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Proyecto Visión 21

Cuando la tecnología nos enseña a no pensar, excepto tecnológicamente

Hace poco me encontré (en el diario Clarín) con una cita del filósofo argentino Tomás Balmaceda que me impactó profundamente:

“Nos cuesta sostener la atención, leer un texto largo, tolerar el vacío. Esa intolerancia temporal –la urgencia constante de información– erosiona nuestra capacidad de reflexión. La inteligencia, en este contexto, no es saber usar bien la tecnología, sino saber cuándo no usarla.”

Balmaceda señala algo real y urgente: la forma en que nuestras vidas han quedado atrapadas en una demanda cada vez más acelerada de información, reacciones y estímulos. Hacemos clic, deslizamos, damos órdenes a máquinas inteligentes, rara vez deteniéndonos a pensar qué está haciendo todo ese movimiento con nuestra capacidad de quedarnos quietos, de contemplar, de reflexionar.

Pero me pregunto si plantear el problema como una cuestión de saber cuándo usar o cuándo no usar la tecnología lo sitúa en un terreno demasiado utilitario. Como si el desafío fuera solo de dominio o de autocontrol: saber cuándo guardar el celular o cerrar la computadora.

¿Qué pasaría si el problema no fuera solo cómo usamos la tecnología, sino cómo la tecnología nos usa a nosotros? O, si se prefiere, la manera en la que la tecnología configura nuestra manera de pensar, muchas veces sin que lo notemos.

El filósofo alemán Martin Heidegger advirtió que el verdadero peligro de la tecnología no son las herramientas en sí, sino el tipo de pensamiento que promueven. Lo llamó enmarcamiento (Gestell), es decir, una forma de interpretar todo, incluso a nosotros mismos, como recursos que deben ser optimizados, calculados y gestionados.

Aunque no usemos tecnología, seguimos su patrón mental, esperando que cada momento sea productivo, que cada silencio se llene, que cada pensamiento rinda un resultado.

Aquí es donde creo que el diagnóstico de Balmaceda—tan certero al nombrar nuestra “intolerancia temporal”—abre la puerta a una pregunta aún más profunda y desconcertante: ¿Qué pasa con la reflexión cuando incluso nuestra retirada de la tecnología se da en términos tecnológicos?

Es decir, si pensamos en “no usar” la tecnología simplemente como una estrategia, seguimos atrapados en el mismo patrón de control y cálculo que la tecnología fomenta. Podemos apagar el dispositivo, pero no necesariamente dejamos atrás el modo de pensar que vino con él.

Para recuperar la capacidad de reflexión, quizás no baste con desconectarnos por momentos. Tal vez necesitemos transformar la forma en que nos relacionamos con el tiempo, con el pensamiento, con nosotros mismos.

Tal vez necesitemos, como sugería Heidegger (y otros), recuperar una manera de pensar más meditativa. Un pensar que no corra hacia respuestas. Un pensar que sepa habitar el vacío, el silencio, la pregunta sin respuesta.

Así que sí, hay sabiduría en saber cuándo no usar la tecnología. Pero también hay sabiduría en aprender a pensar de otra manera, incluso cuando la pantalla está apagada. Y ese tipo de sabiduría quizás comience no preguntando solo qué hacemos con nuestros dispositivos, sino qué están haciendo ellos con nosotros.

Y esa es una pregunta que ninguna máquina puede responder por nosotros.

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