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Proyecto Visión 21

COMENTARIOS SEMANALES

El sistema nunca nos presenta todas las posibilidades futuras

Recientemente aprendí, y lamento no haberlo hecho antes, que el sistema en el que uno vive (cualquier sistema que sea y en cualquier época) nunca nos presente todas las posibilidades futuras debido a la complejidad y multiplicidad de esas posibilidades. Dicho de otro modo, el sistema siempre reduce y limita el futuro. 

Sin embargo, cuando surgen grietas en el sistema, como sucede en la actualidad, esas grietas invitan a expandir posibilidades antes no exploradas. En otras palabras, cuando el sistema ya no ofrece respuestas a preguntas cada vez más existencialmente inquietantes, en ese momento y si uno realmente presta atención, surge un nuevo futuro. 

A la vez, como bien lo explica el sociólogo alemán Niklas Luhmann en su libro Confianza y Poder, esa conexión con las posibilidades futuras puede ser engañosa en el sentido de hacernos creer que el futuro significa un “regreso a la normalidad” (una frase que se escucha mucho en esta época de pandemia), pero no un nuevo futuro.

Dicho de otro modo, incluso explorar opciones antes ni siquiera pensadas para el futuro, incluso en medio de ese cambio de la consciencia, podemos decidir que la mejor opción es volver al pasado, es decir, quedarnos atrapados dentro del mismo sistema que nos limita en cuanto a nuestras opciones del futuro.

Parafraseando a Luhmann, confundimos familiaridad con normalidad y normalidad con seguridad. Entonces, borramos el futuro y lo convertimos en una repetición del pasado o en una extensión del presente. De esa manera, el mismo sistema que al agrietarse nos da un vistazo de que es posible escapar del sistema crea la ilusión de que el único escape es no escaparse.

Esta situación ya había sido explorada, como resulta obvio, por Platón en su famosa Alegoría de la Caverna, cuando los prisioneros dentro de la caverna ni siquiera saben que son prisioneros y, por eso, nada hacen por escarparse. Se conforman con ver sombras de la realidad creyendo que esa es toda la realidad. 

De hecho, ni siquiera cuando alguno de esos prisioneros es rescatado y dejado en libertad fuera de la cueva, ni siquiera esa experiencia le permite al exprisionero apreciar su libertad y, por lo tanto, busca desesperadamente volver a sus cadenas. 

Más allá de las metáforas utilizadas por Platón y de los múltiples niveles de interpretación de su Alegoría de la Caverna, lo cierto es que esa es nuestra realidad existencial: vemos lo que nos dejan ver y lo que podemos ver y, por eso, confundimos el futuro con el mañana y asumimos que el mañana es “otra vez hoy”, como le sucedía a Sísifo.

Mientras tanto, como puntualiza Luhmann, el “mundo” (si se quiere, el universo, o la totalidad de la realidad) siempre es mucho más amplio que cualquier sistema que trate de contenerlo o explicarlo. Y cuando nos olvidamos de esa básica diferencia, cuando confundimos el “mundo” con el sistema, creamos que el fin del sistema es el fin del mundo. 

El futuro no es el mañana, sino una expansión de la consciencia. 

¿Abrazar mi osito de peluche o plantar un manzano?

Recientemente leí que, según la NASA, a partir de 2030 la luna oscilará de tal manera que causará grandes mareas en la tierra. Y cuando todavía no me había recuperado de esa noticia, leí otra historia que indica que los estudios hechos en 1972 por expertos de MIT son correctos: la humanidad desaparecerá en 2040 o poco después. Entonces, ¿qué opciones tenemos? 

Una opción obvia es dejar de prestar atención a esas predicciones (aunque se basen en los mejores conocimientos científicos disponibles) y negar su realidad y su veracidad. Es decir, actuar como niños pequeños: cerrar los ojos para no ver lo que no queremos ver, confiando que, por no verlo, el problema desaparecerá.

Esta actitud de negarse a ver la realidad y de creer (erróneamente) de que algo deja de existir si no lo vemos es lo que denomino “abrazar el osito de peluche”, es decir, asumir que nada va a pasar o que lo que sea que va a suceder sucederá sin que nosotros podamos hacer nada al respecto. 

Y cuando cerrar los ojos a la realidad o utilizar cualquier actividad o sustancia adictiva para no verla no funciona como nos gustaría, entonces, además de abrazar el osito de peluche, comenzamos a buscar culpables (mejor, chivos expiatorios) a quienes haremos responsables de lo que nos pasa. Y eso tampoco funciona, comenzaremos con ataques y hasta destrucción.

En definitiva, la estrategia de cerrar los ojos a la realidad siempre es destructiva y autodestructiva.

La otra opción es abrir los ojos a la realidad y reconocer dos cosas: nosotros mismos somos la principal razón y causa de los graves problemas que nos aquejan y los humanos ya no somos la especie más inteligente o más “necesaria” en este planeta.

Esta actitud es la que denomino “plantar el manzano”, en referencia a la frase “Incluso si supiese que mañana el mundo quedaría reducido a escombros, aun así, yo plantaría mi manzano”, una expresión adjudicada (sin pruebas) al reformador Martín Lutero y usada el siglo pasado por el Dr. Martin Luther King Jr. 

Esta actitud, como lo refleja el hecho de plantar el manzano, permite mantener la compostura y, a la vez y por eso mismo, mantener una mente abierta, un corazón abierto, y una voluntad abierta. Por eso, en vez de buscar culpables buscamos compañeros y compañeras en el camino de la vida. Y los actos de destrucción se convierten en actos de cocreación.

Dicho de otro modo, ante inevitables cambios que están fuera de nuestro control y que, aparentemente, no serán beneficiosos para el futuro de la humanidad, podemos adoptar dos posturas: desesperación o desesperanza. La desesperación paraliza y enceguece. La persona desesperada intentará cualquier cosa, sin importarle el costo o las consecuencias.

Por su parte, la persona desesperanzada, habiendo tomado consciencia de su lugar en el universo, se siente liberada de la necesidad de “tomar control” de la situación y, por eso mismo, se enfrenta y espera la nueva realidad con la totalidad de su ser, ahora también transformado.  

Cuando llega la tormenta debemos sentirla con cuerpo y alma

Recientemente escuché en varias ocasiones la frase que dice que la mejor manera de hacerle frente a una tormenta (es decir, el caos en el que ahora vivimos) es estar cerca de la tormenta. Debo aclarar que, al principio, me pareció una sugerencia incorrecta porque, después de todo, ¿no es mejor alejarse de la tormenta y buscar un lugar seguro? 

Pero luego escuché una entrevista con un experto en seguridad marítima y esa entrevista me ayudó a entender mejor el significado profundo de la frase mencionada. 

En abril pasado, la Radio Nacional de Australia entrevistó a Brad Roberts, oficial de la Autoridad de Seguridad Marítima de ese país. En ese contexto, Roberts explicó que los capitanes de barco prefieren estar cerca de la tormenta porque así pueden “sentirla” de una manera estrictamente literal, es decir, sentirla con su cuerpo. 

“Sentir” la tormenta con el cuerpo lleva a que la tormenta “tenga sentido”, no como si se estuviese hablando de una definición en el diccionario o de una explicación histórica o científica, sino en el sentido (usado aquí intencionalmente) de que el capitán del barco “se conecta” con la tormenta. 

A la vez, los capitanes más experimentados “sienten” a sus barcos como extensiones de sí mismos, un sentimiento que saben transmitir a su tripulación. Eso les permite conectarse con el barco y con su tripulación como si todos fuesen “un solo organismo”, explicó Roberts. 

De esa manera, cuando llega una tormenta y la tormenta se vuelve inevitable, el capitán, su tripulación y el barco actúan en unidad no para luchar contra la tormenta, sino para saber dónde estar en cada momento de la tormenta, de modo que la tormenta no hunda el barco.

Según Roberts, sus investigaciones indican que aquellos capitanes que “buscan refugio” o se deciden a “esperar que llegue el rescate” tienden a enfrentar mayores problemas y peores consecuencias que aquellos que deciden hacerle frente a la tormenta. 

Estos últimos, subraya Roberts, utilizan no solamente sus instrumentos o sus conocimientos para tomar una decisión, sino sus propios cuerpos. Y, según Roberts, esa práctica del “conocimiento encarnado” (o “incorporado” si se entiende esta palabra en su sentido de “en el cuerpo”) se puede aplicar a casi cualquier circunstancia en la vida. 

Lamentablemente, agrego yo, no nos han educado como para “prestar atención” al cuerpo propio ni, mucho menos, para acceder a los conocimientos y a la sabiduría del cuerpo. Por eso, ya no somos parte de una tradición en la que el cuerpo es una de las “almas” (manifestaciones del ser) de cada uno de nosotros, y no solamente un elemento puramente material. 

De hecho, se nos enseña a rechazar a nuestro cuerpo, por ejemplo, no dejándolo descansar o modificándolo para que se alinee con tipos corporales socialmente más aceptados.

Como consecuencia de menospreciar a nuestro cuerpo, cuando llegan las tormentas de la vida (personales o globales), ya no estamos conectados ni siquiera con nosotros mismos como para responder adecuadamente a la tormenta. Aprendamos las lecciones de los sabios marineros.  

La realidad se despliega más rápido de lo que podemos comprender

Hasta hace poco menos de 100 años, se creía que la Vía Láctea era todo el universo, es decir, no se sabía que la Vía Láctea era sólo una galaxia entre incontables otras, sino que se suponía que era todo lo que existía. Luego, mediciones de Andrómeda confirmaron que Andrómeda era otra galaxia y no una nébula dentro de la Vía Láctea. Repentinamente, el universo creció.

La progresión parece clara, comenzando con las épocas remotas en las que los seres humanos asumían que no había nada más allá que la aldea o la ciudad que ellos conocían (o por lo menos no había nada bueno). Luego, se asumía que no existía nada más allá del país propio (o por lo menos el territorio propio era el único verdaderamente civilizado).

Más tarde se sostuvo que este continente o aquel otro eran los únicos y cuando finalmente todo el planeta fue explorado se creyó que no existían otros planetas similares a la tierra en ningún otro lugar del universo, es decir, en aquella época, la Vía Láctea. Finalmente, la Vía Láctea también fue destronada como “el único universo”. Y ahora le toca el turno a nuestro universo.

La creciente idea de un multiverso, una especie de mar de universos entre los cuales el nuestro es solamente una burbuja, va a acompañada de la idea de un universo oscilante (es decir, que se expande y se contrae, creando “universos” sucesivos) y de la idea de la multidimensionalidad del universo (dentro de nuestro propio universo existirían dimensiones que aún no percibimos.)

Dicho de otro modo, de la misma manera que un bebé sólo puede ver durante los primeros meses de su vida hasta medio metro de distancia antes de que sus ojos “aprendan” a ver distancias mayores, nosotros, como humanidad, sólo vemos lo que nuestra percepción nos permite ver en este momento y no podremos ver nada más hasta que aprendamos a verlo. 

Por eso, creo que, con los cambios constantes, profundos e irreversibles que estamos enfrentando, y con los constantes avances científicos y tecnológicos, nos vemos casi obligados a expandir nuestra consciencia de qué es y qué no es real y, como consciencia, de comenzar a ver lo que antes no veíamos. 

Por ejemplo, los vuelos espaciales comerciales ya son una realidad, como también lo son los órganos humanos artificiales y los médicos (incluso cirujanos) virtuales. Todos esos elementos se interconectan porque para viajes espaciales de larga distancia o para colonias humanas permanentes en el espacio los órganos artificiales y los médicos virtuales serán necesarios. 

Sin embargo, la mayoría de nosotros seguimos nuestras vidas ignorando la llegada de la nueva realidad e ignorando que esa nueva realidad no solamente ya está aquí si que nos afecta. Por ejemplo, debido a los cambios antes mencionados, se estima que en el futuro cercano centenares de millones de personas en todo el mundo deberán aprender nuestros trabajos para encontrar empleo. 

Estemos listos o no, el multiverso, el universo multidimensional y el nuevo futuro ya nos esperan. 

Vivimos en una sociedad congelada, tan congelada como nosotros mismos

Nos sentamos frente a una pantalla (cualquiera que sea) para ver algo e inmediatamente proclamamos que no hay para ver, ni siquiera después de haber revisado docenas de canales, o de haber buscado centenares de opciones. Y si miramos algo, aunque sea nuevo, ya sabemos lo que va a pasar porque es igual a lo que hemos visto antes en otra película o en otra serie.

Entonces decidimos mirar las noticias o buscarlas en línea y nos encontramos en una situación parecida: cambian los nombres y los lugares, pero las historias son las mismas: una guerra aquí, una matanza allá, un escándalo por corrupción más allá. Y, como siempre, alguien que sólo es famoso por ser famoso y que no dice nada que tenga sentido, pero que se repite infinitamente.

Quizá para escapar de esa situación, muchos acuden a iglesias o a centros religiosos a escuchar sermones y predicaciones. Y pronto descubren que semana tras semana se repite exactamente lo mismo, una y otra vez, sin avanzar y sin profundizar el tema. Siempre lo mismo, como si fuese algo nuevo, pero no lo es. Se repite lo que ya se dijo sin reconocer que ya se lo dijo. 

Estas y otras muchas situaciones similares son claros ejemplos de que nuestra sociedad (es decir, nosotros mismos) está congelada, tanto figurativamente como en la realidad. Hemos entrado en un ciclo de repetición continua de lo mismo al punto que ni el entretenimiento nos entretiene, ni las noticias nos informan, ni las predicaciones nos transforman. 

“Todo es igual, nada es mejor”, decía sabiamente el tango Cambalache en referencia al siglo 20. Y en el siglo 21, esa repetición de “Todo es igual, nada es mejor” se ha tecnologizado y globalizado en el marco de las redes sociales, en las que, a pesar de que miles de millones de personas participan, sólo se ve lo mismo una y otra y otra vez.

Nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros corazones, nuestras almas, nuestras mentes y nuestros espíritus están congelados, inmóviles, incapaces de permitir que la vida vuelva a fluir. Y a eso lo llamamos “normalidad” y “realidad”.

Hace dos milenios y medio, Heráclito enseñaba que la vida era (es) un río en el que “no se puede entrar dos veces”, subrayando así no sólo la fluidez de la vida, sino que la única manera de experimentar la vida es vivirla. 

Si ese río de la vida fluye y en él se deposita un cubo de hielo, el hielo se vuelve agua y el río sigue fluyendo. Pero si al río llega una inmensa cantidad de hielo (por ejemplo, una gran nevada en el invierno), el agua del río se vuelve hielo y el río deja de fluir. Eso es lo que nos pasa a nosotros.

Pero ¿quién nos congeló? ¿Quién nos puso dentro de un congelador y allí nos mantiene, aunque tenga que pagar la cuenta de la electricidad? 

No lo sé, pero, según Dante, el centro mismo del infierno, allí donde está Satanás, está congelado. 

Nos desconectamos del futuro porque nos desconectamos de nosotros mismos

Hace 2500 años, en el inicio de la llamada civilización occidental, Heráclito advertía sobre las consecuencias negativas para toda la sociedad de aquellas personas incapaces de relacionarse con otras porque ni siquiera podían relacionarse con ellas mismas. Dos milenios y medio después, la situación se ha empeorado. 

Heráclito hablaba de lo que él veía en su Éfeso natal y en el contexto de la cultura griega. Hoy, sin embargo, la desconexión con uno mismo, con los otros y con el universo (la naturaleza) ya es global, exportada sin dudas a todo el mundo por la llamada “civilización” occidental y su individualismo y narcisismo. 

Como ya advertía Heráclito, muchas personas en su época y aún más en la nuestra no solamente no se conectan con otros, sino que ni siquiera saben que esa conexión existe. Alguien podría objetar que siempre estamos conectados con otras personas, pero no es así. Estamos conectados con clientes o jefes o empleados. Nos conectamos con máscaras, pero no con humanos. 

Y entonces, como bien decía Heráclito, la gente cree que sabe simplemente porque cree que sabe, pero no sabe. Y al no existir ninguna conexión con otros, mucho menos con verdaderos sabios, y al no participar de una ecología de prácticas para salir de la ignorancia y alcanzar la sabiduría, la ignorancia de la ignorancia se perpetúa.

Esta situación afecta a todos en la sociedad, desde niños hasta reyes en la época de Heráclito, y desde niños hasta presidentes en nuestra época. Se trata de una situación de “vivir dormido”, de nunca despertar a la realidad, de estar tan encerrado dentro de uno mismo que se cree que esa es toda la realidad. 

O, como dice el padre Richard Rohr, se trata de personas que nunca salen de la “primera mitad” de su vida, aquella en la que dependen de otros (padres, maestros, sacerdotes), por lo que nunca llegan a la “segunda mitad” de su vida, aquella en la que dependen de sí mismos tanto para sus aciertos como para sus errores. 

Por eso, sin importar su edad cronológica, en realidad nunca salen de la infancia y se pasan la vida entera tratando de resolver problemas que jamás podrán resolver porque, como bien decía Jung, los problemas no se resuelven, se superan. 

Ese encierro existencial y el consecuente encierro mental se exacerban en nuestra época en la que las redes sociales, lejos de ser instrumentos de conexión, se transforman en “cámaras de eco” donde solamente escuchamos y vemos aquello que refuerza lo que ya creemos. Y lo mismo sucede con los medios de comunicación, que ya no comparten noticias, sino historias que “venden”. 

¿Cómo se sale de esa situación, de ese encierro? Se ha dicho que existen solamente dos maneras de cambiar nuestra forma de pensar: una mente abierta o un corazón quebrantado. Sin embargo, según parece, ni una pandemia global abre mentes o quebranta corazones. De hecho, en muchos casos, las mentes se cierran y los corazones se endurecen. 

No hay futuro para mentes cerradas. 

Es hora de comenzar a pensar en el siglo 27

Cuando la civilización se desmoronó a nivel global (y por muchos de los mismos factores que hoy nos aquejan) en el siglo 12 antes de nuestra era, un grupo de dedicadas personas con visión de futuro se comprometió a preservar la civilización y estabilizarla, lo que sucedió unos 600 años después. De manera similar, hoy nos toca comenzar a pensar en el siglo 27.

Seamos honestos: vivimos en una época de cambios constantes, profundos e irreversibles. Cambios inesperados solamente por aquellos que nunca aprendieron, como ya sugería Heráclito, a esperar lo inesperado. De hecho, se dice que en los próximos diez años la transformación de la humanidad será mayor que en toda la historia previa de la humanidad. 

Y a todo eso se suman los mismos problemas que tuvo la civilización hace 3200 años: guerras, gobiernos ineficientes, pandemias, hambrunas, desplazamiento masivo de personas, abandono de tradiciones y creciente desconexión intergeneracional. 

Por su parte, nosotros le sumamos nuestros propios problemas y desafíos, como destrucción del medio ambiente, cambio climático, aguda desigualdad socioeconómica, tecnología (casi) fuera de control y militarización y comercialización del espacio. Y, por supuesto, una población planetaria muy superior a la que existía hace poco más de tres milenios.

Dicho de otro modo, en el siglo 12 antes de nuestra era la civilización colapsó al no poder responder a sólo una parte de los problemas que nosotros ahora tenemos. Por eso, es mejor prepararse no para lo que va a pasar, sino para lo que va a pasar después de lo que pase en el futuro cercano y a mediano plazo. 

Pero ¿habrá entre nosotros personas capacitadas, dedicadas y de confianza como para mantener lo que quede de la civilización durante siglos? ¿Personas que no se consideran ni divinos ni superdotados, sino meramente humanos, pero con una variedad de estudios e intereses? ¿Personas de las más distintas ocupaciones dispuestas a un trabajo multicultural e intergeneracional? 

Hace 3200 años, a esas personas (algunas de las cuales conocemos por nombre y tenemos sus escritos) se las llamaba “ummanu”, una palabra que una infinidad de significados, pero que puede traducirse como “persona de absoluta confianza”, tan confiable que, de hecho, “ummanu” significa desde “niñera” hasta “consejero del rey”. 

Los “ummanu” eran altamente educados, hablaban varios idiomas, viajaban y cumplían con numerosas tareas, desde astrónomos e historiadores hasta generales y arquitectos. Pero ante todo eran personas de confianza con una clara visión a largo plazo de no dejar que la ciencia, la historia y el pensamiento desaparezcan.

¿Dónde están los “ummanu” de la actualidad? ¿Los hay? Probablemente no. A la vez, quizá nos toque a nosotros la responsabilidad de volvernos los mejores antepasados posibles de nuestros distantes descendientes en esta turbulenta época de transición para la humanidad.

Los “ummanu” sabían conectarse con los otros, con ellos mismos, con el universo y con la divinidad. Varios de sus consejos han llegado hasta nosotros (libro de Proverbios, por ejemplo). Por eso, ¿qué consejo le daríamos a la humanidad del siglo 27? Asumamos hoy nuestra responsabilidad. 

¿De qué sirve ser libres si nos autoesclavizamos?

Se puede entender la mitología, entre uno de muchos de sus sentidos, como una externalización de nuestra vida psicológica y de esa manera, al hacer consciente lo inconsciente, arroja luz sobre nuestras acciones diarias, mostrándolas en toda su tragedia. A veces, según creo, la mitología sólo se concreta al ser actuada, pero a nuestra manera. 

Pensemos por ejemplo en los Titanes y sus tristes castigos tras haber sido derrotados por los dioses del Olimpo. Prometeo quedó encadenado. Sísifo fue condenado llevar una inmensa roca hasta la cima de una colina, sólo para ver caer a la roca y comenzar todo otra vez al otro día. Y Atlas debió llevar sobre sus espaldas todo el peso del mundo. 

Si somos honestos, en nuestra vida diaria, en la vida real, muchos de nosotros enfrentamos situaciones similares. Como Prometeo, estamos encadenados a circunstancias que nos carcomen y de las que no podemos liberarnos. El descanso de la noche sólo sirve para enfrentar al día siguiente esas mismas circunstancias, sin que nada cambie. 

Como Sísifo, nuestro trabajo diario se vuelve inútil y sin sentido. Hacemos lo mismo día tras día. Repetimos la misma tarea tantas veces y durante tanto tiempo que ya lo hacemos sin pensar. Pero no logramos nada. No existe un verdadero descanso, sólo una corta recarga de energías para volver al mismo ciclo de inutilidad e insensatez al otro día.

Y como Atlas a veces sentimos, literal y metafóricamente, que llevamos en nuestras espaldas el peso del mundo. O por lo menos de nuestro mundo. Los problemas se acumulan. Los esfuerzos no traen resultados. Y quienes dicen que nos van a ayudar (como Hércules le dijo a Atlas) es sólo para engañarnos y al final terminamos peor.

¿Pero qué pasaría si un día, por el motivo que fuese, el ciclo se rompiese y quedásemos libres? ¿Qué pasaría si las cadenas se cayesen, si ya no hubiese que empujar piedras y si el mundo ya no estuviese sobre nuestros hombros? 

A veces me parece que nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas y al peso de las tradiciones, los dogmas, la discriminación, los fracasos, la victimización (real o autoimpuesta) y las presiones sociales que, si alguien remueve nuestras cadenas, allí mismo nos quedamos, en el mismo lugar que antes. Es como si se abriesen las puertas de nuestra prisión, pero nosotros no salimos.

Y si la roca de Sísifo se cayese y se alejase, en vez de alegrarnos que ya no tenemos que cargarla, saldríamos corriendo tras ella, quizá hasta gritándole que se detenga. Y si alguien remueve la carga que llevamos, entonces nos buscamos otra carga, quizá más pesada, real o imaginaria, porque no podemos soportar la liviandad de la libertad. 

En el instante que la divinidad o el universo nos dicen “Ya eres libre”, en ese mismo momento, salimos a buscar cadenas para encadenarnos, rocas para empujar y mundos para cargar, negando así nuestra libertad, como si tuviésemos miedo de ser libres. De hecho, lo tenemos. Por eso nos autoesclavizamos. 

Existen muchas y excelentes maneras de cerrar los ojos a la realidad

Existen muchas y excelentes maneras de cerrar los ojos a la realidad y, para ser muy directo, parece que en la época en la que vivimos (y no solamente por la pandemia) las personas encuentran aún nuevas maneras de desentenderse y olvidarse de la realidad. Sin embargo, cerrar los ojos a la realidad no provoca que la realidad desparezca.

Una de las maneras más comunes tiene distintas variaciones, pero todas ellas se basan en una sola premisa: la realidad no se ajusta a “lo que me enseñaron” y, por lo tanto, no se le debe prestar atención a esa realidad.

La variante secular de “Eso no es lo que me enseñaron” usa frases como “Eso no es lo que me dijo mi abuela” (dicho por un participante adulto luego de una clase sobre el futuro emergente), o “Mi padre dice que no” (dicho por una participante en una clase de finanzas prácticas hablando con su padre en otro país), o, simplemente, “Las cosas siempre se hicieron así”. 

La variante secular de “Eso no es lo que me enseñaron” usa frases como “Eso no está en la Biblia” (o, menos frecuentemente, en algún otro libro sagrado monoteísta), o “Dios nunca va a permitir que eso suceda” (Respuesta: E pur si muove), o, más directamente, “Eso es del diablo” (un mecanismo de defensa para protegerse de casi todo, desde la ciencia hasta los extraterrestres.)

Existen otras maneras de cerrar los ojos a la realidad y desconocer la historia es una de ellas. Goethe advertía (y aquí parafraseo) que quien no conoce por lo menos dos mil años de historia solamente deambula por el mundo. 

Otra frecuente manera de cerrar los ojos a la realidad es negar el futuro. Y, para que esta negación sea efectiva, se usan grandilocuentes y atractivas frases, adjudicándoselas a maestros y profetas que nunca las expresaron. Se dice, por ejemplo, que el futuro no existe y que lo único que existe es el presente. Por eso, se insiste en no “preocuparse” por el futuro.

Aún otra manera de cerrar los ojos a la realidad es creer que los medios de comunicación y las redes sociales representan toda la realidad y muestran esa realidad tal cual es. Obviamente, no es así. De hecho, como dijo el presidente Abraham Lincoln (y lo vi en Internet), “No creas todo lo que ves en las redes sociales”. 

Pero quizá la peor manera de cerrar los ojos a la realidad es hacerla tan pequeña que sólo hay lugar para una sola persona. Ese es el hiper-narcisimo tecnológico en el que vivimos ahora. Pero hay un problema: cuando la realidad se hace angosta causa angustia, debido a que, precisamente por ser narcisistas, estamos separados de los otros, del universo y de la divinidad. 

De hecho, tan separados estamos de la realidad que hasta estamos separados de nosotros mismos y no lo vemos, sea porque no queremos o porque no podemos. 

Mientras tanto, la realidad sigue siendo lo que es, riéndose e ignorando nuestra terquedad. 

Llegó la hora de constantemente aprender a aprender a reinventarse

Según un reciente reporte, ahora que vivimos de este lado de la más reciente pandemia, cada vez son las empresas que contratan a personal no por lo que saben o por lo han estudiado, sino por la capacidad que tengan esas personas de aprender a aprender y, más específicamente, aprender constantemente a reinventarse para ser parte significativa del nuevo futuro.

Dicho de otro modo, los abultados currículos y las largas listas de títulos y diplomas ya no impresionan a las compañías en el momento de buscar empleo (y, de hecho, ya casi no sirven para salir adelante en la vida.) 

Eso no significa que no debamos aprender. Muy por el contrario, significa que debemos continuar aprendiendo siempre, sin importar cuánto ya hayamos aprendido o cuánto creamos que ya sabemos. En una época de cambios constantes y de profunda incertidumbre, aprender a aprender es una habilidad imprescindible. Y aprender a transformarse es muy valioso.

Permítaseme compartir este ejemplo. Uno de los problemas más grandes que muchas personas tienen para aprender un segundo idioma (digamos, alguien que habla español y que quiere aprender inglés) es que en las clases de inglés le enseñan el idioma inglés, pero pocas veces (es decir, casi nunca) le enseñan a aprender a inglés.

Cuando tengo el privilegio y la oportunidad de enseñarles inglés a inmigrantes adultos, siempre les digo lo mismo: yo no les enseño inglés, sino que les enseño a que ellos se enseñen inglés a sí mismos. Y una vez que ellos aprenden a aprender inglés, pueden hacer lo mismo con cualquier otro idioma. (De hecho, el examen final en mi clase de inglés es en griego. Y todos lo aprueban.)

En un momento crucial de la historia de la humanidad en el que lo que antes le daba sentido a la vida ya no lo hace, cuando todo cambia todo el tiempo y esos cambios son profundos e irreversibles, cuando ni con la tecnología actual podemos solucionar los problemas más básicos que enfrentamos, y cuando el espacio ya ha sido comercializado, contaminado y militarizado, de poco sirve lo que alguna vez sabíamos.

Pero ¿cómo hacemos para aprender a aprender? ¿Y cómo nos reinventamos a nosotros mismos? La versión corta de la respuesta es esta: debemos conectarnos con nuestra mejor versión futura y traerla al presente. 

Y, como ya lo enseñaban los estoicos en la antigüedad, para eso debemos conectarnos con nosotros mismos (nuestro verdadero ser), con los otros (para que ya no sean meramente “otros”) y con el Universo o la Divinidad (que, para los estoicos, era lo mismo). En otras palabras, el futuro sólo existe más allá del encierro tecno-narcisista en el que ahora vivimos.

A la vez, debemos agregar otro elemento, que, vale la pena enfatizarlo, los estoicos ya conocían: no hay cambio duradero sin cambios diarios y esos cambios diarios sólo suceden en una ecología de prácticas y en un contexto en el que somos guiados y resguardados durante ese proceso. 

Aprender a aprender a transformarse es aprender a transformarnos. 

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