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Proyecto Visión 21

La realidad nos autoengaña en todo momento con falsas narrativas autoimpuestas

Recientemente tuve la oportunidad de visitar un edificio construido hace unos 150 años en las montañas de Colorado y remodelado en los últimos meses. Al entrar, me llamó la atención una luz pequeña, pero brillante y parpadeante, al otro lado de la gran sala principal. Se trataba, pensé, de una lámpara que se activa en casos de emergencia. Pero no sonaba ninguna alarma.

Al acercarme al lugar vi que la lámpara en cuestión, que yo había considerado como un agregado moderno al antiguo edificio, era simplemente un pequeño pedazo de metal que, por algún motivo, había quedado insertado justo en la arista formada por la intersección de la pared con el cielorraso.

Una ventana abierta permitía que un poco de viento moviese el metal lo suficiente como para reflejar la luz del sol matutino por unos instantes antes de oscilar otra vez, creando a la distancia la sensación y la ilusión de una lámpara parpadeando, una lámpara que, de hecho, solamente existía en mi imaginación y así hubiese seguido si yo no me hubiese acercado a “investigar”.

Esta experiencia me llevó a pensar que muchas veces, por no “investigar”, por no acercarse lo suficiente a la realidad como para verdaderamente saber lo que sucede, aceptamos lo que vemos a la distancia como lo real y, peor aún, creamos una historia sobre esa percepción de lo aparente y luego hasta nos creemos esa historia, como cuando yo creí que había una luz donde no la había.

A su vez, todo eso me llevó a pensar en el segmento “Emporio celestial de conocimientos benévolos” del ensayo “El idioma analítico de John Wilkins,” de Jorge Luis Borges (publicado en 1952) en el que Borges presenta “una cierta enciclopedia china” ficticia con una confusa clasificación de animales. La última entrada se refiera a animales “que de lejos parecen moscas.”

Según Borges, esa clasificación de los animales, aparentemente “arbitraria y conjetural”, no lo es porque “no sabemos qué cosa es el universo”. En definitiva, cada uno de esos errores de percepción (sean después corregidos o no) son claras indicaciones de que desconocemos qué es el universo, se trate de luces, pedazos de metal, moscas lejanas o el universo en su totalidad.

Por ejemplo, tras concluir el comentario de la semana pasada, lo copié y pegué en un inteligencia artificial que detecta si un texto ha sido escrito o no por una inteligencia artificial. Dado que yo escribí ese comentario en su totalidad y sin ayuda de la IA, no me extrañó que el resultado fuese “100 % humano”. Pero luego pegué ese mismo texto en otra IA, que indicó “85 % IA”.

Esa situación dejó en claro que hasta la IA (dejando de lado sus conocidas alucinaciones) también ve lo que quiere ver sin que tenga (hasta ahora) la capacidad de acercarse aún más a la realidad y cambiar de opinión.

Quizá necesitamos una realidad arbitraria y conjetural en un universo desconocido para no perder nuestra capacidad de asombro y seguir redescubriéndonos a nosotros mismos. 

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