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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

¿Qué estamos realmente creando al recrearnos a nosotros mismos y al planeta?

En su interesante libro La Cuarta Edad, Byron Reese propone que cada vez que la humanidad accede a una nueva tecnología, la humanidad cambia y, con ella, el planeta. Por eso, cabe la pregunta, ¿en qué realmente nos estamos transformando ahora que la tecnología nos está transformando a nosotros y al planeta?

Reese sostiene que hace 100.000 años, los seres humanos aprendieron a usar el fuego y, gracias a ello, desarrollaron el lenguaje. Luego, hace unos 10.000 años, el nacimiento de la agricultura llevó al nacimiento de las ciudades. Y más recientemente, quizá sólo cinco o seis milenios, el invento de la escritura tuvo con resultado la creación de naciones.

Ahora, sin embargo, el fuego, el idioma y la agricultura lucen primitivos al compararlos con robots inteligentes y conscientes, es decir, la “cuarta era” de la que habla Reese. Lo que todavía no sabemos es qué surgirá como resultado de estas nuevas tecnologías.

Por el momento (apartándonos ahora del libro), queda claro que el lenguaje que usamos ya no resultado del todo apropiado para describir la nueva realidad, por lo que tenemos que usar expresiones como “realidad expandida” o “realidad virtual”. 

Y, como queda indudablemente en evidencia en el mundo actual, las mismas nociones de “ciudad”, “nación” y “estado” se han visto grandemente desafiadas en cuanto a su viabilidad y futuro precisamente por la aparición de las nuevas tecnologías. Tanto es así que para muchas personas la única alternativa parece ser volver a un pasado de supuesta grandeza.

Mientras tanto, Estados Unidos y Rusia recientemente anunciaron por separado el desarrollo de naves espaciales de combate, a la vez que varias empresas privadas anunciaron el inminente lanzamiento de viajes de turismo espacial. 

Y los planes para terraformar Marte en las próximas décadas continúan avanzando. ¡Qué paradoja! Queremos transformar a Marte para que sea como la Tierra a la vez que destruimos la Tierra. 

Simultáneamente, los robots inteligentes desarrollan su propio lenguaje y su propia ética y, lenta pero inexorablemente, se hacen cargo de todas las cosas. “Cosas” como en “Internet de las Cosas”, desde carros autónomos hasta casas inteligentes, y desde decisiones judiciales (jueces robots) hasta decisiones espirituales (sacerdotes robots).

En todo ese contexto, aunque sabemos aproximadamente dónde hemos estado, los humanos aún no sabemos a dónde vamos a llegar, es decir, si estamos entrando en un futuro prometedor en el que muchas de las expectativas y deseos de la larga historia de la humanidad se verán cumplidos, o si esta es la última etapa de la existencia humana antes de ser desplazados y reemplazados por nuestra propia creación. 

Pero entonces la pregunta inicial debe ser reformulada, porque quizá ya no resulte suficiente preguntarse solamente en qué nos estamos transformando nosotros gracias a las nuevas tecnologías, sino que debemos preguntarnos en qué se están transformando las tecnologías gracias a lo que ellas mismas están descubriendo. 

A la humanidad le llevó unos 100.000 años llegar la inteligencia artificial. ¿Cuánto tiempo le llevará entonces a la inteligencia artificial para completar su propia evolución? 

El curioso caso de llevar puesta una ideología sin saberlo

Recientemente participé en un evento comunitario que requería cierta formalidad, por eso me sorprendió encontrarme en el lugar con un muchacho que, sin el saco y la corbata que los otros hombres usaban, llegó vestido con una camiseta (playera) del Barcelona, el conocidísimo club de futbol español. 

Al final del encuentro, me acerqué al muchacho para felicitarlo por la excelente elección de su camiseta (y también lo hubiese felicitado si la camiseta hubiese sido del Boca Juniors, pero no muchos otros clubes.) Aproveché entonces a preguntarle si le gustaba el Barcelona (algo que me pareció obvio) y el futbol en general. 

Su respuesta fue una sola palabra: “¿Qué?”

Luego, el muchacho explicó que se había comprado esa camiseta porque le gustaron los colores, desconociendo toda conexión de esos colores con el Club Barcelona o con el fútbol. Y la pregunta sobre si conocía a Leonel Messi fue respondida con “¿Quién?”, dejando en claro que, para ese muchacho, “su” camiseta era sólo una conjunción de agradables colores y nada más. 

La situación me recordó a imágenes que se repiten con cierta frecuencia en los medios sociales y en campañas de recaudación de fondos en las que se muestra a niños en situación de pobreza vistiendo camisetas de equipos del fútbol americano de los que, casi con toda seguridad, esos niños no conocen absolutamente nada. 

Pero la experiencia de haberme encontrado con alguien que viste una camiseta del Barcelona sin saber nada del Barcelona me hizo pensar en algo distinto, es decir, en la posibilidad de “vestirnos” de cierta creencia, dogma o ideología y “llevarla puesta”, sin conocer nada en absoluto de esa ideología. 

Se dice que la ideología más difícil de entender es precisamente aquella que aceptamos y en la que creemos, porque se nos presenta como algo “normal” e incluso “obvio” que, por eso mismo, no necesita ser pensada, ni repensada, ni desafiada. 

Y luego caminamos por la vida mostrando los colores de esa ideología, sin saber en realidad de qué se trata. Y si alguien nos felicita o nos critica por “vestir” esa ideología y nos pregunta por qué la hemos adoptado, probablemente responderemos, como me respondió el joven antes mencionado, “Porque me gusta”. 

De hecho, existen numerosos casos así, sin importar que se trate de política, de religión, de economía o de lo que fuere. La persona en cuestión se viste con “su” camiseta y la lleva puesta a todos lados, sea prudente o no hacerlo, sea cortés o no hacerlo, en muchos casos ignorando el significado de los colores qué está mostrando.

Peor aún, esa ignorancia, sumada al apego a los colores, impide todo diálogo y las respuestas, si las hay, se limitan a monosílabos generalmente enmarcados en una sonrisa teñida de desdén.

Seamos honestos: todos llevamos puesta una “camiseta de ideología” que no vemos o que desconocemos. Por eso, leemos libros sagrados como si fuesen manuales de economía y hasta contribuimos alegremente a nuestra propia deshumanización. 

Si alguien te pregunte por tu camiseta, abre los ojos. 

 

 

Aún ni siquiera conocemos completamente a nuestro propio planeta

La NASA recientemente anunció el descubrimiento de un exoplaneta cerca de la estrella CJ357 que, por sus características, podría ser similar a la tierra. El descubrimiento de exoplanetas similares a la tierra no resulta ninguna novedad, pero lo que sí resulta novedoso es que casi simultáneamente Facebook anunció que gran parte de la tierra aún carece de mapas precisos. 

A ver, entonces, si nos entendemos: a la vez que podemos saber que el planeta CJ357d (“d” significa que es el cuarto planeta en su sistema planetario) está en la llamada “zona habitable” y que podría tener agua, a unos 200 años luz de la tierra, aún no hemos podido realizar mapas completos de Tailandia y de Indonesia. 

Las cámaras de TESS (el satélite que la NASA usa para descubrir exoplanetas) permitieron determinar que CJ357d tendría una atmósfera lo suficientemente densa como para que exista agua líquida en ese planeta. 

Pero, hasta el momento, la mayoría de las rutas de Tailandia y de Indonesia, según la información difundida por Facebook, aún no figuran en ningún mapa. De hecho, el proceso de creación de esos mapas comenzó hace diez años y hasta ahora no se completó porque el trabajo lo realizan voluntarios y los mapas se crean manualmente.

En definitiva, podemos estudiar un distante planeta con un alto grado de precisión y, simultáneamente, carecemos de información precisa sobre amplias zonas de nuestro planeta. ¡Qué paradoja! Vemos lo distante, lo alejado, pero no vemos lo cercano y lo cotidiano.

La paradoja no es nueva, aunque ahora la hemos llevado a un nivel cósmico y hemos involucrado a la inteligencia artificial. De hecho, ya en la antigüedad un conocido maestro itinerante enseñaba que resulta más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el ojo propio.

El mismo maestro decía que primero debemos remover la viga de nuestro ojo antes de intentar remover la paja del ojo de la otra persona. Con el debido respeto, esa enseñanza podría entenderse como la necesidad de conocer el universo interior antes de conocer el universo exterior, aunque una y otra acción son, en esencia, inseparables. 

Sabemos, por ejemplo, que la estrella en torno a la que gira CJ357d tiene un tercio de la masa de nuestro Sol y es un 40 por ciento más frío que el Sol. Pero sobre la tierra, millones de kilómetros de caminos (calles, carreteras, puentes) en todo el mundo aún no figuran en ningún mapa. Conocemos, entonces, lo distante, pero no conocemos lo cercano.

Quizá, sin descuidar los exoplanetas, debamos cambiar la dirección de la mirada y mirar a nuestro propio planeta y dejar de verlo como una acumulación de material inerte que podemos extraer, explotar y descartar. Debamos mirar aún más profundamente dentro de nosotros para descubrir qué nos lleva a explotar y destruir nuestro propio planeta. 

Surge otra pregunta: si todavía no tenemos suficiente información sobre millones de kilómetros de caminos en nuestro planeta, ¿cuántas otras cosas seguimos ignorando de la tierra y de nosotros mismos? 

¿Cómo nos escaparemos de una inteligencia artificial que sabe todo sobre nosotros?


Ya existe una inteligencia artificial (IA) que no solamente sabe qué emociones estamos sintiendo, sino que puede reproducirlas por medio de sus propios códigos, según un reciente anuncio por parte de la Universidad de Colorado en Boulder. Y según el Instituto Tecnológico d Massachussets (MIT), ya existe una IA que sabe si estamos besando a otra persona.

Además, según un reciente artículo en El País, es inminente la llegada de las denominadas “superapps”, es decir, las conocidas aplicaciones (apps) que todos tenemos en nuestros teléfonos inteligentes, pero que, a diferencia de las apps que conocemos, las superapps pueden ofrecer hasta 100.000 servicios, y ya se habla de superapps con hasta 200.000 servicios.

La meta de las superapps, dice el artículo en El País, es que cada uno de nosotros podamos tener “toda nuestra vida en nuestras propias manos”. Pero, dejando de lado el hecho de que nadie me preguntó si yo quiero tener toda mi vida en la palma de mi mano, ¿no sería más correcto decir que estamos dejando nuestra vida en manos de las superapps, es decir, de la IA?

En definitiva, como lo explica (brevemente) en su comunicado la Universidad de Colorado en Boulder, la IA que sabe qué sentimos no sólo lo sabe, sino que sabe que lo sabe. Y eso resulta interesante, porque muchas veces nosotros mismos no sabemos lo que sentimos. 

En otras palabras, ¿cómo podremos ocultarnos de una IA que sabe de nosotros más de lo que nosotros sabemos de nosotros mismos? Tomemos, por ejemplo, la otra IA, la de MIT, que sabe si besamos a alguien. Supongamos que esa IA de MIT trabaja junto con la Boulder. Entonces, no solamente sabrá si besamos a alguien, sino también lo que sentimos al besar a esa persona.

Y también supongamos, aunque no hay nada disparatado en esta suposición, que toda esa información resulta de fácil acceso por medio de una superapp, como ahora resulta fácil volverse viejo (por lo menos en imágenes) gracias a una conocida aplicación. Entonces, gracias a esa fusión de distintas tecnologías, todo el mundo podrá saber si se trató de un beso sincero, si hubo engaño al besar, si fue una expresión de pasión o si hubo rechazo. 

Y esa sería solamente una de las decenas de miles y probablemente centenares de miles de “servicios” que las IA, en forma de superapps, nos ofrecerá, incluyendo el “servicio” de poner todo el conocimiento sobre toda nuestra vida en un solo lugar. Y eso, como mínimo, resulta peligroso en una sociedad en la que la información es poder y la inmadurez es reina. 

Por eso, ¿podremos escaparnos de una IA que todo lo sabe y que todo lo ve, que controla toda nuestra vida y que hasta nos incita a no pensar porque ella, adoptando un engañoso nombre de mujer, ya tiene todo resuelto para nosotros? Difícilmente podremos hacerlo. Pero una jaula de oro, por más que sea de oro, sigue siendo una jaula. 

¿Entonces, Alexa, qué alternativas tenemos? ¿Cómo que ninguna? 

Cada vez faltan menos piezas para completar el rompecabezas

Uno de los errores más comunes de nuestro razonamiento es asumir que la pieza de conocimiento que tenemos equivale a todo el conocimiento disponible. Es decir, generalizamos y universalizamos nuestras limitaciones y, como consecuencia, no las vemos, ni tampoco vemos que otras piezas, distintas a las que ya teníamos, se siguen agregando al rompecabezas.

Pero cuantas más piezas se agregan al rompecabezas, más clara se va haciendo la figura final, aunque falten detalles y precisiones. Y más difícil resulta aferrarse a esa única pieza que tenemos y que antes, erróneamente, creíamos que era la única que existía. 

Dicho menos metafóricamente, el nuevo presente y el inminente futuro resultan incompatibles con nuestras creencias y vivencias del pasado. 

¿A qué me refiero? A que al conectar las piezas hasta ahora dispersas y ubicarlas una junto a la otra la imagen es clara: el humano artificial y quizá inmortal está a punto de llegar. Quizá sea lo mejor que le pueda pasar a la humanidad. O quizá sea lo peor. O quizá lo mejor y lo peor sean inseparables. 

¿Cuáles son las piezas del rompecabezas que apuntan en esa dirección? Entre otros elementos, los reportes científicos describiendo nuevos descubrimientos y desarrollos como piel sintética más sensible que la piel humana, músculos artificiales más fuertes y veloces que los humanos, o sensores de luz y movimiento con mayor capacidad de percepción que sus equivalentes en los humanos.

Pero esos reportes y anuncios nunca aparecen juntos. Nunca presentan la imagen final, sino que cada uno aporta por separado lo que, en conjunto, claramente se ve como la aparición de una humanidad transhumana y quizá transbiológica, posiblemente híbrida.

Por eso, también siguen progresando los estudios sobre la conectividad entre el cerebro humano y la inteligencia artificial, a la vez que la misma inteligencia artificial acelera su propio crecimiento, tanto abarcando sectores cada vez más amplios de la vida planetaria como incluso creando sus propias leyes y lenguaje. 

Al unir todas las piezas del rompecabezas hasta ahora disponibles (seguramente existen otras que todavía no han dado a conocer), ese ejercicio mental de conectar entre sí las piezas se facilita al asumir que la conexión se basa en la formación tecnocientífica de una humanidad artificial, transhumana. 

Y se puede asumir que esa nueva humanidad no tardará mucho en llegar, convirtiendo en obsoleta y anticuada la humanidad actual, siendo la nueva humanidad tan distante y distinta de nosotros como nosotros lo somos de nuestros más remotos antepasados. 

Pero entonces surge otro rompecabezas, con todavía menos piezas que el de la creación de una humanidad artificial. Y es el rompecabezas que trata de explicar por qué nosotros, los humanos, estamos empeñados en crear seres transhumanos. ¿Estamos respondiendo a un llamado cósmico a progresar en la escala universal o es sólo otra muestra de nuestra perenne ineptitud? 

La búsqueda de la inmortalidad y de la trascendencia es tan antigua como la humanidad misma y tan actual como el sol de cada mañana. Pero parece que el rompecabezas está cerca de completarse. 

 

El futuro llegó y nosotros miramos en la dirección opuesta

Recientemente, un muchacho joven me dijo que estaba buscando trabajo y me pidió que, si yo sabía de alguna oportunidad en su área de interés, le informase. Poco después, se presentó una oportunidad que inmediatamente compartí con él, sólo para enterarme días más tarde que él no la había aceptado.

Le pregunté por qué había rechazado la oportunidad y su respuesta fue clara. “Yo no quiero trabajar todo el día en un sótano hablando por teléfono para escuchar los problemas de las personas”. El argumento, aunque aceptable, tenía un gran problema: no se ajustaba a la realidad.

El trabajo del que yo le había hablado era en una amplia y luminosa oficina en un edificio comercial de fácil acceso y amplio estacionamiento. No era un sótano. Y el trabajo consistía en hacer presentaciones de educación comunitaria, no en escuchar problemas por teléfono. 

Le pregunté entonces al muchacho cómo y por qué había llegado a una conclusión tan distante de la realidad y me dijo que hace algunos años él había buscado trabajo en una organización similar y que la entrevista inicial había sido en un sótano donde había personas atendiendo llamadas telefónicas. 

Quizá esa experiencia fue tan traumática o memorable que la única opción para este muchacho fue aferrarse a ella y proyectarla en el futuro y en el presente en cada oportunidad posible, asumiendo (erróneamente) que lo sucedido en el pasado le serviría para entender el futuro y decidir sus acciones sobre esa base.

Pero cuando ese futuro llegó y no era lo que él esperaba, en vez de cambiar sus expectativas y su manera de entender, en vez de abrir su mente y su corazón a otras posibilidades, este muchacho se encerró dentro de su creencia y, como consecuencia, quedó atrapado en su pasado, sin poder entrar al futuro.

Seamos honestos: todos estamos en esa situación. Nos aferramos a un pasado, aunque sea imaginario y nostálgico, sin, por eso mismo, poder ver el nuevo futuro y, como consecuencia, sin poder crear un mapa mental del nuevo futuro.

Por ejemplo, en los últimos días, se publicaron historias sobre la creación de “metales líquidos” (al mejor estilo Terminator), robots inteligentes personales, fotografías de interacciones cuánticas, y progreso en la conexión entre cerebros humanos y máquinas inteligentes (Neurolink, de Elon Musk.)

Además, continúa mejorando la preparación para viajes comerciales al espacio, ya existen vidrios (cristales) inteligentes que “saben” lo que tienen a su alrededor y almacenan esa información, y los robots creadores (músicos, pintores) ya comienzan a ser contratados en reemplazo de humanos e incluso ganan premios antes reservados a los humanos. 

Si no entendemos todo lo que eso significa, es porque todavía vivimos encerrados dentro de nuestro propio sótano mental, emocional, intelectual y espiritual, donde, sea por miedo o por narcisismo, sólo vemos y creemos las fantasías que nosotros mismos hemos creado. 

Mientras tanto, el nuevo futuro ya ha llegado, y nosotros, como lo hizo el muchacho de la historia, lo rechazamos porque no se ajusta a lo que creíamos. 

¿De qué nos sirve hablar de una nueva consciencia planetaria?

Hace ya casi tres milenios y medio, el faraón Akhenaton sorprendió a propios y extraños cuando decidió que Egipto debía abandonar los dioses tradicionales y aceptar una especie de monoteísmo, que, aunque nunca fue aceptado en Egipto, tras numerosos cambios históricos y transmutaciones culturales aún sigue vigente en amplios sectores del mundo.

Si lo que hizo Akhenaton en el siglo 14 antes de nuestra era fue sorprendente, aún más sorprendente fue para mí encontrarme inesperadamente con Akhenaton en persona recientemente en mi oficina y poder conversar con él de un tema también inesperado: la nueva consciencia planetaria. 

Obviamente, el Akhenaton contemporáneo que me visitó y con quien hablé no se parece a la persona del mismo nombre de hace 3500 años ni creo por un momento que sea su reencarnación. De hecho, yo no creo en la reencarnación, ni tampoco lo creí en ninguna de mis vidas anteriores, aunque no puedo recordarlo bien.

El Akhenaton del siglo 21 no hablaba egipcio antiguo ni se presentó como el padre de Tutankamón (aunque yo tampoco le pregunté si lo era). Simplemente es alguien que llegó a mi oficina (sin cita previa) y usó ese inusual nombre para presentarse, explicando que alguien le había dicho que yo era una persona con quien se podía conversar.

La situación, en cuanto al nombre, es similar a encontrarse con alguien llamado “Jesús” o “Moisés”, sin que eso represente ninguna otra conexión con quien previamente llevó ese nombre que tener el mismo nombre. Algo similar les sucede a aquellas personas “desconocidas” que comparten nombres similares a los de ciertas celebridades.

Sea como fuere, yo nunca había tenido la oportunidad de hablar con alguien que ni siquiera como seudónimo usase “Akhenaton” para darse a conocer, teniendo en cuenta que su ilustre predecesor fue considerado por sus connacionales como un “enemigo” y “criminal”, una situación bastante común entre los reformadores religiosos. 

Más allá de la cuestión del nombre, el Akhenaton moderno también tiene sus propias intenciones de reforma religiosa y espiritual, basadas en una nueva consciencia planetaria y en el acceso a conocimientos cósmicos, disponibles, dijo, para todos nosotros con la preparación adecuada (de la misma manera, agrego yo, que no se puede aprender matemáticas avanzadas sin primero aprender a sumar y a restar.)

Akhenatón (llamémoslo así) presentó el tema como algo positivo, como algo que ya está sucediendo. Pero, con mi habitual visión más pesimista (el pesimista es un optimista mejor informado), se puede realmente dudar que nuestra consciencia global humana esté mejorando. 

En una época en donde la diferencia entre realidad y fantasía se ha vuelto irrelevante, en donde la historia cambia más rápidamente que en 1984 de Orwell, y en donde la satisfacción narcisista del ego es la principal motivación de la vida, incluso si lleva a la destrucción del planeta y de la humana, ¿vale la pena hablar de una nueva consciencia, aunque lo diga Akhenaton? 

¿Qué nueva consciencia puede emerger cuando el campo social de la negatividad no deja lugar para construir un futuro? 

 

Los robots ya tienen su propia sangre. ¿La derramarán por nosotros?

Recientes reportes (disponibles en línea) por parte de dos prestigiosas universidades (Harvard y Cornell) explican que los robots ya tienen su propia “sangre”, es decir, un líquido que circula por dentro de los robots y que lleva energía a todo el robot para que el robot pueda cumplir con las tareas que tiene asignadas. 

Se debe aclarar que este líquido, conocido como sangre robótica, se usa en los llamados robots blandos, o suaves, y no, por el momento, en los más conocidos robots metálicos. La sangre robótica les permite a los robots blandos (claramente precursores de humanos artificiales) mantener su forma o incluso recobrarla, en caso de ser aplastados.

Sea como fuere, la idea de sangre robótica parece tener consecuencias más allá de cuestiones de robots, máquinas, ciencia e inteligencia artificial. De hecho, a lo largo de la historia, los humanos han asociado la sangre (propia o de animales) con todo tipo de creencias y de rituales, desde sacrificios para apaciguar a los dioses hasta promesa de inmortalidad.

¿Debemos entonces ahora sumar a los robots a esa corta lista de seres vivientes con sangre propia en este planeta? En otras palabras, ¿qué significa que los robots, sean blandos o metálicos, grandes o pequeños, inteligentes o no, tengan ahora su propia sangre? 

Quizá una mejor pregunta sea si debemos adjudicarle a la sangre robótica todas o por lo menos algunas de las creencias que asociamos comúnmente con la sangre humana y de los animales. Quiero decir: ¿sacrificaremos robots en un altar como antes se sacrificaban corderos o toros?

Sea cual fuere la respuesta a esa pregunta, la conoceremos pronto, quizá en sólo diez años, porque otros reportes científicos de fuentes confiables indican que hacia el 2030 la integración entre robots y humanos llegará a tal nivel que prácticamente resultaremos inseparables unos de los otros, no porque nos volveremos robots o ellos humanos, sino porque los robots serán parte de nuestra vida cotidiana.

Entonces, en este mundo conflictivo y cada vez más intolerante, con un creciente campo social de la negatividad que no necesariamente moviliza a que crezca el campo social de la positividad, la pregunta del título cobra una nueva urgencia y significado: ¿derramarán los robots su sangre por nosotros? ¿O quizá lo hará un solo robot para salvarnos a todos? 

En su última entrevista para un periódico en Alemania, el filósofo Martin Heidegger (sí, estoy al tanto de sus muchos aspectos controversiales) afirmó que no podemos hacer que la divinidad venga a nosotros, pero podemos ayudar a crear la esperanza de que la divinidad venga. 

Más allá de lo que Heidegger haya realmente dicho o pensado, los avances tecnológicos y científicos de nuestra época pueden interpretarse como el deseo de crear (o recrear) nuestra propia divinidad o llegar nosotros mismos a ser divinos. Y quizá lo estemos haciendo y logrando.

Me pregunto qué narrativa se contará dentro de 2000 años sobre lo que ahora se está gestando para el futuro de la humanidad y que muchos aún no lo perciben.  

El Universo crece más rápido de lo que podemos conocerlo

Prestemos atención y cuidadosamente pensemos en este dato: cada segundo unas 20.000 estrellas se mueven más allá del Universo visible, por lo cual nunca más podremos ver (analizar, estudiar) esas estrellas. Eso significa que cada año unos 630 mil millones de estrellas se escapan para siempre de nuestra vista. 

La información proviene de un video recientemente difundido por el Dr. Don Lincoln, profesor de física en la Universidad de Notre Dame e investigador de partículas químicas en el Laboratorio Nacional Fermi (donde funciona un acelerador de partículas).

Según Lincoln, la expansión del Universo se está acelerando por lo que la luz que vemos ahora, que tardó 14 mil millones de años en llegar a la tierra, se originó cuando el Universo era una esfera con un radio de 42 mil millones de años luz. En la actualidad, el radio del Universo llega a los 46 mil millones de años luz, es decir, 92 mil millones de años luz de un extremo a otro.

Y como el Universo se sigue expandiendo, jamás podremos ver nada que esté a más de 15 mil millones de años luz de la tierra. Pero ¿cómo podemos decir que el Universo mide 92 mil millones de años luz si sólo vemos la sexta parte de esa distancia? 

Porque, explica Lincoln, los objetos que ahora están a 46 mil millones de años luz de nosotros los vemos cómo esos objetos eran hace 15 mil millones de años luz. Es decir, vemos su pasado, pero no su presente. (Obviamente, las explicaciones son mucho más complejas y profundas que este simple resumen que aquí presentamos.)

En definitiva, cada vez vemos menos del Universo y los objetos que vemos los vemos como eran en el pasado, pero no como son ahora. 

Si somos honestos y entendemos lo que eso significa, debemos admitir entonces que cada vez sabemos menos (20.000 estrellas e incontables planetas se escapan de nuestra vista cada segundo) y que lo que sabemos ya es obsoleto en el momento mismo que lo sabemos. 

Nos creemos los reyes de la creación, la cúspide de la evolución y el Universo se ríe en nuestra propia cara. 

A un nivel mucho más terrenal, la situación me hizo acordar a la conversación que recientemente tuve con un hombre en un país latinoamericano a quien le pedí direcciones para ir a un cierto lugar. El hombre me dijo que yo debía ir “por la carretera” y agregó: “Cuando usted vea esa carretera, no va a querer usar ninguna otra”. 

La carretera en cuestión no resultó nada espectacular y, de hecho, no está al nivel de las grandes carreteras de Europa o de América del Norte. Pero el bueno hombre, protegido por su aislamiento cultural y geográfico, no estaba comparando “su” carretera con una Autobahn, sino con los polvorientos caminos que él conoció en el pasado. 

A nivel cósmico sucede lo mismo: no conocemos la realidad, sino solamente el pasado. Nos creemos “los mejores” porque insistimos en ignorar la verdadera dimensión de nuestra ignorancia.  

Viajar representa la oportunidad de reencontrarse con uno mismo

Se ha dicho, y con razón, que una de las mejores maneras de conocerse a uno mismo es viajar. Pero viajar no es solamente un mero cambio geográfico, no es trasladarse de un lugar a otro, sino que es estar plena y conscientemente abierto a la experiencia que nuestra realidad cotidiana no es ni toda la realidad ni la única realidad.

Conozco muchas personas (y, de hecho, he padecido a varias de ellas) que se trasladan de un lugar a otro, pero que nunca salen de sí mismos. Llegan a un lugar al otro lado de la ciudad, del país o del mundo y pretenden y exigen que todo sea exactamente igual al lugar en el que ellos viven.

Son personas que llegan a un cierto lugar y lo primero que hacen es buscar las direcciones de las mismas cadenas de restaurantes y de cafeterías que ellos frecuentan para ir a comer allí, sin jamás visitar, ni querer visitar, los restaurantes locales.

Son personas que exigen que se les hable en su idioma, aunque estén en un país en el que su idioma no es ni el idioma oficial ni un idioma predominante. Aún peor, exigen que las personas del otro país (de la otra cultura) se comporten según las expectativas y deseos del recién llegado, sin el más mínimo intento de entender la cultura del lugar al que llegaron.

Son personas que viven dentro de su propia y pequeña burbuja narcisista, la única que (lamentablemente) han conocido durante toda su vida y que por eso (lamentablemente) llevan a todos lados y confunden con los límites de la realidad.

Viajan, cambian de lugar, pero, sin importar dónde estén, no ven a los otros, y, si los ven, los ven como algo exótico, algo interesante para fotografiar, algo divertido para un posteo en las redes sociales. Pero nunca es un encuentro transformador con el otro que a la vez es y no es como yo y que, por eso, me obliga a cuestionarme a mí mismo.

Con esas “burbujas de narcisismo” no hay diálogo posible porque no hay diálogo de ellos con ellos mismos. No tienen un diálogo interior. No importa a dónde vayan, nunca salen de dónde están.

Por el contrario, todo verdadero viaje, sea al otro lado de la ciudad o al otro lado del mundo, es un viaje de descubrimiento y, por lo tanto, de autodescubrimiento. 

Básicamente, uno descubre que lo que uno creía “normal” era solamente aquello a lo que uno estaba acostumbrado. Y que la “verdad” que uno había aceptado era, en el mejor de los casos, una verdad válida solamente en un cierto contexto cultural e histórico. 

Y la mención de la historia nos lleva a otro punto importante: no todos los viajes de autodescubrimiento son viajes geográficos. Los viajes al pasado y al futuro también lo son. 

¿Quieres conocerte a ti mismo? Sal de la burbuja de narcisismo en la que estás encerrado y allí mismo donde estás ya habrás viajado a otra realidad. 

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