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Proyecto Visión 21

Ya no cantamos nuestras propias canciones

“¿Por qué canta el pájaro?”, dijo el Maestro. “No porque tenga una declaración, sino porque tiene un canto.” Anthony De Mello, El canto del pájaro

Un reciente artículo publicado en National Geographic describe un interesante experimento en el que expertos de la Universidad de Buenos Aires crearon un “robot tutor” que, usando inteligencia artificial (IA), les enseñó a unos pájaros jóvenes como cantar canciones que esos pájaros (los chingolos) no habían aprendido de los pájaros adultos.

Los investigadores compararon grabaciones hechas en la década de 1960 de los cantos de esos pájaros con grabaciones modernas (2020) y determinaron que algunas canciones de hace 60 años aún perduraban, mientras otras desaparecieron. Usando modelos matemáticos, la IA creó “canciones sintéticas” y los que los pájaros respondieron como si fuesen canciones naturales.

Según el artículo, los chingolos jóvenes incorporaron las canciones sintéticas a su repertorio de una manera “estadísticamente indistinguible” de la que incorporaron canciones de pájaros reales. Según los investigadores, el experimento demuestra que las nuevas tecnologías permiten “preservar e incluso revivir” los “aspectos culturales” de la biodiversidad.

En pocas palabras, las canciones sintéticas obtuvieron “credibilidad biológica” entre los pájaros (fueron aceptadas como propias), fomentando así la recuperación de una “diversidad cultural” que de otra manera podría haberse perdido.

El experimento en sí resulta fascinante, pero a la vez genera numerosas e inquietantes preguntas. Obviamente, no podemos comparar a los chingolos de un parque cerca de Buenos Aires con la complejidad y diversidad de la humanidad en el siglo 21, pero, dado que la IA demostró que pueda modificar la cultura de los pájaros, claramente puede modificar nuestra cultura.

Dicho de otro modo, así como los chingolos aceptaron las canciones sintéticas que los tutores robots les enseñaron e incluso le dieron a esas canciones la misma credibilidad a esas canciones que a las canciones naturales, ¿estamos nosotros, los humanos, cantando “canciones sintéticas” a las que acríticamente le damos una credibilidad y aceptación como si fuesen “naturales”?

Desde otra perspectiva, ¿estamos delegando en la IA la creación y enseñanza de nuevas “canciones” (narraciones, pensamientos, ideas, perspectivas) que las jóvenes generaciones absorberán para llenar el vacío generado por lo que no aprendieron de sus propios padres? Quizá deberíamos aceptar que las “redes sociales” ya son nuestros tutores robots.

Insisto: sé muy bien que un experimento con pájaros en Sudamérica no puede generalizarse a toda la humanidad. Pero no puedo dejar de pensar en numerosos experimentos con ratones o con conejillos de Indias que eventualmente llevaron a acciones concretas a favor o en contra de los seres humanos.

Quizá los chingolos argentinos funcionan como el conocido canario dentro de una mina, advirtiéndonos que se ha desdibujado y quizá hasta desaparecido el límite entre “artificial” y “natural” y, por eso, los límites entre realidad y fantasía, verdad e ilusión, cultura y algoritmos, e incluso entre pasado y futuro.

El experimento con los chingolos refleja que, quizá, la creación de nuestros propios bienes culturales (arte, rituales, tradiciones, conocimientos y sabiduría) podrían, gracias a la IA, desaparecer y re-crearse con tanta facilidad como las canciones de los chingolos, siendo nosotros, los humanos, tan ignorantes de esa situación como los chingolos de la suya. 

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