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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

El ferrocarril mató al tiempo y la tecnología digital mató a la verdad

El 18 de noviembre de 1883, las compañías ferroviarias de Estados Unidos y Canadá adoptaron por cuenta propia un nuevo sistema de “tiempo” estandarizado que consistía en cuatro husos horarios (Este, Central, Montaña y Pacífico) para que todos los relojes dentro de cada una de esas zonas estuviesen sincronizados.

Dicho de otra manera, el ferrocarril mató el tiempo multidimensional y kairológico y lo redujo un tiempo unidimensional, mecánico y cronológico dentro del cual todos todavía estamos atrapados y que todo lo controla sin importar el tiempo de la naturaleza o el tiempo psicológico.

Ahora (pero comenzó a gestarse con su aparición comercial en 1991), la tecnología digital ha tenido un efecto similarmente mortal en otro elemento que antes era parte integral del ser humano: la verdad. 

La tecnología digital en general y más específicamente las redes sociales y los programas y aplicaciones que permiten crear “deepfakes” (algo así como falsificaciones realistas) han hecho que todo se convierta en opinión y que nada (ni la verdad, sea como fuere que se la entienda) haga que nadie cambie de opinión.

Debemos ser claros: ya no se trata de una situación relativista en la que cada uno tiene o cree tener su verdad, sino de que la verdad se ha vuelto irrelevante e innecesaria. 

Como dijo Shelly Palmer (reconocido experto en tecnología) en una reciente entrevista, la llegada de los deepfakes marca “el final de la verdad debido a que los avances tecnológicos han llegado al tal punto que “uno ya no puede distinguir entre lo que es real y lo que es falso”. 

A la vez, según Palmer, esa falta de distinción entre la realidad y la fantasía, aunque solidificada y promovida por la tecnología digital, no se basa en ninguna tecnología, sino en algo totalmente humano, es decir, la adopción acrítica de algún dogma o ideología.

Como bien sugiere el mencionado experto, de nada sirve proponer leyes para regular las nuevas tecnologías si la fuente de desconexión con la realidad (y, por lo tanto, con el tiempo y con la verdad) está dentro de cada uno de nosotros.  

Tanto hemos matado al tiempo que, tras cosificarlo y cuantificarlo, hemos reducido lo que antes era tiempo de estudio y de meditación (scholé, en griego) al “tiempo libre” que nos deja el trabajo, es decir, a un tiempo de descanso y recuperación de energías para volver a trabajar. Y ahora ese tiempo inicialmente ferroviario se ha computarizado, globalizado y digitalizado.

Y tanto hemos matado a la verdad (aletheia, en griego) que ya nada queda del des-velamiento y del des-olvido propios de la verdad existencia y todo se reduce a “Yo creo que…” y a la desagradable expresión “Estemos de acuerdo en estar en desacuerdo”, donde “Yo creo que…” debe entenderse como “No voy a pensar” y “estar en desacuerdo” como “No voy a pensar”. 

Pero ¿podemos vivir sin tiempo y sin verdad? Mejor dicho, ¿en qué nos hemos transformado al matar el tiempo y la verdad? ¿En asesinos de Dios, como decía Nietzsche? 

¡Volvió Facebook! (pero fue gracias a la intervención divina)

“¡Volvió Facebook!” escribió una “pastora” (comillas sarcásticas intencionalmente usadas) el pasado lunes 4 de octubre luego de esa conocida red social dejase de operar por varias horas. Pero el mensaje continuaba con esta afirmación: “¡Cristo hizo el milagro! ¡Dios nos escuchó!”

Debo decir que estoy totalmente a favor de pedirle a la divinidad que intervenga en aquellas situaciones en las que parece que no existe otra solución que precisamente la intervención directa de la divinidad, es decir, un milagro. ¿Pero puede considerarse el regreso de Facebook a sus operaciones normales como un milagro?

Además, si Dios puede hacer el milagro de reactivar a Facebook, ¿significa eso que Facebook goza de una posición privilegiada ante los ojos de Dios y que si otra red social se cae entonces no habrá intervención divina?

Dicho de otro modo, ¿está Cristo tan preocupado que Facebook opere con normalidad que hasta hace un milagro para que eso suceda, quizá temiendo que sin Facebook no existe otra manera efectiva de compartir el mensaje de salvación?

Sea como fuere, debo confesar que la superposición de “Facebook” con “¡Dios nos escuchó!” me resultó (en el mejor de los casos) problemática porque revela hasta qué punto las redes sociales se han convertido en una especie de caverna virtual que, por estar allí encerrados, ahora se presenta como si fuese la totalidad de nuestra realidad.

Parafraseando a Wittgenstein (y pidiéndole que nos perdone), el mensaje de la mencionada “pastora” parece expresar que “los límites de mi Facebook son los límites de mi mundo”. Y aunque es imprudente apropiarse de las palabras de Wittgenstein, considero que esa equiparación entre “redes sociales” y “mi mundo” es para muchas personas una realidad.

Además, extendiendo a las redes sociales lo que Byung-Chul Han dice de los teléfonos inteligentes, se podría decir que las redes sociales, lejos de ser una tecnología de comunicación, son un mecanismo de control, con cadenas virtuales que cumplen las mismas funciones que las cadenas reales de las que hablaba Platón en su Alegoría de la Caverna. 

Sea como fuere, cuando alguien considera que una interrupción de los servicios de Facebook es tan dramática que se debe implorar la intervención divina y cuando alguien celebra la restauración de los servicios de Facebook como un milagro divino, una línea existencial se ha cruzado y algo (o mucho) se ha perdido del sentido de transcendencia. 

Pero no se trata solamente de la “pastora” de referencia, sino también de sus muchos seguidores, quienes agregaron numerosos comentarios respaldando y reafirmando de que Dios intervino a favor de Facebook. Pero nadie pidió una intervención divina similar para terminar con las guerras, la pobreza, las enfermedades o la discriminación. 

Vivimos en una época tan extraña que si se cae Facebook la gente inmediatamente reza para que Dios intervenga, pero si alguien se “cae” por los golpes de la vida, Dios ya no hace falta y esa persona (hambrienta, desamparada) debe resolver sus problemas por su propia cuenta. 

Necesitamos milagros reales en nuestras vidas, funcione Facebook o no.  

Se terminó el diálogo interpersonal (quizá por falta de suficiente introspección)

Entre las numerosas consecuencias de la actual pandemia figura el aceleramiento de la adopción y uso de plataformas para reuniones virtuales por parte de personas que antes de la pandemia prácticamente no usaban ninguna tecnología. El propósito, se dijo y se dice, es fomentar el diálogo entre las personas cuando las reuniones cara a cara no son posibles o convenientes.

Pero eso diálogo deseado ya no existe. Su creciente inexistencia no se debe a que en las videoconferencias las personas se reducen a cuadraditos en la pantalla o a que el nivel de participación se ve limitado tanto por la tecnología en uso (que muchas veces es unidireccional) como por las opciones que esa tecnología ofrece para no participar. 

La inexistencia del diálogo se debe a que antes de que el diálogo comience los presuntos interlocutores ya decidieron no escucharse y, por lo tanto, nada de lo que se dice resulta relevante para el otro.

De esa manera, el diálogo ya no es ni siquiera una sucesión de monólogos alternados, sino más bien una superposición cacofónica de sonidos emitidos por narcisistas (lo admitan o no), incapaces de abrir sus mentes y corazones a otros o a sí mismos.

Recientemente, por ejemplo, completé un pedido en línea para un cierto restaurante y, a la hora indicada, fue a buscar la comida. Detrás del mostrador, una jovencita (probablemente todavía en la escuela secundaria), me pidió el nombre y se lo di. Inmediatamente me dijo que seguramente yo había hecho el pedido en otro restaurante.

Le dije que no y le enfaticé que yo había pedido la comida en el restaurante en el que estábamos. Me dijo entonces que probablemente yo había hecho el pedido en la misma cadena de restaurantes, pero en otro lugar. Le dije que no y le mostré el mensaje de confirmación del pedido, indicando que yo estaba en el lugar correcto.

Me dijo entonces que el pedido se hizo por teléfono y que no había sido procesado. Le mostré una vez más que el pedido se había hecho en línea y que estaba confirmado. La jovencita me dijo que no podía ayudarme porque ella no entendía lo que sucedía y llamó a alguien más para que me ayudase. 

Esta segunda persona, también muy joven, me hizo exactamente las mismas preguntas. Mis respuestas, obviamente, fueron las mismas. Y entonces, al final, esta segunda persona fue a llamar a una tercera y luego vino una cuarta y finalmente una quinta. Ninguna de esas cinco personas aceptó que el pedido se había hecho en línea y sin errores. 

Cuando todo parecía inútil y mi frustración ya era casi insoportable, llegó el supervisor del lugar, me pidió ver el número de confirmación, se dio vuelta, dijo “¿Francisco?”, dije “Sí”, e inmediatamente me dio la comida, que había estado ahí todo el tiempo. 

Una cosa más: esos jóvenes, tan incapaces de dialogar por estar encerrados dentro de sus cámaras de eco virtuales, son quienes representan el futuro de la humanidad y del planeta. 

De la estabilidad al riesgo y del progreso al temor

El reciente reporte de las Naciones Unidas sobre la difícil situación en la que se encuentra la humanidad debido a la difícil situación en la que se encuentra el planeta (y negarse a ver el desafío no lo resuelve) me llevó a pensar en un libro que leí hace algún tiempo sobre el paso de una sociedad estable a una sociedad en constante riesgo.

Hace 30 años, el sociólogo alemán Ulrich Beck advertía en su libro La Sociedad del Riesgo que la “nueva modernidad” era (es) similar a “construir una civilización sobre un volcán” en donde, por falta de estabilidad social, todo se vuelve política, todo se vuelve fragmentario y conflictivo, y, en definitiva, hasta la ciencia es una razón para volver al oscurantismo.

Obviamente, Beck tenía razón y estamos ahora viviendo y padeciendo esa transformación de la sociedad humana global, antes relativamente estable, a una sociedad que constantemente vive al borde del precipicio, sin nunca saber dónde surgirá el próximo conflicto, de dónde vendrá el próximo virus, o cuánto tiempo durará la locura actual. 

En otras palabras, vivimos en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA, por las iniciales de esas palabras en inglés), descripto por primera vez como tal en 1987 por Warren Bennis y Burt Nanus en el marco de su teoría de liderazgo en condiciones y situaciones altamente inestables. 

La Revista de Negocios de Harvard (HBR) revisitó el tema en 2014 indicando que la volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad del mundo actual han sido tomadas, erróneamente, como base de la inacción y del fatalismo, mientras que en realidad son una invitación a restructurar recursos, diseñar experimentos, capacitarse para el nuevo futuro y aprender a recibir, interpretar y compartir información relevante. 

Aunque ese consejo es absolutamente cierto, existe sin embargo un factor que complica su implementación: la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias. Pero incluso antes de la pandemia, en 2018, otro pensador alemán, Hartmut Rosa, advertía que “ya no nos mueve la idea del progreso, sino la amenaza de un desastre”.

Esa amenaza de desastre ya se concretó: el coronavirus llegó, el clima del mundo cambió, y lo que parecía impensable (la extinción de la humanidad) parece ahora una posibilidad real. Como bien dice Rosa, nos enfrentamos a un mundo en el que ya no podemos habitar y al que ya no pertenecemos. Dicho de otro modo, estamos agotados del mundo. (La “sociedad del cansancio” de la que habla Byung-Chul Han).

A esta situación, Rosa la describe como “la nueva pobreza”, que ya no es una “pobreza” por carecer de dinero o de recursos, sino una pobreza existencial por carecer de una vida con propósito. 

Ya a mediados del siglo pasado el antropólogo estadounidense Oscar Lewis caracterizaba la pobreza como la incapacidad de una generación para preparar a la siguiente generación para su propio futuro. 

Y tanto nos hemos “empobrecido” que ahora vivimos en un mundo inestable, riesgoso, estancado y al borde del desastre. Y luego nos autodenominamos “inteligentes”, “modernos” y “avanzados”. ¡Qué gran engaño! 

El mundo cambia rápidamente entre llamada y llamada (y no lo vemos)

“¿Cómo estás, Francisco? Hace ya varias semanas que no hablamos”, me dijo un amigo en un reciente llamado telefónico. “Yo estoy bien y espero que tú y tu familia también estén todos bien.” Le respondí. Y entonces él dijo: “¿Alguna novedad?”

La conversación continuó por varios minutos, enfocándose en los temas más triviales que abundan en ese tipo de conversaciones. Sin embargo, un pensamiento me vino a la mente y allí continuó por cierto tiempo incluso después de haber terminado de hablar con mi amigo: ¿Cómo es eso de “alguna novedad”? ¡Hubo muchos cambios desde la última vez que hablamos!

De hecho, en las pocas semanas entre una conversación otra con mi amigo, científicos descubrieron una nueva forma de quark (uno de los componentes básicos de la materia) que hasta ahora se desconocía que podía existir. Y otros científicos crearon un “cristal del tiempo”, es decir, una estructura estable, pero fluctuante a la vez.

En otro notable avance, científicos afirman haber descubierto el área del cerebro humano que “filtra” la realidad, permitiendo que algunas señales lleguen a nuestra consciencia y otras señales, similares en intensidad y duración, pasen desapercibidas. 

Además, ya se realizan experimentos para determinar de qué manera cambiará el ADN de los humanos que vivan permanentemente en Marte y, por lo tanto, para determinar si esos cambios pueden o deben hacerse antes de que esas personas viajen a Marte. Dicho de otro modo, estamos a punto de crear verdaderos marcianos.

Esto no es ciencia ficción. La herramienta tecnológica CRISPR, usada para editar genes, ya se usa para detener raras enfermedades, por lo que se anticipa que en el futuro cercano CRISPR será usada para “otros objetivos terapéuticos”. 

Y esos son solamente algunos de los muchos avances que seguramente en poco tiempo transformarán por completo nuestras vidas. Mientras tanto, mi amigo y yo hablamos de trivialidades, como si nada hubiese pasado en el mundo en las pocas semanas durante las cuales no nos comunicamos. 

Obviamente, no podemos estar “corriendo” continuamente detrás de cada avance tecnológico o de cada descubrimiento científico, de la misma manera que resulta ridículo “perseguir” cada nueva moda o cada nuevo “ídolo”. 

Los ejemplos enumerados arriba no son una invitación a leer historias de ciencia y tecnología (aunque creo que es beneficioso hacerlo), sino a expandir la consciencia sobre la rapidez de la transformación y el irreversible impacto de esa transformación en nuestras vidas y en nuestro futuro. 

Sin embargo, a pesar de que cada día nos alejamos más y más de un pasado estable y conocido para llegar a un futuro en constante fluctuación (“Todo fluye”, decía Heráclito) y desconocido sólo para quienes no quieren conocerlo, a pesar de ello, nos negamos a expandir nuestra conciencia. 

Entonces, la “novedad” se reduce a lo que le suceda a esta “celebridad” o a aquella otra, o a alguna declaración intencionalmente controversial, o a una nueva tendencia en las redes sociales. Así, se pierde la visión de lo verdaderamente nuevo y entonces se cierra la conciencia del futuro. 

Una defensa (brevísima y modesta) de la filosofía en el siglo 21

Un informe del Foro Económico Mundial enumera algunas de las habilidades requeridas para los empleos del siglo 21. Según me parece, todas esas habilidades se encuentran dentro del ámbito de la filosofía. Y muchos de los temas que hoy nos agobian e inquietan son, sin dudas, temas filosóficos. Nos guste o no, necesitamos la filosofía. 

El reporte del Foro Económico Mundial especifica que los nuevos puestos de trabajo requieren habilidades como resolución de problemas complejos, capacidad de seguir un proceso de toma de decisiones en situaciones complicadas, desarrollo de visión estratégica, y dos habilidades infaltables: pensamiento crítico y múltiples niveles de comunicaciones.

Seamos honestos: ninguna de esas habilidades o destrezas es de dominio exclusivo de la filosofía, pero, a la vez, todas ellas se conectan profundamente con el pensamiento, el saber y la práctica de la filosofía, entendida como una disciplina de vida y no solamente como un mero ejercicio académico.

Desde sus mismos orígenes, la filosofía ha analizado problemas complejos (¿qué puede ser más complejo que encontrarle propósito a una vida mortal?), ha impulsado el pensamiento crítico, y ha buscado respuestas y fundamentos éticos y hasta metafísicos a preguntas claves, como “¿Qué debo hacer?” y “¿Qué realmente estoy diciendo cuando digo lo que creo que digo?”

Por eso, la disciplina que la filosofía impone a la mente sirve como fundamento y ayuda a desarrollar muchas de las habilidades antes enumeradas, como resolución de problemas, toma de decisiones, visión estratégica y pensamiento crítico. Seamos honestos: la filosofía no resuelve los problemas, pero provee un marco de referencia y algunas herramientas para hacerlo. 

A la vez, nuestra vida actual se ve bombardeada por desafíos que hasta no hace mucho tiempo se consideraban impensables y se creía que sucedían sólo en la ciencia ficción, como la extinción ecológica (incluyendo la extinción humana), la ontología poshumana (¿somos nosotros la última generación totalmente biológica de humanos?), el omnipresente horizonte digital (¿pensamos o solamente posteamos?), el tecnocontrol de biología y política, y la inteligencia artificial superhumana.

Simultáneamente, los profundos cambios sociales, el innegable cambio climático (cualesquiera que fuesen sus orígenes y causas), la fragmentación del arte y del discurso, y la desnudez e incapacidad del actual sistema de vida dejadas en evidencia por la pandemia nos llenan de angustia al ver que vivimos en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo. 

Todos los temas mencionados en los últimos dos párrafos son temas filosóficos (excediendo lo meramente académico) porque son temas que no buscan respuestas sólo para satisfacer una curiosidad, sino que buscan respuestas para determinar si nos estamos haciendo las preguntas correctas. 

En ese contexto, donde se cree que unos pocos “Me gusta” significa haber sido olvidado por el universo, la filosofía es más urgente que nunca y se ve obligada a salir de las aulas y de los libros a los que (lamentablemente) había quedado relegada. 

En la antigüedad, los filósofos eran los médicos del alma. Se decían que curaban el alma. En griego, “curar el alma” se dice (y no por casualidad) “psicoterapia”.

El sistema nunca nos presenta todas las posibilidades futuras

Recientemente aprendí, y lamento no haberlo hecho antes, que el sistema en el que uno vive (cualquier sistema que sea y en cualquier época) nunca nos presente todas las posibilidades futuras debido a la complejidad y multiplicidad de esas posibilidades. Dicho de otro modo, el sistema siempre reduce y limita el futuro. 

Sin embargo, cuando surgen grietas en el sistema, como sucede en la actualidad, esas grietas invitan a expandir posibilidades antes no exploradas. En otras palabras, cuando el sistema ya no ofrece respuestas a preguntas cada vez más existencialmente inquietantes, en ese momento y si uno realmente presta atención, surge un nuevo futuro. 

A la vez, como bien lo explica el sociólogo alemán Niklas Luhmann en su libro Confianza y Poder, esa conexión con las posibilidades futuras puede ser engañosa en el sentido de hacernos creer que el futuro significa un “regreso a la normalidad” (una frase que se escucha mucho en esta época de pandemia), pero no un nuevo futuro.

Dicho de otro modo, incluso explorar opciones antes ni siquiera pensadas para el futuro, incluso en medio de ese cambio de la consciencia, podemos decidir que la mejor opción es volver al pasado, es decir, quedarnos atrapados dentro del mismo sistema que nos limita en cuanto a nuestras opciones del futuro.

Parafraseando a Luhmann, confundimos familiaridad con normalidad y normalidad con seguridad. Entonces, borramos el futuro y lo convertimos en una repetición del pasado o en una extensión del presente. De esa manera, el mismo sistema que al agrietarse nos da un vistazo de que es posible escapar del sistema crea la ilusión de que el único escape es no escaparse.

Esta situación ya había sido explorada, como resulta obvio, por Platón en su famosa Alegoría de la Caverna, cuando los prisioneros dentro de la caverna ni siquiera saben que son prisioneros y, por eso, nada hacen por escarparse. Se conforman con ver sombras de la realidad creyendo que esa es toda la realidad. 

De hecho, ni siquiera cuando alguno de esos prisioneros es rescatado y dejado en libertad fuera de la cueva, ni siquiera esa experiencia le permite al exprisionero apreciar su libertad y, por lo tanto, busca desesperadamente volver a sus cadenas. 

Más allá de las metáforas utilizadas por Platón y de los múltiples niveles de interpretación de su Alegoría de la Caverna, lo cierto es que esa es nuestra realidad existencial: vemos lo que nos dejan ver y lo que podemos ver y, por eso, confundimos el futuro con el mañana y asumimos que el mañana es “otra vez hoy”, como le sucedía a Sísifo.

Mientras tanto, como puntualiza Luhmann, el “mundo” (si se quiere, el universo, o la totalidad de la realidad) siempre es mucho más amplio que cualquier sistema que trate de contenerlo o explicarlo. Y cuando nos olvidamos de esa básica diferencia, cuando confundimos el “mundo” con el sistema, creamos que el fin del sistema es el fin del mundo. 

El futuro no es el mañana, sino una expansión de la consciencia. 

¿Abrazar mi osito de peluche o plantar un manzano?

Recientemente leí que, según la NASA, a partir de 2030 la luna oscilará de tal manera que causará grandes mareas en la tierra. Y cuando todavía no me había recuperado de esa noticia, leí otra historia que indica que los estudios hechos en 1972 por expertos de MIT son correctos: la humanidad desaparecerá en 2040 o poco después. Entonces, ¿qué opciones tenemos? 

Una opción obvia es dejar de prestar atención a esas predicciones (aunque se basen en los mejores conocimientos científicos disponibles) y negar su realidad y su veracidad. Es decir, actuar como niños pequeños: cerrar los ojos para no ver lo que no queremos ver, confiando que, por no verlo, el problema desaparecerá.

Esta actitud de negarse a ver la realidad y de creer (erróneamente) de que algo deja de existir si no lo vemos es lo que denomino “abrazar el osito de peluche”, es decir, asumir que nada va a pasar o que lo que sea que va a suceder sucederá sin que nosotros podamos hacer nada al respecto. 

Y cuando cerrar los ojos a la realidad o utilizar cualquier actividad o sustancia adictiva para no verla no funciona como nos gustaría, entonces, además de abrazar el osito de peluche, comenzamos a buscar culpables (mejor, chivos expiatorios) a quienes haremos responsables de lo que nos pasa. Y eso tampoco funciona, comenzaremos con ataques y hasta destrucción.

En definitiva, la estrategia de cerrar los ojos a la realidad siempre es destructiva y autodestructiva.

La otra opción es abrir los ojos a la realidad y reconocer dos cosas: nosotros mismos somos la principal razón y causa de los graves problemas que nos aquejan y los humanos ya no somos la especie más inteligente o más “necesaria” en este planeta.

Esta actitud es la que denomino “plantar el manzano”, en referencia a la frase “Incluso si supiese que mañana el mundo quedaría reducido a escombros, aun así, yo plantaría mi manzano”, una expresión adjudicada (sin pruebas) al reformador Martín Lutero y usada el siglo pasado por el Dr. Martin Luther King Jr. 

Esta actitud, como lo refleja el hecho de plantar el manzano, permite mantener la compostura y, a la vez y por eso mismo, mantener una mente abierta, un corazón abierto, y una voluntad abierta. Por eso, en vez de buscar culpables buscamos compañeros y compañeras en el camino de la vida. Y los actos de destrucción se convierten en actos de cocreación.

Dicho de otro modo, ante inevitables cambios que están fuera de nuestro control y que, aparentemente, no serán beneficiosos para el futuro de la humanidad, podemos adoptar dos posturas: desesperación o desesperanza. La desesperación paraliza y enceguece. La persona desesperada intentará cualquier cosa, sin importarle el costo o las consecuencias.

Por su parte, la persona desesperanzada, habiendo tomado consciencia de su lugar en el universo, se siente liberada de la necesidad de “tomar control” de la situación y, por eso mismo, se enfrenta y espera la nueva realidad con la totalidad de su ser, ahora también transformado.  

Cuando llega la tormenta debemos sentirla con cuerpo y alma

Recientemente escuché en varias ocasiones la frase que dice que la mejor manera de hacerle frente a una tormenta (es decir, el caos en el que ahora vivimos) es estar cerca de la tormenta. Debo aclarar que, al principio, me pareció una sugerencia incorrecta porque, después de todo, ¿no es mejor alejarse de la tormenta y buscar un lugar seguro? 

Pero luego escuché una entrevista con un experto en seguridad marítima y esa entrevista me ayudó a entender mejor el significado profundo de la frase mencionada. 

En abril pasado, la Radio Nacional de Australia entrevistó a Brad Roberts, oficial de la Autoridad de Seguridad Marítima de ese país. En ese contexto, Roberts explicó que los capitanes de barco prefieren estar cerca de la tormenta porque así pueden “sentirla” de una manera estrictamente literal, es decir, sentirla con su cuerpo. 

“Sentir” la tormenta con el cuerpo lleva a que la tormenta “tenga sentido”, no como si se estuviese hablando de una definición en el diccionario o de una explicación histórica o científica, sino en el sentido (usado aquí intencionalmente) de que el capitán del barco “se conecta” con la tormenta. 

A la vez, los capitanes más experimentados “sienten” a sus barcos como extensiones de sí mismos, un sentimiento que saben transmitir a su tripulación. Eso les permite conectarse con el barco y con su tripulación como si todos fuesen “un solo organismo”, explicó Roberts. 

De esa manera, cuando llega una tormenta y la tormenta se vuelve inevitable, el capitán, su tripulación y el barco actúan en unidad no para luchar contra la tormenta, sino para saber dónde estar en cada momento de la tormenta, de modo que la tormenta no hunda el barco.

Según Roberts, sus investigaciones indican que aquellos capitanes que “buscan refugio” o se deciden a “esperar que llegue el rescate” tienden a enfrentar mayores problemas y peores consecuencias que aquellos que deciden hacerle frente a la tormenta. 

Estos últimos, subraya Roberts, utilizan no solamente sus instrumentos o sus conocimientos para tomar una decisión, sino sus propios cuerpos. Y, según Roberts, esa práctica del “conocimiento encarnado” (o “incorporado” si se entiende esta palabra en su sentido de “en el cuerpo”) se puede aplicar a casi cualquier circunstancia en la vida. 

Lamentablemente, agrego yo, no nos han educado como para “prestar atención” al cuerpo propio ni, mucho menos, para acceder a los conocimientos y a la sabiduría del cuerpo. Por eso, ya no somos parte de una tradición en la que el cuerpo es una de las “almas” (manifestaciones del ser) de cada uno de nosotros, y no solamente un elemento puramente material. 

De hecho, se nos enseña a rechazar a nuestro cuerpo, por ejemplo, no dejándolo descansar o modificándolo para que se alinee con tipos corporales socialmente más aceptados.

Como consecuencia de menospreciar a nuestro cuerpo, cuando llegan las tormentas de la vida (personales o globales), ya no estamos conectados ni siquiera con nosotros mismos como para responder adecuadamente a la tormenta. Aprendamos las lecciones de los sabios marineros.  

La realidad se despliega más rápido de lo que podemos comprender

Hasta hace poco menos de 100 años, se creía que la Vía Láctea era todo el universo, es decir, no se sabía que la Vía Láctea era sólo una galaxia entre incontables otras, sino que se suponía que era todo lo que existía. Luego, mediciones de Andrómeda confirmaron que Andrómeda era otra galaxia y no una nébula dentro de la Vía Láctea. Repentinamente, el universo creció.

La progresión parece clara, comenzando con las épocas remotas en las que los seres humanos asumían que no había nada más allá que la aldea o la ciudad que ellos conocían (o por lo menos no había nada bueno). Luego, se asumía que no existía nada más allá del país propio (o por lo menos el territorio propio era el único verdaderamente civilizado).

Más tarde se sostuvo que este continente o aquel otro eran los únicos y cuando finalmente todo el planeta fue explorado se creyó que no existían otros planetas similares a la tierra en ningún otro lugar del universo, es decir, en aquella época, la Vía Láctea. Finalmente, la Vía Láctea también fue destronada como “el único universo”. Y ahora le toca el turno a nuestro universo.

La creciente idea de un multiverso, una especie de mar de universos entre los cuales el nuestro es solamente una burbuja, va a acompañada de la idea de un universo oscilante (es decir, que se expande y se contrae, creando “universos” sucesivos) y de la idea de la multidimensionalidad del universo (dentro de nuestro propio universo existirían dimensiones que aún no percibimos.)

Dicho de otro modo, de la misma manera que un bebé sólo puede ver durante los primeros meses de su vida hasta medio metro de distancia antes de que sus ojos “aprendan” a ver distancias mayores, nosotros, como humanidad, sólo vemos lo que nuestra percepción nos permite ver en este momento y no podremos ver nada más hasta que aprendamos a verlo. 

Por eso, creo que, con los cambios constantes, profundos e irreversibles que estamos enfrentando, y con los constantes avances científicos y tecnológicos, nos vemos casi obligados a expandir nuestra consciencia de qué es y qué no es real y, como consciencia, de comenzar a ver lo que antes no veíamos. 

Por ejemplo, los vuelos espaciales comerciales ya son una realidad, como también lo son los órganos humanos artificiales y los médicos (incluso cirujanos) virtuales. Todos esos elementos se interconectan porque para viajes espaciales de larga distancia o para colonias humanas permanentes en el espacio los órganos artificiales y los médicos virtuales serán necesarios. 

Sin embargo, la mayoría de nosotros seguimos nuestras vidas ignorando la llegada de la nueva realidad e ignorando que esa nueva realidad no solamente ya está aquí si que nos afecta. Por ejemplo, debido a los cambios antes mencionados, se estima que en el futuro cercano centenares de millones de personas en todo el mundo deberán aprender nuestros trabajos para encontrar empleo. 

Estemos listos o no, el multiverso, el universo multidimensional y el nuevo futuro ya nos esperan. 

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