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Proyecto Visión 21

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NOTA: Estos comentarios reflejan nuestros pensamientos y reflexiones sobre un cierto tema en el momento en que fueron escritos. Los comentarios no son nunca la versión final de lo que pensamos y pueden o no guiar nuestras acciones en nuestro trabajo profesional. 

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COMENTARIOS SEMANALES

Estamos ignorando el diálogo más importante (y misterioso) de nuestras vidas

Pocas dudas caben de la importancia del diálogo (el diálogo real, el que abre nuevos horizontes, no una sucesión de monólogos alternados) en la vida presente y futura de los seres humanos. Sin embargo, existe un diálogo del que casi nunca se habla en la vida diaria: el diálogo entre el corazón y el cerebro.

En el siglo 17, Blas Pascal indicó que “el corazón tiene razones que la razón no entiende” (Pensamientos, 277). Y el siglo pasado, Antoine de Saint-Exupéry expresó en El Principito que “Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.” En este siglo, estudios científicos parecen confirmar las intuiciones tanto del filósofo como del escritor.

Por ejemplo, el reporte Science of the Heart (HeartMath Institute, 2015) sostiene que existe una “comunicación bidireccional continua” entre el corazón y el cerebro, descripta como “un diálogo dinámico y continuo, bidireccional, en el que cada órgano influye continuamente en la función del otro” (Volumen 2, capítulo 1).

El documento explica que el corazón se comunica con el cerebro a nivel neurológico, bioquímico, biofísico y electromagnético. Y esa comunicación (que mayormente fluye desde el corazón hacia el cerebro) tiene una influencia directa en nuestra percepción de la realidad y en nuestra conducta, algo firmemente establecido por estudios fisiológicos.

Desde esa perspectiva, el “corazón” no es meramente un órgano que bombea sangre ni una referencia metafórica relacionada con sentimientos o emociones, sino que es el umbral entre la percepción y la acción, el punto en el que la comprensión se fundamenta en la relación con los demás. Su diálogo con el cerebro merece toda nuestra atención.

Esta perspectiva me llevó a pensar en el concepto de “corazón abierto” que, junto con “mente abierta” y “manos abiertas”, forman parte de la predisposición fundamental de la Teoría U, una teoría de cambio difundida por Otto Scharmer (MIT). En la Teoría U, el “corazón abierto” es algo así como una reorientación afectiva hacia una resonancia empática.

Cuando esa reorientación sucede a nivel cognitivo (“mente abierta”), se suspende el juicio habitual. Y cuando sucede a nivel de la voluntad (“mano abierta), se activa la capacidad de actuar desde el futuro emergente.

Dicho de otro modo, el corazón abierto permite llegar a una conciencia empática que, a su vez, posibilita estar presente en la oportunidad que se está presentando. La transformación humana, entonces, se produce cuando la cognición (cerebro) deja de predominar y se integra con la sintonía relacional (corazón) y la intención contextualizada (mano, cuerpo, voluntad).

Y todo comienza con un diálogo constante entre el corazón y el cerebro. No estamos perdiendo la comunicación corazón-cerebro. Biológicamente es imposible. Pero me atrevo a sugerir que estamos perdiendo nuestra capacidad de escuchar sus señales integradoras de ese diálogo.

El estrés crónico, los entornos hipercognitivos, la sobreestimulación digital y la supresión  emocional, entre otros factores, alteran la regulación autonómica y la integración emocional-cognitiva.

Nuestro profundo y milenario diálogo interno está desregulado. Estamos desorientados e incapaces de crear significado y de comprender la realidad. 

El inesperado entrelazamiento de historias revela desafíos del presente y el futuro

En ciertas circunstancias, historias totalmente dispares y desconectadas parecen repentinamente entrelazarse de tal manera que, al hacerlo, revelan algo de la realidad que de otra manera no se hubiese visto. Eso es exactamente lo que hace poco me sucedió al leer casi simultáneamente una historia sobre arqueología en Turquía y otra sobre un historiador de la antigüedad.


Una historia se centraba en recientes hallazgos arqueológicos en el sureste de Turquía revelan pilares en forma de T, similares a los de Gobekli Tepe, en Ad?yaman y en una región más amplia conocida como Tas Tepeler. 
 

Estos pilares megalíticos están asociados con la arquitectura ritual del Neolítico temprano, y su distribución sugiere un amplio horizonte cultural y simbólico mucho antes del surgimiento de las ciudades o la escritura, cuestionando los modelos anteriores que consideraban a Gobekli Tepe como un fenómeno aislado.
 

El tema del otro artículo explicaba el uso de IA para determinar si dos pasajes incluidos en la obra de Flavio Josefo, historiador judío del siglo 1 en los que se hace referencia a Jesús, son pasajes auténticos (es decir, pertenecen al texto original) o fueron interpolados o modificados más tarde. Según la nueva hipótesis, los pasajes serían auténticos, y no redactados después. 
 

A la vez, el estudio del llamado Testimonio Flaviano indicaría que, aunque reales, las menciones de Jesús en la obra de Josefo serían, en el mejor de los casos, ambiguas y muy probablemente contrarias a la figura central del cristianismo, por lo que las traducciones tradicionales de Josefo estarían equivocadas. 
Pero, ¿qué tienen en común estas historias? Una conexión superficial es que las dos se enfocan en el pasado, sea hace

12.000 años Gobekli Tepe o hace 2000 años. Otra conexión, también superficial, es el uso de la IA para efectuar las investigaciones correspondientes. Con un poco de reflexión surge otra conexión, más profunda: estamos constantemente reinterpretando el pasado.


En otras palabras, son historias que nos recuerdan cuán limitada o ambigua es la evidencia del pasado que, por eso mismo, debe ser reinterpretada, desafiada y reestablecida por medio de narrativas históricas continuamente emergiendo. Y no se trata de un revisionismo histórico, sino de que nueva evidencia lleva a reexaminar todas las evidencias anteriores. 


A la vez, estas historias nos hacen ver que todo lo que conocemos del pasado lo conocemos en el presente y todo lo que conocemos son fragmentos del pasado. Es decir, todo pasado se reconstruye a partir de evidencia parcial y fragmentaria que, si no encaja perfectamente en las narrativas actuales, quedará condenada a una existencia periférica en la narrativa histórica. 


Y eso me llevó a pensar que nuestra relación con el futuro es aún más fragmentada que nuestra relación con el pasado. En uno y otro caso, solamente contamos con indicios, pero no con verdades. Por eso, construimos historias y narrativas para que la incertidumbre que nos rodea no se vuelva intolerable. 
 

El pasado se desestabilizó y el futuro se ha vuelto irreconocible. Las narrativas se han vuelto externas y desvinculadas de toda sabiduría.

 

Me siento incómodo cada vez que la ciencia ficción se vuelve realidad

En una reciente entrevista, el pensador estadounidense Steve McIntosh expresó que “el grado de nuestra trascendencia depende del alcance de nuestra inclusión”. No estoy seguro exactamente del significado de esa afirmación, pero me quedó claro que la “trascendencia” no es ni escape ni rechazo de la realidad, sino la capacidad de expandir la realidad sin colapsarla ni simplificarla.

Por no expandir suficientemente la realidad tanto personal como social, por limitar la realidad a nuestras creencias y opiniones, enfrentamos ahora una crisis global de significado que no es ni falta de información ni de inteligencia, sino la incapacidad de superar la exclusión sistemática del otro, generando así una incoherencia personal y cultural.

Durante los últimos 500 años hemos creado instituciones que privilegian la eficiencia, el crecimiento, las ganancias y la racionalidad tecnológica por encima del significado, las sabiduría, el diálogo interior y con el otro y la responsabilidad a largo plazo. Los resultados son evidentes y han sido analizados en detalle, entre otros, por John Vervaeke.

Desde otra perspectiva (Teoría U de Otto Scharmer) nos hemos acostumbrado a “descargar” datos en el scrolling infinito nuestro de cada día, sin “sentir” la realidad y ni estar presentes en el futuro que emerge. Hemos dejado de lado las voces, experiencias y emociones que nos llevarían más allá de los marcos de referencia heredados hasta las posibilidades futuras.

En ese contexto, la ciencia ficción, así como el realismo fantástico, se presentan como una práctica de la inclusión y de apertura a explorar posibilidades aún no exploradas. Autores como Verne, Asimov y Clarke (entre muchos otros) y series como Viaje a las Estrellas, no se enfocan en anticipar tecnologías, sino en crear mundos imaginales y horizontes existenciales al que nos invitan participar.

Dicho de otro modo, la buena ciencia ficción, como la buena filosofía, la buena literatura y el buen arte, nos piden repensar el presente a partir de algo que aún no habitamos, algo a lo que todavía no hemos llegado, pero se presenta como posible. En otras palabras, se nos invita a expandir nuestro campo de significado. Y eso crea cierto malestar e incomodidad.

Me gusta pensar que la ciencia ficción es un ensayo del futuro que nos mueve más allá de los pensamientos, categorías y hábitos que ya hemos internalizado, conceptualizado e institucionalizado. En este caso, el sentimiento de incomodidad surge al tomar consciencia de que existen alternativas no exploradas. Es la incomodidad de no haber visto lo ya visible.

En algunos casos, aquella invitación inverosímil a presenciar activamente el futuro por medio de una realidad alternativa con el correr del tiempo se transforma en realidad. Un inequívoco ejemplo de ese salto de la ficción a la realidad es la novela corta “La máquina se detiene”, publicada en 1909 por E. M. Foster, una historia que debe leerse.

Quizá la filosofía necesite un toque de ciencia ficción, al estilo de la Caverna de Platón, que genera una dislocación existencial y nos acerca a verdades que de otra manera permanecerían abstractas o intolerables.  

Los expertos inexpertos (casi) anularon a los expertos expertos

El tango Cambalache (escrito en 1934 por Enrique Santos Discépolo) afirmaba que “lo mismo un burro que un gran profesor”, una actitud social ahora profundamente vigente que insiste en equiparar a quien no sabe, pero cree que sabe, de aquel que, por haber estudiado, sabe que no sabe y por eso mismo sigue estudiando y enseñando.

Sin embargo, en la actualidad, esa distinción entre quien tuvo el privilegio de completar una educación formal avanzada y quien no lo tuvo no solamente ha desparecido, sino que la balanza se ha inclinado a favor de quien no solamente no sabe, sino que hace alarde de no saber y, sobre esa base, proclama un mensaje que, sin dudas, atraerá a una gran cantidad de seguidores.

Recientemente, por ejemplo. me topé con un experto inexperto que organizó un encuentro para hablar del uso de la IA en pequeños negocios. Cuando le pregunté dónde había estudiado ese tema (pregunta válida, ya que se trataba del organizador del evento), la respuesta fue directa y concreta: “Miré un par de videos en línea”. No se trató de una broma, sino de una explicación.

Y tiempo atrás, luego de una presentación sobre el futuro emergente, una persona se acercó y me dijo: “Me gustó tu presentación. ¿Qué libros leíste? Dime por favor porque quiero hacer un seminario este fin de semana sobre ese mismo tema.” Le expliqué que yo estudiaba ese tema desde hacía muchos años y que había leído muchos libros. “Yo necesito solamente dos”, indicó.

Más allá de mi experiencia, existe evidencia (Revista Brasileña de Investigaciones Orales, 2025, Vol. 39) de que cada vez son más las personas que se fijan cuántos seguidores tiene un médico en las redes sociales antes de seleccionar a ese profesional de la salud. De hecho, el 85 % de los pacientes revisa las redes sociales de los médicos antes de visitarlos (Medical Economics, 21 de agosto de 2025). En otras palabras, la decisión no se basa en el profesionalismo del facultativo.

En definitiva, al contrario de lo que sucedía cuando Discépolo escribió Cambalache, ya no es el caso de que la sociedad trata de la misma manera al “burro” (experto inexperto) y al “profesor” (experto experto). Ahora, como sugirió hace 2000 años un predicador itinerante, los “educados”, “profesando ser sabios, se hicieron necios.”

Esa actitud ha sido descripta como “ignorancia desvergonzada” o “ignorancia orgullosa” (NYT columnista David French, 2018) y, más frecuentemente, como “ignorancia arrogante (ambientalista brasileño José Lutzenberger, 1991; psiquiatra estadounidense Allan Hobson, 2014).

El “burro” de antes no sabía que no sabía. Los ignorantes actuales saben que no saben, pero, por su arrogancia y orgullo, se han vuelto impermeables a toda futura educación y aprendizaje y a la sabiduría tradicionalmente entendida.

No estamos hablando ni de ignorancia estratégica ni de ignorancia fingida, que resultan útiles en contexto educativos (Louie Giray, 2023), sino que, en este momento de crisis y transformación global, padecemos a aquellos que arrogantemente creen saberlo todo en un mundo donde, humildemente, eso no es posible. 

La inteligencia no impide caer en el autoengaño

Recientemente me encontré con una frase del renombrado historiador Yuval Noah Harari que me impactó: “Los humanos somos los animales más inteligentes del planeta. Y también somos los más delirantes”. A primera vista, suena a una interesante paradoja. Pero cuanto más lo pienso, más veo esa frase como un espejo incómodo en el que no quiero reconocerme.

Pensamos en la inteligencia como lo opuesto a la ilusión o el autoengaño. Imaginamos que ser inteligente significa ver con claridad. Sin embargo, la historia sugiere algo diferente.

Las civilizaciones más poderosas, las tecnologías más avanzadas y las culturas más elaboradas siempre se han construido sobre historias y narrativas compartidas sobre quiénes somos, qué es importante y cómo funciona el mundo. Esas historias no son mentiras, sino marcos de referencia que permiten a millones de personas darles dirección y significado a sus vidas.

Esas narrativas se conocen como “dinero”, “carreras profesionales”, “éxito”, “reputación” y muchos otros nombres.  Pero nada de esto existe de la misma manera que existe un árbol o una montaña. Existen porque colectivamente los consideramos reales. Esa es la genialidad humana y también nuestra mayor vulnerabilidad porque nos lleva al autoengaño.

La misma capacidad humana que nos permite imaginar futuros, inventar sistemas y cooperar a través de continentes también nos permite apegarnos profundamente a narrativas que solo son, en el mejor de los casos, parcialmente ciertas. No solo contamos historias: las vivimos. Y una vez que una historia se convierte en parte de nuestra identidad, resulta muy difícil cuestionarla.

La ciencia cognitiva nos dice ahora algo que los filósofos han sospechado durante siglos: la mente humana no está diseñada para ver la realidad tal como es. Está diseñada para filtrar, simplificar e interpretar la realidad para que podamos actuar. A esto lo llamamos inteligencia, pero es más preciso llamarlo creación de significado.

De la abrumadora complejidad del mundo, nuestras mentes seleccionan lo que parece importante, lo que confirma nuestras expectativas, lo que protege nuestro sentido de identidad. Así es como se crea el significado. Pero también es así como surge el autoengaño. Aquí entra en juego la llamada "ignorancia arrogante".

No se trata de la ausencia de información. Es la convicción de que ya sabemos lo suficiente. Es la tranquila certeza de que nuestra forma de ver las cosas es simplemente cómo son las cosas. A diferencia de la humildad de "podría estar equivocado", la ignorancia arrogante dice: "Lo veo con claridad", incluso cuando la lente está distorsionada.

Quizás el acto más necesario en nuestros tiempos no sea estar más informados, sino ser más conscientes de cómo nos informamos. De darnos cuenta de las narrativas por las que vivimos. De preguntarnos con humildad: ¿Qué estoy dando por sentado? ¿Qué no estoy viendo? ¿Qué podría ser cierto más allá de mi perspectiva actual?

No podemos vivir sin historias. Pero podemos aprender a no ser prisioneros de ellas. Y ese puede ser el comienzo de un tipo diferente de inteligencia: una que reconoce sus propios límites y permanece abierta a lo desconocido. 

 

Encontré una manera infalible de volverme invisible y hasta inservible

Debo confesar que, sin buscarlo ni desearlo, he encontrado un método que, con la paciencia necesaria, me permite volverme invisible ante los demás. El método simplemente consiste en esperar que llegue ese momento de la vida cuando, sin fecha precisa, los otros no solamente no nos miran, sino que tampoco nos ven. Hemos entonces llegado a la edad de la invisibilidad.

No se trata de una sanción explícita ni una exclusión formal, sino de algo más sutil y duro de sobrellevar: una forma de castigo silencioso que no responde a una falta o a un delito, sino a una condición ontológica. Es el castigo por el “crimen” de haber llegado a cierta edad.

La invisibilidad asociada a la vejez no necesita justificación moral. No requiere culpa. Basta con que una sociedad acepte a la velocidad, el rendimiento y la novedad como sus valores principales para que las personas de cierta edad, sin importar sus trayectorias, sean categorizadas como “sujetos sobrantes” que siguen ahí, pero a las que ya no se les asigna un lugar significativo.

Esta lógica no es nueva. La ciencia ficción la intuyó con claridad. En el episodio El Hombre Obsoleto de Un Paso al Más Allá (1961), un bibliotecario es declarado “obsoleto” por un régimen que solo reconoce valor en lo funcional. No se lo condena por lo que hace, sino por lo que es. Surge la pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide que ciertos seres humanos ya no son necesarios?

La vejez contemporánea no funciona como una condena legal, pero comparte esa misma estructura simbólica. El adulto mayor no es eliminado, pero es progresivamente despojado de agencia. Se le presupone fragilidad antes que capacidad, dependencia antes que criterio. Ya no se espera de él una contribución significativa.  

En el mejor de los casos, se lo cuida. En el peor, se lo ignora. En ambos, se lo desplaza hacia una zona ambigua: ni plenamente dentro ni completamente fuera. Un sobrante. Esta invisibilidad no es solo social. También es corporal.

La neurociencia social ha mostrado que la exclusión sostenida activa los mismos circuitos cerebrales que el dolor físico. No se trata de una herida simbólica menor. No ser visto, no ser tenido en cuenta, duele. Y cuando ese dolor se prolonga durante años, no se anestesia: se vuelve parte del paisaje interior.

Pero aquí aparece una cuestión que va más allá de la experiencia individual. ¿Qué le ocurre a una sociedad que aprende a tratar una etapa completa de la vida como algo residual? Tal vez algo más grave que una injusticia generacional. Tal vez pierde su relación viva con el tiempo.

Cuando el pasado encarnado en los ancianos ya no se tiene en cuenta, el futuro se vuelve frágil. Ya no es continuidad ni aprendizaje, sino pura proyección técnica. La humanidad se empobrece al mismo ritmo que descarta a quienes la precedieron.

Por eso, la pregunta inevitable es ¿Qué haremos cuando la humanidad entera se descarte a sí misma por obsoleta con el paso del tiempo?

El colapso de las ideas impensadas y la llegada de los ángeles mudos

En un reciente video, el filósofo británico Tim Freke compartió una de esas ideas sencilla de escuchar pero difícil de vivir: “Mientras más asumes, más posibilidades tienes de estar equivocado” porque si nos aferramos demasiado a nuestras ideas sobre el mundo, podemos descubrir, a veces dolorosamente, lo lejos que están de la verdad.

Obviamente, dependemos de suposiciones para entender la vida: quiénes somos, lo que otros piensan, cómo funciona el mundo e incluso qué deben ser Dios o el sentido de la existencia. Eso es algo natural y necesario. Pero cuando construimos nuestro mundo sobre creencias no examinadas, corremos el riesgo de levantar una estructura muy endeble.

Una imagen poderosa del reciente discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura por parte de László Krasznahorkai refuerza esta advertencia. Krasznahorkai habló de “nuevos ángeles que no solo no tienen alas, sino que tampoco tienen ningún mensaje,” ángeles que caminan entre nosotros vestidos como personas comunes. No traen revelaciones ni esperanza.

Krasznahorkai incluso sugiere que estos ángeles silenciosos “quizá ya no sean ángeles” porque su presencia no consuela, sino que inquieta. Nos recuerdan que vivimos en una época sin mensajes divinos, pero con guerras, poder, promesas vacías de progreso y la erosión de la dignidad humana. Los nuevos ángeles están mudos y sin ningún mensaje.

Aquí es donde las ideas de Freke y Krasznahorkai se intersectan. Cuando la realidad confronta nuestras suposiciones, experimentamos lo que Krasznahorkai llama shock. El ángel mudo se presentara ante nosotros y nos despoja de nuestras historias.

Filosóficamente, alguna vez imaginamos a los ángeles como mensajeros del cielo, símbolos de certeza y sentido. Hoy nuestros “mensajeros” pueden ser la tecnología, la política, los mercados o líderes carismáticos—figuras que asumimos que nos guiarán o salvarán. Pero al observarlas de cerca, no encontramos un mensaje claro ni una dirección verdadera.

En el plano psicológico, este silencio revela cuánto dependemos de narrativas que nos dan consuelo. Asumimos que alguien más sabio tiene un plan, que la sociedad sabe hacia dónde va, que la historia avanza naturalmente hacia algo mejor.

En el plano espiritual, el momento es aún más profundo. El ángel antiguo entregaba un mensaje; el nuevo ángel espera uno. El silencio nos reta a escuchar en vez de aferrarnos a certezas. Freke nos advierte que si insistimos en nuestras viejas ideas sobre Dios, el mundo o el propósito de la vida, podemos caer en la desesperación cuando esas ideas fracasan.

Este desafío se vuelve más urgente cuando consideramos las suposiciones compartidas, aquellas creencias que una comunidad o nación da por sentadas. Por ejemplo, suponemos que el progreso es inevitable. O suponemos que “alguien más resolverá todo” (perdiendo así el sentido de responsabilidad). O asumimos que nuestro grupo tiene la razón y así justificamos exclusión o la violencia.

Freke nos advierte del error de construir la vida sobre suposiciones. Krasznahorkai muestra lo que sucede cuando esas suposiciones fallan. Juntos sugieren que el sentido hoy quizá no provenga de esperar un mensaje, sino de convertirnos en el mensaje que queremos compartir. 

Cruzando el umbral hacia la metaexperiencia en el contexto del nuevo analfabetismo digital

Recientemente, al escuchar la frase “la era de la posalfabetización”, comencé a reflexionar si acaso los humanos estamos a punto de cruzar el umbral tras el cual la ecología de los nuevos medios de comunicación y las nuevas tecnologías de interconexión reducirán al mínimo nuestras otrora innegables capacidades humanas de pensar, contemplar y crear.

No cabe ninguna duda que ya estamos en la época en la alfabetización profunda basada en la lectura de libros casi ha desaparecido o por lo menos ya no es soberana como alguna vez lo fue. El centro neurálgico de la cultura ahora gira en torno a pantallas, las redes sociales, los videos, los algoritmos y las interfaces ahora median la atención, la percepción e incluso el deseo.

La coexistencia (a veces de forma conflictiva) entre la lenta lectura de un libro con la nueva ecología mediática que privilegia la inmediatez sobre la contemplación, las imágenes sobre los párrafos, la velocidad sobre la paciencia puede interpretarse como la decadencia de la lectura y del pensar. O puede revelar un cambio en lo que significa conocer, comprender, ser sabio.

Si la posalfabetización es la cultura actual, entonces necesitamos habitarla desde una metaexperiencia, que no es la mera acumulación de conocimientos, sino la capacidad de navegar la complejidad, de adoptar múltiples perspectivas, de tejer significado donde otros solo perciben ruido.

En un mundo donde la atención se fragmenta, donde los algoritmos crean la realidad, donde la narrativa llega en ráfagas cortas en lugar de un desarrollo pausado, la metaexperiencia ya no depende de la lectura de libros, sino de algo más amplio y fluido: la metaalfabetización, es decir, la capacidad de moverse con facilidad entre texto e imagen, argumento y meme, datos y narrativa.

En ese contexto, los metaexpertos no reaccionan aceleradamente con cada desplazamiento de la pantalla, sino que se detienen para conectar e inferir, por ejemplo, al ver cómo un video viral se hace eco de un mito antiguo, cómo un panel de control de salud pública refleja una cosmología medieval, cómo una crisis financiera se comporta como un ecosistema forestal bajo estrés.

Con humildad epistémica, los metaexpertos (ahora emergiendo) reconocen que ninguna persona ni disciplina ofrece una “respuesta definitiva”. Con una desarrollada memoria diacrónica como conciencia sincrónica, ven la historia no como un museo sino como un archivo vivo, al mismo tiempo que perciben el presente como un campo dinámico de señales.

Los metaexpertos, al cruzar el umbral del cambio, aprenden, desaprenden y recomponen el conocimiento continuamente, negándose a petrificarlo en un dogma. Con flexibilidad narrativa, reescriben historias en lugar de “encerrarse” dentro de narrativas heredadas, e imaginan futuros para los que aún no tienen lenguaje.

El metaexperto humano se vuelve indispensable no porque sepa más, sino porque navega por lo desconocido con profundidad. Y aquí reside la paradoja: la posalfabetización amenaza la profundidad del pensar, pero la profundidad del pensar se vuelve más valiosa a medida que se vuelve más escasa. En un cultura de fragmentos, la coherencia se convierte en un verdadero don. 

“Cuán pequeño el mundo es”: Nuestro universo se expande, pero la realidad se reduce

Hace poco recordé un incidente después de leer sobre una de las paradojas más extrañas de nuestro tiempo: nuestro universo sigue expandiéndose, pero, al mismo tiempo, nuestra realidad sigue encogiéndose. Muchas personas hoy viven en el mundo más pequeño posible: el suyo.

Años atrás contacté a un electricista para que hiciera algunas reparaciones en mi casa. Llegó una hora más tarde de lo programado y explicó que había estado en otra casa esperándome para que le abriera la puerta. Insistió en que yo estaba en la casa equivocada y que debía revisar la escritura de mi propiedad para asegurarme de que estaba viviendo en el lugar correcto. Ni una sola vez admitió que él había cometido un error.

Esta forma de vivir —creyendo equivocadamente que mi mundo es el mundo— me recordó una melodía familiar que generaciones han escuchado dentro de un parque temático: “Cuán pequeño el mundo es …”

La canción promete un mundo de simplicidad y armonía, un lugar donde las diferencias se disuelven entre colores brillantes y sonrisas repetitivas. El mundo se siente acogedor, predecible, contenido. Pero ¿y si esa canción describe nuestra relación actual con la realidad?

Vivimos en un tiempo en el que el mundo —al menos en el sentido objetivo y científico— se expande más rápido que nunca. Los telescopios nos muestran galaxias que desbordan la imaginación; la IA artificial multiplica nuestra capacidad de aprender; los neurocientíficos revelan profundidades de la mente antes desconocidas. La realidad es abundante, estratificada, dinámica y todavía en pleno despliegue.

¿Por qué, entonces, tantas personas habitan el mundo más pequeño posible? No porque el mundo sea pequeño, sino porque nuestra experiencia del mundo se ha encogido. Estamos al borde del universo más vasto que jamás se haya imaginado, mientras millones viven dentro de bolsillos de realidad que no son más amplios que la pantalla que tienen frente a sus ojos.

Cuando los astronautas observan la Tierra desde el espacio, ocurre algo extraordinario. Muchos describen una apertura repentina y transformadora de la perspectiva, conocida como el Efecto Panorámico. En ese momento, las fronteras desaparecen, los conflictos se reducen, y la Tierra aparece como un solo hogar frágil y luminoso. Es una expansión de la conciencia que los antiguos griegos llamaban anagōgē, “elevación”.

En la vida cotidiana, la anagōgē sucede cuando leemos un libro que transforma nuestra manera de pensar, cuando escuchamos con profundidad a alguien diferente, cuando encontramos una belleza que redibuja el mapa de nuestro corazón. Es la ascensión hacia una realidad más amplia.

Hay un movimiento opuesto, uno que los griegos llamaban katagōgē, “un descenso”. Hoy, la katagōgē sucede de forma silenciosa, suave —incluso agradable— mientras miramos las pantallas. Lo peor es que no notamos ese encogimiento, porque dentro de un mundo pequeño, todo parece normal.

Tal vez la tarea de nuestro tiempo sea despertar a un mundo más grande —no solo científicamente, sino existencialmente. El universo sigue desplegándose. La pregunta es si nosotros nos desplegaremos con él. Nuestro mundo es tan pequeño como lo permita nuestra imaginación. 

Horizontes espaciales: el miedo a lo nuevo en un viaje sin regreso

Recientemente escuché en las noticias que algunos astronautas chinos a bordo de la estación Tiangong se encontraron sin un vehículo seguro para regresar a la Tierra. Solo unos meses antes, dos astronautas de la NASA enfrentaron una situación similar cuando la nave que debía traerlos de vuelta presentó fallas, obligándolos a permanecer en órbita mucho más tiempo del esperado. Nosotros también, en un sentido metafórico, quedamos atrapados en nuestro propio espacio.

A veces nos lanzamos hacia nuevas “órbitas”: nuevas identidades, nuevas formas de vivir, nuevas maneras de ver el mundo, y descubrimos que los “vehículos” que solían traernos de regreso ya no pueden cumplir su función. Entramos en un espacio donde lo familiar ya no sirve y el futuro todavía no llega. Cruzar un umbral siempre desestabiliza el mundo que conocemos.

Por eso las sociedades han rechazado, una y otra vez, ideas que luego se volvieron indispensables. Lo que el viento se llevó fue considerada imposible de filmar. A los Beatles les dijeron que los grupos de guitarra estaban pasando de moda. Star Wars fue rechazada por parecer demasiado extraña, demasiado mítica. Harry Potter fue rechazado por ser demasiado largo.

Esto sucede en todas partes del mundo. En Argentina, a Astor Piazzolla lo acusaron de traicionar el tango mismo. Durante su vida, Frida Kahlo quedó a la sombra de Diego Rivera y fue ampliamente descartada por críticos en México y en el extranjero. Y los sistemas de conocimiento maorí —astronomía, ecología, navegación— fueron rechazados por colonos e instituciones occidentales como “superstición”.

Las personas no resisten solo la idea en sí, sino el cambio de identidad que exigiría aceptarla. La pregunta que está debajo de cada rechazo es siempre la misma: “Si acepto esta nueva realidad, ¿todavía habrá un lugar para mí?” Lo nuevo nos obliga a replantear quiénes somos, qué importa y cómo encaja el mundo.

Esta inquietud existencial es el equivalente psicológico de flotar en órbita sin dirección clara.

Los astronautas varados en el espacio experimentan la ingravidez literal. Los innovadores, artistas y visionarios experimentan una ingravidez conceptual: el antiguo “arriba” y “abajo” desaparece, y las nuevas coordenadas aún se están formando. Ese momento intermedio —ni aquí ni allá— da miedo. Nos aferramos a lo que conocemos, incluso cuando lo que conocemos ya no es suficiente.

Sin embargo, esos momentos de suspensión suelen convertirse en los más transformadores. Cuando una cultura finalmente abraza aquello que antes rechazó, regresa a la Tierra cambiada.

Los astronautas que vuelven después de meses en órbita nunca ven el planeta del mismo modo. Lo mismo ocurre con las sociedades que, al final, aceptan las ideas que antes resistían. El crecimiento sucede en el “espacio” entre mundos, en ese instante frágil y sin gravedad en el que la fuerza que nos sostenía falla y el futuro comienza a tomar forma.

Heráclito escribió que “el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo”. Podemos entender sus palabras hoy como un recordatorio de que ascenso e incertidumbre, elevación y desorientación, son inseparables.

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