos viajaron a Japón para visitar las plantas de producción de automóviles, pero volvieron desilusionados porque, dijeron, los japoneses no los llevaron a las fábricas de carros, sino que los habían engañado, llevándolos a lugares limpios y casi vacíos en los que robots (no personas) construían los vehículos.

Podríamos compartir otros muchos ejemplos similares, incluso situaciones en nuestras propias vidas, en las que no vimos el futuro incluso cuando el futuro ya era presente. Pero, alguien dirá, ¿cómo hacemos para ver el futuro? Esta corta columna no es el lugar para responder a esa pregunta. 

Sólo diremos que, parafraseando a Hegel y siguiendo a Zizek, debemos reintroducir en el pasado la apertura hacia el futuro para entender lo que está deviniendo, lo que está emergiendo, es decir, para ver el proceso de cocreación de nuestro mejor futuro para conectarnos con ese futuro y traerlo al presente. El futuro es real para quien abra los ojos. 

Lo opuesto de la educación no es la ignorancia, sino la pobreza

Se ha dicho, y con todo acierto, que lo opuesto del amor no es el odio, sino la indiferencia. La razón es clara: tanto el caso del amor como del odio se mantiene una relación, sea positiva (amor) o negativa (odio). Pero en el caso de la indiferencia, no hay relación alguna ni existe ningún intento de conectarse, aunque sea negativamente, con la otra persona.

De la misma manera, lo opuesto de la educación no es la ignorancia, sino la pobreza. La razón, nuevamente, es clara: tanto la educación como la ignorancia mantienen una relación con el saber, positiva o negativa. Pero la pobreza (entendida en el sentido más amplio de esa idea) elimina toda relación con el saber porque (como resulta obvio) sus urgencias existenciales son otras.

Por eso decía Gandhi que la pobreza es el mayor acto de violencia que un ser humano le puede imponer a otro. La pobreza le quita al ser humano la dignidad de ser humano y lo reduce a una mera cosa viviente, sin pasado y sin futuro, inmersa en un interminable presente de sufrimiento.

En otro contexto (pero en la misma época), el antropólogo estadounidense Oscar Lewis (1914-1970) definía “pobreza” no como la carencia de recursos materiales, sino como la incapacidad de una generación para preparar a la siguiente generación para el futuro propio de esa siguiente generación.

En otras palabras, para Lewis, la pobreza es el máximo fracaso intergeneracional y, de hecho, la máxima indiferencia intergeneracional al no poder o no querer que la siguiente generación tenga su propio futuro y asuma ese futuro con la preparación necesaria. 

Pero si la indiferencia es la hostil y consciente falta de relación entre las personas, ¿qué relación se pierde debido a la pobreza o, mejor aún, debido a una educación pobre? ¿Ante qué cosa somos indiferentes como resultado de una educación empobrecida? 

Somos indiferentes a la historia y, por eso, vivimos tratando de volver a un pasado inexistente y de escapar de un presente agobiante.

Por eso, si logramos salir del predicamento en el que ahora nos hemos metido y que nosotros mismos hemos construido, quedará por ver si la educación actual (peor que la educación bancaria ferozmente combatida por Freire) ha logrado preparar a la siguiente generación para desafíos aún mayores que un virus.

Desconocer el pasado provoca que, en medio de la pandemia, se digan tonterías como “Nunca antes había sucedido algo así”, cuando pestes y plagas han azotado a la humanidad por incontables milenios. Y desconocer el presente lleva a ignorar las advertencias de aquellos, por prestar profunda atención al presente, ya pueden ver el futuro. 

Y si la educación no es educación para el futuro, entonces no es educación en absoluto, sino que se trata de más bien de un adoctrinamiento, de un encierro mental y emocional que nos hace creer libres sólo porque tenemos Internet y redes sociales. 

Los jóvenes ya saben que no tienen futuro. Ahora los “educadores” deberían aprenderlo. Quizá lo harán si abandonan su indiferencia.

No hay normalidad con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas

Una y otra vez escucho en estos días la frase “Espero que esto pase pronto para volver a la normalidad”. Aunque esa frase refleja un sentimiento bien intencionado, parece olvidar algo importante: no hay normalidad ni vuelta a la normalidad cuando la espada de Damocles cuelga de un cabello sobre nuestras cabezas.

Según cuenta la historia, en el siglo 4 antes de nuestra era, Damocles tanto aduló al rey Dionisio II de Siracusa que el rey lo invitó a cambiar de lugar por un día. Damocles aceptó y prontamente se sentó en el trono, sólo para encontrarse con una gran espada colgando encima de su cabeza y con la posibilidad de caer en cualquier momento. 

Según luego contó Cicerón, Damocles aprendió su lección e inmediatamente dejó de lado toda pretensión de ser rey, aunque solamente fuese por un día. Pero quien no aprendió su propia lección fue el propio Dionisio, quien siguió siendo tan tirano, o más, como siempre lo había sido. 

La actual crisis (mejor dicho, metacrisis) creada por la pandemia puede, metafóricamente, entenderse como una doble espada de Damocles, ya que, por un lado, luego de alcanzar todo aquello que siempre quisimos (tecnología, ciencia, capitalismo, globalización), ahora que nos vemos forzados a mirar hacia arriba descubrimos cuán frágiles y vulnerables somos. 

Y, por otro lado, como ya lo advirtió el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, las lecciones que el virus podría enseñarles a los dirigentes y políticos a nivel global probablemente no serán aprendidas, provocando así (esperamos que no) el surgimiento de la versión más deshumanizante y feroz del capitalismo que hasta ahora hemos conocido. 

Por eso dijimos más arriba que no estamos en una crisis, sino en una metacrisis, es decir, una crisis en donde confluyen simultáneamente numerosas crisis, desde lo que podría considerarse (desde cierta perspectiva) la primera pandemia auténticamente global, hasta la evidente ineptitud de aquellos a cargo de responder a la crisis, hasta el fracaso del modelo global hasta aquí implementado. 

Parece que nos gusta vivir con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas porque, como lo hacen los niños, creemos que, si cerramos los ojos y no la vemos, esa espada ya no estará allí. Y aquellos que, como Dionisio, se acostumbraron a convivir con ella, lo siguen haciendo sin enmendar sus vidas para dedicarse a vivir vidas virtuosas, como lo pedía Cicerón.

Pero la espada de Damocles es real y no es solamente una. Como bien lo indicó el historiador israelí Yuval Harari en más de una oportunidad y mucho antes de la actual crisis, nuestra generación podría ser la última (o una de las últimas) antes de la extinción de la humanidad (probablemente a ser reemplazada por la inteligencia artificial.)

¿Debemos entonces perder toda esperanza? ¡Por supuesto que no! Pero no debemos caer en la tentación del autoengaño al creer que es posible regresar a la normalidad del pasado, porque no había nada normal en esa normalidad, como el presente así lo deja en evidencia. Es hora de cocrear un nuevo futuro. 

Negarse a ver la realidad no transforma la realidad: sólo la oculta

“Esto no está sucediendo”, me dijo con todo énfasis y lleno de confianza un amigo hace muy pocos días. “Esto”, obviamente, se refiere a la crisis global que ahora aqueja a la humanidad. Pero lo que no resulta tan obvio es qué significa eso de “No está sucediendo”, porque toda la evidencia indica que la crisis, sea cual fuere su origen o propósito, es real.

Quizá intuyendo mis dudas sobre su expresión, mi amigo repitió “Esto no está sucediendo”, como para que yo entendiese que él no había dicho “Esto no tendría que suceder” o “Esto podría haberse evitado” o “No me gusta en absoluto lo que estamos enfrentando y prefiero no pensar en eso”. 

Muy por el contrario, su firmeza en enfocó en proclamar algo absolutamente contrafáctico: “Esto no está sucediendo”, a pesar de que la inevitable conclusión es que la crisis sí está ocurriendo. 

Las expresiones contrafácticas habitualmente se expresan en forma condicional. “Si mi abuela no hubiese muerto hoy estaría viva”, decía mi abuela cada vez que alguien decía cualquier tontería. Pero, en ese caso o en expresiones similares, el “si” al inicio de la frase implica un reconocimiento de que la frase en sí, aunque va contra los hechos, lo hace intencionalmente. 

Pero al decir “Esto no está sucediendo”, sin ningún añadido (como “Me gustaría que esto no estuviese sucediendo” o “No puedo aceptar que esto esté sucediendo) no hay reconocimiento alguno de que se está expresando algo totalmente contrario a la realidad. 

Dicho de una manera más directa: mi amigo se niega a ver la realidad. Pero, obviamente, no se lo puede acusar de nada. De hecho, el negarse a ver la realidad, a aceptar la adversidad, la tragedia o el desafío, es una clara indicación de duelo, es decir, de sentir y saber que algo ha cambiado irremediablemente y de lo que sigue ya no será continuidad de lo que era antes.

Sinceramente creo que, como mi amigo, todos estamos todavía en un momento de duelo global, de incredulidad masiva, en el que no aceptamos todavía lo que nos está pasando, porque es penoso y doloroso reconocer y aceptar nuestra fragilidad, nuestra mortalidad. No nos gusta recibir la “inconveniente noticia” de que somos efímeros. 

Por eso, creemos que el monstruo desaparece cuando cerramos los ojos. O que se trata solamente de una pesadilla. O que alguien nos está ocultando algo. O que “esto” es lo mismo que “aquello otro” que ya pasó “hace mucho y en mi pueblo”. Pero todas esas son expresiones de negación y de duelo, sino de autoengaño. 

Y tomar decisiones sobre una crisis y sobre el futuro basándonos en el autoengaño de creer que todo los sabemos y que todo lo podemos es precisamente lo que nos llevó a la crisis. 

Mientras tanto, el duelo individual y colectivo continúa: hemos desperdiciado el pasado y hemos perdido también el futuro. Y ahora además sabemos que los “salvadores” (política, ciencia, tecnología, dinero) ya no nos pueden salvar. 

Una pregunta: ¿qué es “esto”?

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