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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

¿Qué excusas usamos para no comprometernos con el nuevo futuro?

Recientemente mantuve una corta conversación con una persona muy conocida en la comunidad y con una excelente formación profesional. El tema fue el nuevo futuro creado no solamente por la pandemia, sino también por el desmoronamiento del proyecto eurocéntrico de la modernidad. Esta persona me dijo, sin embargo, que ella no tenía tiempo para el futuro. 

“No tengo tiempo para el futuro”, fueron sus palabras exactas. No tener tiempo para el tiempo es, sin dudas, una expresión paradójica y autocontradictoria.  Pero también es una expresión de angustia, de encierro y de desesperación.

No tener tiempo para el tiempo, dicho por un ser temporal como somos los seres humanos, es una forma de decir que ya no nos interesa nuestro propio ser, que ya hemos dejado de ser humanos y nos hemos cosificado a nosotros mismos. Nos tratamos como atemporales y tratamos, en vano, de cercenar nuestra temporalidad.

Antes de que yo dijese nada (y no es que yo pensaba decir algo), esta persona agregó: “No tengo tiempo para el futuro porque tengo que renovar mi oficina”. En un principio creí entender la explicación: la pandemia nos ha forzado a rediseñar nuestros lugares de trabajo, para maximizar la efectividad de trabajar allí.

En el contexto actual, tener una oficina ergonómica y ecológicamente amigable es una gran ventaja. Y si a eso se le suman nuevas tecnologías, esa oficina deja de ser un lugar de trabajo para convertirse en un punto de encuentro con el mundo.

Pero no fue eso lo que intentó decir la persona con quien yo estaba conversando. Sentí que ella decía algo así como “Tengo que refugiarme en mi oficina”, en el doble sentido de “Mi trabajo es mi mundo” y “Mi oficina es un lugar donde yo estoy a cargo y puedo controlar”. 

En cierta forma, esta persona busca transformar su oficina en una “cueva” en la que ella pueda invernar todo el tiempo que sea necesario hasta que pase la pandemia, algo similar a lo que hacen los osos cada vez que llega el invierno. Y es ese encierro, tanto físico como existencial, lo que le impide a esta persona conectarse con el nuevo futuro.

“Remodelar la oficina” puede entenderse como el deseo de repetir el pasado y perpetuar el presente, para olvidarse de que el futuro ya cambió y para retrotraer el tiempo a una situación más satisfactoria que la de enfrentarse a cambios profundos, inevitables e irreversibles. 

Dicho de otro modo, “remodelar la oficina” es una confesión de haberse vuelto adictos a nosotros mismos, es decir, de no querer dejar de ser lo que somos en este momento, incluso si de alguna manera entendemos que esa manera de ser ya es obsoleta. De nada sirve construir un castillo de gruesas paredes si los atacantes llegan con cañones y pólvora. 

La pregunta entonces es: ¿Qué “oficina” o qué “cueva” o qué “castillo” estamos construyendo cada uno de nosotros para no enfrentar el nuevo futuro? ¿Y qué precio pagaremos por hacerlo? El futuro emergente lo relevará. 

El camino que seguimos, incluso con mapas, quizá no sea el correcto

Llegué recientemente a un parque al sur de la ciudad donde vivo y, poco después de comenzar a caminar en el sendero que comienza en la puerta del parque, me encontré con una joven pareja que caminaba en dirección contraria. Justo al cruzarnos, el hombre, mapa en mano, le dijo a su compañera: “Caminamos tanto que ya debemos estar cerca de llegar al dique”. 

Ellos siguieron su camino y yo el mío, sin ninguna oportunidad de que yo les dijese nada. Pero si yo hubiese tenido esa oportunidad, entonces les hubiese dicho que el dique que ellos buscaban no estaba cerca de la puerta del parque sino precisamente en el otro extremo del parque, a varios kilómetros de distancia. 

En pocas palabras, la joven pareja había estado caminado probablemente por un largo tiempo y confundió la duración de su caminata con el acercamiento al destino al que ellos querían llegar. Pero, contrariamente a lo que ellos suponían y esperaban, cada paso que daban los alejaba de su destino. Cada paso empeoraba las cosas, incluso con el mapa en la mano. 

Estoy seguro de que la pareja eventualmente llegó a la puerta del parque y en ese momento le deben haber preguntado a alguien en la casilla de entrada donde estaba el dique, sólo para descubrir que habían caminado en la dirección equivocada. Quizá lo tomaron como una aventura y quizá hasta lo compartieron risueñamente entre sus conocidos. 

Pero en el camino de la vida caminar por el camino equivocado no es una aventura, sino una desgracia. Y no es una comedia, sino una tragedia. De hecho, en una antigua compilación de proverbios se lee que “Hay camino que a las personas se les presenta como derecho (conveniente), pero es un camino que lleva a la muerte (autodestrucción)”. 

Encontrar el camino correcto significa tener la capacidad de desconfiar del mapa que uno tiene en la mano, sea cual fuere ese mapa (libro, dogma, enseñanza, idea, creencia, gurú o lo que fuere). El mapa y el territorio no son lo mismo. Si yo tengo un mapa de París en mi mano eso no significa que conozco París. Además, el mapa puede ser incorrecto o quizá uno no sepa interpretarlo. 

Entre los filósofos griegos, encontrar y seguir el camino correcto (“camino” en griego se dice “odós”) era encontrar un “método”. Además, los primeros seguidores del maestro de Nazaret (quien simplemente dijo “Yo soy el camino”) se llamaban a sí mismos “Los del camino”. Y, como sabemos, en Oriente “camino” tiene un nombre que aún hoy se usa: Tao. 

Tan importante era encontrar y seguir el buen camino que Heráclito enseñaba que “el camino hacia arriba y hacia abajo es el mismo”, una enseñanza que hoy se ha alejado de nuestras mentes y corazones. No caben dudas que hemos perdido el camino, incluso con el mapa en el mano. Por eso, deambulamos por la vida sin rumbo, ni dirección, ni sentido. 

Como dijo Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. 

La culpa es nuestra por no escuchar ni a los sabios ni a la historia

En el contexto de la pandemia, profesionales de salud expresan una y otra vez sus consejos para evitar nuevos contagios y para mantenerse saludable tanto mental como físicamente en el marco de una cuarentena y de una incertidumbre que, querámoslo o no, nos afectan a todos nosotros a veces de maneras inesperadas. 

Entre esos profesionales figura un médico italiano que propuso un enfoque “amplio e integral” para enfrentar a la pandemia, no solamente por su impacto como una enfermedad, sino también por su impacto en la sociedad y en la economía. Y, en ese contexto, según este médico, se busca incesantemente la cura. 

Algunos de los consejos que este médico italiano compartió figuran comer alimentos limpios y saludables, limpiarse las manos y limpiar las cosas que uno toca y pasar tanto tiempo al aire libre como sea posible. 

Además, dijo el médico, es necesario reconocer que la pandemia nos llena la mente de emociones y de tensiones. Y esas tensiones, ese estrés, “es donde se alojan las enfermedades”. Dicho de otro modo, no se trata solamente de combatir la pandemia en sí, aunque eso debe hacerse, sino que también se deben combatir “los males sociales” que agravan la pandemia. 

El ejemplo que provee este médico italiano es simple y directo: para no contagiarse hay que mantenerse limpio, pero, si alguien carece de los recursos necesarios (por ejemplo, para acceder a cuidados médicos o para satisfacer las necesidades básicas de la vida), entonces no se podrá evitar el contagio.

El médico en cuestión, y ya es hora de decirlo, es Marsilio Ficino, quien vivió en el siglo 15 (1433-1499) y quien proveyó esos consejos, aún válidos, hace más de 500 años luego de que plagas y epidemias afectasen Italia cuatro veces durante su vida. 

Seamos aún más claros: hace medio milenio un médico italiano ofreció consejos contra la pandemia que aún hoy usamos. Sin embargo, luego se escucha en los medios y dicho por las autoridades que “nadie podía anticipar la pandemia” y que “nos tomó por sorpresa y no sabíamos qué hacer”. 

Eso es simplemente una gran mentira. 

Sería mejor decir que “Hemos decidido ignorar la historia, cercana y lejana, y, por eso, creemos que somos los primeros en vivir lo que ahora vivimos”. Aún mejor, sería un gran momento de honestidad reconocer que “Preferimos ser ignorantes y mantener a otros ignorantes para poder así controlarlos”. 

¿Por qué nos mantenemos ignorantes? Porque pensamos que nunca nos iba a pasar a nosotros. Nos escondemos detrás de la ciencia y de la tecnología y nos autoproclamamos “inteligentes” o, aún peor, “más inteligentes” que nuestros antepasados. Pero luego llega un virus y pone en jaque al planeta. 

En definitiva, no escuchamos ni a los sabios ni a la historia porque creemos saberlo todo. Y ese es el mayor pecado y el peor error de cálculo en el que la humanidad actual ha caído: hubris, esa desmesura de la que ya hablaban los griegos, advirtiendo sobre el destructivo narcisismo en la que se basa. 

Muchos se preparan para la vida, pero luego nunca dan ni el primer paso

En recientes caminatas por un parque cerca de mi casa que ofrece senderos entre bosques y arroyos, me encontré en varias ocasiones con familias y grupos de personas perfectamente preparadas para la caminata, pero que luego, por distintas razones, no dieron ni siquiera el primer paso. Muchos viven la vida de esa manera.

En un caso, un grupo de jóvenes llegó al estacionamiento del parque en una camioneta y en pocos segundos todos los jóvenes bajaron del vehículo y frenéticamente comenzaron a prepararse para la caminata. Por ejemplo, pusieron botellas de agua y refrigerios en sus mochilas, se aplicaron protector solar y repelente de insectos, y tomaron sus palos para escalar.

Luego, cuando todos estuvieron listos, uno de ellos abrió un mapa y sugirió ir por un cierto sendero. Otro joven, parado junto a un gran mapa del parque pintado sobre un cartel, indicó que había otro sendero mejor. Aún otro participante del grupo, usando el mapa de su teléfono inteligente, opinó que él había elegido el mejor sendero para todos. 

Siguió entonces lo que pareció una interminable discusión (probablemente unos diez minutos) entre quién tenía razón, cuál sendero deberían elegir y qué mapa estaba equivocado y cuál no. Luego del acalorado debate, llegaron a una conclusión con la que todos estuvieron de acuerdo: se subieron a la camioneta y se fueron, sin haber dado ni un solo paso en ninguno de los senderos. 

Muchas personas hacen eso: se preocupan más por tener razón que por recorrer el camino de la vida y tanto se cierran en sus creencias que prefieren que nadie salga a caminar por la vida antes de aceptar que, en esta vida, hay más de un camino y hay caminos para todos.

En el otro incidente, una familia completa (abuelos, padres y niños) llegaron al inicio del sendero con equipo relucientemente nuevo. La madre procedió a enseñarles a los niños cómo usar el bastón para escalar, incluyendo el ángulo correcto del codo y del cuello para que el bastón sea eficiente. Y luego les enseñó cómo leer un mapa y cómo usar una brújula. 

A continuación, el padre de la familia dirigió a la familia entera en ejercicios de precalentamiento, primero sin el bastón y luego usando el bastón para hacer estiramiento de piernas y de brazos. Tras el precalentamiento, todos compartieron un pequeño refrigerio y, cuando parecía que estaban listos para comenzar a caminar, llegaron nuevas instrucciones. 

La madre les recordó a los niños que debían usar sus máscaras y mantener el distanciamiento social, que no deberían tocar o tomar nada, que no tenían que hablar con extraños y que no deberían alejarse de sus padres. 

Completadas todas esas indicaciones, volvieron a su vehículo, se subieron y se fueron. Aunque todo lo que habían hecho estaba bien y todas las indicaciones eran verdaderas y acertadas, no caminaron ni un solo paso por un sendero. Muchos viven así: siempre preparándose y nunca actuando. 

La vida no es un ensayo: o la vivimos o ya estamos muertos.

Lo que no vemos ni sabemos puede ser lo verdaderamente importante

Ya sabemos lo que enseñaba El Principito: Lo esencial es invisible a los ojos. Pero de saber esa verdad a vivirla y practicarla existe una gran distancia que, por su tamaño, nos lleva a aceptar como esenciales cosas que no lo son y no nos permite ver los fundamentos y las fuentes verdaderamente esenciales. Dicho de otro modo: juzgamos sin base ni conocimientos.

Ese pensamiento recientemente vino a mi mente cuando, al caminar por un parque al sur de la ciudad en la que vivo me encontré con un árbol torcido o, mejor dicho, inclinado como la Torre de Pisa. Era el único árbol en esa condición entre numerosos otros árboles que habían crecido sin desviarse de un crecimiento estrictamente vertical. 

La situación del árbol torcido me hizo recordar aquel refrán que dice que las personas, como los árboles, son difíciles de enderezar si nacen y crecen torcidos. Quizá vivan largas y productivas vidas, quizá, literal o metafóricamente, alcancen impresionantes alturas. Pero estarán siempre torcidos y, por eso, serán fácilmente detectados y atacados.

Pero al seguir caminado y al acercarme al árbol torcido noté algo que desde lejos no se veía: había crecido sobre una gran roca. Mientras todos los otros árboles estaban sobre el suelo firme, el árbol torcido estaba sobre una roca y, aún peor, la roca estaba al borde de un pequeño acantilado. Un paso en falso, por así decir, y el árbol caería al vacío. 

Debido al lugar en el que el árbol torcido había crecido, sus raíces no estaban enterradas, sino que quedaban a la vista, literalmente aferradas a la roca. Y esa era la clave: el árbol torcido había nacido y crecido en un lugar en el que necesitaba usar todas sus energías para aferrarse a la vida, sin importar cuán torcido o no estuviese ni, mucho menos, lo que otros dijesen de él. 

Lo esencial de ese árbol, sus raíces externas aferradas a una roca, permaneció invisible a mis ojos no solamente hasta que me acerqué lo suficientemente al árbol para ver sus raíces, sino hasta que dejé de lado mis prejuicios y mis juicios sobre “árboles torcidos”, fuesen plantas o personas. 

Para usar otra metáfora, si solamente vemos la parte visible del témpano y creemos que esa es toda la realidad, nuestros pensamientos y nuestro entendimiento estarán distorsionados y limitados. Muchas veces la realidad, lo esencial, queda sumergida dentro de dos grandes mares: la historia y el subconsciente (para llamarlo de alguna manera). 

Todo lo que hoy creemos y lo que creemos saber tiene un origen histórico. Y mucho de lo que creemos y decimos creer no lo creemos ni lo decimos conscientemente, sino que forma parte de ese nivel no consciente de nuestra mente. 

Por eso, no podemos ver lo que el témpano esconde debajo del agua, ni tampoco los orígenes históricos de nuestras ideas y situaciones, ni lo que realmente se esconde dentro de nuestra mente. Las ocultas fuentes de la realidad sólo pueden ser vistas con ojos adecuadamente entrenados. 

¿Es el Sistema Solar un ser vivo y en evolución?

Una reciente imagen difundida por la NASA muestra que el Sistema Solar, cuando se tiene en cuenta el campo magnético generado por el Sol y los vientos solares, luce como una criatura en gestación, algo que no ha pasado desapercibido para aquellos que sostienen que el Sistema Solar es parte de un universo viviente y evolucionando.

En vez de la usual representación de un sistema planetario con el sol de gran tamaño en el medio, más los planetas en sus órbitas y algunos elementos adicionales (asteroides entre Marte y Júpiter, numerosos objetos más allá de Neptuno), el Sistema Solar, con su heliosfera incluida, semeja, para algunos, un cuerpo alienígena y, para otros, una especie de cometa. 

Para los astrónomos que estudiaron y midieron la heliosfera (basándose en seis décadas de estudios previos), la forma del Sistema Solar parece una “medialuna (croissant) desinflada”. 

Sea como fuere, no es la imagen habitual que tenemos de nuestro sistema planetario y, por lo tanto, surge la pregunta de cuánto sabemos en realidad del Sol y los planetas y, sobre todo, de la “identidad” del Sistema Solar. 

¿Se trata solamente de una acumulación azarosa de gases y rocas que, tras chocharse entre ellos adoptaron la forma que ahora tienen? ¿O se trata de algo más, quizá de una especie de ser cósmico en gestación que aún no ha salido de su etapa inicial? 

Y si ese fuese el caso, es decir, si se acepta que el Sol y sus acompañantes espaciales forman parte de una entidad viviente, ¿no se estaría confirmando lo que numerosos pueblos antiguos enseñaron y creyeron durante milenios? 

Seamos claros: el estudio de la NASA ni dice ni sugiere nada de eso. Pero varios comentaristas de temas científicos expresaron, al ver la imagen, que no se necesita demasiada imaginación para ver esa imagen como si fuese algo viviente. 

Y entonces, ¿dónde quedamos nosotros? Dicho de otro modo, si nosotros, pequeños componentes del Sistema Solar (e insignificantes componentes del Universo) podemos detectar con nuestra limitada consciencia que el Sistema Solar tiene vida, ¿qué clase de consciencia y qué clase de vida tiene el Sistema Solar? ¿Y en qué se está transformando? 

¿Es el Sistema Solar una especia de oruga espacial que en su momento se transformará en una mariposa de impensables proporciones? ¿Y qué pasará con nosotros (mejor dijo, nuestros descendientes) cuando esa metamorfosis tenga lugar? 

Quizá sea hora de repensar no solamente lo que sabemos del Sol y de los planetas, sino que lo asumimos que sabemos y lo que creemos que sabemos. Después de todo, si el Sol no es lo que creemos, entonces nosotros tampoco somos lo que creemos. Quizá sea adecuado aceptar que es más lo que asumimos que lo que sabemos. 

La idea del Sol y los planetas como seres vivos ni es nueva ni es reciente. De hecho, los faraones se consideraban descendientes del Sol y los planetas llevan nombres de dioses. Pero ver al Sistema Solar como un ser en gestación ofrece nuevas (y atrevidas) posibilidades. 

 

 

“¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo?”

Hace años, cuando mis hijos eran pequeños, fuimos con la familia de excursión a las montañas. En el camino de ida, mis hijos repitieron con frecuencia una sola pregunta: ¿Cuánto falta para llegar? Y al final del día, regresando hacia la casa, nuevamente repitieron la misma pregunta: ¿Cuánto falta? Y es lo mismo que nos preguntamos durante esta pandemia: ¿Cuánto falta? 

En la antigüedad, en tiempos de crisis, fuesen plagas, guerras o hambrunas, los profetas y los creyentes elevaban sus manos, sus ojos y sus voces al cielo y exclamaban “¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo?”, pidiendo la intervención de la divinidad para terminar con una crisis que, de otro modo, terminaría con el pueblo afligido por esa crisis. 

En el siglo 21 ya no le imploramos a la divinidad ni buscamos su intervención. Y no porque, como dijo Nietzsche, Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, sino porque ya ni siquiera nos interesa si Dios vive o si murió, o si alguna vez existió. De hecho, en medio de la crisis, hemos pasado del “¿Hasta cuándo, Dios?” al “¿Y a mí qué me importa?”

Y aunque a Dios, vivo o muerto, ya no lo buscamos (de hecho, ya ni siquiera lo molestamos para saber si realmente dijo lo que nosotros decimos que dijo), encontramos otras entidades cuasi-supremas, como el gobierno y la ciencia, a quienes les suplicamos que aceleren el proceso de sacarnos de esta crisis. Y si no lo hacen, entonces ya no “creemos” en ellas. 

Estamos como los niños en el asiento trasero del carro: somo parte del viaje, pero no conducimos el vehículo, no conocemos la ruta, no sabemos cuánta falta y no tenemos idea de a dónde vamos. Aún peor, los “conductores” (el gobierno, la ciencia) se muestra casi impotentes en su tarea de sacarnos adelante y ni siquiera pueden ofrecer respuestas medianamente coherentes.

En muchos aspectos, podría decirse que hasta nos tratan como los niños en el carro: nos dan respuestas evasivas como para calmarnos, pero esas respuestas sólo se pueden usar unas pocas veces antes de que quedan “desgastadas” y se vuelvan inaceptables. Para ser más directo, se vuelven mentiras (y quizá siempre lo fueron). 

Pero a diferencia de un viaje a las montañas, en este caso ya no hay un regreso. No se puede volver al pasado. Algo cambió definitivamente para siempre. 

Aunque todo luce igual (los parques, los restaurantes, el gimnasio, las escuelas), nada se siente igual. Una entidad invisible y maligna nos acecha y, al contrario de lo que sucedía en la antigüedad, ya no tememos una divinidad a quien cuestionar ni rituales o amuletos que nos protejan. Mientras tanto, no sabemos ni a dónde vamos ni cuánto falta.  

Quizá por eso este sea un excelente momento para regresar al estoicismo de la antigüedad, una filosofía que (aunque muchos no lo saben) sirvió de fundamento tanto al cristianismo como a la psicología moderna.  Quizá sea este el momento de simplemente ir, sin preguntar ni cuánto falta ni a dónde vamos. 

Ni emprendedores ni aprendedores, sino tecno-avarientos

En 2003, en la tercera edición de su libro Entrepreneurship (Emprendimiento), además de hablar por primera vez de comercio electrónico, Marc Dollinger actualizó su definición de “emprendedor” para describir a la persona o grupo de personas capaces de “crear e innovar” con propósitos económicos “en condiciones de riesgo y de incertidumbre”. 

En ese contexto, “riesgo” se refiere a las variaciones de resultados o ganancias que una cierta actividad comercial puede generar. “Incertidumbre” es la diferencia entre lo que el emprendedor sabe y lo que el emprendedor debe estimar para obtener los resultados deseados. 

Dollinger actualizó su libro y sus definiciones cuando Estados Unidos aún se recuperaba de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y cuando, tanto a nivel personal como nacional, los niveles de riesgo y de incertidumbre eran altísimos. 

Por eso, explicaba Dollinger, después de 2001, un “nuevo emprendedor” había surgido, no el que fundaba un pequeño negocio y se convertía en jefe, sino el que creaba redes de organizaciones en las que podía, o no, ser el líder. El nuevo emprendedor no se enfocaba en un oficio, sino en un negocio. Y no quería tecnología, sino innovación.

Aún más importante, el nuevo emprendedor actuaba de manera global y ya no se trataba ni solamente de hombres ni los hombres eran la mayoría entre las personas emprendedoras. 

Menos de dos décadas, tras la Gran Recesión a partir de 2008 y en medio de una pandemia global, en condiciones de riesgo y de incertidumbre que probablemente Dollinger jamás pudo imaginar, ser emprendedor se ha devaluado tanto que se ha convertido en enrolarse en un programa de multinivel por haber visto un aviso en las redes sociales. 

¿Dónde han quedado aquellas características de enfrentarse al riesgo y a las variaciones del mercado? ¿Qué pasó con la habilidad de saber lo que uno sabe y de saber lo que aún falta aprender? ¿Y por qué resulta difícil encontrar a alguien con verdadera visión global e inclusiva, es decir, con mente, corazón y manos abiertas al mundo y al futuro? 

Una posible respuesta es lo que podría denominarse la tecno-avaricia, o, dicho de otro modo, el deseo de generar “riquezas abstractas” y de manera rápida, sin trabajo, siendo “intermediario” (“afiliado”, dicen algunos) entre el creador de un producto o servicio y el consumidor. 

Riqueza sin trabajo es uno de los siete pecados capitales que enumeraba Gandhi. Y, en este caso, “sin trabajo” no equivale a “sin empleo”, sino a no asumir las responsabilidades que le compete al emprender (conocer el mercado, ver las oportunidades, desarrollar un producto) y a no asumir los riesgos de un emprendimiento, pero querer todos los resultados y ganancias. 

Ahora, en un momento crucial de la historia en la que un virus desnuda las falencias de sistema que desde hace 500 años casi no funciona y de una filosofía que hace dos milenios y medio rige el pensamiento occidental, las visiones y acciones de los verdaderos emprendedores son más urgentes que nunca. Y casi no existen. 

Nos hemos separados de todo y de todos, hasta de nosotros mismos

Recientemente aprendí que, en Bali, Indonesia, los nombres de las personas incluyen ocho componentes que, para quien los entienda, revelan numerosos detalles sobre la familia y la historia del portador de ese nombre. Nosotros, mientras tanto, tenemos sólo un nombre y un apellido y, en muchos casos, nuestra identidad se reduce a un número.

En el capítulo 10 de su interesante libro Cuentos de una Nómada, Rita Golden Gelman relata su llegada a Bali y el encuentro con un hombre quien, tras darle su nombre, le explicó cada uno de los componentes: si es hombre o mujer, a qué nivel social pertenece, dónde nació, cuántos hermanos tiene, qué significan su nombre y apellido, y de qué aldea y provincia proviene. 

En el caso específico de la persona con quien se encontró Golden Gelman, el nombre indica que es un hombre de clase alta nacido en un palacio y con cuatro hermanos mayores, su nombre propio significa Caracol del Gran Palacio, y los otros elementos son la aldea y la ciudad en donde vive su familia.

De esa manera, el nombre de esa persona queda conectado con un contexto social, cultural, histórico y geográfico que, para el entendedor, permite conocer mucho de la persona al solamente conocer su nombre. Dicho de otro modo, el nombre es mucho más que sólo una etiqueta de identificación. 

Mientras tanto, en nuestro caso, los nombres prácticamente han desaparecido y han sido reemplazados por números, mayormente el documento de identidad y la licencia de conducir, pero también el pasaporte y la tarjeta de crédito. E incluso si alguien nos pregunta el nombre, la identificación no queda completa sino hasta verificar los números mencionados.

Esto significa que nos hemos separado, alienado, de nuestra sociedad, cultura, geografía e historia. Estamos desconectados de nosotros mismos y, al ser sólo números, dejamos de ser personas para ser sólo cálculos. 

Y eso que hacemos con las personas, también lo hacemos con las ciudades. El 4 de septiembre de 1781, un grupo de españoles fundó El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río Porciúncula.

El nombre indicaba que el lugar ya no era un mero asentamiento, sino un pueblo (es decir, planificado y con autoridades), que se dedicaba el nuevo pueblo a la Virgen María en su caracterización como “Reina de los Ángeles” y que el nombre era en homenaje a la Iglesia Santa María de los Ángeles en Assisi (Italia central), ubicada junto al río Portiuncula (en italiano). 

Con el correr del tiempo, esa ciudad se llamó simplemente “Los Ángeles”, sin referencia ni a la Virgen María, a Assisi (de donde provenían algunos de los fundadores) ni al río Porciúncula. Y ahora ya ni los ángeles quedan y la ciudad se conoce sólo como “L.A.” De trece palabras, sólo quedan dos letras y nada de la historia. 

Cuando nos desconectamos de nosotros mismos, también nos desconectamos de los otros, de la naturaleza y, en definitiva, del universo. Esa alienación nos lleva al olvido de nuestro propio ser.  

De este lado de la pared galáctica, el diálogo se ha infantilizado y la negación, globalizado

Recientemente la NASA anunció que, escondida detrás de la Vía Láctea, existe una “pared galáctica” de asombrosas proporciones y que, pesar de su inmenso tamaño, sólo ahora pudimos descubrir porque nuestra propia galaxia la encubría. Me pregunto entonces qué se esconde que aún no podemos ver detrás de la pared galáctica.

Y también me pregunto cómo puede ser que problemáticos bípedos implumes en un insignificante planeta orbitando una pequeña estrella en un remoto rincón de la galaxia sigamos creyendo que los límites de nuestros conocimientos son los límites de la realidad. Después de todo, hasta hace menos de un siglo creíamos que la Vía Láctea era todo el universo.

Se le puede perdonar a una criatura pequeña, que habitualmente sólo puede ver a no más de medio metro de distancia, que crea que el mundo se termina allí hasta donde alcanza su vista. Por eso, a los bebés les causa risa que un objeto que ellos creían desaparecido luego reaparezca, como cuando la madre juega a “esconder” un juguete y luego “reaparecerlo” ante el bebé. 

También se les puede perdonar a los niños de corta edad que crean durante varios de los primeros años de sus vidas que sus padres nacieron adultos, que los padres nunca fueron niños. De hecho, se requieren varios años hasta que los niños forman la idea de “pasado” y muchos más años para llegar a entender que existe un pasado histórico y prehistórico. 

Mientras tanto, con un entendimiento limitado del tiempo, los niños asumen que antes de ellos no hubo nada y sólo lentamente comprenden que, en realidad, llegaron a un mundo que les precedía, tanto en un sentido “geológico” como “cultural”. 

A los niños se les puede perdonar que confundan los límites de “su” mundo con los límites del mundo, pero para los adultos no hay excusas, sepan o no sepan lo que hacen. Sólo la más profunda ignorancia arrogante, que se reconoce ignorancia. pero no le importa (cuyos ejemplos se repitan ahora a diario y en todos los niveles) cree que “su” mundo es “el” mundo.

Sin embargo, eso es exactamente lo que vemos en estos tiempos y, quizá, lo que siempre nos ha sucedido a los humanos: tomamos lo parcial como si fuese la totalidad, lo provisorio como si fuese lo definitivo y lo pasajero como si fuese permanente. Y además confundimos lo cotidiano con lo normal y el mapa con el territorio. 

Por eso, de este lado de la inmensa pared galáctica que la NASA recientemente descubrió el diálogo se ha infantilizado y la negación se ha globalizado. 

Muchos diálogos ahora comienzan con “De esos temas no se debe hablar”, pero “esos temas” son precisamente aquellos que se enfocan en las relaciones entre los humanos, entre grupos de humanos, y de los humanos con el universo o la divinidad. Es decir, son temas de los que deberíamos hablar. 

Pero el “negacionalismo” se ha expandido tanto que la lógica, si aún existe, deba haber quedado al otro lado de la pared galáctica. 

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