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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

De este lado de la pared galáctica, el diálogo se ha infantilizado y la negación, globalizado

Recientemente la NASA anunció que, escondida detrás de la Vía Láctea, existe una “pared galáctica” de asombrosas proporciones y que, pesar de su inmenso tamaño, sólo ahora pudimos descubrir porque nuestra propia galaxia la encubría. Me pregunto entonces qué se esconde que aún no podemos ver detrás de la pared galáctica.

Y también me pregunto cómo puede ser que problemáticos bípedos implumes en un insignificante planeta orbitando una pequeña estrella en un remoto rincón de la galaxia sigamos creyendo que los límites de nuestros conocimientos son los límites de la realidad. Después de todo, hasta hace menos de un siglo creíamos que la Vía Láctea era todo el universo.

Se le puede perdonar a una criatura pequeña, que habitualmente sólo puede ver a no más de medio metro de distancia, que crea que el mundo se termina allí hasta donde alcanza su vista. Por eso, a los bebés les causa risa que un objeto que ellos creían desaparecido luego reaparezca, como cuando la madre juega a “esconder” un juguete y luego “reaparecerlo” ante el bebé. 

También se les puede perdonar a los niños de corta edad que crean durante varios de los primeros años de sus vidas que sus padres nacieron adultos, que los padres nunca fueron niños. De hecho, se requieren varios años hasta que los niños forman la idea de “pasado” y muchos más años para llegar a entender que existe un pasado histórico y prehistórico. 

Mientras tanto, con un entendimiento limitado del tiempo, los niños asumen que antes de ellos no hubo nada y sólo lentamente comprenden que, en realidad, llegaron a un mundo que les precedía, tanto en un sentido “geológico” como “cultural”. 

A los niños se les puede perdonar que confundan los límites de “su” mundo con los límites del mundo, pero para los adultos no hay excusas, sepan o no sepan lo que hacen. Sólo la más profunda ignorancia arrogante, que se reconoce ignorancia. pero no le importa (cuyos ejemplos se repitan ahora a diario y en todos los niveles) cree que “su” mundo es “el” mundo.

Sin embargo, eso es exactamente lo que vemos en estos tiempos y, quizá, lo que siempre nos ha sucedido a los humanos: tomamos lo parcial como si fuese la totalidad, lo provisorio como si fuese lo definitivo y lo pasajero como si fuese permanente. Y además confundimos lo cotidiano con lo normal y el mapa con el territorio. 

Por eso, de este lado de la inmensa pared galáctica que la NASA recientemente descubrió el diálogo se ha infantilizado y la negación se ha globalizado. 

Muchos diálogos ahora comienzan con “De esos temas no se debe hablar”, pero “esos temas” son precisamente aquellos que se enfocan en las relaciones entre los humanos, entre grupos de humanos, y de los humanos con el universo o la divinidad. Es decir, son temas de los que deberíamos hablar. 

Pero el “negacionalismo” se ha expandido tanto que la lógica, si aún existe, deba haber quedado al otro lado de la pared galáctica. 

Sobran temas e ideas, pero faltan mentes y corazones abiertos

Debo confesar que, a casi dos décadas de decidirme a escribir un comentario semanal (siempre de exactamente 500 palabras), no me faltan ni temas ni ideas para explorar o para compartir. Pero la creciente desilusión al ver la pérdida de la capacidad de diálogo y de introspección me hacen dudar si continuar con esta tarea, cada vez más parecida a “una voz en el desierto”.

Entre los muchos temas de los que se podría hablar esta semana figuran, por ejemplo, el descubrimiento de que el tiburón ballena tiene dientes en sus ojos, algo antes nunca visto en el reino animal. O el anuncio de que, en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, existirían decenas de miles de millones de planetas similares a la tierra, es decir, con capacidad de vida “humana”. 

O quizá podríamos analizar lo que Sartre dijo en 1943 (El Ser y la Nada): “Todo lo que me pasa a mí me pasa por mí”, subrayando la necesidad de asumir la responsabilidad personal de lo que nos pasa aún e las peores circunstancias. 

¿Y por qué no comentar la dura advertencia de Fritjof Capra en 1982 (The Turning Point, capítulo 8) cuando dijo que “el Pentágono planifica la extinción de la especie humana y de muchas otras”? 

Sin embargo, de nada sirve hablar de ese o de muchos otros temas con el potencial de tener un efecto transformador en nuestra manera de pensar, decidir y actuar, si, como lo indica un reciente reporte, uno de cada tres estudiantes de secundaria en Estados Unidos nunca vuelve a leer un libro tras terminar la escuela. Y entre universitarios es uno de cada cuatro. 

Además, 70 por ciento de los adultos estadounidenses no ha leído un libro completo en cinco años. Y 80 por ciento de las familias compra un solo libro por año o ninguno. 

En ese contexto, todo se vuelve opinión, es decir, el conocimiento desaparece y se asume que todo lo que se dice carece de fundamento, y, por lo tanto, puede rechazarse y reemplazarse por otra opinión, también carente de fundamento, pero más cercana a lo que “uno piensa”. 

La ignorancia se ha vuelto arrogante al punto que, alguien que “sabe mucho” es aquella persona que puede responder correctamente a preguntas triviales sobre celebridades o sobre entretenimiento. 

¡Tanto se podría decir sobre la propuesta del filósofo chileno Gastón Soublette sobre los “peligros y oportunidades de la megacrisis”, como dice el subtítulo de su nuevo libro Manifiesto (publicado a los 93 años)!

Según Soublette, la actual crisis global, no es una crisis ni de salud ni de economía (aunque innegablemente esos elementos están incluidos en la crisis), sino una crisis de espiritualidad, no en el sentido de dogma religioso, sino en el sentido de que nosotros mantenemos los ojos cerrados al cambio y al futuro y, por eso, nos aferramos a la crisis que nosotros hemos creado.

Soublette sugiere que el proyecto de la modernidad surgido en Europa hace 500 años está llegando a su fin. Tiene razón. 

Cuando perdemos la capacidad de dialogar lo perdemos todo

Recientemente leí la historia de un abogado de California que denunció casos de corrupción en la oficina del fiscal de un cierto distrito. Como respuesta, el fiscal acusado le dijo al abogado denunciante que si él (el abogado) no le gustaba la profesión, renunciase y se dedicase a otra cosa.

Ese es uno de los innumerables ejemplos de que ya no podemos ni siquiera mantener una conversación decente y adulta. Hemos perdido la capacidad del diálogo, es decir, la capacidad de conectarnos por medio de la razón y del habla.

En el ejemplo recién mencionado, el tema central de la denuncia era la corrupción de un fiscal y no la capacidad o el deseo de un abogado de continuar con su profesión. Sin embargo, en una maniobra que revela todo desdén por entendimiento y verdad, el tema pasó de ser la corrupción a la inhabilidad del denunciante, cuestionando su credibilidad y motivos.

Pero ese mismo desdén por el diálogo se ve en todos los niveles de la comunicación. En el lugar donde vivo (zona metropolitana de Denver) los fuegos artificiales están prohibidos para uso particular, es decir, sólo pueden ser usados por profesionales. Sin embargo, como todo en la vida, las personas de todos modos compran y usan esos fuegos artificiales.

Obviamente, lo que para unos es “diversión”, para otros es una gran molestia, especialmente si los ruidos y estruendos se repiten noche tras noche y demasiado cerca de la vivienda propia. 

Por eso, un vecino colocó un mensaje en la red social del vecindario pidiendo a aquellos que lanzan fuegos artificiales sin autorización que, antes de hacerlo, si no quieren pensar en sus vecinos, por lo menos piensen en el impacto que las explosiones tienen en las mascotas, especialmente los perros. 

Como respuesta, una de las personas responsables por lanzar ilegalmente los fuegos artificiales, le dijo: “Si tú no sabes cuidar a tus perros, entonces no tengas perros”. 

Una vez más: el tema de la conversación no era la habilidad de una persona para cuidar o no cuidar sus perros, sino el hecho de que alguien, por no cumplir con las ordenanzas vigentes, causaba problemas para sus vecinos y para las mascotas en el vecindario. 

Pero, en vez de asumir la responsabilidad propia por los resultados de sus acciones, el desconsiderado individuo prefirió “sermonear” a quien le pedía reconsiderar sus acciones, como si atacar verbalmente a otras personas nos eximiese de nuestras responsabilidades.

Los ejemplos podrían multiplicarse porque, como ya dijimos, hemos perdido la capacidad del diálogo, incluyendo el diálogo interior. Pero entonces surge la pregunta: cuando alguien responde de una manera tan desconectada y agresiva como en los ejemplos mencionados, ¿lo hace deliberadamente o quizá por ignorancia? 

Si es un acto deliberado y calculado para “dañar” a la otra persona, eso es éticamente inaceptable y altamente destructivo. Y si un acto de ignorancia, entonces nos enfrentamos con una realidad existencial que nos lleva al borde del abismo: no hay futuro si no nos entendemos unos a los otros. 

La razón sin sabiduría se convierte en la sinrazón del fanatismo

Hace pocos días, el 18 de junio de 2020, la Corte Suprema de Estados Unidos emitió un fallo permitiendo la continuación del programa de Acción Diferida por Arribos Infantiles (DACA). Dejando de lado toda cuestión política, ese fallo incluye un elemento que debe destacarse y analizarse: la separación entre la sabiduría y la razón. 

“La sabiduría de esas decisiones (sobre DACA) no es de nuestra incumbencia”, escribió John Roberts, presidente de la Corte Suprema. La determinación de la Corte, dijo Roberts, se basó en que el pedido del Poder Ejecutivo para terminar DACA no incluyó una “explicación razonada” de ese pedido. 

Aún más específicamente, Roberts insistió que las acciones del gobierno deben basarse “en razones” y en “procedimiento racional”, lo cual, claramente, no sucedió en el caso en cuestión.

No nos compete a nosotros (mucho menos dentro del reducidísimo espacio de esta columna) analizar ese dictamen (o cualquier otro) del máximo tribunal estadounidense. Pero debe quedar en claro que separar la sabiduría de la razón es, en el mejor de los casos, algo riesgoso y, más probablemente, algo muy peligroso. 

Como carezco tanto de la capacidad académica como intelectual de hablar sobre la Corte Suprema de Estados Unidos, abandonaré totalmente ese tema, pero antes mencionaré que el reciente fallo sirve de claro ejemplo de una de las raíces profundas de la actual crisis de significado: separar lo sabio de lo racional. 

Eso no significa, obviamente, que la sabiduría y la razón deben fusionarse y confundirse como si fuesen una sola “cosa”. No es ese el caso. Pero tampoco deben cercenarse una de la otra porque, aunque diferentes, coexisten y se retroalimentan constantemente.

El peligro de separarlas resulta claro: cuando la razón se desconecta de la sabiduría, el diálogo se transforma en argumento, el propósito de la vida se reduce a ganar argumentos y, en definitiva, los mejores argumentos triunfan, aunque carezcan totalmente de sabiduría. 

Y mientras que el sabio, precisamente por ser sabio, no habla, sino que escucha, el argumentador, preciosamente por serlo, no escucha, sino que habla. Pero no hablar para enseñar, educar o inspirar, sino para convencer, o, más estrictamente, para manipular ideas y voluntades en una cierta dirección. 

El problema no es nuevo. A esos argumentadores que se vendían al mejor postor para ganar argumentos y que dejaban de lado la sabiduría Platón los llamaba sofistas. No eran ni sabios (sophos) ni amantes de la sabiduría (philo-sophos), sino amantes de las apariencias (philo-doxos). Y ganaban mucho dinero por hacer lo que hacían.

Dicho de otro modo, cuando se separa la sabiduría de la razón, por más carente de sabiduría, de ética y de belleza que sea una idea o una propuesta, si su aceptación parece razonable, será aceptada. Y, la vez, por más sabia que sea una idea o una propuesta, si parece irracional aceptarla, será rechazada. Los ejemplos de esas dos posibilidades son incontables. 

Cuando abiertamente afirmamos que la sabiduría no es de nuestra incumbencia, ya hemos irremediablemente abierto las puertas a la sinrazón del fanatismo. 

Las apariencias engañan… y todo es apariencia

Hace muchos años, cuando yo era todavía un niño en la escuela primaria, la maestra nos pidió hacer un dibujo. Un compañero, Guillermo, completó la tarea y se la entregó a la maestra y (según recuerdo) ella el dijo que era “un dibujo muy pobre”. Guillermo entonces tomó dos monedas, las pegó en el dibujo y se lo volvió a entregar a la maestra. 

Recuerdo el incidente, pero no sé cómo terminó la historia. Pero ese momento quedó en mi memoria porque fue una de las primeras veces que tomé consciencia (aunque no lo pude verbalizar sino hasta mucho después en la vida) que las palabras tienen más de un significado y que la manera en que interpretamos las palabras tiene consecuencias en nuestras acciones.

Obviamente, cuando la maestra se refirió a “un dibujo pobre” ella estaba hablando de un dibujo básico al que podrían agregarse otros elementos para completarlo. Pero cuando Guillermo escuchó “pobre” lo entendió (quizá con picardía, quizá por su propia situación en la vida) como “carente de dinero”. Y eso lo llevó a actuar de la manera que lo hizo.

Todos nosotros estamos en una situación similar todos los días con cada palabra y cada frase que escuchamos porque, para reaccionar a lo que se nos dice y actuar consecuentemente, debemos primero interpretar esa frase. Y no existe ninguna garantía que nuestra interpretación sea la correcta. 

De hecho, la interpretación o, técnicamente, la hermenéutica es un antiquísimo problema que los griegos y romanos de hace milenios contextualizaron en el marco de las relaciones entre los seres humanos y los dioses. Después de todo, si los dioses les dicen algo a los humanos, es de suma importancia interpretar ese mensaje correctamente. 

El dios encargado de llevar los mensajes de los dioses a los humanos era Mercurio entre los romanos o Hermes para los griegos. Se lo reconoce por llevar alas en sus talones y en su casco. Además, su nombre en griego es el origen de nuestra palabra “hermenéutica” (proceso de interpretación).

Ahora bien, cuando alguien recibe un mensaje y lo entiende (sea como fuese que lo entienda), esa persona pasó de una situación en su vida a otra, de no saber a saber, de no entender a entender. Es decir, cruzó un “umbral”, por así decirlo. Por eso, Mercurio/Hermes también era el dios de los umbrales, sea en las puertas de las casas o en la entrada a la ciudad.

Pero Mercurio/Hermes, al llevar sus mensajes, nunca se presentaba como quien era, sino que se disfrazaba. No mentía ni engañaba: el mensaje era transmitido correctamente. Pero, debido al disfraz de Mercurio, el mensaje siempre tenía más de una interpretación. Siempre. Y más allá del mito, la situación no ha cambiado. 

Podemos reírnos que un niño pequeño entienda una palabra con un significado distinto al que su maestra intentaba darle. Pero ¿qué nos pasa a nosotros, los adultos, con palabras de gran impacto en nuestras vidas, como “pobreza”, “racismo”, “reforma” e incluso “democracia”? Mercurio/Hermes nos sigue engañando.

Nuestro poder destructivo ya excedió cond mucho nuestro nivel de madurez

El pasado 4 de mayo, un niño de cinco años residente en Orem (Utah, Estados Unidos) decidió hacer lo que todo niño de esa edad hace cuando la madre se niega a comprarle un Lamborghini e verdad: se subió a la camioneta de la familia y comenzó a conducir por la carretera para dirigirse a California y comprarse en persona eso costoso vehículo.

Tres kilómetros después, ya en la carretera, un oficial de policía lo detuvo sin incidentes. El niño, quien nunca antes en su vida había manejado un carro, no sólo lo puso en marcha, sino que supo subirse a la carretera en la dirección correcta y supo qué hacer y cómo detenerse cuando vio las luces del patrullero.

Tras el incidente, la familia del pequeño fue duramente criticada en las redes sociales por haber permitido que alguien “sin la madurez suficiente” quedase solo, sin permiso y sin aviso como conductor de una camioneta en una carretera interestatal. Y aunque no pasó nada, el argumento es que podría haber sucedido una tragedia por la inmadurez del pequeño. 

Pero la verdad es que la edad cronológica y el nivel de madurez no van juntos. En la carretera he visto a adolescentes y a adultos conducir de peor manera de la que, según los reportes, condujo el niño de Utah. Y he visto a “adultos” (por favor, notar las comillas) en altísimos puestos en sus organizaciones o empresas que actúan peor que un niño inmaduro. 

Y esa inmadurez que afecta a un creciente número de individuos se vuelve peligrosa para todos cuando esos individuos inician su propio viaje en la carretera de la vida con el único propósito de satisfacer sus deseos, sin consideración ni por su familia, ni por los otros, ni por las consecuencias.

Aún peor, la humanidad en su totalidad está actuando desde tiempo inmemorial con un alto nivel de inmadurez, como lo demuestran los siglos y milenios de guerras, hambre, pobreza, discriminación e interminables conflictos en todo el planeta.  

Recientemente, el futurista Nikola Danaylov, fundador del blog Singularity (Singularidad) y autor del libro Conversaciones con el Futuro, advirtió que ya se ha traspasado la barrera que antes permitía que el poder destructivo de la humanidad fuese controlado por la humanidad. 

Según Danaylov, nuestra capacidad de destrucción ya supera y con mucho nuestra sabiduría, especialmente en Occidente. Específicamente, dijo, el poder tecnológico que la humanidad ahora tiene en sus manos (como inteligencia artificial y energía nuclear) sobrepasa la sabiduría para usarlo. 

Desde esa perspectiva, todos somos niños pequeños conduciendo por primera vez una camioneta en una transitada carretera, poniendo en peligro nuestras vidas y la de los otros. Pero, al contrario de lo que sucedió con el niño de Utah, nadie vendrá a detenernos o a socorrernos antes de causemos una tragedia. 

Danaylov basó su advertencia tras haber hablado del tema con decenas de científicos, filósofos y expertos. Su conclusión resulta innegable: el crecimiento exponencial de las tecnologías inteligentes va acompañado del crecimiento exponencial de la inmadurez humana. 

Me dijeron que en el Mundo del Revés…

La recordada cantante argentina María Elena Walsh nos presentaba en una de sus canciones al Reino del Revés en el que “dos y dos son tres” y en el que “si miras, no ves”. Se trata, obviamente, de un mundo de fantasía donde no rigen las mismas reglas que seguimos en nuestro mundo. Pero quizá no sea algo tan fantasioso. 

Recientemente, la NASA indicó que sus científicos trabajando en la Antártida detectaron “evidencia de un mundo paralelo en el que las reglas de la física son las opuestas a las de nuestro mundo”. 

En ese Reino del Revés, detectado por la NASA gracias a unas partículas llamadas neutrinos tau, el tiempo se mueve hacia el pasado (desde nuestra perspectiva). A la vez, dice el comunicado de la NASA, si en ese otro universo paralelo (pero opuesto) hubiese habitantes, ellos considerarían que nuestro universo es el Mundo del Revés.

El tema no es nuevo. La idea de un universo paralelo ha sido explorada por pensadores, escritores, científicos y místicos por milenios. 

Pero quizá una de las mejores representaciones (llena de humor y de color) sea el episodio The Farnsworth Parabox de Futurama, de junio de 2003, en donde precisamente se explora qué universo es el “Universo A” y, entre otros temas existenciales, cuán frágil es cada universo.

En definitiva, el orden que vemos en nuestro universo no es nada más que el caos al que nos hemos acostumbrado. Y las reglas y leyes de nuestro universo aparentemente sólo se aplican a nuestro universo, es decir, son “regionales”, o, dicho de otro modo, funcionan sólo dentro de nuestra “burbuja”, pero no en la totalidad del multiverso. 

Quizá tengan razón los habitantes del mundo paralelo cuando, al ver lo que pasa en nuestro mundo, afirmen que somos nosotros quienes nos movemos en la dirección equivocada. Después de todo, mientras nosotros nacemos para morir, ellos (porque el tiempo fluye en otra dirección), surgen de la muerte y viven para nacer (una idea absolutamente atrayente.)

Pero, además, en nuestra vida diaria, estamos en un momento en el que, como decía María Elena Walsh, nuestro mundo pequeño está literalmente al revés, donde dos y dos ya no son tres, sino lo que el jefe decida (como enseñaba Anthony De Mello en El Canto del Pájaro) y en el que miramos, pero no vemos. 

Miramos las noticias y miramos las redes sociales, pero no vemos la realidad. Miramos a las máscaras, pero no vemos a las personas. Miramos los profundos e irreversibles cambios que un virus nos obliga a hacer, pero no vemos la oportunidad de crear un nuevo futuro y, peor aún, queremos volver a un pasado nostálgico que nunca existió.

Como bien decía Gandhi en su lista de los Siete Pecados Capitales, queremos riqueza sin trabajo, placer sin consciencia, conocimiento sin carácter, negocio sin ética, ciencia sin humanidad, religión sin sacrificio y política sin principios. 

Estamos en un verdadero Mundo del Revés: tenemos la oportunidad de ir hacia el futuro y vamos hacia el pasado. 

Siempre vivimos cerca del Leteo y bebemos su agua hasta saciarnos

Una manera de saber cuánto nos hemos olvidado del pasado es ver cuántos monumentos se erigieron para recordar lo que en su momento fue un gran acontecimiento. Por ejemplo, con la excepción de pequeños monumentos en Colorado y en Australia, prácticamente nada se construyó para recordar la pandemia que azotó el mundo a partir de 1918.

De hecho, se dice que a pesar de los millones de muertos en todo el mundo por la (mal) llamada “gripe española, hacia 1925 el caso había sido prácticamente olvidado y ese olvido parece haber sido una de las razones por las que el mundo, al enfrentar una nueva plaga (otra más en una milenaria lista) aparenta estar poco preparado. 

Pero no se trata solamente de habernos olvidado de un importante hecho histórico. Eso en sí ya es riesgoso porque la historia, como la vida, tiene sus vueltas y, por eso, olvidarse del pasado es perpetuarlo y repetirlo. 

Nuestro olvido va más allá de fechas, gobernantes y estadísticas. Es un olvido tan profundo que se vuelve irreconocible: nos hemos olvidado de nosotros mismos. Aún peor, nos olvidamos de que nos hemos olvidado. 

Por eso, no solamente no erigimos monumentos para recordar el pasado, sino que tampoco erigimos monumentos (o escribimos libros, o creamos arte) para comunicarnos con nuestro propio futuro. Como ya nos olvidamos de ser nosotros mismos tampoco sabemos lo que podemos llegar a ser y ni siquiera tratamos de comunicarnos con nuestro futuro ser. 

Platón, en su típica manera, lo describió con un mito al final de La República. Aunque mucho se habla en estos días del famoso mito (o alegoría) de la Caverna (también en La República), el Mito de Er me resulta más interesante, tanto por la historia en sí como por su inmensa influencia filosófica, teológica, psicológica y literaria por los siguientes 2400 años.

El lector interesado puedo encontrar el Mito de Er en el libro 10 de La República o puede fácilmente encontrarlo en línea. En su elemento más básico, Er muere en batalla y luego revive y cuenta la historia de lo que vio “al otro lado”. Y lo que cuenta Er es que cada uno de nosotros, antes de nacer, bebe el agua del río Leteo, el río de Olvido. 

Dicho de otro modo, nacemos habiéndonos olvidado de quienes somos y sin saber que nos hemos olvidado. Por eso, durante la vida, seguimos bebiendo del río del Olvido una y otra vez (lo llamamos diversión, educación, religión o el nombre que fuese), profundizando nuestro olvido existencial hasta el punto de no retorno.

Y luego, cada tanto, algo acontece que nos sacude y sacude la estructura misma de nuestro mundo, nuestra cultura y nuestra sociedad. Ese “algo” (una pandemia, por ejemplo), al revelar nuestra vulnerabilidad y fragilidad, nuestra nihilidad, puede potencialmente hacernos pensar que nos estamos olvidando de algo y llevarnos a recuperar lo olvidado.

De hecho, para los griegos, todo aprendizaje era un recuerdo. Y lo opuesto de Leteo es la aletheia, es decir, la verdad. 

Volvimos a la caverna demasiado rápido y demasiado seguros

Ya volvimos a la caverna, demasiado rápido y demasiado seguros que esta era la única y mejor opción. O, si se prefiere, regresamos a Egipto porque preferimos lo ya conocido (aunque fuese malo) a la responsabilidad de construir nuestro propio futuro. Duró poco la esperanza de que un virus nos enseñase algo sobre nosotros mismos. Ni los virus ni los dioses pueden hacerlo.

Salimos de la caverna (la llamamos “vida normal”) por sólo unos instantes y el sol nos encegueció, pero, en vez de esperar a que nuestros ojos se acostumbrarse a la nueva luz y a que nuestra mente reevaluase la antigua realidad, volvimos corriendo a las sombras que, aunque ilusorias, son las sombras que siempre hemos conocido.

Por un momento se resquebrajó la ilusión, pero antes de que se derrumbase del todo caímos en la peor ilusión de todas, en la de creer que habíamos superado la ilusión. Nos hicimos creer a nosotros mismos, con el más profundo autoengaño, que lo mejor era “volver a la normalidad”, aunque esa “normalidad” fuese una vida encadenada mirando sombras sobre una pantalla.

Salimos al desierto y cuando no vimos caminos (ni comida) regresamos a los caminos conocidos, donde la esclavitud garantiza que, como esclavos, nos van a alimentar (pero solamente, como resulta obvio, hasta cierto punto.) 

Tanto nos sedujo la seguridad y estabilidad de la esclavitud (en griego, “doulos” significa tanto “esclavo” como “empleado”) que nos impidió asumir la responsabilidad de la libertad individual y colectiva de marchar a un futuro prometido, pero en el que no hay caminos, no hay garantías y hay muchos enemigos. Preferimos ser parte del futuro de otros en vez de ser nosotros mismos.

La pantalla estupefaciente pudo más que el sol brillante. La imagen del faraón de turno pudo más que el impulso del nacimiento de nuestro propio ser. El mensaje de volver a la normalidad (es decir, de perpetuar el pasado) nos atrapó como lo haría el canto de la sirena. De hecho, nos cautivó en todo el sentido de la palabra: quedamos cautivos de nuestra cautividad.

El sol brilló, el mar se partió, el trueno habló y el futuro nos convocó. Pero nosotros, adultos infantilizados con mentes cerradas y narcisistas, preferimos la oscuridad, la cerrazón, el anti-diálogo y el fracaso existencial a abrir nuestra mente, nuestro corazón, nuestro espíritu nuestra voluntad a nuestra propia multidimensionalidad.

Por un momento, por sólo un instante, un virus (o la divinidad, o el Universo, o todos ellos y ellas juntos y juntas) nos mostraron una mariposa y nosotros, las orugas, no nos vimos a nosotros mismos en la mariposa. No nos reconocimos. No supimos que esa mariposa somos nosotros mismos. El encierro nos encerró en un mundo pequeño, tan pequeño que no nos dio escape. 

El capullo también es una forma de encierro, pero la crisálida no está allí para volver al pasado sino para transformar su cuerpo y su mente para un nuevo futuro. Otras en otros lugares volarán. Nosotros, como decía Kundera, seguimos siendo principiantes. 

Cada pieza de un rompecabezas aún no terminado sigue siendo valiosa

Realicemos este experimento mental: supongamos que, por algún motivo, cada día recibimos una pieza de un rompecabezas. No sabemos cuántas piezas tiene el rompecabezas y desconocemos la imagen final. Por eso, surge la pregunta: ¿qué hacemos con las piezas del rompecabezas que ya tenemos?

Existen, obviamente, varias opciones. Por ejemplo, podemos ir juntándolas hasta contar con suficientes piezas como para comenzar a tratar de armar algo. O podemos ignorar todas esas piezas, ya que no sabemos si alguna vez recibiremos la pieza final, por lo que sería ridículo dedicarle tiempo a una tarea imposible.

Pero una cosa es cierta: con cada nueva pieza aumentan las probabilidades de que podamos comenzar a construir por lo menos parte de la imagen y, por eso mismo, aumentan las posibilidades de que algún día, en las condiciones correctas, resolvamos el rompecabezas. 

Y otra cosa también es cierta: si descartamos todas las piezas, aunque continuamente sigan llegando piezas nuevas día tras día, nunca tendremos la oportunidad de resolver el rompecabezas. 

Dicho de otro modo, tenemos que tomar la decisión de determinar si cada pieza es valiosa en sí misma, aunque no veamos ese valor inmediatamente, o si, precisamente porque no vemos ningún valor inmediatamente, las piezas del rompecabezas no valen nada y, de hecho, el rompecabezas en sí no vale nada.

Si aceptamos la primera opción, ordenaremos y reordenaremos (esa es la clave) las piezas que ya tengamos, no para ajustarlas a lo que nosotros veamos en ellas, sino para que ellas nos muestren lo que nos quieran mostrar. Como alguien dijo, cuando ves un árbol, no ves el árbol, sino que es el árbol quien te dice “¡Hola!” 

Si, por el contrario, aceptamos la segunda opción y descartamos todas las piezas, entonces no hay ni habrá rompecabezas para resolver y cada nueva pieza será tan carente de significado como todas las que la precedieron y todas las que la seguirán.

Pero ¿qué pasaría si en algún momento, por algún tipo de misteriosa circunstancia, nos damos cuenta de que, aunque las piezas llegaban una por una, siempre tuvimos con nosotros y en nosotros todas las piezas del rompecabezas? Quizá estábamos tan concentrados en la nueva pieza que no comprendíamos que ya teníamos todas las piezas. 

Este ejercicio mental, bien entendido y llevado al extremo, debería indicarnos que no vemos el futuro porque no queremos verlo. 

“Estamos siendo confrontados por algo tan completamente fuera de nuestra experiencia colectiva que realmente no le vemos, ni siquiera cuando la evidencia es abrumadora”, escribió Ed Ayers. Pero Ayers no escribió esa observación ahora ni lo hizo en referencia a la pandemia o al coronavirus. Lo hizo en su libro La última oferta de Dios en 1999. 

¿Por qué Ayers pudo ver el futuro y nosotros no? Porque, dijo Ayers, “la sociedad humana amenazada se vuelve más ciega al caer”. Y la ceguera es tan grande que no tomamos consciencia de que no vemos. Tenemos todas las piezas del rompecabezas, juntas y en orden, y no las vemos. ¡Qué lástima!

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