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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

¿Es el Sistema Solar un ser vivo y en evolución?

Una reciente imagen difundida por la NASA muestra que el Sistema Solar, cuando se tiene en cuenta el campo magnético generado por el Sol y los vientos solares, luce como una criatura en gestación, algo que no ha pasado desapercibido para aquellos que sostienen que el Sistema Solar es parte de un universo viviente y evolucionando.

En vez de la usual representación de un sistema planetario con el sol de gran tamaño en el medio, más los planetas en sus órbitas y algunos elementos adicionales (asteroides entre Marte y Júpiter, numerosos objetos más allá de Neptuno), el Sistema Solar, con su heliosfera incluida, semeja, para algunos, un cuerpo alienígena y, para otros, una especie de cometa. 

Para los astrónomos que estudiaron y midieron la heliosfera (basándose en seis décadas de estudios previos), la forma del Sistema Solar parece una “medialuna (croissant) desinflada”. 

Sea como fuere, no es la imagen habitual que tenemos de nuestro sistema planetario y, por lo tanto, surge la pregunta de cuánto sabemos en realidad del Sol y los planetas y, sobre todo, de la “identidad” del Sistema Solar. 

¿Se trata solamente de una acumulación azarosa de gases y rocas que, tras chocharse entre ellos adoptaron la forma que ahora tienen? ¿O se trata de algo más, quizá de una especie de ser cósmico en gestación que aún no ha salido de su etapa inicial? 

Y si ese fuese el caso, es decir, si se acepta que el Sol y sus acompañantes espaciales forman parte de una entidad viviente, ¿no se estaría confirmando lo que numerosos pueblos antiguos enseñaron y creyeron durante milenios? 

Seamos claros: el estudio de la NASA ni dice ni sugiere nada de eso. Pero varios comentaristas de temas científicos expresaron, al ver la imagen, que no se necesita demasiada imaginación para ver esa imagen como si fuese algo viviente. 

Y entonces, ¿dónde quedamos nosotros? Dicho de otro modo, si nosotros, pequeños componentes del Sistema Solar (e insignificantes componentes del Universo) podemos detectar con nuestra limitada consciencia que el Sistema Solar tiene vida, ¿qué clase de consciencia y qué clase de vida tiene el Sistema Solar? ¿Y en qué se está transformando? 

¿Es el Sistema Solar una especia de oruga espacial que en su momento se transformará en una mariposa de impensables proporciones? ¿Y qué pasará con nosotros (mejor dijo, nuestros descendientes) cuando esa metamorfosis tenga lugar? 

Quizá sea hora de repensar no solamente lo que sabemos del Sol y de los planetas, sino que lo asumimos que sabemos y lo que creemos que sabemos. Después de todo, si el Sol no es lo que creemos, entonces nosotros tampoco somos lo que creemos. Quizá sea adecuado aceptar que es más lo que asumimos que lo que sabemos. 

La idea del Sol y los planetas como seres vivos ni es nueva ni es reciente. De hecho, los faraones se consideraban descendientes del Sol y los planetas llevan nombres de dioses. Pero ver al Sistema Solar como un ser en gestación ofrece nuevas (y atrevidas) posibilidades. 

 

 

“¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo?”

Hace años, cuando mis hijos eran pequeños, fuimos con la familia de excursión a las montañas. En el camino de ida, mis hijos repitieron con frecuencia una sola pregunta: ¿Cuánto falta para llegar? Y al final del día, regresando hacia la casa, nuevamente repitieron la misma pregunta: ¿Cuánto falta? Y es lo mismo que nos preguntamos durante esta pandemia: ¿Cuánto falta? 

En la antigüedad, en tiempos de crisis, fuesen plagas, guerras o hambrunas, los profetas y los creyentes elevaban sus manos, sus ojos y sus voces al cielo y exclamaban “¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo?”, pidiendo la intervención de la divinidad para terminar con una crisis que, de otro modo, terminaría con el pueblo afligido por esa crisis. 

En el siglo 21 ya no le imploramos a la divinidad ni buscamos su intervención. Y no porque, como dijo Nietzsche, Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, sino porque ya ni siquiera nos interesa si Dios vive o si murió, o si alguna vez existió. De hecho, en medio de la crisis, hemos pasado del “¿Hasta cuándo, Dios?” al “¿Y a mí qué me importa?”

Y aunque a Dios, vivo o muerto, ya no lo buscamos (de hecho, ya ni siquiera lo molestamos para saber si realmente dijo lo que nosotros decimos que dijo), encontramos otras entidades cuasi-supremas, como el gobierno y la ciencia, a quienes les suplicamos que aceleren el proceso de sacarnos de esta crisis. Y si no lo hacen, entonces ya no “creemos” en ellas. 

Estamos como los niños en el asiento trasero del carro: somo parte del viaje, pero no conducimos el vehículo, no conocemos la ruta, no sabemos cuánta falta y no tenemos idea de a dónde vamos. Aún peor, los “conductores” (el gobierno, la ciencia) se muestra casi impotentes en su tarea de sacarnos adelante y ni siquiera pueden ofrecer respuestas medianamente coherentes.

En muchos aspectos, podría decirse que hasta nos tratan como los niños en el carro: nos dan respuestas evasivas como para calmarnos, pero esas respuestas sólo se pueden usar unas pocas veces antes de que quedan “desgastadas” y se vuelvan inaceptables. Para ser más directo, se vuelven mentiras (y quizá siempre lo fueron). 

Pero a diferencia de un viaje a las montañas, en este caso ya no hay un regreso. No se puede volver al pasado. Algo cambió definitivamente para siempre. 

Aunque todo luce igual (los parques, los restaurantes, el gimnasio, las escuelas), nada se siente igual. Una entidad invisible y maligna nos acecha y, al contrario de lo que sucedía en la antigüedad, ya no tememos una divinidad a quien cuestionar ni rituales o amuletos que nos protejan. Mientras tanto, no sabemos ni a dónde vamos ni cuánto falta.  

Quizá por eso este sea un excelente momento para regresar al estoicismo de la antigüedad, una filosofía que (aunque muchos no lo saben) sirvió de fundamento tanto al cristianismo como a la psicología moderna.  Quizá sea este el momento de simplemente ir, sin preguntar ni cuánto falta ni a dónde vamos. 

Ni emprendedores ni aprendedores, sino tecno-avarientos

En 2003, en la tercera edición de su libro Entrepreneurship (Emprendimiento), además de hablar por primera vez de comercio electrónico, Marc Dollinger actualizó su definición de “emprendedor” para describir a la persona o grupo de personas capaces de “crear e innovar” con propósitos económicos “en condiciones de riesgo y de incertidumbre”. 

En ese contexto, “riesgo” se refiere a las variaciones de resultados o ganancias que una cierta actividad comercial puede generar. “Incertidumbre” es la diferencia entre lo que el emprendedor sabe y lo que el emprendedor debe estimar para obtener los resultados deseados. 

Dollinger actualizó su libro y sus definiciones cuando Estados Unidos aún se recuperaba de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y cuando, tanto a nivel personal como nacional, los niveles de riesgo y de incertidumbre eran altísimos. 

Por eso, explicaba Dollinger, después de 2001, un “nuevo emprendedor” había surgido, no el que fundaba un pequeño negocio y se convertía en jefe, sino el que creaba redes de organizaciones en las que podía, o no, ser el líder. El nuevo emprendedor no se enfocaba en un oficio, sino en un negocio. Y no quería tecnología, sino innovación.

Aún más importante, el nuevo emprendedor actuaba de manera global y ya no se trataba ni solamente de hombres ni los hombres eran la mayoría entre las personas emprendedoras. 

Menos de dos décadas, tras la Gran Recesión a partir de 2008 y en medio de una pandemia global, en condiciones de riesgo y de incertidumbre que probablemente Dollinger jamás pudo imaginar, ser emprendedor se ha devaluado tanto que se ha convertido en enrolarse en un programa de multinivel por haber visto un aviso en las redes sociales. 

¿Dónde han quedado aquellas características de enfrentarse al riesgo y a las variaciones del mercado? ¿Qué pasó con la habilidad de saber lo que uno sabe y de saber lo que aún falta aprender? ¿Y por qué resulta difícil encontrar a alguien con verdadera visión global e inclusiva, es decir, con mente, corazón y manos abiertas al mundo y al futuro? 

Una posible respuesta es lo que podría denominarse la tecno-avaricia, o, dicho de otro modo, el deseo de generar “riquezas abstractas” y de manera rápida, sin trabajo, siendo “intermediario” (“afiliado”, dicen algunos) entre el creador de un producto o servicio y el consumidor. 

Riqueza sin trabajo es uno de los siete pecados capitales que enumeraba Gandhi. Y, en este caso, “sin trabajo” no equivale a “sin empleo”, sino a no asumir las responsabilidades que le compete al emprender (conocer el mercado, ver las oportunidades, desarrollar un producto) y a no asumir los riesgos de un emprendimiento, pero querer todos los resultados y ganancias. 

Ahora, en un momento crucial de la historia en la que un virus desnuda las falencias de sistema que desde hace 500 años casi no funciona y de una filosofía que hace dos milenios y medio rige el pensamiento occidental, las visiones y acciones de los verdaderos emprendedores son más urgentes que nunca. Y casi no existen. 

Nos hemos separados de todo y de todos, hasta de nosotros mismos

Recientemente aprendí que, en Bali, Indonesia, los nombres de las personas incluyen ocho componentes que, para quien los entienda, revelan numerosos detalles sobre la familia y la historia del portador de ese nombre. Nosotros, mientras tanto, tenemos sólo un nombre y un apellido y, en muchos casos, nuestra identidad se reduce a un número.

En el capítulo 10 de su interesante libro Cuentos de una Nómada, Rita Golden Gelman relata su llegada a Bali y el encuentro con un hombre quien, tras darle su nombre, le explicó cada uno de los componentes: si es hombre o mujer, a qué nivel social pertenece, dónde nació, cuántos hermanos tiene, qué significan su nombre y apellido, y de qué aldea y provincia proviene. 

En el caso específico de la persona con quien se encontró Golden Gelman, el nombre indica que es un hombre de clase alta nacido en un palacio y con cuatro hermanos mayores, su nombre propio significa Caracol del Gran Palacio, y los otros elementos son la aldea y la ciudad en donde vive su familia.

De esa manera, el nombre de esa persona queda conectado con un contexto social, cultural, histórico y geográfico que, para el entendedor, permite conocer mucho de la persona al solamente conocer su nombre. Dicho de otro modo, el nombre es mucho más que sólo una etiqueta de identificación. 

Mientras tanto, en nuestro caso, los nombres prácticamente han desaparecido y han sido reemplazados por números, mayormente el documento de identidad y la licencia de conducir, pero también el pasaporte y la tarjeta de crédito. E incluso si alguien nos pregunta el nombre, la identificación no queda completa sino hasta verificar los números mencionados.

Esto significa que nos hemos separado, alienado, de nuestra sociedad, cultura, geografía e historia. Estamos desconectados de nosotros mismos y, al ser sólo números, dejamos de ser personas para ser sólo cálculos. 

Y eso que hacemos con las personas, también lo hacemos con las ciudades. El 4 de septiembre de 1781, un grupo de españoles fundó El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río Porciúncula.

El nombre indicaba que el lugar ya no era un mero asentamiento, sino un pueblo (es decir, planificado y con autoridades), que se dedicaba el nuevo pueblo a la Virgen María en su caracterización como “Reina de los Ángeles” y que el nombre era en homenaje a la Iglesia Santa María de los Ángeles en Assisi (Italia central), ubicada junto al río Portiuncula (en italiano). 

Con el correr del tiempo, esa ciudad se llamó simplemente “Los Ángeles”, sin referencia ni a la Virgen María, a Assisi (de donde provenían algunos de los fundadores) ni al río Porciúncula. Y ahora ya ni los ángeles quedan y la ciudad se conoce sólo como “L.A.” De trece palabras, sólo quedan dos letras y nada de la historia. 

Cuando nos desconectamos de nosotros mismos, también nos desconectamos de los otros, de la naturaleza y, en definitiva, del universo. Esa alienación nos lleva al olvido de nuestro propio ser.  

De este lado de la pared galáctica, el diálogo se ha infantilizado y la negación, globalizado

Recientemente la NASA anunció que, escondida detrás de la Vía Láctea, existe una “pared galáctica” de asombrosas proporciones y que, pesar de su inmenso tamaño, sólo ahora pudimos descubrir porque nuestra propia galaxia la encubría. Me pregunto entonces qué se esconde que aún no podemos ver detrás de la pared galáctica.

Y también me pregunto cómo puede ser que problemáticos bípedos implumes en un insignificante planeta orbitando una pequeña estrella en un remoto rincón de la galaxia sigamos creyendo que los límites de nuestros conocimientos son los límites de la realidad. Después de todo, hasta hace menos de un siglo creíamos que la Vía Láctea era todo el universo.

Se le puede perdonar a una criatura pequeña, que habitualmente sólo puede ver a no más de medio metro de distancia, que crea que el mundo se termina allí hasta donde alcanza su vista. Por eso, a los bebés les causa risa que un objeto que ellos creían desaparecido luego reaparezca, como cuando la madre juega a “esconder” un juguete y luego “reaparecerlo” ante el bebé. 

También se les puede perdonar a los niños de corta edad que crean durante varios de los primeros años de sus vidas que sus padres nacieron adultos, que los padres nunca fueron niños. De hecho, se requieren varios años hasta que los niños forman la idea de “pasado” y muchos más años para llegar a entender que existe un pasado histórico y prehistórico. 

Mientras tanto, con un entendimiento limitado del tiempo, los niños asumen que antes de ellos no hubo nada y sólo lentamente comprenden que, en realidad, llegaron a un mundo que les precedía, tanto en un sentido “geológico” como “cultural”. 

A los niños se les puede perdonar que confundan los límites de “su” mundo con los límites del mundo, pero para los adultos no hay excusas, sepan o no sepan lo que hacen. Sólo la más profunda ignorancia arrogante, que se reconoce ignorancia. pero no le importa (cuyos ejemplos se repitan ahora a diario y en todos los niveles) cree que “su” mundo es “el” mundo.

Sin embargo, eso es exactamente lo que vemos en estos tiempos y, quizá, lo que siempre nos ha sucedido a los humanos: tomamos lo parcial como si fuese la totalidad, lo provisorio como si fuese lo definitivo y lo pasajero como si fuese permanente. Y además confundimos lo cotidiano con lo normal y el mapa con el territorio. 

Por eso, de este lado de la inmensa pared galáctica que la NASA recientemente descubrió el diálogo se ha infantilizado y la negación se ha globalizado. 

Muchos diálogos ahora comienzan con “De esos temas no se debe hablar”, pero “esos temas” son precisamente aquellos que se enfocan en las relaciones entre los humanos, entre grupos de humanos, y de los humanos con el universo o la divinidad. Es decir, son temas de los que deberíamos hablar. 

Pero el “negacionalismo” se ha expandido tanto que la lógica, si aún existe, deba haber quedado al otro lado de la pared galáctica. 

Sobran temas e ideas, pero faltan mentes y corazones abiertos

Debo confesar que, a casi dos décadas de decidirme a escribir un comentario semanal (siempre de exactamente 500 palabras), no me faltan ni temas ni ideas para explorar o para compartir. Pero la creciente desilusión al ver la pérdida de la capacidad de diálogo y de introspección me hacen dudar si continuar con esta tarea, cada vez más parecida a “una voz en el desierto”.

Entre los muchos temas de los que se podría hablar esta semana figuran, por ejemplo, el descubrimiento de que el tiburón ballena tiene dientes en sus ojos, algo antes nunca visto en el reino animal. O el anuncio de que, en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, existirían decenas de miles de millones de planetas similares a la tierra, es decir, con capacidad de vida “humana”. 

O quizá podríamos analizar lo que Sartre dijo en 1943 (El Ser y la Nada): “Todo lo que me pasa a mí me pasa por mí”, subrayando la necesidad de asumir la responsabilidad personal de lo que nos pasa aún e las peores circunstancias. 

¿Y por qué no comentar la dura advertencia de Fritjof Capra en 1982 (The Turning Point, capítulo 8) cuando dijo que “el Pentágono planifica la extinción de la especie humana y de muchas otras”? 

Sin embargo, de nada sirve hablar de ese o de muchos otros temas con el potencial de tener un efecto transformador en nuestra manera de pensar, decidir y actuar, si, como lo indica un reciente reporte, uno de cada tres estudiantes de secundaria en Estados Unidos nunca vuelve a leer un libro tras terminar la escuela. Y entre universitarios es uno de cada cuatro. 

Además, 70 por ciento de los adultos estadounidenses no ha leído un libro completo en cinco años. Y 80 por ciento de las familias compra un solo libro por año o ninguno. 

En ese contexto, todo se vuelve opinión, es decir, el conocimiento desaparece y se asume que todo lo que se dice carece de fundamento, y, por lo tanto, puede rechazarse y reemplazarse por otra opinión, también carente de fundamento, pero más cercana a lo que “uno piensa”. 

La ignorancia se ha vuelto arrogante al punto que, alguien que “sabe mucho” es aquella persona que puede responder correctamente a preguntas triviales sobre celebridades o sobre entretenimiento. 

¡Tanto se podría decir sobre la propuesta del filósofo chileno Gastón Soublette sobre los “peligros y oportunidades de la megacrisis”, como dice el subtítulo de su nuevo libro Manifiesto (publicado a los 93 años)!

Según Soublette, la actual crisis global, no es una crisis ni de salud ni de economía (aunque innegablemente esos elementos están incluidos en la crisis), sino una crisis de espiritualidad, no en el sentido de dogma religioso, sino en el sentido de que nosotros mantenemos los ojos cerrados al cambio y al futuro y, por eso, nos aferramos a la crisis que nosotros hemos creado.

Soublette sugiere que el proyecto de la modernidad surgido en Europa hace 500 años está llegando a su fin. Tiene razón. 

Cuando perdemos la capacidad de dialogar lo perdemos todo

Recientemente leí la historia de un abogado de California que denunció casos de corrupción en la oficina del fiscal de un cierto distrito. Como respuesta, el fiscal acusado le dijo al abogado denunciante que si él (el abogado) no le gustaba la profesión, renunciase y se dedicase a otra cosa.

Ese es uno de los innumerables ejemplos de que ya no podemos ni siquiera mantener una conversación decente y adulta. Hemos perdido la capacidad del diálogo, es decir, la capacidad de conectarnos por medio de la razón y del habla.

En el ejemplo recién mencionado, el tema central de la denuncia era la corrupción de un fiscal y no la capacidad o el deseo de un abogado de continuar con su profesión. Sin embargo, en una maniobra que revela todo desdén por entendimiento y verdad, el tema pasó de ser la corrupción a la inhabilidad del denunciante, cuestionando su credibilidad y motivos.

Pero ese mismo desdén por el diálogo se ve en todos los niveles de la comunicación. En el lugar donde vivo (zona metropolitana de Denver) los fuegos artificiales están prohibidos para uso particular, es decir, sólo pueden ser usados por profesionales. Sin embargo, como todo en la vida, las personas de todos modos compran y usan esos fuegos artificiales.

Obviamente, lo que para unos es “diversión”, para otros es una gran molestia, especialmente si los ruidos y estruendos se repiten noche tras noche y demasiado cerca de la vivienda propia. 

Por eso, un vecino colocó un mensaje en la red social del vecindario pidiendo a aquellos que lanzan fuegos artificiales sin autorización que, antes de hacerlo, si no quieren pensar en sus vecinos, por lo menos piensen en el impacto que las explosiones tienen en las mascotas, especialmente los perros. 

Como respuesta, una de las personas responsables por lanzar ilegalmente los fuegos artificiales, le dijo: “Si tú no sabes cuidar a tus perros, entonces no tengas perros”. 

Una vez más: el tema de la conversación no era la habilidad de una persona para cuidar o no cuidar sus perros, sino el hecho de que alguien, por no cumplir con las ordenanzas vigentes, causaba problemas para sus vecinos y para las mascotas en el vecindario. 

Pero, en vez de asumir la responsabilidad propia por los resultados de sus acciones, el desconsiderado individuo prefirió “sermonear” a quien le pedía reconsiderar sus acciones, como si atacar verbalmente a otras personas nos eximiese de nuestras responsabilidades.

Los ejemplos podrían multiplicarse porque, como ya dijimos, hemos perdido la capacidad del diálogo, incluyendo el diálogo interior. Pero entonces surge la pregunta: cuando alguien responde de una manera tan desconectada y agresiva como en los ejemplos mencionados, ¿lo hace deliberadamente o quizá por ignorancia? 

Si es un acto deliberado y calculado para “dañar” a la otra persona, eso es éticamente inaceptable y altamente destructivo. Y si un acto de ignorancia, entonces nos enfrentamos con una realidad existencial que nos lleva al borde del abismo: no hay futuro si no nos entendemos unos a los otros. 

La razón sin sabiduría se convierte en la sinrazón del fanatismo

Hace pocos días, el 18 de junio de 2020, la Corte Suprema de Estados Unidos emitió un fallo permitiendo la continuación del programa de Acción Diferida por Arribos Infantiles (DACA). Dejando de lado toda cuestión política, ese fallo incluye un elemento que debe destacarse y analizarse: la separación entre la sabiduría y la razón. 

“La sabiduría de esas decisiones (sobre DACA) no es de nuestra incumbencia”, escribió John Roberts, presidente de la Corte Suprema. La determinación de la Corte, dijo Roberts, se basó en que el pedido del Poder Ejecutivo para terminar DACA no incluyó una “explicación razonada” de ese pedido. 

Aún más específicamente, Roberts insistió que las acciones del gobierno deben basarse “en razones” y en “procedimiento racional”, lo cual, claramente, no sucedió en el caso en cuestión.

No nos compete a nosotros (mucho menos dentro del reducidísimo espacio de esta columna) analizar ese dictamen (o cualquier otro) del máximo tribunal estadounidense. Pero debe quedar en claro que separar la sabiduría de la razón es, en el mejor de los casos, algo riesgoso y, más probablemente, algo muy peligroso. 

Como carezco tanto de la capacidad académica como intelectual de hablar sobre la Corte Suprema de Estados Unidos, abandonaré totalmente ese tema, pero antes mencionaré que el reciente fallo sirve de claro ejemplo de una de las raíces profundas de la actual crisis de significado: separar lo sabio de lo racional. 

Eso no significa, obviamente, que la sabiduría y la razón deben fusionarse y confundirse como si fuesen una sola “cosa”. No es ese el caso. Pero tampoco deben cercenarse una de la otra porque, aunque diferentes, coexisten y se retroalimentan constantemente.

El peligro de separarlas resulta claro: cuando la razón se desconecta de la sabiduría, el diálogo se transforma en argumento, el propósito de la vida se reduce a ganar argumentos y, en definitiva, los mejores argumentos triunfan, aunque carezcan totalmente de sabiduría. 

Y mientras que el sabio, precisamente por ser sabio, no habla, sino que escucha, el argumentador, preciosamente por serlo, no escucha, sino que habla. Pero no hablar para enseñar, educar o inspirar, sino para convencer, o, más estrictamente, para manipular ideas y voluntades en una cierta dirección. 

El problema no es nuevo. A esos argumentadores que se vendían al mejor postor para ganar argumentos y que dejaban de lado la sabiduría Platón los llamaba sofistas. No eran ni sabios (sophos) ni amantes de la sabiduría (philo-sophos), sino amantes de las apariencias (philo-doxos). Y ganaban mucho dinero por hacer lo que hacían.

Dicho de otro modo, cuando se separa la sabiduría de la razón, por más carente de sabiduría, de ética y de belleza que sea una idea o una propuesta, si su aceptación parece razonable, será aceptada. Y, la vez, por más sabia que sea una idea o una propuesta, si parece irracional aceptarla, será rechazada. Los ejemplos de esas dos posibilidades son incontables. 

Cuando abiertamente afirmamos que la sabiduría no es de nuestra incumbencia, ya hemos irremediablemente abierto las puertas a la sinrazón del fanatismo. 

Las apariencias engañan… y todo es apariencia

Hace muchos años, cuando yo era todavía un niño en la escuela primaria, la maestra nos pidió hacer un dibujo. Un compañero, Guillermo, completó la tarea y se la entregó a la maestra y (según recuerdo) ella el dijo que era “un dibujo muy pobre”. Guillermo entonces tomó dos monedas, las pegó en el dibujo y se lo volvió a entregar a la maestra. 

Recuerdo el incidente, pero no sé cómo terminó la historia. Pero ese momento quedó en mi memoria porque fue una de las primeras veces que tomé consciencia (aunque no lo pude verbalizar sino hasta mucho después en la vida) que las palabras tienen más de un significado y que la manera en que interpretamos las palabras tiene consecuencias en nuestras acciones.

Obviamente, cuando la maestra se refirió a “un dibujo pobre” ella estaba hablando de un dibujo básico al que podrían agregarse otros elementos para completarlo. Pero cuando Guillermo escuchó “pobre” lo entendió (quizá con picardía, quizá por su propia situación en la vida) como “carente de dinero”. Y eso lo llevó a actuar de la manera que lo hizo.

Todos nosotros estamos en una situación similar todos los días con cada palabra y cada frase que escuchamos porque, para reaccionar a lo que se nos dice y actuar consecuentemente, debemos primero interpretar esa frase. Y no existe ninguna garantía que nuestra interpretación sea la correcta. 

De hecho, la interpretación o, técnicamente, la hermenéutica es un antiquísimo problema que los griegos y romanos de hace milenios contextualizaron en el marco de las relaciones entre los seres humanos y los dioses. Después de todo, si los dioses les dicen algo a los humanos, es de suma importancia interpretar ese mensaje correctamente. 

El dios encargado de llevar los mensajes de los dioses a los humanos era Mercurio entre los romanos o Hermes para los griegos. Se lo reconoce por llevar alas en sus talones y en su casco. Además, su nombre en griego es el origen de nuestra palabra “hermenéutica” (proceso de interpretación).

Ahora bien, cuando alguien recibe un mensaje y lo entiende (sea como fuese que lo entienda), esa persona pasó de una situación en su vida a otra, de no saber a saber, de no entender a entender. Es decir, cruzó un “umbral”, por así decirlo. Por eso, Mercurio/Hermes también era el dios de los umbrales, sea en las puertas de las casas o en la entrada a la ciudad.

Pero Mercurio/Hermes, al llevar sus mensajes, nunca se presentaba como quien era, sino que se disfrazaba. No mentía ni engañaba: el mensaje era transmitido correctamente. Pero, debido al disfraz de Mercurio, el mensaje siempre tenía más de una interpretación. Siempre. Y más allá del mito, la situación no ha cambiado. 

Podemos reírnos que un niño pequeño entienda una palabra con un significado distinto al que su maestra intentaba darle. Pero ¿qué nos pasa a nosotros, los adultos, con palabras de gran impacto en nuestras vidas, como “pobreza”, “racismo”, “reforma” e incluso “democracia”? Mercurio/Hermes nos sigue engañando.

Nuestro poder destructivo ya excedió cond mucho nuestro nivel de madurez

El pasado 4 de mayo, un niño de cinco años residente en Orem (Utah, Estados Unidos) decidió hacer lo que todo niño de esa edad hace cuando la madre se niega a comprarle un Lamborghini e verdad: se subió a la camioneta de la familia y comenzó a conducir por la carretera para dirigirse a California y comprarse en persona eso costoso vehículo.

Tres kilómetros después, ya en la carretera, un oficial de policía lo detuvo sin incidentes. El niño, quien nunca antes en su vida había manejado un carro, no sólo lo puso en marcha, sino que supo subirse a la carretera en la dirección correcta y supo qué hacer y cómo detenerse cuando vio las luces del patrullero.

Tras el incidente, la familia del pequeño fue duramente criticada en las redes sociales por haber permitido que alguien “sin la madurez suficiente” quedase solo, sin permiso y sin aviso como conductor de una camioneta en una carretera interestatal. Y aunque no pasó nada, el argumento es que podría haber sucedido una tragedia por la inmadurez del pequeño. 

Pero la verdad es que la edad cronológica y el nivel de madurez no van juntos. En la carretera he visto a adolescentes y a adultos conducir de peor manera de la que, según los reportes, condujo el niño de Utah. Y he visto a “adultos” (por favor, notar las comillas) en altísimos puestos en sus organizaciones o empresas que actúan peor que un niño inmaduro. 

Y esa inmadurez que afecta a un creciente número de individuos se vuelve peligrosa para todos cuando esos individuos inician su propio viaje en la carretera de la vida con el único propósito de satisfacer sus deseos, sin consideración ni por su familia, ni por los otros, ni por las consecuencias.

Aún peor, la humanidad en su totalidad está actuando desde tiempo inmemorial con un alto nivel de inmadurez, como lo demuestran los siglos y milenios de guerras, hambre, pobreza, discriminación e interminables conflictos en todo el planeta.  

Recientemente, el futurista Nikola Danaylov, fundador del blog Singularity (Singularidad) y autor del libro Conversaciones con el Futuro, advirtió que ya se ha traspasado la barrera que antes permitía que el poder destructivo de la humanidad fuese controlado por la humanidad. 

Según Danaylov, nuestra capacidad de destrucción ya supera y con mucho nuestra sabiduría, especialmente en Occidente. Específicamente, dijo, el poder tecnológico que la humanidad ahora tiene en sus manos (como inteligencia artificial y energía nuclear) sobrepasa la sabiduría para usarlo. 

Desde esa perspectiva, todos somos niños pequeños conduciendo por primera vez una camioneta en una transitada carretera, poniendo en peligro nuestras vidas y la de los otros. Pero, al contrario de lo que sucedió con el niño de Utah, nadie vendrá a detenernos o a socorrernos antes de causemos una tragedia. 

Danaylov basó su advertencia tras haber hablado del tema con decenas de científicos, filósofos y expertos. Su conclusión resulta innegable: el crecimiento exponencial de las tecnologías inteligentes va acompañado del crecimiento exponencial de la inmadurez humana. 

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