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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Estamos encerrados en el pasado, pero todavía vemos el futuro

Cuando miramos el cielo estrellado, que tanta admiración causaba a Kant, no vemos el presente sino el pasado y, en algunos casos, aún sin saberlo, contemplamos un pasado lejano, de miles de millones de años. Pero incluso que el sol que “vemos” ya está ocho minutos en el pasado y la luna que vemos es la luna que existía hace un minuto.

Y si estamos sentados junto a una mesa para cenar en familia o quizá para compartir un café con un amigo, esa persona que vemos es la persona que existía en el pasado y, aunque ese pasado pasó hace solamente una fracción de un milisegundo, ya pasó. Eso es así porque nuestros sentidos necesitan tiempo para procesar los estímulos sensoriales.

De esa manera, sea porque la luz tarda lo que tarda en llegar a nosotros o porque nuestros sentidos no adquieren la información instantáneamente, lo que nos llega a nosotros y a nuestro cerebro ya pasó. Vivimos, entonces, encerrados en una constante percepción del pasado. 

Podría decirse que lo llamamos el presente o, mejor dijo, lo que consideramos el “ahora” es solamente un recuerdo, una interpretación del pasado que aún permanece en nuestra consciencia, en nuestra mente, porque la información o el estímulo que causó ese recuerdo o esa interpretación acaba de ocurrir y todavía lo estamos procesando.

Dicho de otro modo, como ya lo decía Agustín (mejor de lo que lo digo yo ahora), los recuerdos del pasado son en realidad recuerdos del presente. El pasado, por eso, eso una de las formas del presente ya que si el pasado fuese totalmente pasado entonces no tendríamos ningún acceso a ese pasado. 

Entonces, desde una perspectiva física y biológica, el pasado es todo con lo que contamos. Lo que sabemos, lo que creemos saber, lo que simplemente creemos, lo que recordamos y lo que hemos olvidado, todo eso es producto del pasado o mejor aún, del pasado que ahora recordamos en el presente. 

Pero, como bien sugería Agustín, si tenemos recuerdos del pasado, también debemos tener recuerdos del futuro. Es decir, aunque todo lo que percibimos, desde la estrella más lejana hasta la persona más cercana, está en el pasado, eso no significa que no podamos ver el futuro. 

El futuro no siempre existió. El tiempo cíclico en el que se vivían, se movían y existían nuestros antepasados hasta hace no mucho tiempo no dejaba lugar al futuro porque todo se movía dentro de un ciclo de repeticiones. 

El futuro solamente es posible si el tiempo se libera del retorno de lo mismo. Pero nosotros, en vez de liberar al tiempo y crear un futuro, hemos esclavizado el tiempo al tiempo mecánico, al reloj, al cronómetro. Por eso no recordamos el futuro, porque lo que llamamos “futuro” no lo es. Nos autoengañamos diciendo que desconocemos algo que en realidad no es. 

¿Cómo vemos el futuro? No con nuestros cinco sentidos o con una mente empedernidamente cerrada. Quizá, entonces, haya que abrir la mente y activar un nuevo sentido.  

¿Podemos todavía dialogar con nosotros mismos en la época de las redes sociales?

Se sabe desde hace décadas que la inteligencia no es una sola, sino que existen distintos tipos de inteligencia y uno de los más interesantes es la inteligencia intrapersonal, ese diálogo interno que cada uno tiene consigo mismo y que, bien practicado, nos aleja del autoengaño y nos centra en la realidad. Pero ¿es posible dialogar con uno mismo en la época de las redes sociales?

Mi argumento es, primero, que las redes sociales representan la externalización de nuestros pensamientos y que, por eso mismo, lo que antes era un diálogo interno y exclusivamente interno (muchas veces incluso secreto), ahora se ha externalizado, impactando así de manera negativa nuestra inteligencia intrapersonal. 

Además, esa externalización de nuestro diálogo interno tiene otro efecto, el de buscar reacciones (“Me gusta”). Tan fuerte es ese deseo que, si publicamos algo en las redes sociales y no obtenemos ninguna respuesta, creemos que el universo mismo en toda su extensión se ha olvidado de nosotros. 

Y tan fuerte es ese deseo que inmediatamente nos desamigamos de quien publica algo que no nos gusta, o que tratamos de manipular a otros para que compartan lo que nosotros publicanos por medio de expresiones como “Estoy seguro de que no lo vas a compartir porque…” o “Hagamos esta imagen viral”, o expresiones parecidas.

En definitiva, no solamente no pensamos sobre nosotros mismos dentro de nosotros mismos, sino que ese diálogo externalizado se basa estrictamente en cálculos diseñados para ver cuánto respaldo podemos llegar a tener, cuán “influencer” llegamos a ser, y cómo podemos monetizar esa influencia que tenemos sobre nuestros seguidores. 

Por eso, mi argumento es, en segundo lugar, que la externalización de los pensamientos internos en las redes sociales hace desaparecer el diálogo interno y lo reduce a maquiavélicas calculaciones basada en las actividades de nuestro cerebro reptiliano (por así decirlo), muy alejadas de todo autodescubrimiento.

Pero ¿en qué consiste ese diálogo interno de uno con uno mismo, esa inteligencia intrapersonal? Entre los mejores ejemplos que podemos citar figuran, como no podría ser de otra manera, dos de las historias cortas de Jorge Luis Borges: “Borges y Yo” y “El Otro”. 

En uno y otro caso, Borges es plenamente consciente que él está hablando con él mismo, pero no cae en el error y la ilusión de aferrarse a ese diálogo consigo mismo como si hubiese algo más que sólo el diálogo (o, quizá mejor, que la memoria del diálogo). 

Todo intento de decir algo más sobre cómo Borges ejemplifica, encarna y trasciende ser él mismo y el otro a la vez en diálogo continuo y coherente excede, con mucho, los reducidísimos límites de esta columna. Pero una cosa es cierta: cuando Borges, ya anciano, se encuentra con el Borges joven, no necesita que una red social le recuerde su pasado. 

Sin diálogo interno, sin inteligencia intrapersonal, no puede haber consciencia propia y, por lo tanto, consciencia constante. Y, como resultado, los otros tipos de inteligencia desaparecen o se reducen. Sin diálogo interno inevitablemente nos convertimos en zombis. 

A veces se forma un inesperado vacío que no podemos llenar

Con motivo de las recientes fiestas de fin de año recibí de regalo un rompecabezas. No es una de mis actividades preferidas porque armar un rompecabezas requiere paciencia, que, a su vez, no es una de mis mejores características. Pero la ocasión festiva y la colaboración de la familia me llevaron a participar del intento de resolver el rompecabezas de 1000 piezas en sólo dos días.

Y, respondiendo al desafío, dos días después 999 de esas piezas estaban en su lugar correcto. ¿Qué pasó con la pieza faltante, de hecho, la más fácil para encontrar por sus múltiples colores? Simplemente no estaba. Y no es que la perdimos por descuido. Mi impresión es que nunca formó parte del paquete original. 

Por eso, mi ejercicio de paciencia y de deducción, y el ejercicio familiar de trabajo en conjunto para completar el rompecabezas, sólo tuvo una efectividad parcial. Nos faltó el 0,001 por ciento para alcanzar la meta total. Pero no la alcanzamos. Y el lugar vacío es más prominente que todas las otras 999 piezas juntas. 

A pesar de nuestro altísimo índice de compleción de la tarea y de nuestra dedicación a esa tarea, un sentimiento de frustración se apoderó de nosotros por no poder colocar la última pieza en su lugar y completar así la imagen completa del rompecabezas.

Obviamente, el buen momento de las fiestas y la buena compañía hicieron que la frustración se esfumase inmediatamente y la pieza faltante se transformó en un risueña y efímera anécdota. Pero no pude quitarme de mi mente esa experiencia. De hecho, me pregunto si la vida misma no será como un rompecabezas eternamente incompleto.

Pensémoslo de este modo: día tras día, con todas nuestras acciones y pensamientos, agregamos nuevas piezas al rompecabezas de nuestra vida. Como no tenemos un modelo terminado que nos sirva de guía, confiamos que las “piezas” (familia, hijos, trabajo, estudios, ocupaciones) van acomodándose en su lugar correspondiente. Y con esa creencia vivimos.

¿Pero qué pasaría si, ya al final de la vida, cuando sabemos que nos quedan pocas piezas para completar el rompecabezas, encontramos que nos falta una? En otras palabras, ¿qué sucedería en nuestra mente y en nuestro corazón si descubrimos que nuestra vida quedará eternamente incompleta y con un lugar (existencial) vacío e imposible de llenar?

Al tratar de completar el rompecabezas y no poder hacerlo, me pregunté por qué no tomé consciencia antes de llegar al final de esa tarea de que faltaba una pieza. Por ejemplo, podría haberlas contado y entonces, si llegase a faltar una, el juego ya no era resolver el rompecabezas sino descubrir la pieza faltante.

Pero en la vida no podemos contar nuestras piezas de antemano y, por lo tanto, no sabemos si nos falta alguna. Quizá sea una ventaja no saberlo. Quizá, si lo supiésemos, decidiríamos ni siquiera intentar resolver el rompecabezas de la vida.

Sea como fuere, un inesperado vacío donde evidentemente debería haber algo resulta frustrante. Pero el futuro juega a esconderse detrás de nuestras frustraciones. 

 

¡Cuidado con la transición de un año a otro!

Si pudiésemos dejar de ver los mitos de los antiguos griegos y romanos como si fuesen leyendas sin fundamento y pudiésemos verlos por lo que realmente eran, es decir, narraciones de reflexiones psicológicas sobre momentos importantes de la vida, veríamos entonces que esas historias tienen mucho para enseñarnos sobre el inicio de un nuevo año.

De hecho, el nombre del primer mes del año, “enero”, proviene del nombre de uno de los dioses romanos, Janus, el único dios con dos caras, una mirando al pasado y otra mirando al futuro. La enseñanza es clara: no se puede mirar al futuro sin a la vez mirar al pasado, y viceversa. 

Aún más, como alguien bien lo dijo (discúlpenme, no recuerdo quien), lo que nosotros tenemos no lo hemos recibido de nuestros padres o ancestros (es decir, del pasado) sino que lo tenemos como préstamo de nuestros hijos (es decir, del futuro). 

Dicho de otro modo, contra todo lo que se nos enseña, el pasado nunca queda en el pasado, sino que se reinventa en el presente. Por eso, la idea de “dejar el pasado en el pasado” o de “olvidarnos del pasado” equivale, si se implementase totalmente, a dejar de lado el futuro y a olvidarse del futuro, algo que, dicho sea de paso, es lo que muchos hacen.

Si Janus nos enseña algo, es que, en el paso de un momento a otro de nuestras vidas, especialmente cuando ese momento es compartido socialmente, debemos mirar simultáneamente en ambas direcciones, pero no porque el futuro sea continuidad del pasado, sino precisamente porque el futuro ya no es continuidad del pasado. 

Si solamente miramos al pasado, no hay futuro o entramos al futuro de espaldas. Si solamente miramos al futuro, careceremos de identidad. 

Pero hay otro dios, Mercurio (Hermes, entre los griegos), conocido por ser el mensajero de los dioses. A la vez, Mercurio también es conocido por manifestarse (aunque no como él mismo) en momentos de transición, sea una transición física (pasar por una puerta) o temporal (inicio del año). Y esos son los momentos que Mercurio usa para engañarnos. 

Debo corregirme: Mercurio no nos engaña, sino que hace algo aún más preocupante: crea el espacio y la experiencia para que nos engañemos a nosotros mismos. Y una vez que nos engañamos a nosotros mismos (es decir, nos autotraicionamos), no solamente dejamos de ser quienes deberíamos ser, sino que racionalizamos y justificamos nuestra decisión.

Por eso, al final de cada año prometemos que dejaremos de hacer muchas cosas y que en el nuevo año lograremos lo que no hemos logrado el año anterior. Pero es sólo un autoengaño, como queda en evidencia al ver los mensajes en las redes sociales “declarando” abundancia y prosperidad por parte de aquellas personas que hace un año “declararon” mismo y aún siguen sin lograrlo.  

En cierta forma, aunque no lo reconozcamos, Janus y Mercurio siguen tan activos como siempre lo estuvieron. Después de todo, son expresiones de nuestra psicología cada vez que traspasamos un umbral.  

 

Un mundo sin ambigüedad resultaría un mundo reducido y unidimensional

Uno de los elementos básicos de todo cuento humorístico, o chiste, es dirigir la historia en una cierta dirección y luego, utilizando los múltiples significados de una palabra, repentinamente cambiar la historia en otra dirección. Ese cambio inesperado es lo que provoca la risa (por lo menos en algunos casos).

Uno de los ejemplos más comunes de ese tipo de humor es la conocida frase “No se les puede hacer bromas a los cleptomaníacos porque todo lo toman literalmente”. 

En este caso se juega con la doble posibilidad de “literalmente”: primero, que la broma sea interpretada literalmente y, por lo tanto, no sea entendida, y segundo, que “literalmente” sea parte de la descripción de “tomar todo” en el sentido de “robar”, es decir, la definición de “cleptomaníaco”. (Obviamente, no hay nada peor que tratar de explicar un chiste, como aquí tratamos de hacerlo).

En otras palabras, la variedad y multiplicidad de significados de las palabras permite el humor. Sin esa ambigüedad, sin esa ambivalencia, no habría broma posible porque el cuento no tendría un cambio de dirección y más bien se parecería a una operación matemática en la que, aunque el resultado no sea inicialmente conocido, nunca resulta inesperado. 

El humor es, entonces, la posibilidad de que las cosas no sean lo que parecen ser, que haya una interpretación distinta de la realidad, que la narración que parece decir una cosa en realidad está diciendo otra, y, en definitiva, que debido a la ambigüedad (y en muchos casos la indeterminación), el presente no sea un anticipo del futuro. 

Cuando la ambivalencia se suprime, cuando la ambigüedad se considera intolerable, cuando el lenguaje se vuelve forzadamente unívoco, el humor desparece. Y cuando el humor desaparece, también desaparece la multidimensionalidad de la vida. 

El tema, obviamente, no es nuevo. Quizá por eso no ha llegado hasta nosotros el libro que Aristóteles escribió sobre la comedia hace unos 2300 años. Quizá por eso Jesús no se ríe en ninguno de los evangelios canónicos. Y quizá por eso el humor se ha degradado a la burla o a la imitación o, aún peor, se lo considera como un insulto o como algo de mal gusto. 

En definitiva, podría decirse que el humor es algo así como un diálogo entre dos personas en las que ambas (aunque por distintas razones) están dispuestas a abrir sus mentes y corazones a una multiplicidad de interpretaciones de la realidad. 

Quizá por eso el humor tenga un efecto terapéutico, porque nos quita de lo que es y los lleva a lo que puede ser, a la alternativa, a lo inesperado, a lo ya presente pero todavía oculto. Quizá por eso se lo suprime, porque suprimir el humor es controlar la mente y las emociones de las personas. 

El humor en sí, bien entendido, es incontrolable y surge espontáneamente. A final de una larga presentación les pregunté a los participantes: ¿Qué se llevan hoy a su casa? Una joven inmediatamente me dijo, literalmente: “Profesor, ¿por qué nos enseña a robar?”

 

Al proyectar nuestra inacción al mundo contribuimos a empequeñecer al mundo

Recientemente aprendí, al leer un libro escrito por James Mallon, que la consecuencia de la inacción no es solamente permitir que un problema se agrave o que una situación adversa se agudice. Y tampoco es la pérdida de bienes, dinero, oportunidades o salud. La peor consecuencia de la inacción es algo mucho más profundo. 

Según Mallon (y estamos de acuerdo) es aceptar con impotencia el mundo externo tal como es y, a la vez, separar nuestra realidad interior de esa realidad exterior. Dicho de otro modo, cuando proyectamos al mundo nuestra impotencia, contribuimos a que el mundo compartido en el que vivimos sea cada vez más pequeño y, de hecho, más caótico. 

Pero, si somos honestos con nosotros mismos (una rareza en nuestros tiempos), debemos admitir que todos nosotros proyectamos nuestros conflictos internos en el mundo exterior, asumiendo que el problema está “ahí afuera” y no dentro de nosotros y, sobre esa base, decidimos no hacer nada, creyendo que nada podemos o debemos hacer. 

Permítaseme compartir un par de ejemplos para ilustrar la situación. 

Hace pocos días, una persona me contó que dos niños pequeños que él conoce encontraron en el piso al salir de la escuela una fotografía, claramente ya arruinada. 

Para divertirse, dibujaron bigotes y líneas sobre el rostro del hombre que aparecía en la imagen, un hombre que ellos no reconocieron. Y luego, para aumentar la diversión, dejaron la fotografía en un árbol alejado de la escuela, pero visible para otros estudiantes. 

Al día siguiente, al regresar a su salón de clases, ambos niños fueron llevados ante el director de la escuela, a quien debieron escuchar durante largos minutos mientras el director los acusaba de haberle faltado el respeto a un exmaestro del establecimiento. Por esa falta de respeto, los niños fueron sancionados. 

Obviamente, los niños no sabían nada del exmaestro. Ellos sólo encontraron una fotografía vieja y abandonada. Y, claramente, el problema con el exmaestro lo tenía el director de la escuela, que proyectó sus problemas y se los adjudicó a los niños. La incapacidad del director de actuar según la situación, es decir, su inacción, acrecentó la negatividad de la situación.

Y yo personalmente conozco el caso de una niña 11 años en una escuela cerca de Denver que fue arrestada por policías, esposada y llevada a un patrullero luego de que una maestra llamase a la policía para denunciar a la niña por “destrucción” de un objeto dentro de la escuela. 

La único que la niña había hecho era apoyar su mano en el escritorio de la maestra y, al hacerlo, quebrar una barra de chocolate que la maestra tenía en ese lugar. Nuevamente, la incapacidad de la maestra de actuar apropiadamente la llevó a proyectar sus problemas y su impotencia sobre una niña claramente inocente. 

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero no es necesario. Queda claro que nuestra incapacidad de desaferrarnos de nuestra incapacidad nos lleva a proyectar una caótica inacción hacia el mundo, fomentando la negatividad por sobre la cocreación y la coevolución.  

 

La incertidumbre del futuro usada como excusa para ignorar el futuro

Con bastante frecuencia, cada vez que hablo del futuro alguien afirma que, como el futuro no existe, no debemos preocuparnos por el futuro, usando así la falta de certeza total sobre el futuro como una excusa para ignorar y hasta desentenderse de ese futuro. Sin embargo, cada vez queda más claro que el futuro es lo único que existe. 

Aquellos que afirman que sólo se le debe prestar atención al presente porque el pasado ya no es y el futuro aún no es (es decir, ni uno ni otro existen) piden que nos aferremos a una efímera transición, siempre en movimiento a la que se le adjudica algún tipo de entidad a pesar de que solamente sirve de puente entre dos elementos (supuestamente) inexistentes.

Y aquellos que, con mayor tino, nos recuerdan que no debemos confundir el presente con el ahora, ya que el ahora incluye una dimensión psicológica y, por lo tanto, consciente, aun así, no explican de qué manera el enfocarse en el ahora resulta más beneficioso que crear (o, mejor aún, cocrear) un futuro. 

Se podría decir que las dos principales razones para aferrarse al presente son el deseo de que nada cambie (como generalmente lo desean aquellos a quienes la vida permanentemente les sonríe) o la creencia fatalista de que, aunque todo nos vaya mal, nada cambiará porque ni nosotros ni nadie puede provocar ese cambio.

Pero ni la repetición del presente ad infinitum ni la perpetuación del pasado resultan posibles ni aconsejables en una época de cambios profundos, impensables, inconsultos, globales e irreversibles. De hecho, quienes llenan todo su presente con su pasado no dejan lugar para el futuro y, por lo tanto, viven en mundos cada vez más y más pequeños.

Por eso, podría decirse que quienes dicen que el futuro no se puede conocer lo dicen porque están encerrados en el presente o, peor aún, quedaron esclavizados por el pasado. Sin saberlo y sin haber reflexionado sobre el tema, generalizan sus limitaciones y usan esa generalización como la base para despreocuparse del futuro. 

Lo que dicen que no existe (el futuro) es lo que los podría “salvar” (por decirlo de alguna manera), y no por algún tipo de avance tecnológico o de descubrimiento científico, sino por el futuro mismo que, precisamente por ser indeterminado, genera un malestar existencial que, bien entendido, nos sacude, nos remueve de nuestro encierro y, si se nos permite, nos hace trascendentales al obligarnos a salir de nosotros mismos.

Pero existe un grave problema: el futuro es incompatible con el narcisismo ahora imperante. Narciso (el del famoso mito) sólo quería ver su imagen no distorsionada y tanto era su apego a sí mismo que prefirió la muerte antes de ver una imagen distinta de sí mismo. Pero ni la muerte resultó liberadora. 


De hecho, se necesita más valentía existencial y madurez personal para abrir la mente, el corazón y la voluntad al futuro, a la ambigüedad, a la indeterminación que las fuerzas necesarias para (supuestamente) perpetuar el narcisista pasado.   

La incapacidad para el diálogo arruina el presente y destruye el futuro

Por razones de mi trabajo tuve que ir al banco donde tengo las cuentas de mi negocio para que me diesen una certificación indicando que las cuentas de mi negocio son realmente mías. En el pasado, ese sencillo trámite se completó rápidamente. Pero en esta ocasión, las cosas fueron muy distintas. 

Le expliqué mi pedido al representante del banco y su respuesta fue: “Si usted necesita el formulario de depósito directo, eso se lo tiene que solicitar a la otra empresa. Nosotros no lo tenemos”. 

Le comenté al representante que yo nunca, en ningún momento, mencioné nada sobre ningún formulario de depósito directo. Y le volví a pedir el documento certificando que mi cuenta de negocios en ese banco era mía.

El representante entonces me dijo que ellos no dan consejos sobre solicitudes de empleo y que existen muchos lugares en donde pueden ayudarme a encontrar trabajo. Le dije entonces que yo no estaba buscando trabajo y que lo único que yo quería era una certificación de mi cuenta en ese banco. 

Su siguiente respuesta fue que para pagar los impuestos estatales yo debía comunicarme directamente con el estado.  Le mencioné que yo no dije nada de impuestos estatales y que mi pedido era simple: necesito verificar que mi cuenta es mía. Nada más. Le di entonces mi documento de identidad y le pedí que, usando su computadora, viese mi cuenta. 

Para facilitarle el proceso, le di además mi tarjeta de crédito (emitida por ese banco) y mi un cheque de la cuenta de negocios que abrí allí hace más de dos décadas. El representante comenzó a buscar y a buscar. Y luego llamó por teléfono a alguien diciéndole a la otra persona que yo estaba pidiendo información de una cuenta que él no podía encontrar. 

Lo interrumpí y, con firmeza reflejando mi malestar, le indiqué que yo no había pedido ninguna información de ninguna cuenta, mucho menos de mi propia cuenta, porque esa información ya la tengo. Y una vez más le expliqué que lo único que yo quería era un certificado emitido por el banco indicando que mi cuenta era mía, como ese mismo banco ya lo había hecho antes.

Una ridícula sonrisa y un agraviante silencio disiparon toda duda sobre la incapacidad de esa persona para mantener un diálogo mediamente razonable e inteligente. Y, dicho sea de paso, de nada sirvió hablar con la asistente del gerente, con la gerente o con el gerente regional del banco. 

Esa incapacidad de diálogo, esa ignorancia agresiva, ese constante prejuicio que lleva a asumir que quien hace una pregunta es un ignorante (en vez de admitir la ignorancia propia y aprender en el proceso) no solamente impiden el diálogo, sino que corroen y destruyen, con sus ridículas sonrisas, todo vestigio de civilización y de humanidad. 

Cuando desparece un punto de encuentro y de entendimiento en común, cuando solamente nos escuchamos a nosotros mismos y ya no escuchamos al logos (como pedía Heráclito) poco, si algo, nos queda de ser humanos. 

La cerrazón mental reduce nuestro mundo en un ciclo sin fin

Recientemente me encontré con un joven que compartió conmigo sus serios problemas personales quizá solamente para que alguien más los escuchase, porque en ningún momento pidió ayuda. En medio de su monólogo, afirmó que “Lo que me pasa debe ser normal porque les pasa a todos los hombres que yo conozco”. 

El joven me explicó entonces que su padre y sus tíos tenían problemas similares (relaciones conflictivas, inestabilidad laboral, adicciones), como antes los había tenido su abuelo y como también lo tienen sus compañeros de trabajo y sus amigos. Por eso, pensó que “si a todos les pasa lo mismo” esos problemas son “normales” y, de hecho, no son problemas. 

El tema es que sus múltiples conductas innegablemente autodestructivas lo estaban afectando a él, a su familia cercana y a su familia extendida. Pero en el mundo en el que este joven vive (“mundo” en el sentido de conexiones interpersonales y de ideas y creencias compartidas y aceptadas), esas conductas autodestructivas son tan prevalentes que se ven como “normales”.

El pobre muchacho, atrapado dentro de su propio mundo (literalmente), no solamente racionalizó su situación justificándola de la manera más antigua posible (“Todos hacen lo mismo”), sino que se mostró a incapaz de ver los límites de su mundo y, por eso, de imaginar alternativas más beneficiosas para él y los suyos más allá de ese mundo pequeño. 

Pero seamos honestos: todos estamos encerrados dentro de nuestros mundos pequeños. “Cuán pequeño el mundo es” repite incesantemente uno de los juegos en Disney World. Y, gracias a las redes sociales y a la omnipresencia de los teléfonos inteligentes, ese mundo es cada vez más y más pequeño. 

Aceptamos como “normal” algo que vemos todos los días simplemente porque lo vemos todos los días, desconociendo los orígenes históricos, culturales, sociales, políticos e ideológicos de esa “normalidad”. 

Y aunque esa “normalidad” sea tan autodestructiva para la vida del planeta como la adicción que cada día destruye un poco más la vida del joven con quien hablé, aceptamos esa conducta destructiva como algo “normal”. 

De hecho, normalizamos así la violencia, la injusticia, la explotación y la ignorancia y entonces le damos nombres “aceptables”, como “ley y orden”, “justicia”, “trabajo” y “educación”. Pero, como ese es el mundo en el que vivimos, creemos que es algo normal y que no existen alternativas. 

Si el muchacho con quien hablé no cambia su conducta, en poco tiempo lo perderá todo, incluso la vida. Sin embargo, si cambia su conducta (con la ayuda profesional que necesita y en respaldo de quienes quieran respaldarlo), probablemente salvará su vida y su futuro.

A nivel global, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, el ecocidio planetario será una realidad. Y si cambiamos nuestra conducta (con la ayuda de las grandes mentes y corazones que quieran hacerlo), aun así, no existen garantías de que podamos salvar nuestro futuro. 

El Universo quizá se beneficiará con la desaparición de una humanidad autodestructora e inmadura. Pero el Universo también podría beneficiarse con una humanidad plenamente humana. 

“No tengo tiempo para el futuro”

En un reciente encuentro informal con una persona experta en negocios, en el marco de la conversación sobre nuevos proyectos comunitarios, esta persona me dijo “No tengo tiempo para el futuro”. Y, con una amable sonrisa y expresión corporal, dio por terminada la conversación.

La expresión “No tengo tiempo para el futuro” me tomó por sorpresa, porque (sin asumir ni por un momento que yo sé lo que eso significa) me dio la impresión de que la persona que lo dijo no entendió lo que realmente estaba diciendo. 

Por ejemplo, ¿es realmente posible “tener” tiempo de la misma manera que se tiene un carro, o una casa, o dinero en el banco? Ciertamente que no, ya que el tiempo no es algo que “controlamos” o que acumulamos (mal que nos pese) como lo hacemos con elementos estrictamente materiales y diseñados para el consumo o para facilitar el consumo. 

Además, el “no tener tiempo” generalmente significa una vida tan atareada y ocupada (aunque no necesariamente exitosa o feliz) que ya no deja lugar a nada más, ni siquiera para el futuro. Pero la paradoja es que el futuro es donde pasaremos el resto de nuestra vida, sin importar la duración de esa vida.

¿Estaba esta persona diciendo que no tenía tiempo para su propia vida futura? Posiblemente no lo admitiría, pero eso es lo que me pareció que se escondía en su expresión. 

Pero si no se tiene tiempo para el futuro, ¿para qué se tiene tiempo? Las únicas opciones son el pasado o el presente. Pero si el pasado ya pasó y, por eso mismo, si ya no existe (es decir, si solamente existe como recuerdo), la única manera de dedicarle tiempo al pasado es recordándolo o, en el peor de los casos, tratar de revivirlo o recrearlo en el presente.

¿Será entonces el presente lo que llena tanto nuestro tiempo que nos deja tiempo para el futuro? Pero el presente es un fugaz instante que inmediatamente se convierte en pasado. Entonces, ¿cómo podemos darle tiempo a algo que tan pronto como lo miramos deja de ser lo que es?

Obviamente, no creo que la persona con quien hablé haya pensado en tener un debate filosófico sobre la esencia del tiempo o sobre el impacto de la temporalidad en los humanos (si es que realmente se puede hablar de “impacto”). 

Creo, eso sí, que esa persona buscaba expresar algo más pragmático, más práctico: su futuro no tiene lugar para algo distinto del futuro que esta persona ya tenía en mente. Y ese “futuro”, que podría mejor describirse como una “perpetua continuidad del pasado”, estaba entonces cerrado a cualquier otra alternativa. 

En definitiva, “no tener tiempo para el futuro” parece querer decir algo así como “estar tan atrapado en la cotidianeidad que todo lo vemos como ‘cosas’ y que ya no vemos nada transcendental”. Si es así, lo que estamos diciendo es que nos olvidamos de que los humanos, precisamente por ser humanos, somos posibilidad, proyecto. 

Ser humano es ser futuro. 

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