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Proyecto Visión 21

¿Cuántos elementos que antes nos sanaban ahora están contaminados y nos enferman?

Recientemente leí una corta historia prácticamente irrelevante, pero que me hizo pensar. Resulta que un perrito en algún lugar de Estados Unidos tenía cierto malestar estomacal y, por instinto, cuando lo sacaran a pasear comió pasto. Pero, sin que sus humanos lo supieran, el pasto estaba contaminado con insecticidas y pesticidas, por lo que el perro se enfermó aún más.

La historia, tras indicar que el perrito eventualmente se recuperó, usó esa situación para instar a las personas a que notifiquen la presencia de insecticidas y pesticidas en su césped. Pero, desde otra perspectiva, esta historia me llevó a pensar que, intencionalmente o no, nosotros, los humanos, hemos contaminado muchos elementos naturales y culturales que antes nos sanaban.

Por ejemplo, la educación, alguna vez presentada como la formación integral de una persona para que esa persona pueda eventualmente enfrentar y construir su futuro, se ha reducido en la actualidad a la aprobación de pruebas y exámenes sin que ocurra ningún tipo de transformación personal en la mente o el corazón de los estudiantes.

Y aquellos sistemas de creencias espirituales que en el pasado por lo menos aspiraban a presentar un potencial aspecto transcendental de la realidad que podría impulsarnos a movernos más allá de los límites de la cotidianeidad, se presentan ahora abiertamente como estrategias de control político y económico, cerrando mentes y corazones a todo intento de transformación.

Además, hasta no hace mucho otro elemento potencialmente sanador, el diálogo sin rumbo y sin agenda en el que algo inesperado emergía precisamente por el diálogo mismo, quedó reducido a un mero intercambio de memes o de diminutos gráficos que exigen una mínima activación de las neuronas y que parecen invitar a no comprometerse demasiado con un diálogo creativo.

Esta lista podría expandirse casi indefinidamente, pero, por eso, debemos concentrarnos en otro elemento antes sanador y ahora (en el mejor de los casos) ya no tanto: la cultura.

Alguna vez y en más de una oportunidad escuché al Dr. Ramón del Castillo (poeta y profesor, ya jubilado) afirmar con innegable razón que “La cultura cura”. Pero en esta época de profunda y dramática transición hacia lo que sea que estamos transicionando, aquellos profundos elementos culturales que antes nos orientaban (creencias, narrativas, tradiciones) ya no nos orientan.

La misma cultura que antes nos curaba y a la que acudíamos instantánea e instintivamente cuando los desafíos de la vida así lo requerían parece estar ahora contaminada con sus propios contaminantes que ingerimos sin quererlo y sin saberlo y que, en definitiva, nos enferman más de lo que nos curan. Es lamentable pensar que la cultura ya no cura.

Quiero enfatizar que no estoy proponiendo regresar al pasado porque, además de ser imposible, queda claro que los problemas del presente, creados por el pasado, se deben resolver desde el futuro. El futuro se construye desde el futuro. Pero jamás alcanzaremos ese futuro si continuamos aferrados a la idea de perpetuar un pasado y repetir un presente que siguen contaminando y carcomiendo mentes y corazones. 

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