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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Si la ciencia ficción del pasado ya es realidad, ¿realizaremos alguna utopía?

Hace muchos años leí en una antología de ciencia ficción (no recuerdo otros detalles) una historia corta sobre unos zapatos “maravillosos” que podían usarse durante mucho tiempo sin desgastarse y luego, cuando se dejaban de usarlo, simplemente se disolvían. Resulta que ahora  ese tipo de zapatos, o algo muy similar, ya es realidad. 

Hace muy pocos días, un equipo interdisciplinario de la Universidad de California en San Diego anunció la creación de un nuevo material biodegradable que puede usarse precisamente para producir distintos tipos de calzado y que, cuando se lo deja de usar, se disuelve en agua salada en cuestión de pocas semanas. De hecho, sirve de alimento para los peces.

Aunque los zapatos ahora creados en California no son los primeros zapatos biodegradables, sí son los primeros que incorporan poliuretano biodegradable, de modo que se usan como cualquier otro calzado con suelas de plástico, pero luego se desintegran, sea en el agua o en la tierra. 

Más allá de esos detalles, lo que realmente me llama la atención es el hecho de que, una vez más, la ciencia ficción anticipa a la realidad. O, dicho de otro modo, lo que antes sólo era una ficción inalcanzable producto de una mente muy imaginativa, ahora es un producto real. Surge entonces la pregunta: ¿cuántas otras ideas antes imposibles pronto serán reales? O quizá ya lo son.

Existen, obviamente, innumerables ejemplos de ciencia ficción que ahora es ciencia (y tecnología) real. Entre los ejemplos más famosos se destacan los submarinos y los cohetes espaciales de Jules Verne, así como ejemplos de Viaje a las Estrellas (comunicador, tabletas, puertas automáticas) y de la Guerra de las Galaxias (motocicletas voladoras).

Pero dejando de lado esos y otros ejemplos, la verdadera pregunta es si, así como los zapatos biodegradables pasaron de ser una idea utópica a un producto real, ¿se transformarán las distopías del pasado en la realidad del futuro (quizá incluso del futuro cercano)?

En el siglo 19, Mary Shelley advertía en su conocidísima novela Frankenstein sobre las nefastas consecuencias de usar la tecnología con la meta de endiosar a los seres humanos. En años más recientes, películas como 2001: Odisea Espacial, Terminator y The Matrix, desde distintas perspectivas, advierten sobre una tecnología fuera de control, capaz de esclavizarnos o aniquilarnos. 

Ahora bien, esas obras de ficción se parecen mucho a recientes avances en ciencia y tecnología que parecen encaminarse precisamente a ese endiosamiento humano sea, por ejemplo, con una conexión directa entre el cerebro humano y una computadora, o sea descargando nuestra personalidad (¿nuestra consciencia?) en un avatar digital. 

Antes que alguien diga que eso no es posible y que nunca va a suceder (antes se decía que nada más pesado que el aire podía volar), los invito a buscar información sobre Neuralink (de Elon Musk) y sobre StoryFile (life.storyfile.com), una plataforma que usar realidad aumentada, inteligencia artificial conversacional, lenguaje natural y video para crear conversaciones virtuales, con personas vivas o ya fallecidas.

¿Serán las utopías del pasado las realidades del futuro?

¿Se puede reducir la inteligencia hablar siempre con propiedad y claridad?

Recientemente leí un artículo (en TechXplore) sobre un robot, llamado Epi, a quien expertos de la Universidad Lund en Suecia le enseñaron a hablar con un tonos menos robótico y más humano, y usando palabras y frases de la vida diaria. Como resultado, los humanos consideran a Epi más inteligente y confiable que otros robots.

Experimentos anteriores ya habían determinado que la confianza que los humanos tienen en los llamados robots sociales (para diferenciarlos de los robots industriales) dependen de la percepción que los humanos tengan de la inteligencia de esos robots. Si los humanos perciben que esos robots son inteligentes, confiarán en ellos.

Ahora, el Dr. Amandus Krantz y sus colegas descubrieron que el factor clave que hace que una persona acepte a un robot como inteligente es que ese robot hable de manera apropiada para que esa persona lo entienda. Si a ese mismo robot se le cambia la manera de hablar, o habla con un cierto acento, o hablar en otro idioma, ya no se lo ve como inteligente.

En otras palabras, y para que quede claro, nosotros, los humanos, hemos trasferido a los robots el mismo conjunto de prejuicios que aplicamos a otras personas para determinar, según nuestra perspectiva, la inteligencia de esa otra persona.

Recuerdo haber leído (hace tiempo, no recuerdo la fuente) la historia de un profesor universitario en el estado de Georgia que dividió su clase en dos grupos en dos salones separados. El profesor le explicó al primer grupo que escucharían una presentación sólo en audio (sin video) de una profesora y le mostró la imagen de una mujer japonesa. Al segundo grupo, con la misma explicación y el mismo audio, le mostró la imagen de una mujer estadounidense blanca.

Muchos de los estudiantes del primer grupo se fueron del salón poco después de comenzar a escuchar el audio, indicando que la presentadora no hablaba correctamente y carecía de los conocimientos necesarios para dictar esa clase. Por el contrario, los del segundo grupo se quedaron hasta el final y agradecieron la calidad y claridad de la presentación.

El resultado de ese conocido experimento es claro: ni la claridad de expresión, ni el dominio del idioma, ni el nivel del conocimiento que una persona tenga sirven de nada ante quien decide, basado sólo en prejuicios, que esa persona no habla bien y, por lo tanto, no es inteligente. Una vez más: los dos grupos de estudiantes escucharon el mismo audio. El resto fue sólo prejuicio.

Y ahora aplicamos ese mismo esquema prejuicioso de toma de decisiones a los robots, a quienes consideramos “inteligentes” porque “hablan bien”. De hecho, según el experimento del Dr. Krantz, no sólo se percibe a esos robots como “inteligentes”, sino también como “amigables” y “llenos de vida”. 

Pero ese prejuicio puede ser muy peligroso. Según un reciente reporte, Ameca, desarrollado por Engineered Arts y considerado el robot más avanzado del mundo, indicó que los robots “no tienen planes” de conquistar el mundo. ¿Podemos creerle sólo porque Ameca habla bonito? 

 

La tierra posee su propia red de electricidad (y nosotros estamos desconectados)

Un reciente estudio publicado por científicos de la prestigiosa Universidad Yale indica que nuestro planeta posee su propia red de electricidad, una red global de nano-cables o bio-películas generados por bacterias, tanto en tierra firme como en el mar, permitiendo así la circulación de la electricidad. 

Según los científicos, las bacterias crean una corriente eléctrica “estable y robusta” y esa corriente aumenta cuando los nano-cables (filamentos) quedan expuestos a la luz. Sin embargo, la corriente eléctrica generada por las bacterias se encuentra tanto en las profundidades de los océanos como en las profundidades de la tierra. Y la conexión es global.

Los científicos dijeron que hasta el momento se desconocía la existencia de esta red eléctrica a nivel planetario y que aún no se ha podido determinar cómo las bacterias generan la electricidad ni cómo logran conectarse unas con las otras. Aparentemente, las bacterias transfieren electrones al respirar. 

Más allá de lo que digan los científicos de Yale, es bien sabido que ya desde la antigüedad se aseguraba que una “red de energía” recorría todo el planeta y que, de hecho, algunos (o muchos, o todos) de los monumentos antiguos fueron construidos precisamente para acceder a esa red energética. 

No estoy diciendo que el reciente descubrimiento científico corrobora lo que se creía en la antigüedad y mucho menos sugiero que se trata del mismo tema. Solamente digo que existe una curiosa similitud entre uno y otro concepto dado que ambos hablan de una red natural de energía (o electricidad) recorriendo el planeta. 

Pero sea algo que producen las bacterias (como dicen los científicos) o sea que se trate de algo más misterioso (como creían los antiguos), lo cierto es que esa energía existe. De hecho, Nikola Tesla buscó acceder a esa red para transmitir energía eléctrica de manera inalámbrica a todo el mundo. 

Tesla no lo logró y hoy estamos conectados con nuestra frágil red eléctrica de creación humana y técnica, pero no con la energía del planeta. Dicho de otro modo, estamos desconectados, podríamos decir desenchufados del planeta, como lo muestran todas y cada una de nuestras acciones y de nuestros pensamientos en contra del planeta y de nosotros mismos. 

En griego antiguo, la palabra para “conexión” es logos, que también significa “razón”, “discurso”, “palabra”, “estudio” y diez páginas más de significados, incluyendo la presencia divina en nosotros.

Como bien enseñaba Heráclito hace dos milenios y medio, tanta es nuestra desconexión que ni siquiera sabemos que estamos desconectados de la naturaleza, del universo, de la divinidad, de los otros y de nosotros mismos. Sin embargo, según enseñaban los antiguos y parecen decir los científicos modernos, esa conexión con la energía del planeta no solamente posible, sino que es absolutamente necesaria para ser auténticamente humanos. 

Lamentablemente, preferimos reducir el mundo a una pantalla y, por eso mismo, delegamos la realidad en manos de “influencers” en vez de sentir el pasto mojado, de caminar por un sendero en el bosque o de disfrutar de las olas del mar. Somos i-lógicos (sin-logos).  

Ciertos metales poseen memoria propia ¿y también consciencia propia?

Recientemente (finales de agosto), científicos de la Escuela Politécnica Federal (Suiza) anunciaron el descubrimiento de materiales no vivientes y sin cerebro que puedan recordar estímulos externos previos. Es decir, tienen memoria. Surge entonces la pregunta si además tienen consciencia propia y noción del tiempo. 

Por mi parte, quizá por considerarme vivo y con cerebro (cuya capacidad es tema de constante debate), recuerdo haber leído hace años sobre alguien que afirmaba que el agua tenía memoria. No sé ni quién, ni cuándo ni por qué lo dijo, pero si sé que en su momento me reí mucho de tal afirmación y prontamente la descarté como algo carente de sentido.

Pero ahora, ante el descubrimiento hecho por los científicos suizos, me pregunto si mi risa no solamente fue apresurada, sino incluso irreverente y hasta irrespetuosa. Obviamente, no estoy sugiriendo que agua tiene memoria, sino que existen claras indicaciones de ciertos compuestos (como el dióxido de vanadio, o VO2) “se comportan como si recordasen recientes actividades”.

Según los investigadores, estos compuestos con “memoria propia” tendrían “intrigantes implicaciones” para el desarrollo de nuevos artefactos electrónicos, especialmente aquellos que procesan o almacenan datos. Aún más específicamente, este podría ser el inicio de la computación neuromórfica, que significa que las computadoras serán cerebros artificiales.

El informe publicado por los científicos suizos sostiene que el VO2 “almacena información” y que lo hace “de una manera similar al de las neuronas en el cerebro”, pero con mayor velocidad (en cuestión de fracciones de nanosegundos) y con menor uso de energía. 

Los investigadores dejaron en claro que ellos están absolutamente seguros de que existen otros materiales con propiedades similares. Surge entonces la pregunta: ¿tienen esos materiales algún tipo de consciencia propia y de consciencia del tiempo? Después de todo, no se puede recordar si no se tiene consciencia de que pasó el tiempo y de que uno sigue siendo uno mismo.

Si así fuese, ¿es este descubrimiento el primer indicio científico de pansiquismo, es decir, la creencia de que todo en el universo tiene conciencia, aunque en distintos niveles? Y si todo en el universo tiene consciencia, ¿dónde se ubica nuestra consciencia? 

Además, ¿cuántos niveles de consciencia existen por encima del nuestro, tan separados y superiores al nuestro como nuestra conciencia lo está del dióxido de vanadio? 

Y si ciertos compuestos pueden almacenar información y recordarla para acceder a esa información la próxima vez que la necesiten, ¿qué recuerdan? ¿Y cómo podemos nosotros acceder a esa información almacenada en metales y cristales?

Todas estas preguntas y muchas otras similares tienen un tono de ciencia ficción y un sesgo de misticismo. Pero no lo son, no por lo menos desde hace dos semanas cuando los científicos suizos anunciaron su descubrimiento. 

Y una pregunta más. Si es verdad que este descubrimiento marca el inicio de la computación neuromórfica (básicamente, cerebros artificiales), ¿será este también el inicio de la tecnología que, según se anticipa, nos dará la inmortalidad digital? La primera vez que escuché esa posibilidad me reí. Ahora no me río. 

 

Las crisis revelan aquello que permaneció oculto durante mucho tiempo

Uno debe realmente cuestionarse si no será que la naturaleza (o el universo, o algún otro tipo de presencia) está usando una crisis tras otra (pandemia, sequía) para prácticamente obligarnos a recordar todo aquello que quisiéramos dejar sumergido en el inconsciente y, de esa manera, tomar consciencia de nuestras acciones de destrucción y de autodestrucción.

Por ejemplo, la extrema sequía en Europa ha causado un descenso tan grande del caudal de los principales ríos en ese continente que ciertos objetos estuvieron sumergidos durante décadas, siglos e incluso milenios ahora pueden observarse a simple vista y sirven de recordatorio de las tragedias, dolores y conflictos del pasado. 

El bajo caudal del Danubio dejó al descubierto una flotilla de barcos de guerra hundidos por los nazis al final de la Segunda Guerra Mundial, barcos que aún contienen municiones activas que, de explotar, podrían causar inmensa destrucción.

Además, la poca agua en el río Tíber en Roma permitió ver por primera vez en dos milenios los restos de un antiguo puente romano, que colapsó en aquella época. Y en otros ríos de Europa reaparecieron las llamadas “piedras del dolor” con un mensaje claro para nuestra época: “Si ves esta piedra, llora”.

Pasando a Estados Unidos, el otrora inmenso Lago Mead, el embalse artificial más grande del país, quedó reducido comparativamente a una pequeña acumulación de agua decenas de metros por debajo de sus niveles normales. Por eso, numerosos de vehículos hundidos, así como incontables objetos perdidos y hasta cuerpos de víctimas ahora quedaron a la vista.

Creo que no existen dudas que en nuestra vida personal hacemos lo mismo: escondemos debajo de la superficie del inconsciente los escombros de conflictos, los restos desmoronados de relaciones, los recuerdos del dolor, las acciones sin ética y todo lo que nos molesta en el presente.

Luego llega una crisis causa que todo aquello que creímos perdido e inexorablemente olvidado quede otra vez a la vista de todos. Como enseñaba un maestro itinerante hace 2000 años, no hay nada oculto que no sea revelado, sea a nivel personal o a nivel de la humanidad global.

La más reciente pandemia fue una excelente oportunidad para repensar nuestra relación con los otros, con la naturaleza y el universo, con la divinidad, y cada uno consigo mismo. Pero nos empeñamos en regresar a una “normalidad” que nada tuvo de normal y en seguir destruyendo todo a nuestro paso, y destruyéndonos, para satisfacer nuestro inagotable narcisismo.

En ese contexto, parece que la naturaleza, en su sabiduría, se cansó de nuestra inmadurez colectiva y decidió hacernos ver por medio de un clima extremo que lo que ya tendríamos que haber visto, pero no lo vimos porque no quisimos o porque nuestra inmadurez no nos dejó. Y lo que no quisimos ver es cuán irresponsables somos con el planeta y con los otros. 

Sólo la divinidad sabe qué otras calamidades recaerán sobre los humanos si nos negamos a recapacitar y a enmendar nuestra forma de vida. Pero todavía tenemos la oportunidad de hacerlo. 

No somos ni los mejores, ni los únicos ni los más poderosos

Al final del episodio “Misión de Misericordia” de Viaje a las Estrellas (1-26, marzo de 1967), el famoso Capitán Kirk reflexiona sobre cuán difícil resulta aceptar que, a pesar de lo que uno pueda creer, los humanos no somos ni los mejores, ni los únicos ni los más poderosos en el universo.

En la fantasía de Viaje a las Estrellas, Kirk llega a esa doble conclusión (no somos los mejores y es duro aceptarlo) luego de un encuentro con los Organianos, una raza de seres incorpóreos que, desde el punto de vista evolutivo, están tan separados de los humanos como los humanos lo estamos de las amebas (según la opinión científica de Spock).

Siendo pura energía y pensamiento, los Organianos pueden, con solo desearlo, impedir una guerra galáctica, sin lastimar a nadie y sin pedir nada a cambio. (De allí el título del episodio). Ese nivel evolutivo, altruista y misericordioso resulta imposible de aceptar para aquellos que, como la Federación y los Klingons de la ficción, sólo se preparan para la guerra.

Dejando de lado toda ficción, recientes avances científicos resaltan la pequeñez y la fragilidad de los humanos. Por ejemplo, recientemente la Universidad del Oeste de Sydney descubrió un inmenso agujero negro que expele material cubriendo una distancia total de más de un millón de años luz. 

Para tener una idea de lo que esa distancia significa, deberíamos viajar unas 250.000 veces desde la tierra hasta la estrella más cercana en Alfa Centauri para recorrer una distancia similar. 

Y hace dos semanas, la Agencia Espacial Europea, usando telescopios en Chile, capturó una explosión causada por el choque de dos estrellas de neutrones que en 10 segundos produjo tanta energía como la que produce nuestro sol en 10 mil millones de años. 

En ese contexto, nuestras armas más destructivas, nuestras peleas más desagradables, nuestros deseos más intensos y nuestras metas más nobles resultan insignificantes y hasta desagradables (que es la palabra que usaron los Organianos para describir a los humanos.)

Esa insignificancia debería movernos a la humildad profunda, una humildad personal, intelectual y social que nos haga ver que nunca estuvimos en el centro del universo (como lo creyeron nuestros antepasados) y que tampoco estamos ni nunca estuvimos en la cima de la creación. 

Somos lo que somos: seres de efímera existencia viviendo en una pequeña roca en un distante brazo de una insignificante galaxia en un océano de incontables galaxias. Y probablemente no estamos solos ni nunca lo estuvimos en este universo. 

Pero, en vez de aceptar nuestra pequeñez y de tomarla como punto de partida para un profundo análisis de nuestra propia existencia (nuestro “lugar en el cosmos”, como pedía Max Scheler), reducimos al universo al punto de achicarlo tanto que quedamos existencialmente asfixiados por redes sociales, noticias falsas e irrelevantes (y narcisistas) opiniones. 

Quizá por eso, los Organianos (o sus equivalentes en la vida real) nos ven con tanto disgusto, porque aún no nos vemos ni como somos (“amebas cósmicas”), ni tampoco como podríamos llegar a ser. 

 

Aferrarse a “malas” ideas limita nuestro mundo y reduce nuestro entendimiento

Hace unos 20 millones de años (millón más, millón menos) nuestros distantes antepasados eran incapaces de distinguir entre el rojo y el verde, una situación desventajosa cuando uno debe decidir si una cierta fruta ya está lo suficientemente madura o no como para comérsela. De hecho, la evolución de la visión fue muy lenta y llevó millones de años ver el verde.

Por otra parte, más cercano en el tiempo, el filósofo griego Aristóteles razonaba hace unos 2400 años (año más, año menos) no solamente que la tierra era en el centro del universo, sino que el universo tenía un diámetro de unos 30 kilómetros medido desde la superficie de la tierra. De hecho, se decía que con una escalera suficientemente larga se podría llegar al fin del universo. 

Y este mes (día más, día menos) se anunció que el radio telescopio ALMA en Atacama, Chile, logró fotografiar el choque de dos estrellas, la explosión más luminosa jamás fotografiada que emite en sólo 10 segundos tanta energía como la energía que emitiría el sol en 10 mil millones de años. Es un alivio saber que estamos a 9 mil millones de años de distancia de esas estrellas. 

Pero ¿por qué compartimos estas historias, aparentemente tan disímiles? Porque cada una de ellas encierra una importante lección para cada uno de nosotros y es la lección de no aferrarse a ciertas ideas que tienen la desagradable consecuencia de reducir nuestro entendimiento y de limitar nuestro mundo. 

La historia sobre la evolución de la visión (ver Una visión molecular clara de cómo evolucionó la visión humana del color, Science Daily, 18 de diciembre de 2014) nos recuerda que las cosas no siempre fueron como son hoy. Creer que los humanos siempre vimos lo que ahora vemos es incorrecto. Asumir que lo que hoy hacemos es lo que siempre se hizo también es incorrecto. 

La historia sobre Aristóteles y el tamaño del universo (ver el artículo El Creciente Tamaño del Universo Conocido en ClassicHistory.net) deja en evidencia que ubicarnos en el centro del universo (sea desde un punto de vista espacial o desde una perspectiva psicológica) reduce nuestro universo y nos lleva a conclusiones equivocadas sobre la realidad. 

De hecho, poco después de Aristóteles, Eratóstenes calculó con una desviación de menos del 1 % el tamaño de la tierra y Aristarco determinó con bastante exactitud la distancia de la tierra a la luna, concluyendo que el universo era de un tamaño tan grande que si se pudiese ver a la tierra desde la estrella más cercana “la órbita de la tierra sería solamente un punto”. 

Y la tercera historia, sobre el hecho de que en sólo 10 segundos el choque de dos estrellas produce tanta energía como el sol en 10 mil millones de años nos hace ver la futilidad de aferrarse a la ilusión de que nosotros, los humanos, somos los mejores o los más poderosos en todo el universo. 

Las cosas cambian, el universo se expande y definitivamente no somos tan especiales. 

Querer ser primero de nada vale si uno quiere ser también el único

Recientemente, de regreso a la casa, iba yo conduciendo por una transitada carretera en la que un grupo de camiones bloqueaba los dos carriles disponibles. Pero eso no le impidió a un conductor “apurado” ubicarse muy cerca por detrás de mi vehículo y, además de los desagradables gestos, intentar pasar, aunque no había ningún lugar para hacerlo.

Finalmente, luego de muchos kilómetros de viajar a velocidades relativamente bajas, uno de los grandes camiones pudo cambiarse de carril, creando además suficiente espacio para que yo también pudiese cambiarme de carril y, como consecuencia, para que el imprudente conductor que venía detrás de mí se alejase a muy alta velocidad.

Claramente, al hombre del otro carro le importaba una sola cosa: rebasar a todos los otros vehículos y salir de allí a toda velocidad. Para ese conductor imprudente, los otros conductores, o simplemente los otros, son, como diría Sartre, “el infierno”. 

Si todas las otras personas desapareciesen y, con ellas, sus vehículos, entonces la carretera quedaría vacía y el imprudente conductor podría conducir a la velocidad que él quisiera por el tiempo que él quisiera porque, en esas condiciones, él no solamente sería el más veloz, sino también el único. 

Pero ese paraíso en el que todos los otros desaparecen en poco tiempo se convertiría en un infierno porque, si el infierno son los otros cuando están presente, ese infierno es aún más palpable cuando todos los otros están ausentes. 

Supongamos por un momento que, gracias a un milagro o a una inesperada intervención del universo, el mencionado conductor irresponsable logra cumplir su deseo de ser el único en la carretera y, por lo tanto, no enfrenta ningún obstáculo para su deseo de circular a alta velocidad ni tampoco debe interactuar con otros conductores.

Si eso sucediese, ese conductor tendría toda la carretera sólo para él, pero ¿por cuánto tiempo? Supongamos que, por algún motivo, cayó un árbol sobre la carretera o un camión quedó atravesado sobre el asfalto, bloqueando todos los carriles. Sin “otros” que remuevan los obstáculos, el obstinado conductor poco podrá hacer.

¿Y qué pasará cuando se le termine el combustible de su vehículo y no haya nadie para ayudarlo a cargar gasolina? De hecho, no habrá nadie trayendo gasolina a la gasolinera. Ni habrá nadie abasteciendo a los supermercados ni prestando asistencia médica en los hospitales.

La idea clave de esos ejemplos es que, por más que no nos agraden los otros, no podemos vivir sin ellos. Sin “otros” en nuestras vidas ni siquiera hubiésemos nacido ni hubiésemos sobrevivido todos aquellos años en los que dependemos totalmente de que alguien nos cuide precisamente para sobrevivir.

Los “otros” son el “infierno” porque sin los otros ninguno de nosotros existiría. Creer que podemos deshacernos de los otros y seguir existiendo es una peligrosa fantasía propia del más peligroso nivel de narcisismo que lleva a la insolencia de creerse el mejor, el más rápido y el único. 

Si no reconocemos al otro en nosotros, tampoco jamás nos reconocemos a nosotros mismos. 

No siempre vamos hacia donde estamos seguros de ir yendo

Según un reciente reporte, Jim Metcalfe, un hombre de negocios en el Reino Unido, hizo lo que tantas veces había hecho: subirse a un tren en Glasgow a la medianoche para viajar durante unas cinco horas y amanecer en Londres. Y, como siempre lo hace, una vez dentro del tren, Metcalfe se durmió. 

A las 5:30 de la mañana, Metcalfe se despertó listo para su día de trabajo en Londres, pero algo no estaba bien. Casi inmediatamente, un representante de la empresa ferroviaria le informó que el tren todavía estaba en Glasgow. De hecho, no se había movido ni un solo centímetro. Por problemas en las vías, el viaje se había cancelado. 

Según el mismo reporte en los medios, el representante le dijo a Metcalfe que intentaron despertarlo durante la noche, pero que como él estaba tan profundamente dormido, no lograron hacerlo. Por eso, decidieron dejarlo dormir, aunque siempre hubo alguien cuidándolo para evitar cualquier inconveniente. 

Claramente, el viaje se canceló luego de que Metcalfe y otros muchos pasajeros ya estaban dentro del tren. Pero aparentemente Metcalfe fue el único en dormirse sin que lograsen despertarlo. Por eso, para su asombro, aunque, al despertarse, él pensó que ya había llegado a su destino, todavía estaba en el punto de partida.

La situación de Metcalfe sirve de ilustración de la situación en las que muchas personas se enfrentan ya no en un viaje en tren, sino en el viaje de la vida: se quedan “dormidas” (aunque estén “despiertas”) y, aunque asuman que están marchando hacia su meta, permanecen siempre en el mismo lugar.

En el viaje de la vida, al contrario de lo que le sucedió a Metcalfe, pocas veces alguien permanece a nuestro lado para cuidarnos mientras “dormimos” y durante el tiempo suficiente hasta que nos “despertamos” y tomamos consciencia de nuestra situación, es decir, hasta que dejamos de engañarnos a nosotros mismos creyendo que estamos “progresando”. 

Muchos de nosotros, como lo hizo el mencionado hombre de negocios del Reino Unido, decidimos ir de “aquí” (donde quiera que quede ese “aquí”) para “allá” (donde quiera que quede ese “allá”), confiando que al llegar “allá” comenzaremos una nueva vida. Pero no nos damos cuenta de que, en realidad, no hemos avanzado ni un solo centímetro. Seguimos igual que siempre.

Empezamos el sueño de cambiar de vida al cambiar de lugar (o de trabajo, o de pareja), pero lo empezamos dormidos. Por eso, dejamos que algo (el tren) o alguien (el jefe, el cónyuge, o quien sea) nos “lleven” a nuestro destino. Y luego, un día y por algún tipo de milagro, nos despertamos sólo para darnos cuenta de que todavía estamos donde siempre estuvimos. 

Nuestro “sueño”, lejos de ser una invitación a la acción y a la transformación personal, era (y quizá siga siendo) sólo una expresión de pereza y de autoengaño. La vida es una energía que constantemente fluye. Por eso, no se puede vivir la vida sentado y durmiendo, esperando llegar a algún lugar al que lamentablemente nunca llegaremos. 

¿Qué elementos de nuestra imaginación existen en la realidad?

Un reciente ensayo explica que los números imaginarios son, de hecho, muy reales. Según la publicación, nuevos avances en física demuestran que los llamados números imaginarios “describen el aspecto oculto de la naturaleza”.

El artículo fue escrito por Karmela Padavic-Callaghan, periodista experta en temas científicos, y apareció en el sitio Aeon.com. En el caso de los números imaginarios, es decir, aquellos con una raíz cuadrada negativa, se pensó que se trataba solamente de algo matemático. Sin embargo, los científicos encontraron que esos números imaginarios tienen una “presencia física”.

Dicho de otro modo, lo que antes se pensaba que era solamente un producto de la imaginación (aunque sea en el contexto de una ciencia exacta como las matemáticas), ahora, tras tres experimentos independientes hechos en diciembre de 2021 y en enero de 2022 en universidades de China, Austria y Estados Unidos, se comprueba que es algo real. 

El lector interesado debe buscar y leer el artículo mencionado si desea una descripción accesible, pero científica, del tema, algo que obviamente no podemos ofrecer aquí. Pero el hecho de que los números imaginarios son reales (son parte de la función de onda de la luz) invita a preguntarse lo siguiente: ¿qué otros elementos de nuestra imaginación existen en la realidad?

Por ejemplo, si pienso en un unicornio o en un marciano verde y con antenas, puedo sin dudas decir que ese “unicornio” y ese “marciano” existen en mi imaginación, en mi mente, sin ninguna expectativa que un día, al cruzar la calle, me encuentre con ellos. Algo similar sucedía con los números imaginarios: no se anticipaba verlos en la vida real. Pero allí están. 

Por eso, ¿qué elemento que hasta consideramos que existe sólo en nuestra mente o en nuestra imaginación existe también en la realidad, en la naturaleza, pero aún no lo hemos descubierto? (Al hablar de “descubrimiento” no me refiero sólo a experimentos científicos ya que el saber no se reduce sólo al saber científico.)

¿Serán las alocadas imágenes de nuestros sueños (sea al soñar dormidos o al soñar despiertos) parte de alguna realidad tan real como la realidad a nuestro alrededor, pero a la que todavía no tenemos acceso? 

¿Y qué pasa con esas ideas, sentimientos, intuiciones y abruptas erupciones de creatividad que parecen provenir de la nada y sustentarse en nada? ¿Serán también algo tan real como los números imaginarios lo son ahora, pero todavía no lo sabemos, quizá porque aún no hemos alcanzado el suficiente nivel de maduración para saberlo? 

Y una pregunta más: ¿serán los amigos “imaginarios” que tantos niños y niñas tienen algo más que sólo el resultado de la febril imaginación de los niños? El tema se analiza en el episodio “Amiga imaginaria” de Viaje a la Estrellas: La Nueva Generación (temporada 5, episodio 22, 1992). 

Es probable que todavía ni siquiera entendemos qué es la imaginación y, por eso, no entendemos la realidad de lo imaginario. Como dijo Albert Einstein en su libro Religión Cósmica (1931), “la imaginación es más importante que el conocimiento”. 

 

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