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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

Estamos presenciando el final de la educación y no sabemos cómo reaccionar

Si realmente abriésemos nuestras mentes, corazones y voluntad y viésemos la realidad en vez de sólo ver y perpetuar nuestra ideología, si dejásemos que el futuro emerja en vez de insistir en vivir dentro de una cámara de eco escondida, entonces veríamos que estamos presenciando el final de la educación. Y, lo aceptemos o no, no sabemos cómo reaccionar.

Un reciente artículo por Rodrigo Assael publicado en el sitio Educación Futura subraya algo que debería ser obvio: la educación ya no nos preparada para el futuro. De hecho (agregamos nosotros), quizá nunca lo hizo. Quizá la educación fue y es solamente la domesticación necesaria para perpetuar el presente. 

Sea como fuere, dice Assael, la Cuarta Revolución (que incluye inteligencia artificial, biotecnología, impresiones 3D, red 5G, Internet de las Cosas y computación cuántica) ha dejado rezagado a un sistema educativo que aún prepara obreros y empleados para trabajos repetitivos, mecánicos, especializados y para toda la vida.

Dicho de otro modo (otro agregado nuestro), la educación prepara buenos trabajadores para la primera revolución industrial. Pero la estamos en la Cuarta Revolución (o en la cuarta etapa de la misma revolución, si se lo quiere ver así.) 

Y en esta nueva revolución la educación (es decir, la transferencia de información en un contexto formal controlado por maestros o profesores) está llegando a su fin. Aún queda por determinar cuán larga será la agonía o si el final será anticipado o repentino. Quizá, en la época de la posverdad y los deep fakes, ya nadie llore la muerte de la educación.

Parafraseando a Nietzsche, la educación ha muerto y nosotros la hemos matado. O casi, porque aún existen ciertos elementos de esperanza pos-educación por las acciones de aquellos que saben, entienden, sienten y viven que el futuro no es continuidad del pasado. 

Veamos, por el ejemplo, el caso de BR, una joven de Argentina que a los 13 años completó en línea sus estudios secundarios en una escuela de Estados Unidos y luego se enroló en una universidad debidamente acreditada para estudiar matemáticas. 

Nada de eso fue del agrado del distrito escolar local que se negó a aceptar los estudios de BR y quiso obligarla a volver a la escuela tradicional y a comenzar sesiones de terapia por haber estudiado sola. Pero todo terminó para bien cuando un tribunal dejó sin efecto las medidas del distrito escolar. 

Los jueces obligaron a las escuelas locales a aceptar los estudios de BR y argumentaron que la joven, aunque buscó una “solución educativa heterodoxa” a su deseo de estudiar, debió hacerlo porque esa fue la única manera en la que “pudo ejercer su derecho a educarse”, algo que no le ofreció “la ineficiencia del sistema educativo”. 

Ya existen cientos de miles de y quizá millones de jóvenes que, cansados de su educación agonizante, crean sus propias soluciones, sin esperarlas de los adultos. A esos adultos que no piensan en educar, sino sólo en chalecos de fuerza, los jóvenes les responden como lo hizo Greta: ¡Cómo se atreven!

 

Lo absurdo es creer que lo absurdo no es normal

Recientemente, por cuestiones de comodidad del momento, decidí hacer el pago mensual de mi tarjeta de crédito por teléfono, y, para completar esa tarea, tuve que entrar digitalmente numerosa información personal, incluyendo número de tarjeta, fecha de nacimiento, teléfono y código postal. Pero eso fue solamente el principio.

Luego de ingresar toda la información solicitada, el sistema automáticamente me transfirió a un operador humano (o eso supongo) quien me pidió que le repitiese toda la información anterior y luego me pidió que le deletrease mi nombre completo y verificase mi correo electrónico y mi teléfono. Así lo hice y la siguiente pregunta fue explicar la razón del llamado.

Le expliqué que yo simplemente llamaba para hacer un pago de mi tarjeta de crédito. Me acordé de que tenía que hacer el pago y, por no estar cerca de una computadora, preferí llamar. El representante me pidió entonces que confirmase los últimos cuatro números de la cuenta de banco que yo iba a usar para el pago. Los confirmé y entonces me dijo:

“Lo lamento, pero no podemos completar la transacción porque no podemos verificar su identidad”. Y ese fue el fin de la conversación con esa persona, pero no el fin de diálogo interior sobre lo sucedido.

Me hubiese gustado preguntarle cómo era posible que luego de responder a todas las preguntas que me hicieron y después de que ellos mismos verificasen que las respuestas eran válidas (o eso me dijeron), aún así no pudieron determinar que yo soy yo. ¿Qué más pruebas necesitaban, que les enviase una muestra de mi ADN?

Quizá el nivel de escepticismo sobre mi identidad era tan alto para el representante de servicio al cliente de esta empresa que no se hubiese convencido de mi identidad a menos que un ser angelical con voz estruendosa se le apareciese con la buena noticia de que yo soy yo. 

Y si el ser angelical no estuviese disponible, quizá un extraterrestre descendiendo de su nave espacial podría hacer ese trabajo. 

Otra pregunta también vino a mi mente: ¿cuántas personas llaman a la compañía de tarjetas de crédito y dicen que quieren pagar mi tarjeta? ¿Y a cuántas personas (incluyéndome a mí) se les dice que esa transacción no puede completarse, ni siquiera luego de haber respondido verazmente a todas las preguntas de seguridad e identificación?

Si hay alguien que se hacer pasar por mí para pagar mis deudas me gustaría saberlo para no interferir con la noble tarea de esa persona, pero dudo mucho que alguien lo haga. De hecho, estoy seguro de que la única persona que, por teléfono o en línea, pagas mis deudas soy yo. De otra manera, no tendría esas deudas. 


Pero existe aún otro problema, en mi opinión aún más absurdo y preocupante. Antes de interrumpir la conversación, el representante de servicios al cliente me dijo que la transacción no podía realizarse “para proteger su seguridad”, es decir, mi seguridad. Pero ¿de qué me sirve “mi seguridad” si se usa en mi contra?

 

¿Cuánta buena información y oportunidades desechamos debido a nuestra ignorancia?

Recientemente tuve la oportunidad de hablar sobre la importancia (relativa) de la educación universitaria ante un grupo de padres de familia y, al final de la reunión, una madre se acercó indicándome que tenía una pregunta.

La madre contextualizó su pregunta diciendo que su hija ya estaba cerca de concluir la escuela secundaria, con intenciones de seguir estudiando. “¿Será por eso que siempre le llegan tantas cartas de las universidades?”, preguntó la madre. “Sí”, le respondí.

“Como yo no sabía, cada vez que llega una de esas cartas yo la tiro a la basura. Como yo no entiendo lo que esas cartas dicen, pensé que mi hija no las necesitaba”, explicó la madre.

Sentí el impulso, pero no lo hice, de arrodillarme en el suelo, extender los brazos, mover la cabeza hacia atrás y, debajo de una negra nube de tormenta y un fuerte aguacero, gritar “¡Nooooo!” durante algunos minutos. 

“Algunas de esas cartas pueden valer varios miles de dólares para su hija. De ahora en más, cada vez que llegue a una carta, désela. Ella va a saber qué hacer”, aconsejé. 

Pero la verdad es que, a lo largo de nuestra vida, cada uno de nosotros recibimos información valiosa o imperdibles oportunidades que “arrojamos a la basura” por nuestra propia ignorancia, sea real y circunstancial o, peor aún, autoimpuesta y conscientemente repetida para que de esa manera la verdad no amenace ni cambia nuestro pequeño mundo. 

De hecho, estoy absolutamente seguro de que yo mismo he arrojado a la basura, muchas veces hasta sin saberlo o sin tomar consciencia haberlo hecho, información y oportunidades que, de haber sido activadas apropiadamente, podrían haber sido de gran beneficio para mí y, aún más importante, para aquellos a mi alrededor. 

(Dicho sea de paso, aprendí hace mucho tiempo que las mejores oportunidades que yo recibo no son para mí o solamente para mí, sino para compartir con otros.)

En cierta forma es mejor no saber que, debido a nuestra ignorancia, la información se perdió o la oportunidad ya no existe, porque tomar consciencia de las consecuencias de nuestra ignorancia significaría tomar consciencia de nuestra ignorancia y, por lo tanto, la ignorancia ya no serviría de excusa. 

Pero tarde o temprano, por esas vueltas de la vida, llegamos a un punto en el que comprendemos que hemos desperdiciado información y oportunidades, en algunos casos irrepetibles y de alta calidad, simplemente porque preferimos más aferrarnos a nuestra ignorancia (a la que llamamos “sentido común” o “tradición”, entre otros nombres) que abrir nuestra mente y corazón a una nueva realidad. 

Quizá necesitemos adoptar el hábito de asumir que cada mensaje que llega a nosotros es un mensaje para nosotros o para alguien cercano. Pensar cuál puede ser ese mensaje es, por eso mismo, resistirnos a la ignorancia.

Bien decía en la antigüedad Saulo de Tarso (Pablo) en su discurso en Atenas que lo que realmente perdona Dios es nuestra ignorancia. Por eso, con ese perdón ya recibido, no deseches el próximo mensaje que te llegue.   

Existen elementos humanos ante los cuales incluso los dioses resultan impotentes

Existen, sin dudas, algunos elementos propios de la humanidad contra los cuales, según parece, los dioses (quienes quieran que ellos sean) no tienen poder alguno. Dicho de otro modo, ciertas características humanas vuelven impotentes a los dioses. Veamos tres ejemplos. 

En 1801, Friedrich Schiller presentó su obra teatral La Doncella de Orleans, una versión modificada de la conocida historia de Juana de Arco. En la sexta escena del Acto IV, Talbot, uno de los personajes, exclama: “Contra la estupidez (humana), los dioses mismos, ellos mismos, luchan en vano”. 

A más de 200 años de aquella sabia afirmación, el actual proceso de infantilización de los adultos en los países “occidentales” y el constante proceso de pérdida de nuestras capacidades cognitivas (el llamado “Efecto Flynn”) confirman ampliamente la creciente estupidez humana, promulgada por la cámara de eco de las redes sociales. 

Pero Schiller va más allá de solamente puntualizar la innegable realidad de la estupidez humana y afirma que ni los dioses mismos pueden cambiar esa condición. Y tiene razón. 

Por eso, vivimos en un mundo en el que todo desacuerdo se convierte en desagrado, en el que el diálogo se transforma en debate, el escuchar es un ejercicio de cerrar los oídos a todo lo que nos invite a pensar, y la mano amiga extendida se convierte en la mano enemiga mordida. 

Como bien decía Schiller, las deidades, con toda su divinidad, nada pueden hacer contra la estupidez humana. 

Pero hay otro elemento humano contra el cual las deidades nada pueden hacer: el aburrimiento. En 1888, el último año en pleno uso de sus facultades mentales, Nietzsche escribió El Anticristo y, en la sección 48, con plena consciencia de estar parafraseando a Schiller, afirma que “contra el aburrimiento (humano) los dioses mismos luchan en vano”. 

Nietzsche no está hablando de esa sensación de fastidio por no tener nada para hacer a la vez que uno no quiere hacer nada ni está interesado en nada. Podría decirse que Nietzsche no apuntaba al hecho de no hacer nada, sino al hecho de ser nada (o de sentirse nada), por lo cual nada de lo que uno haga, tenga o logre sirve de motivación. De hecho, Adán estaba aburrido en el paraíso. 

Paradójicamente, sugiere Nietzsche, la divinidad no puede hacer nada ante el aburrimiento humano porque los humanos son una especie de diversión para la divinidad. Existe aún un tercer elemento que impide toda acción divina: la mente cerrada. 

En 1972, Isaac Asimov publicó su novela Los Dioses Mismos, en la que explícitamente cita la frase de Schiller citada arriba. En este caso, se trata de cómo salvar a la tierra en el siglo 21 de una catástrofe planetaria y galáctica, creada por la tecnología humana. 

Basta decir que el campo social de la negatividad que ahora impera en nuestro planeta nos acerca bastante a la “Gran Crisis” anticipada por Asimov. Y ni los dioses nos van a salvar de mentes, corazones y manos cerrados. La salvación, entonces, está en nosotros y nuestras intenciones.   

Hemos dejado el futuro en manos de adultos con mentes cerradas e infantiles

Recientemente escuché a un pastor predicándoles a los varios cientos de miembros de su congregación y diciéndoles que, según recientes estudios científicos, “casi el ciento por ciento” de los seres humanos algún día van a morir. Lamentablemente, no tuve la oportunidad de preguntarle qué significa ese “casi”.

Después de todo, si este buen hombre tiene acceso a un estudio científico que demuestra que la mortalidad humana es de menos del ciento por ciento, sería bueno que comparta con nosotros ese estudio para ver, como mínimo, si el “casi” es del 0,01 por ciento, o del 1 por ciento, o la cifra que fuese. 

Y luego me tocó, por casualidad, escuchar una conversación en la que alguien hablaba de un oso que fue cazado a balazos, despellejado, descuartizado y su cabeza cortada. Y la otra persona preguntó: ¿Pero el oso se murió? Dado que la conversación no era conmigo, no me correspondió decir nada, aunque me quedé pensando como alguien podía siquiera hacer esa pregunta.

La razón por la que alguien necesita explicaciones para determinar si un oso baleado, despellejado, descuartizado y descabezado murió es la misma razón por la que alguien afirma que la mortalidad humana es de “casi” el ciento por ciento: infantilismo. Pero esa afirmación necesita ser explicada. 

En su clásico y controversial libro de 1987 El Cierre de la Mente Estadounidense, Allan Bloom ya decía que la educación en Estados Unidos había “empobrecido el alma” de los estudiantes. Y luego, en 2000, Jeffrey Jensen Arnett, Christian Smith y otros investigadores comenzaron a hablar de la adultez emergente, es decir, el largo tiempo que le llevaba a los jóvenes madurar. 

Pero según recientes estudios, ya no se trata de una mente cerrada (como Bloom anticipó) ni de que la adolescencia ahora dura hasta casi los 40 años (como Arnett explicó), sino de que los adultos siguen siendo y actuando como niños.

En 2014, el Centro Lumen de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanísticas (en Rumania) publicó un artículo del Dr. Jacopo Bernardini, titulado La infantilización del adulto postmoderno (es decir, para aclararlo, nosotros). Según Bernardini, el adulto contemporáneo vive en un estado de perpetua “inmadurez consciente” que le permite “escapar de sus responsabilidades”.

Y eso es posible, dice Bernardini, porque vivimos en una sociedad en la que “las actitudes infantiles y el modelo de vida adolescente son promovidos en los medios y tolerados por las instituciones”. Dicho de otro modo, ser joven “no tiene nada que ver con la edad, sino que es un estilo de vida” que hace que “la juventud ya no sea una etapa transitoria de la vida”. 

En definitiva, infantilización es “una regresión colectiva” de la sociedad postmoderna que le da prioridad a “la velocidad y las posibilidades”, al “modelo eficaz de la juventud”, con el consecuente “rechazo psicológico de la condición de adulto”. 

Así, nuestro futuro queda en manos de mentes cerradas, infantiles y narcisistas. Me gustaría escribir mucho más sobre este tema, pero llegó la hora de ver mis dibujos animados favoritos. 

¿Cuántos años más viviremos y para qué?

Recientemente le comenté a una persona amiga que las compañías de seguro ahora (de hecho, desde hace ya algún tiempo) emiten coberturas hasta los 120 años, anticipando que en poco tiempo esa será la duración de nuestra vida activa y saludable. Obviamente, mi comentario fue rechazado con total escepticismo, tanto por razones “científicas” como “teológicas”.

Sea como fuere, y dejando de lado el hecho que en la visionaria serie animada Futurama el Profesor Farnsworth se mantiene activo a los 160 años, un reciente estudio clínico publicado en California indica que un “cóctel” de tres medicamentos comunes puede retrotraer la edad biológica de una persona en hasta 2,5 años. 

Dicho de otro modo, y para que no queden dudas, con esos medicamentos la persona rejuvenece 2,5 años. Y eso se logra con los conocimientos y la tecnología ahora disponibles, lo que permite pensar que, una vez que progresen tanto los conocimientos como la tecnología, crecerá el número de años de rejuvenecimiento. 

Debido además a que el desarrollo tecnocientífico actual es exponencial, se puede pensar que en poco tiempo la cantidad de años que una persona podrá recuperar (o rejuvenecer) será una cantidad considerable, quizá incluso en decenas de años. De hecho, según el reporte mencionado, eso es exactamente lo que ya sucede en experimentos con animales. 

Pero, como ya lo decían los antiguos, un cuerpo sano necesita una mente sana. Y, en ese sentido, los recientes estudios en el cerebro humano ya han confirmado tanto el fenómeno de la neurogénesis (el cerebro crea nuevas neuronas, contrariamente a lo que se enseñaba antes) y el fenómeno de neuroplasticidad (el cerebro crea nuevas conexiones entre las neuronas).

Y si a ese nuevo entendimiento del cerebro se le suma el deseo de Elon Musk (y otros) de establecer una conexión directa entre el cerebro humano y la inteligencia artificial, el “nuevo” cerebro seguiría operando a máxima capacidad durante años y años.

De hecho, según un reciente artículo en la revista especializada Naturaleza y Biotecnología, dos científicos de Harvard, Shaun Patel y Charles M. Lieber, ya han desarrollado un sistema que permite, por medio de una red de implantes neuronales (y conexiones directas entre el cerebro y la computadora) tratar enfermedades (Parkinson, Alzheimer) y adicciones, e incluso es posible “prevenir que el cerebro se degrade con la edad”. 

Cuando ese cerebro humano mejorado (un proyecto que ya está en marcha) se “fusione” (como dijo Patel) con la inteligencia artificial, el cerebro será no solamente capaz de percibir sus propios pensamientos, sino de “manifestarlos”, incluyendo entonces la cura de sus enfermedades.

Teniendo en cuenta esos avances, y teniendo en cuenta que hasta hace poco más de un siglo la expectativa de vida era de menos de 50 años, es entonces claramente posible pensar que en poco tiempo vivir una vida activa y sana hasta los 120 años o aún más allá ya no es una simple fantasía, y no es algo contrario a la ciencia ni, de hecho, a la teología.

Entonces, ¿para qué viviremos?

¿Para qué quieren leer nuestros pensamientos, sino para controlarlos?

Un reciente reporte (29 de agosto) publicado por la Universidad de California en San Diego revela que biólogos de ese centro de altos estudios han logrado desarrollar mini-cerebros de laboratorio que, tras algunos meses de crecimiento, ya tienen sus propias redes neuronales funcionando. Y ese es sólo el principio de la creación de cerebros humanos completos. 

El informe completo, en el número más reciente de la revista especializada Cell Stem Cell, explica que los mini-cerebros en cuestión, totalmente gestados fuera de toda asociación con un cuerpo humano, desarrollan ondas cerebrales similares a las de los bebés en gestación. 

La meta, según los investigadores a cargo del experimento, es que estos organoides cerebrales eventualmente desarrollen redes neuronales “sofisticadas”, es decir, maduras e interconectadas. Al entender cómo se produce ese desarrollo, los científicos podrían “modelar” los nuevos cerebros humanos, por ejemplo, eliminando enfermedades o acelerando su evolución,

Y en ese contexto, la verdadera meta de estos estudios es llegar a conectar el cerebro humano con la inteligencia artificial, algo que tanto Neuralink (Elon Musk) como Facebook anunciaron recientemente por separado que ya están haciendo, por lo menos en su etapa inicial. 

No se trata de ciencia ficción. Neuralink confirmó hace pocos días (31 de agosto) que está desarrollando un “implante cerebral” para conectar el cerebro directamente con una computadora. Y Facebook afirmó que planea crear un dispositivo que pueda “leer” la mente de las personas para que las personas puedan enviar información “con sólo pensarlo”.

Ante la casi inminente posibilidad de cerebros humanos rediseñados en un laboratorio (por lo tanto, sin enfermedades y más evolucionados) conectados con una inteligencia artificial global, todo lo que ahora somos y tenemos resulta obsoleto y primitivo. Y toda la ciencia ficción se presenta como un cuento infantil poco imaginativo. 

En definitiva, aquellos que quieran aumentar su capacidad cerebral y cuenten con los medios para hacerlo (como los súper multimillonarios del mundo tecnológico) podrán recibir implantes de cerebros “orgánicos” (quizá tantos como quieran) y a la vez conectarse con la inteligencia artificial de su propia creación, la misma inteligencia artificial que cada día controla más y más de nuestras vidas. 

Aunque esa situación de agregar nuevos cerebros a los que ya tenemos y luego conectarlos con inteligencia artificial aún no existe, es decir, se nos dice que hoy todavía no existe, los reportes oficiales indican que esa es la dirección de marcha de las investigaciones actuales, con resultados altamente prometedores. 

El transhumanismo está, parece, a la vuelta de la esquina, quizá en 2029, como lo anticipó en varias ocasiones Ray Kurzweil. O, dicho de otro modo, la extensión casi indefinida de la existencia biológica y la inmortalidad digital pueden ser reales en diez años. Si eso sucede, ¿por qué Silicon Valley quiere leer nuestros pensamientos? 

La respuesta es obvia: para controlarlos, como ya sucede en la actualidad, al punto que nos angustiamos si no recibimos todos los “Me gusta” que esperábamos. Pero ¿para qué quieren controlar nuestros pensamientos? Para no aburrirse. Pero ese ya es otro tema. 

Caminamos a oscuras por la vida, innecesariamente

Mi carro, aunque no nuevo, funciona bien y, excepto por el mantenimiento normal, no presenta mayores problemas. Sin embargo, las luces delanteras, según descubrí recientemente, ya no iluminaban como antes, por lo que un “experto” me sugirió cambiarlas, con un costo estimado en cientos de dólares.

Antes de decidirme a pagar esa suma, una rápida consulta con verdaderos expertos me llevó a comprar un paquete para restaurar esas luces y, por sólo 15 dólares y tras menos de una hora de trabajo, las luces volvieron a brillar. 

De hecho, el problema no eran las luces. No hacía falta cambiarlas. Sólo era necesario remover aquello que las oscurecía, pero que las oscurecía de tal manera y con tal lentitud, que la diferencia de iluminación entre un día y el otro era tan pequeña que uno casi no la notaba y entonces, erróneamente, uno asumía que las luces seguían iluminando como antes.

Aún peor, una vez que el problema se volvió imposible de negar, cuando quedó claro que las luces ya no iluminaban como antes, la solución propuesta por el “experto” resultaba tan costosa (tanto en tiempo como en dinero) que parecía imposible de lograr. La verdad, sin embargo, era que la restauración de la luz era sencilla, rápida y a un costo reducido.

La situación me hizo pensar que a lo largo de la vida nuestra luz interior deja de iluminar nuestro camino, y no porque esa luz interior se apague, sino porque nosotros mismos la vamos ocultando con nuestras creencias, credos, dogmas, ideologías, tendencias, modas, y autoengaños. 

Poco a poco, casi imperceptiblemente, agregamos una nueva y delgada capa de oscuridad frente a nuestra luz interior que hoy, por eso, ilumina un poco menos que ayer. Pero no nos damos cuenta. No le prestamos atención. No lo consideramos ni como un pequeño problema actual ni como un gran problema a largo plazo.

Y un día, por el motivo que sea, nuestra luz interior deja de brillar. Pero no se extinguió, sino que está solamente oculta detrás de todo el polvo de lo cotidiano, de lo temporal, que hemos dejado que se acumule sobre ella. Y, peor aún, a ese polvo de la inautenticidad, de la superficialidad, le agregamos una capa de olvido. 

Entonces, la luz que antes iluminaba nuestro camino ya no lo hace, no porque no pueda brillar, sino que nosotros se lo impedimos. Y cuando, en desesperación de volver a encontrar algo de luz para nuestra vida buscamos revertir la situación, acudimos a “expertos” que fácilmente nos convencen que la única alternativa es una costosa y larga respuesta. Pero no es así.

Al contrario de lo que sucede con las luces de los carros, cuando se trata de nuestra luz interior no existen “expertos”, porque, en primer lugar, es la luz brillando dentro de nosotros y, en segundo lugar, esa luz no se ha ni perdido. Sólo se trata de remover todo aquello que, a sabiendas o no, hemos depositado sobre la luz, impidiendo que se vea su resplandor. 

 

¿Qué estamos realmente creando al recrearnos a nosotros mismos y al planeta?

En su interesante libro La Cuarta Edad, Byron Reese propone que cada vez que la humanidad accede a una nueva tecnología, la humanidad cambia y, con ella, el planeta. Por eso, cabe la pregunta, ¿en qué realmente nos estamos transformando ahora que la tecnología nos está transformando a nosotros y al planeta?

Reese sostiene que hace 100.000 años, los seres humanos aprendieron a usar el fuego y, gracias a ello, desarrollaron el lenguaje. Luego, hace unos 10.000 años, el nacimiento de la agricultura llevó al nacimiento de las ciudades. Y más recientemente, quizá sólo cinco o seis milenios, el invento de la escritura tuvo con resultado la creación de naciones.

Ahora, sin embargo, el fuego, el idioma y la agricultura lucen primitivos al compararlos con robots inteligentes y conscientes, es decir, la “cuarta era” de la que habla Reese. Lo que todavía no sabemos es qué surgirá como resultado de estas nuevas tecnologías.

Por el momento (apartándonos ahora del libro), queda claro que el lenguaje que usamos ya no resultado del todo apropiado para describir la nueva realidad, por lo que tenemos que usar expresiones como “realidad expandida” o “realidad virtual”. 

Y, como queda indudablemente en evidencia en el mundo actual, las mismas nociones de “ciudad”, “nación” y “estado” se han visto grandemente desafiadas en cuanto a su viabilidad y futuro precisamente por la aparición de las nuevas tecnologías. Tanto es así que para muchas personas la única alternativa parece ser volver a un pasado de supuesta grandeza.

Mientras tanto, Estados Unidos y Rusia recientemente anunciaron por separado el desarrollo de naves espaciales de combate, a la vez que varias empresas privadas anunciaron el inminente lanzamiento de viajes de turismo espacial. 

Y los planes para terraformar Marte en las próximas décadas continúan avanzando. ¡Qué paradoja! Queremos transformar a Marte para que sea como la Tierra a la vez que destruimos la Tierra. 

Simultáneamente, los robots inteligentes desarrollan su propio lenguaje y su propia ética y, lenta pero inexorablemente, se hacen cargo de todas las cosas. “Cosas” como en “Internet de las Cosas”, desde carros autónomos hasta casas inteligentes, y desde decisiones judiciales (jueces robots) hasta decisiones espirituales (sacerdotes robots).

En todo ese contexto, aunque sabemos aproximadamente dónde hemos estado, los humanos aún no sabemos a dónde vamos a llegar, es decir, si estamos entrando en un futuro prometedor en el que muchas de las expectativas y deseos de la larga historia de la humanidad se verán cumplidos, o si esta es la última etapa de la existencia humana antes de ser desplazados y reemplazados por nuestra propia creación. 

Pero entonces la pregunta inicial debe ser reformulada, porque quizá ya no resulte suficiente preguntarse solamente en qué nos estamos transformando nosotros gracias a las nuevas tecnologías, sino que debemos preguntarnos en qué se están transformando las tecnologías gracias a lo que ellas mismas están descubriendo. 

A la humanidad le llevó unos 100.000 años llegar la inteligencia artificial. ¿Cuánto tiempo le llevará entonces a la inteligencia artificial para completar su propia evolución? 

El curioso caso de llevar puesta una ideología sin saberlo

Recientemente participé en un evento comunitario que requería cierta formalidad, por eso me sorprendió encontrarme en el lugar con un muchacho que, sin el saco y la corbata que los otros hombres usaban, llegó vestido con una camiseta (playera) del Barcelona, el conocidísimo club de futbol español. 

Al final del encuentro, me acerqué al muchacho para felicitarlo por la excelente elección de su camiseta (y también lo hubiese felicitado si la camiseta hubiese sido del Boca Juniors, pero no muchos otros clubes.) Aproveché entonces a preguntarle si le gustaba el Barcelona (algo que me pareció obvio) y el futbol en general. 

Su respuesta fue una sola palabra: “¿Qué?”

Luego, el muchacho explicó que se había comprado esa camiseta porque le gustaron los colores, desconociendo toda conexión de esos colores con el Club Barcelona o con el fútbol. Y la pregunta sobre si conocía a Leonel Messi fue respondida con “¿Quién?”, dejando en claro que, para ese muchacho, “su” camiseta era sólo una conjunción de agradables colores y nada más. 

La situación me recordó a imágenes que se repiten con cierta frecuencia en los medios sociales y en campañas de recaudación de fondos en las que se muestra a niños en situación de pobreza vistiendo camisetas de equipos del fútbol americano de los que, casi con toda seguridad, esos niños no conocen absolutamente nada. 

Pero la experiencia de haberme encontrado con alguien que viste una camiseta del Barcelona sin saber nada del Barcelona me hizo pensar en algo distinto, es decir, en la posibilidad de “vestirnos” de cierta creencia, dogma o ideología y “llevarla puesta”, sin conocer nada en absoluto de esa ideología. 

Se dice que la ideología más difícil de entender es precisamente aquella que aceptamos y en la que creemos, porque se nos presenta como algo “normal” e incluso “obvio” que, por eso mismo, no necesita ser pensada, ni repensada, ni desafiada. 

Y luego caminamos por la vida mostrando los colores de esa ideología, sin saber en realidad de qué se trata. Y si alguien nos felicita o nos critica por “vestir” esa ideología y nos pregunta por qué la hemos adoptado, probablemente responderemos, como me respondió el joven antes mencionado, “Porque me gusta”. 

De hecho, existen numerosos casos así, sin importar que se trate de política, de religión, de economía o de lo que fuere. La persona en cuestión se viste con “su” camiseta y la lleva puesta a todos lados, sea prudente o no hacerlo, sea cortés o no hacerlo, en muchos casos ignorando el significado de los colores qué está mostrando.

Peor aún, esa ignorancia, sumada al apego a los colores, impide todo diálogo y las respuestas, si las hay, se limitan a monosílabos generalmente enmarcados en una sonrisa teñida de desdén.

Seamos honestos: todos llevamos puesta una “camiseta de ideología” que no vemos o que desconocemos. Por eso, leemos libros sagrados como si fuesen manuales de economía y hasta contribuimos alegremente a nuestra propia deshumanización. 

Si alguien te pregunte por tu camiseta, abre los ojos. 

 

 

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