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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Alguien me nombró en un estudio académico y eso me alegró

Desde hace ya varios años estoy suscripto a un sitio de publicaciones académicas y cada vez que se publica un nuevo estudio sobre un tema de mi interés recibo una notificación. Pero la notificación que recibí la semana pasada fue distinta porque no se trataba de un tema, sino de un nombre: el mío.

Según el aviso, una investigadora en América del Sur había escrito o citado a “Francisco Miraval”. Debo confesar que al principio el tema me confundió. Después de todo, ¿quién tendría interés alguno en escribir sobre mí o en citar algo de lo que yo haya dicho?

Pero después reflexioné que vengo compartiendo mis pensamientos desde hace ya muchos años (de hecho, décadas) y que quizá alguien, por motivos desconocidos para mí, encontró en esa acumulación de sinsentido algo que le resultó de interés, quizá porque fortalecía una idea presentada en su monografía o quizá porque contradecía alguna idea.

En otras palabras, no sería la primera vez que, al usarme de ejemplo, alguien me usa como ejemplo de lo que no hay que hacer, o pensar, o decir, o creer. Sea como fuere, alguien había escrito una investigación de nivel académico y mi nombre aparecía en ese documento. Me decidí, entonces, a ver los detalles. 

No me llevó mucho tiempo descubrir que efectivamente las investigaciones se enfocaban en lo que había dicho y hecho “Francisco Miraval”, pero no yo, sino un escribano de ese nombre que vivió en España en el siglo 14. No sé si ese Francisco Miraval es o no mi antepasado, pero no soy yo. 

Descubrí entonces algo más y, creo, algo de mayor importancia: yo había caído en la trampa de dejar que se jugase con mi ego, que se alentase mi vanagloria, que se perpetuase mi autoengaño sobre si presunta importancia. 

En definitiva, vi mi nombre y pensé que se estaba hablando de mí, como si yo fuese el único con ese nombre (que comparto con mi padre y con mi abuelo) o simplemente como si yo fuese único. Y no me gustó ese descubrimiento porque me reveló que, sin importar cuántos años uno le dedica a la filosofía y a la meditación, todo puede perderse en un momento de vanidad. 

Y no es excusa decir que vivimos en una época de exaltación de la vanidad, de los “Me Gusta” exacerbados, del “Despiértenme cuando yo sea una celebridad”. Si no podemos ver ese engaño y esa ilusión, si el simple hecho que alguien use nuestro nombre nos hace creer importantes, entonces estamos condenados a vivir atrapados dentro de la adicción al narcisismo. 

Por eso, aunque no conozco a la autora del estudio sobre “Francisco Miraval”, le agradezco a la distancia y sin que ella sepa de mi agradecimiento porque haber escrito sobre “el otro” Francisco Miraval, el histórico, el tan influyente que 700 años después todavía se habla de él. 

Yo, por mi parte, recibí otra lección sobre cuán cerca está la estupidez de la sabiduría. Tan cerca, que siempre van juntas. 

¿Qué semilla que plantamos hoy crecerá no ahora, sino en 2000 años?

En reciente reporte en la revista especializada Avances Científicos indica que semillas que quedaron en el suelo de Judea hace 2000 años fueron exitosamente cultivadas, creciendo y dando frutos. Aunque este no es el primer experimento de su clase, el resultado lleva a preguntarse: ¿qué estamos sembrando nosotros hoy que podrá cosecharse dentro de dos milenios?

Seamos honestos: la mayoría de lo que hacemos es tan irrelevante, tan superficial y también tan trivial que hasta nosotros mismos nos olvidamos de que lo hemos hecho. Por eso, difícilmente algo de lo hoy hagamos o digamos llegará a ser de interés para los arqueólogos y antropólogos del futuro. 

Pero, podemos preguntarnos, ¿qué hizo que seis semillas del pasado pudiesen ser cultivadas en nuestro tiempo? La respuesta es sencilla: habían sido guardadas de tal manera que ni siquiera el paso de los siglos las hizo perder su capacidad de germinar. 

Otro reciente reporte, en este caso difundido por el Parque Arqueológico de Pompeya (Italia) indica que los acueductos construidos por los romanos hace 2000 años para que la lluvia caída en el centro de esa antigua ciudad se descargase en el mar se conservan en tan buen estado que ahora, ya dos milenios después, se usan con el mismo propósito. 

Recordemos, como es muy conocido, que Pompeya y otras ciudades cercanas fueron destruidas por la erupción del Vesubio en el año 79. Sin embargo, a pesar de esa catástrofe y tragedia, los acueductos siguen funcionando. ¿Por qué? Porque fueron construidos para durar, al contrario de lo que sucede con la gran mayoría de las cosas a las que hoy tenemos acceso.

A pesar de las muchas cosas negativas que pueden decirse de los romanos, no caben dudas que sobresalían en construcción porque construían a prueba del futuro, sin la idea tan común en nuestra época de una obsolescencia programa para favorecer a un capitalismo inhumano.

Entonces, ¿qué podemos construir nosotros que esté tan bien construido que durará por muchos años precisamente porque está construido para perdurar más allá de tragedias y de catástrofes? ¿Y qué podemos preservar tan bien guardado y protegido que, cuando en el futuro lleguen las condiciones apropiadas, aquello que hemos guardado y protegido germine y florezca? 

Quizá no se trate ni de construir algo ni de guardar algo, sino de dar algo y, por ser algo que damos para el futuro, darlo ahora por anticipado para que lo reciban y disfruten todas aquellas personas que nunca conoceremos y que quizá nunca sepan de nosotros.

Dar (donar) algo por (per) anticipado es lo que se llama perdonar (per-donar), no en el sentido superficial y de devaluado que esa palabra tiene hoy, sino en el sentido de crear hoy un ambiente seguro y protegido, y tan bien construido, que les permita a los humanos del futuro llegar a ser plenamente humanos. Los griegos tenían una palabra para ese tipo de per-donar: agape. 

Agape también es una palabra devaluada, cuyo profundo sentido, desconocido para muchos, no se explica, sino que se vive. 

Si no vemos el camino, no significa que el camino no existe

Hace algunos años, manejando de regreso a la casa por una carretera local, un camión que transitaba en la misma dirección provocó tal salpicadura que mi parabrisas quedó lleno de barro, impidiéndome ver la carretera. El incidente se solucionó inmediatamente y sin contratiempos. Pero esos poquísimos segundos parecieron más largos de lo que realmente fueron.

¿A qué se debió esa distorsión temporal? A la “angustia” (por así decirlo) de no ver el camino, pero, a la vez, saber que yo tenía que seguir transitando por ese camino. Y entre todo lo pensé en ese momento (cómo limpiar rápidamente el parabrisas, qué hacer para mantener mi carril, cómo evitar una nueva salpicadura), hubo algo que no pensé: que el camino ya no existía.

Dicho de otro modo: resulta absurdo pensar que solamente porque yo no puedo ver la carretera (por el barro pegado al parabrisas), la carretera ya no existe. Pero, si somos honestos, eso es exactamente lo que hacemos en el camino de la vida. Cuando ya no vemos el camino, por las circunstancias que sean, creemos que ese camino ya no existe.

Pero ¿por qué el barro contra el parabrisas resultó problemático? Porque, como resulta obvio, el parabrisas está hecho para mirar a través del parabrisas, y no para mirar al parabrisas. En otras palabras, si el parabrisas se hace presente (porque se opaca), entonces estamos en problemas: ya no vemos más allá de ese vidrio.

Lo mismo sucede, podemos decir, con nuestras ideas, creencias, credos y opiniones. La mayor parte del tiempo no les prestamos atención. No las vemos. De hecho, vemos la realidad a través de nuestras ideas, pero no vemos las ideas mismas. Pero si la vida embarra nuestro andar, las ideas se opacan, se vuelven visibles y necesitamos “limpiarlas” para ver el camino.

Sin embargo, en muchos casos (quizá en la mayoría de los casos), hacemos precisamente lo contrario: nos aferramos a las ideas, creencias, credos y opiniones “embarradas”, opacadas, cerradas. Y decimos y proclamamos que, si nosotros no vemos el camino, ese camino no existe.

De esa manera, como no vemos más allá del parabrisas de nuestras ideas, nuestro mundo se reduce. Y un mundo reducido nos obliga a cerrar nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad. Y entonces el mundo se reduce aún más y el ciclo se repite con mundos cada vez más pequeños. 

Cuando esa situación se vuelve intolerable (y tarde o temprano eso es lo que sucede), en vez de limpiar el parabrisas, en vez de “desembarrar” las ideas, adoptamos una peligrosísima actitud, la del autoengaño. No solamente creemos que tenemos razón y los otros no, sino que creemos que sabemos más que los otros y que somos más inteligentes que los otros. 

En ese momento, el espiral hacia abajo se intensifica y entonces comenzamos a buscar culpables y chivos expiatorios. Nuestra contribución al campo social de la negatividad se intensifica y, aún peor, contagiamos a otros con la enfermedad del autoengaño. 

Mientras tanto, la vida sigue su inexorable camino.

Cuando dejamos de confundir “ser” con “tener”, se disipa el autoengaño

En su libro El canto del pájaro (que debería ser de lectura obligatoria), Anthony De Mello cuenta la brevísima y bellísima historia del diálogo entre un joven y su pareja. El dice: “Querida, algún día seremos ricos”. Y ella responde: “Querido, ya somos ricos. Algún día tendremos dinero”. 

Invito a los lectores a dejar de leer el comentario en este momento y a explorar por sí mismos los posibles significados de esa historia. Cuando lo consideren prudente, continúen leyendo nuestro comentario. 

Leí el mencionado libro hace más de tres décadas y desde entonces he usado en incontables ocasiones el diálogo entre él y ella como ejemplo del doble significado de “rico”, indicando tanto “tener dinero” como “haber experimentado y seguir experimentando relaciones interpersonales duraderas y positivas”. 

En algunas ocasiones me he detenido a compartir algunas ideas sobre la repetición del “algún día” en el corto diálogo, preguntándome si el primer “algún día” es igual al segundo, ya que el paso del tiempo y el entendimiento del futuro varían de persona en persona. 

Pero fue sólo muchos años después de haber leído y releído a De Mello cuando finalmente percibí la sabiduría en la respuesta de la joven, quien separa el “ser rico” del “tener dinero”. O, dicho más genéricamente, que separa el “ser” del “tener” como modos de conectarse con el mundo, o con la realidad, o con el universo (como quiera llamárselo.)

Parece que ella percibió que él creía que “ser” algo equivale a “tener” algo y ella logró anular esa equivalencia manteniendo al “ser” separado, pero todavía conectado, del “tener”, creando así una esperanza para ambos que no se ve cuando él habla, ya que él parece hablar con cierto pesimismo o derrotismo. 

Obviamente, distintas culturas responden de distintas maneras a la diferenciación entre “ser” y “tener”. Por ejemplo, en español la edad se tiene (“Tengo cinco años”), mientras que, en inglés, uno es la edad (“I am five”). Y lo mismo pasa, como ejemplo adicional, con el hambre: “Tengo hambre” comparado con “I am hungry”. 

Parece, entonces, que la cultura o el idioma nos inclinan en una o en otra dirección. 

Sea como fuere, al hablar de este tema no puede dejar de mencionarse a ¿Tener o ser?, que Erich Fromm publicó en 1976, no sólo para explorar las marcadas diferencias entre uno y otro modo de existir (ambos válidos y necesarios), sino para resaltar que frecuentemente confundimos el “ser” con el “tener” (“con-fundir”, es decir, fusionar lo que antes estaba separado.)

Esa fusión conjunta (confusión) provoca que le demos prioridad a uno u otro modo de existir o, peor aún, que nos enfoquemos exclusivamente en uno de esos modos, negando o despreciando al otro. Así, terminamos “siendo” lo que no somos y “teniendo” lo que no necesitamos, sin jamás llegar a saber ni quiénes somos ni qué necesitamos. 

John Vervaeke (Universidad de Toronto) aptamente califica a esa confusión modal por lo que es: nihilismo. El nihilismo es la base del autoengaño. Y el autoengaño es contagioso.  

Estamos encerrados en el pasado, pero todavía vemos el futuro

Cuando miramos el cielo estrellado, que tanta admiración causaba a Kant, no vemos el presente sino el pasado y, en algunos casos, aún sin saberlo, contemplamos un pasado lejano, de miles de millones de años. Pero incluso que el sol que “vemos” ya está ocho minutos en el pasado y la luna que vemos es la luna que existía hace un minuto.

Y si estamos sentados junto a una mesa para cenar en familia o quizá para compartir un café con un amigo, esa persona que vemos es la persona que existía en el pasado y, aunque ese pasado pasó hace solamente una fracción de un milisegundo, ya pasó. Eso es así porque nuestros sentidos necesitan tiempo para procesar los estímulos sensoriales.

De esa manera, sea porque la luz tarda lo que tarda en llegar a nosotros o porque nuestros sentidos no adquieren la información instantáneamente, lo que nos llega a nosotros y a nuestro cerebro ya pasó. Vivimos, entonces, encerrados en una constante percepción del pasado. 

Podría decirse que lo llamamos el presente o, mejor dijo, lo que consideramos el “ahora” es solamente un recuerdo, una interpretación del pasado que aún permanece en nuestra consciencia, en nuestra mente, porque la información o el estímulo que causó ese recuerdo o esa interpretación acaba de ocurrir y todavía lo estamos procesando.

Dicho de otro modo, como ya lo decía Agustín (mejor de lo que lo digo yo ahora), los recuerdos del pasado son en realidad recuerdos del presente. El pasado, por eso, eso una de las formas del presente ya que si el pasado fuese totalmente pasado entonces no tendríamos ningún acceso a ese pasado. 

Entonces, desde una perspectiva física y biológica, el pasado es todo con lo que contamos. Lo que sabemos, lo que creemos saber, lo que simplemente creemos, lo que recordamos y lo que hemos olvidado, todo eso es producto del pasado o mejor aún, del pasado que ahora recordamos en el presente. 

Pero, como bien sugería Agustín, si tenemos recuerdos del pasado, también debemos tener recuerdos del futuro. Es decir, aunque todo lo que percibimos, desde la estrella más lejana hasta la persona más cercana, está en el pasado, eso no significa que no podamos ver el futuro. 

El futuro no siempre existió. El tiempo cíclico en el que se vivían, se movían y existían nuestros antepasados hasta hace no mucho tiempo no dejaba lugar al futuro porque todo se movía dentro de un ciclo de repeticiones. 

El futuro solamente es posible si el tiempo se libera del retorno de lo mismo. Pero nosotros, en vez de liberar al tiempo y crear un futuro, hemos esclavizado el tiempo al tiempo mecánico, al reloj, al cronómetro. Por eso no recordamos el futuro, porque lo que llamamos “futuro” no lo es. Nos autoengañamos diciendo que desconocemos algo que en realidad no es. 

¿Cómo vemos el futuro? No con nuestros cinco sentidos o con una mente empedernidamente cerrada. Quizá, entonces, haya que abrir la mente y activar un nuevo sentido.  

¿Podemos todavía dialogar con nosotros mismos en la época de las redes sociales?

Se sabe desde hace décadas que la inteligencia no es una sola, sino que existen distintos tipos de inteligencia y uno de los más interesantes es la inteligencia intrapersonal, ese diálogo interno que cada uno tiene consigo mismo y que, bien practicado, nos aleja del autoengaño y nos centra en la realidad. Pero ¿es posible dialogar con uno mismo en la época de las redes sociales?

Mi argumento es, primero, que las redes sociales representan la externalización de nuestros pensamientos y que, por eso mismo, lo que antes era un diálogo interno y exclusivamente interno (muchas veces incluso secreto), ahora se ha externalizado, impactando así de manera negativa nuestra inteligencia intrapersonal. 

Además, esa externalización de nuestro diálogo interno tiene otro efecto, el de buscar reacciones (“Me gusta”). Tan fuerte es ese deseo que, si publicamos algo en las redes sociales y no obtenemos ninguna respuesta, creemos que el universo mismo en toda su extensión se ha olvidado de nosotros. 

Y tan fuerte es ese deseo que inmediatamente nos desamigamos de quien publica algo que no nos gusta, o que tratamos de manipular a otros para que compartan lo que nosotros publicanos por medio de expresiones como “Estoy seguro de que no lo vas a compartir porque…” o “Hagamos esta imagen viral”, o expresiones parecidas.

En definitiva, no solamente no pensamos sobre nosotros mismos dentro de nosotros mismos, sino que ese diálogo externalizado se basa estrictamente en cálculos diseñados para ver cuánto respaldo podemos llegar a tener, cuán “influencer” llegamos a ser, y cómo podemos monetizar esa influencia que tenemos sobre nuestros seguidores. 

Por eso, mi argumento es, en segundo lugar, que la externalización de los pensamientos internos en las redes sociales hace desaparecer el diálogo interno y lo reduce a maquiavélicas calculaciones basada en las actividades de nuestro cerebro reptiliano (por así decirlo), muy alejadas de todo autodescubrimiento.

Pero ¿en qué consiste ese diálogo interno de uno con uno mismo, esa inteligencia intrapersonal? Entre los mejores ejemplos que podemos citar figuran, como no podría ser de otra manera, dos de las historias cortas de Jorge Luis Borges: “Borges y Yo” y “El Otro”. 

En uno y otro caso, Borges es plenamente consciente que él está hablando con él mismo, pero no cae en el error y la ilusión de aferrarse a ese diálogo consigo mismo como si hubiese algo más que sólo el diálogo (o, quizá mejor, que la memoria del diálogo). 

Todo intento de decir algo más sobre cómo Borges ejemplifica, encarna y trasciende ser él mismo y el otro a la vez en diálogo continuo y coherente excede, con mucho, los reducidísimos límites de esta columna. Pero una cosa es cierta: cuando Borges, ya anciano, se encuentra con el Borges joven, no necesita que una red social le recuerde su pasado. 

Sin diálogo interno, sin inteligencia intrapersonal, no puede haber consciencia propia y, por lo tanto, consciencia constante. Y, como resultado, los otros tipos de inteligencia desaparecen o se reducen. Sin diálogo interno inevitablemente nos convertimos en zombis. 

A veces se forma un inesperado vacío que no podemos llenar

Con motivo de las recientes fiestas de fin de año recibí de regalo un rompecabezas. No es una de mis actividades preferidas porque armar un rompecabezas requiere paciencia, que, a su vez, no es una de mis mejores características. Pero la ocasión festiva y la colaboración de la familia me llevaron a participar del intento de resolver el rompecabezas de 1000 piezas en sólo dos días.

Y, respondiendo al desafío, dos días después 999 de esas piezas estaban en su lugar correcto. ¿Qué pasó con la pieza faltante, de hecho, la más fácil para encontrar por sus múltiples colores? Simplemente no estaba. Y no es que la perdimos por descuido. Mi impresión es que nunca formó parte del paquete original. 

Por eso, mi ejercicio de paciencia y de deducción, y el ejercicio familiar de trabajo en conjunto para completar el rompecabezas, sólo tuvo una efectividad parcial. Nos faltó el 0,001 por ciento para alcanzar la meta total. Pero no la alcanzamos. Y el lugar vacío es más prominente que todas las otras 999 piezas juntas. 

A pesar de nuestro altísimo índice de compleción de la tarea y de nuestra dedicación a esa tarea, un sentimiento de frustración se apoderó de nosotros por no poder colocar la última pieza en su lugar y completar así la imagen completa del rompecabezas.

Obviamente, el buen momento de las fiestas y la buena compañía hicieron que la frustración se esfumase inmediatamente y la pieza faltante se transformó en un risueña y efímera anécdota. Pero no pude quitarme de mi mente esa experiencia. De hecho, me pregunto si la vida misma no será como un rompecabezas eternamente incompleto.

Pensémoslo de este modo: día tras día, con todas nuestras acciones y pensamientos, agregamos nuevas piezas al rompecabezas de nuestra vida. Como no tenemos un modelo terminado que nos sirva de guía, confiamos que las “piezas” (familia, hijos, trabajo, estudios, ocupaciones) van acomodándose en su lugar correspondiente. Y con esa creencia vivimos.

¿Pero qué pasaría si, ya al final de la vida, cuando sabemos que nos quedan pocas piezas para completar el rompecabezas, encontramos que nos falta una? En otras palabras, ¿qué sucedería en nuestra mente y en nuestro corazón si descubrimos que nuestra vida quedará eternamente incompleta y con un lugar (existencial) vacío e imposible de llenar?

Al tratar de completar el rompecabezas y no poder hacerlo, me pregunté por qué no tomé consciencia antes de llegar al final de esa tarea de que faltaba una pieza. Por ejemplo, podría haberlas contado y entonces, si llegase a faltar una, el juego ya no era resolver el rompecabezas sino descubrir la pieza faltante.

Pero en la vida no podemos contar nuestras piezas de antemano y, por lo tanto, no sabemos si nos falta alguna. Quizá sea una ventaja no saberlo. Quizá, si lo supiésemos, decidiríamos ni siquiera intentar resolver el rompecabezas de la vida.

Sea como fuere, un inesperado vacío donde evidentemente debería haber algo resulta frustrante. Pero el futuro juega a esconderse detrás de nuestras frustraciones. 

 

¡Cuidado con la transición de un año a otro!

Si pudiésemos dejar de ver los mitos de los antiguos griegos y romanos como si fuesen leyendas sin fundamento y pudiésemos verlos por lo que realmente eran, es decir, narraciones de reflexiones psicológicas sobre momentos importantes de la vida, veríamos entonces que esas historias tienen mucho para enseñarnos sobre el inicio de un nuevo año.

De hecho, el nombre del primer mes del año, “enero”, proviene del nombre de uno de los dioses romanos, Janus, el único dios con dos caras, una mirando al pasado y otra mirando al futuro. La enseñanza es clara: no se puede mirar al futuro sin a la vez mirar al pasado, y viceversa. 

Aún más, como alguien bien lo dijo (discúlpenme, no recuerdo quien), lo que nosotros tenemos no lo hemos recibido de nuestros padres o ancestros (es decir, del pasado) sino que lo tenemos como préstamo de nuestros hijos (es decir, del futuro). 

Dicho de otro modo, contra todo lo que se nos enseña, el pasado nunca queda en el pasado, sino que se reinventa en el presente. Por eso, la idea de “dejar el pasado en el pasado” o de “olvidarnos del pasado” equivale, si se implementase totalmente, a dejar de lado el futuro y a olvidarse del futuro, algo que, dicho sea de paso, es lo que muchos hacen.

Si Janus nos enseña algo, es que, en el paso de un momento a otro de nuestras vidas, especialmente cuando ese momento es compartido socialmente, debemos mirar simultáneamente en ambas direcciones, pero no porque el futuro sea continuidad del pasado, sino precisamente porque el futuro ya no es continuidad del pasado. 

Si solamente miramos al pasado, no hay futuro o entramos al futuro de espaldas. Si solamente miramos al futuro, careceremos de identidad. 

Pero hay otro dios, Mercurio (Hermes, entre los griegos), conocido por ser el mensajero de los dioses. A la vez, Mercurio también es conocido por manifestarse (aunque no como él mismo) en momentos de transición, sea una transición física (pasar por una puerta) o temporal (inicio del año). Y esos son los momentos que Mercurio usa para engañarnos. 

Debo corregirme: Mercurio no nos engaña, sino que hace algo aún más preocupante: crea el espacio y la experiencia para que nos engañemos a nosotros mismos. Y una vez que nos engañamos a nosotros mismos (es decir, nos autotraicionamos), no solamente dejamos de ser quienes deberíamos ser, sino que racionalizamos y justificamos nuestra decisión.

Por eso, al final de cada año prometemos que dejaremos de hacer muchas cosas y que en el nuevo año lograremos lo que no hemos logrado el año anterior. Pero es sólo un autoengaño, como queda en evidencia al ver los mensajes en las redes sociales “declarando” abundancia y prosperidad por parte de aquellas personas que hace un año “declararon” mismo y aún siguen sin lograrlo.  

En cierta forma, aunque no lo reconozcamos, Janus y Mercurio siguen tan activos como siempre lo estuvieron. Después de todo, son expresiones de nuestra psicología cada vez que traspasamos un umbral.  

 

Un mundo sin ambigüedad resultaría un mundo reducido y unidimensional

Uno de los elementos básicos de todo cuento humorístico, o chiste, es dirigir la historia en una cierta dirección y luego, utilizando los múltiples significados de una palabra, repentinamente cambiar la historia en otra dirección. Ese cambio inesperado es lo que provoca la risa (por lo menos en algunos casos).

Uno de los ejemplos más comunes de ese tipo de humor es la conocida frase “No se les puede hacer bromas a los cleptomaníacos porque todo lo toman literalmente”. 

En este caso se juega con la doble posibilidad de “literalmente”: primero, que la broma sea interpretada literalmente y, por lo tanto, no sea entendida, y segundo, que “literalmente” sea parte de la descripción de “tomar todo” en el sentido de “robar”, es decir, la definición de “cleptomaníaco”. (Obviamente, no hay nada peor que tratar de explicar un chiste, como aquí tratamos de hacerlo).

En otras palabras, la variedad y multiplicidad de significados de las palabras permite el humor. Sin esa ambigüedad, sin esa ambivalencia, no habría broma posible porque el cuento no tendría un cambio de dirección y más bien se parecería a una operación matemática en la que, aunque el resultado no sea inicialmente conocido, nunca resulta inesperado. 

El humor es, entonces, la posibilidad de que las cosas no sean lo que parecen ser, que haya una interpretación distinta de la realidad, que la narración que parece decir una cosa en realidad está diciendo otra, y, en definitiva, que debido a la ambigüedad (y en muchos casos la indeterminación), el presente no sea un anticipo del futuro. 

Cuando la ambivalencia se suprime, cuando la ambigüedad se considera intolerable, cuando el lenguaje se vuelve forzadamente unívoco, el humor desparece. Y cuando el humor desaparece, también desaparece la multidimensionalidad de la vida. 

El tema, obviamente, no es nuevo. Quizá por eso no ha llegado hasta nosotros el libro que Aristóteles escribió sobre la comedia hace unos 2300 años. Quizá por eso Jesús no se ríe en ninguno de los evangelios canónicos. Y quizá por eso el humor se ha degradado a la burla o a la imitación o, aún peor, se lo considera como un insulto o como algo de mal gusto. 

En definitiva, podría decirse que el humor es algo así como un diálogo entre dos personas en las que ambas (aunque por distintas razones) están dispuestas a abrir sus mentes y corazones a una multiplicidad de interpretaciones de la realidad. 

Quizá por eso el humor tenga un efecto terapéutico, porque nos quita de lo que es y los lleva a lo que puede ser, a la alternativa, a lo inesperado, a lo ya presente pero todavía oculto. Quizá por eso se lo suprime, porque suprimir el humor es controlar la mente y las emociones de las personas. 

El humor en sí, bien entendido, es incontrolable y surge espontáneamente. A final de una larga presentación les pregunté a los participantes: ¿Qué se llevan hoy a su casa? Una joven inmediatamente me dijo, literalmente: “Profesor, ¿por qué nos enseña a robar?”

 

Al proyectar nuestra inacción al mundo contribuimos a empequeñecer al mundo

Recientemente aprendí, al leer un libro escrito por James Mallon, que la consecuencia de la inacción no es solamente permitir que un problema se agrave o que una situación adversa se agudice. Y tampoco es la pérdida de bienes, dinero, oportunidades o salud. La peor consecuencia de la inacción es algo mucho más profundo. 

Según Mallon (y estamos de acuerdo) es aceptar con impotencia el mundo externo tal como es y, a la vez, separar nuestra realidad interior de esa realidad exterior. Dicho de otro modo, cuando proyectamos al mundo nuestra impotencia, contribuimos a que el mundo compartido en el que vivimos sea cada vez más pequeño y, de hecho, más caótico. 

Pero, si somos honestos con nosotros mismos (una rareza en nuestros tiempos), debemos admitir que todos nosotros proyectamos nuestros conflictos internos en el mundo exterior, asumiendo que el problema está “ahí afuera” y no dentro de nosotros y, sobre esa base, decidimos no hacer nada, creyendo que nada podemos o debemos hacer. 

Permítaseme compartir un par de ejemplos para ilustrar la situación. 

Hace pocos días, una persona me contó que dos niños pequeños que él conoce encontraron en el piso al salir de la escuela una fotografía, claramente ya arruinada. 

Para divertirse, dibujaron bigotes y líneas sobre el rostro del hombre que aparecía en la imagen, un hombre que ellos no reconocieron. Y luego, para aumentar la diversión, dejaron la fotografía en un árbol alejado de la escuela, pero visible para otros estudiantes. 

Al día siguiente, al regresar a su salón de clases, ambos niños fueron llevados ante el director de la escuela, a quien debieron escuchar durante largos minutos mientras el director los acusaba de haberle faltado el respeto a un exmaestro del establecimiento. Por esa falta de respeto, los niños fueron sancionados. 

Obviamente, los niños no sabían nada del exmaestro. Ellos sólo encontraron una fotografía vieja y abandonada. Y, claramente, el problema con el exmaestro lo tenía el director de la escuela, que proyectó sus problemas y se los adjudicó a los niños. La incapacidad del director de actuar según la situación, es decir, su inacción, acrecentó la negatividad de la situación.

Y yo personalmente conozco el caso de una niña 11 años en una escuela cerca de Denver que fue arrestada por policías, esposada y llevada a un patrullero luego de que una maestra llamase a la policía para denunciar a la niña por “destrucción” de un objeto dentro de la escuela. 

La único que la niña había hecho era apoyar su mano en el escritorio de la maestra y, al hacerlo, quebrar una barra de chocolate que la maestra tenía en ese lugar. Nuevamente, la incapacidad de la maestra de actuar apropiadamente la llevó a proyectar sus problemas y su impotencia sobre una niña claramente inocente. 

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero no es necesario. Queda claro que nuestra incapacidad de desaferrarnos de nuestra incapacidad nos lleva a proyectar una caótica inacción hacia el mundo, fomentando la negatividad por sobre la cocreación y la coevolución.  

 

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