
Nuestra vida parece oscilar entre aquello que hacemos todos los días y que lo hacemos porque no encontramos cómo dejar de hacerlo y aquello que, aunque distante y poco entendido, se presenta tanto como algo misterioso y a la vez transformador. Pero, según observo, la cotidianeidad nos agobia a tal punto que muchas veces no llegamos a percibir el misterioso horizonte.
Por ejemplo, recientemente, un hombre publicó en las redes sociales una serie de cortos videos quejándose que, debido al mal servicio de su compañía de televisión por cable, él no podía disfrutar de sus deportes favoritos porque la transmisión se interrumpía con frecuencia. Finalmente, el hombre descubrió que el problema era un cable mal conectado en su televisor.
El siguiente video que el algoritmo decidió mostrar se enfocaba en explicar la hipótesis de una nueva materia exótica conocida como “estrellas de vacío gravitacional”, o gravastar, como se las conoce en inglés. Se trata de una hipótesis científica presentada hace 25 años por Pawel O. Mazur y Emil Mottola como una alternativa a la actual teoría de los agujeros negros.
¿Cómo podemos oscilar tan rápidamente de algo totalmente cotidiano e intranscendente como una cable mal conectado en la parte de atrás de un televisor a algo tan científicamente audaz que, de comprobarse, podría llevar a redefinir qué es la energía oscura y, por lo tanto, nuestro entendimiento del universo?
A veces creo que esa transición instantánea de lo cotidiano a la frontera del universo, de lo habitual a lo inesperado, de lo conocido a lo misterioso, de lo aburrido a lo imaginal es posible porque, en definitiva, no le prestamos atención ni a uno ni a otro, considerando lo ordinario y lo sublime al mismo nivel. (Aquí tendría que citar al tango “Cambalache”, pero ya lo hice antes.)
Dicho de otra forma, saltamos de una cosa a otra, de lo vulgar a lo excelso, para mantenernos ocupados y entretenidos, pero sin jamás “habitar” en una experiencia profunda, en una vivencia, que nos lleve a descubrir la diferencia entre distintos modos de ser y entre los distintos modos que se presenta la realidad.
Siguiendo a Heidegger (El Ser y el Tiempo), vivimos en una constante avidez de novedades, en el que el mundo a nuestro alrededor se dispersa de tal manera que todo tiene ser constantemente nuevo, sin que jamás podamos realmente apropiarnos de nada. En otras palabras, todo (desde un cable desconectado hasta una nueva forma de materia) es igualmente superficial.
Heidegger conecta la avidez de novedades con la falsa curiosidad y con la habladuría, es decir, aquella tendencia en la que se quiere ver y saber todo, pero sin permanecer en nada. Pero, advierte ese pensador, ese es un modo inauténtico o impropio de nuestra existencia, donde “uno” vive absorbido por lo que “se dice”, “se ve” y “se comenta”.
A casi un siglo de aquel señero libro, la necesidad de consumir continuamente lo nuevo para evitar la confrontación más seria con la propia existencia llegó a niveles incomprensibles.






