
La reciente publicación del descubrimiento de entidades microscópicas conocidas como “viroides” (también llamadas “obeliscos”) que habita en las bocas de los humanos me llevó a pensar cuánto desconocemos incluso de nuestro propio cuerpo, a pesar de que nos jactamos de que ya conocemos todo (o mucho) de lo que se puede conocer.
Según el reporte en Science.org, científicos de la Universidad Stanford descubrieron una clase nunca antes vista de entidades similares a virus (por eso llamados “viroides”) que podrían influir en la actividad genética del microbioma humano.
Los investigadores confirmaron que los viroides se alojan dentro de la bacteria Streptococcus sanguinis, común en la boca. Aún no han confirmado otros huéspedes, pero sospechan que al menos una fracción son bacterias. Según parece, los viroides tienen la capacidad de modificar el ácido ribonucleico (ARN) de sus huéspedes.
Estos microorganismos nos recuerdan que, incluso en los espacios más íntimos y cercanos a nosotros, como nuestras propias células, existen capas de vida que aún no hemos visto ni mucho menos comprendido. Durante siglos, supusimos que estábamos totalmente familiarizados con nuestros cuerpos, solo para descubrir ahora pequeñas entidades trabajando silenciosamente.
Estos hallazgos nos recuerdan que el conocimiento siempre es provisional y de que los límites de nuestra conciencia de la realidad pueden ser mucho más estrechos de lo que creemos.
Y luego leí otro artículo (en El País) sobre los llamados “impostores sin síndrome,” es decir, aquellas personas que, sin cuestionarse su escasa o nula preparación, educación o talentos, ocupan puestos o espacios a los que solo acceden precisamente al ocultar (conscientemente o no) su incompetencia.
Aunque la expresión “impostores sin síndrome” (claramente derivada del “síndrome del impostor” que se estudia desde la década de 1970) aún no ha sido aceptada formalmente en el ámbito científico, este concepto ha ganado terreno en la vida diaria en la que, según algunos psicólogos y académicos, la presencia de “impostores sin síndrome” resulta evidente.
Podría decirse que el elemento clave de los impostores sin síndrome no es la falta de habilidades o educación, sino la ausencia de la autoconsciencia de esa carencia. No ignoran su ignorancia, sino que confunden autoconfianza con habilidades y luego propagan esa confusión entre otros para su beneficio personal.
El descubrimiento de los viroides y la creciente presencia de impostores sin síndrome, aparentemente fenómenos muy distantes, están directamente conectados por lo que se puede denominar la ilusión del conocimiento completo, es decir, la (falsa) creencia de que ya hemos “cartografiado” el mundo que habitamos, desde nuestro interior hasta nuestra imagen pública.
Pero la verdad nos recuerda lo contrario.
Los obeliscos nos invitan a que, con humildad epistémica, reconozcamos que al menos algunas partes de nuestra vida interior están fuera de nuestro alcance actual. Los impostores sin síndrome nos invitan a discernir, con humildad crítica, entre la autoconfianza y las habilidades, tanto en nosotros mismos como en los demás.
Quizá debamos vislumbrar una versión más auténtica de nosotros mismos basada en la humildad de lo desconocido y el discernimiento entre la audacia y la fanfarronería.